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Ilustrísimo señor deán. Queridos hermanos sacerdotes. Seminaristas. Queridos hermanos y hermanas. Queridas familias de Alba y Roco, que van a ser bautizados dentro de unos momentos. Hermanos todos.

El Señor nos bendice con su paz. El Señor nos entrega su vida. La fiesta que hoy celebramos, del Bautismo del Señor, nos viene a recordar también que, lo mismo que Él escuchó aquella voz desde el cielo diciendo «Tú eres mi hijo. El predilecto. Mi amado», este mismo Señor, este Dios que se hace hombre, ha querido regalarnos también su vida a nosotros los hombres. Su propia vida. Vivimos de su vida. Y se trata también de poder manifestar, en medio de este mundo -y esta es la tarea y la misión que tenemos los discípulos de Cristo- de entregar la vida en esta tierra y en esta historia. Y lo más grande que podemos hacer con cualquier ser humano es regalarle el tesoro más grande, más bueno y más bello que existe, que es la vida misma de Dios. Por eso, el Papa Francisco insiste permanentemente a toda la Iglesia que no dejemos de bautizar a aquellos que nos pidan la vida del Señor. La vida de Cristo no es propiedad de unos pocos. Él ha venido para todos los hombres. Tenemos que saber regalarla y apreciarla. Y saber decir también con palabras sabias lo que significa para un ser humano tener esta vida.

Queridos hermanos. Dios no necesita pedirnos permiso para darnos lo mejor. Nos lo da gratuitamente. Nos lo da sin ningún mérito personal. Se lo da a unas criaturas recién nacidas. Los padres queréis entregar, a vuestros hijos, lo más grande que un ser humano puede tener. Les habéis dado la vida, les habéis dado rostro humano, y queréis también que posean esa vida de Cristo que va actuando en ellos también. Que si vosotros también cuidáis esa vida, seguro que marcará en su existencia una dirección que fundamentalmente consiste en vivir también lo que Jesús nos dice en el Evangelio: Amad a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.

Pues, queridos hermanos: es verdad. El Señor nos bendice con su paz. Por eso, necesariamente, en esta fiesta del Bautismo del Señor, tenemos que aclamar y postrarnos ante el Señor. Porque la voz del Señor, la voz de Dios, ha resonado en Jesucristo nuestro Señor, como acabamos de escuchar en el Evangelio. El Señor, como rey eterno, se sienta junto a nosotros y nos regala su propia existencia.

Hoy quisiera que os fijáseis fundamentalmente en tres aspectos que a mí me parecen que son especialmente importantes en nuestra vida. Uno, el primero, cuando el Señor nos dice: «Sobre Él he puesto mi Espíritu». Se refiere al Mesías. Así nos lo decía la primera lectura del profeta Isaías: «Miren a quien sostengo, a mi elegido, a quien prefiero. Sobre Él he puesto mi Espíritu». Pero, queridos hermanos, esto mismo se realiza y se ha realizado en cada uno de nosotros, y se va a realizar dentro de unos momentos en Alba y en Roco. Nos sostiene, nos mira, nos elige y nos prefiere. Y nos regala su vida. Él nos ha llamado, nos coge de la mano, nos forma y nos hace alianza también y miembros de un pueblo que se empeña en entregar la luz de Dios a todos los hombres en estos momentos de la historia. Un pueblo del cual nosotros somos parte, y dentro de unos momentos también serán parte Alba y Roco, que quiere entregar luz y sacar de la prisión; de todo aquello que nos ata, que endurece nuestra vida, que nos separa de los demás, que nos hace mirar a los demás, no como hermanos sino como a alguien conocido si acaso, pero sin necesidad de acercarnos a él. Que nos saca de la mazmorra y de todas las tinieblas.

Queridos hermanos. Hoy se hace verdad en nuestra vida que el Señor ha puesto también su Espíritu en nosotros. Nos ha dado su vida. La misma que se manifiesta en Jesucristo nuestro Señor en el Jordán. Él se pone a la cola de los pecadores que iban donde Juan Bautista para tener un bautismo singular, un bautismo de conversión, de querer ser fieles a Dios. Pero en esa cola está Jesucristo nuestro Señor. Ahí se manifiesta el Dios que ha venido a este mundo, que hemos contemplado en Belén, que han contemplado María y José los primeros, también los pastores y los Magos, y que ha visto tanta gente después en Israel haciendo maravillas al Señor en medio de este mundo, con los hombres. A ese pueblo pertenecemos también nosotros.

Porque es que este Dios, en segundo lugar, no hace distinciones. Lo habéis escuchado en la segunda lectura que hemos proclamado del libro de los Hechos de los Apóstoles. Queridos hermanos: el Dios en quien creemos no elige una raza, o un pueblo determinado, o una categoría de personas. No. Es un Dios que no hace distinciones. A este pueblo llama a hombres y mujeres de todas las razas, de todas las culturas, de todas las latitudes. Es un Dios que afecta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. No nos une a nosotros, queridos hermanos, unas ideas. A todos los que estamos aquí, y a todos los cristianos que hay en cualquier parte de la tierra, no nos une una idea. Podemos tener ideas diferentes, pero nos está uniendo una persona: Jesucristo nuestro Señor. Jesús. Este Jesús ungido por Dios. Este Jesús en el que se manifiesta la fuerza del Espíritu Santo. Este Jesús que pasó por la vida haciendo el bien. Y curando. Y sanando a todos los hombres. Y haciendo posible que todos los hombres encontrasen en Él la paz. La capacidad para vivir la reconciliación… Dios no hace distinciones. Dios, lo mismo que en Jesús, se manifiesta diciendo: «Tú eres mi hijo». Sí. Tú eres mi hijo amado. Mi predilecto. Esto mismo ha dicho Jesús a cada uno de nosotros, queridos hermanos, el día de nuestro bautismo. Tú eres Jesús. Tú eres hijo de Dios. Tú eres mi hermano. Nos ha hecho hermanos en el hermano, que es Cristo. Tú eres mi predilecto…

Para Dios, somos todos iguales. Dios no hace distinciones. Jesús nos lo manifiesta en su propia vida. Y de lo que se trata fundamentalmente en nuestra vida es que vivamos desde esta predilección de Dios, y que lo hagamos como nos dice el Señor: anunciando al Señor. Como Juan. Como habéis escuchado en el Evangelio: «Detrás de mí viene quien puede más que yo, y no merezco agacharme para desatarle las sandalias». Pero Juan señala. Señala a sus discípulos quién es Jesús… Y Dios mismo nos lo ha manifestado en el Jordán, abriéndose el cielo y diciendo: «Tú eres mi hijo». Anunciemos, queridos hermanos, con nuestra propia vida, que somos hijos de Dios. Predilectos. Amados. Llega la hora, hermanos, en este momento de la historia de la humanidad, en que es necesario el encuentro con nuestro Señor Jesucristo. Dejémonos de tener ideas de Jesucristo, colores de Jesucristo que a veces nos separan… Porque cada uno lo vemos del color que a lo mejor nos apetece o nos.... No. Encontrémonos de verdad con el Señor. Dejemos que entre en nuestra vida. Con este Jesús que nos ama, que nos acepta.

Queridos hermanos. Cuando a nosotros nos hacen un regalo grande, que encima además nos gusta, que desarrolla todo mi ser y toda mi vida, a quien me lo regala ¿le voy a decir que no me importa nada él? Alguien que además me abraza, y que ese regalo no me lo puede dar nada más que él, ¿le voy a rechazar? Podré tener dificultades para seguir su camino, pero necesariamente, queridos hermanos, quien me da el amor más grande, quien me hace el reconocimiento más bello -decirme que soy hijo de Dios y hermano de todos los hombres- yo necesariamente tengo que vivir y hacer todos los esfuerzos por vivir como tal hijo. Y mostrarlo en medio de los hombres. Y no con ideas, sino con mis obras, con entrega. Anunciemos al Señor. Tú eres mi hijo. Y anunciémoslo con humildad. Con la humildad de Juan cuando decía: «Yo os bautizo con agua, pero Él os bautizará con Espíritu Santo». Anunciemos a Cristo con humildad, con sencillez, con nuestra vida. Anunciemos a Cristo sabiendo que es para toda esta humanidad la sanación que necesita. Hoy el hombre necesita sanar su corazón. Hoy el ser humano necesita tener un corazón grande. Un corazón con capacidad de acoger, de promover a todos, sin distinción. Y esto solo nos lo da Jesucristo nuestro Señor. Seamos humildes para acercarnos a Él. Y mostremos al Señor compasión.

Queridos hermanos. Habéis visto cómo Jesús baja al Jordán. Él baja. Y se abre el cielo. Para que se vea que lo divino ha entrado en esta tierra. Que lo humano se hace divino. Que lo humano alcanza la plenitud en lo divino, en este Jesús que nos ha dado a nosotros su vida, y que dentro de un momento se la va a dar también a Alba y a Roco.

Hermanos y hermanas. Esta fiesta del Bautismo del Señor es una manifestación cierta de un Jesús que es Dios. Y que lo dice Dios mismo: «Tú eres mi hijo. Yo te he enviado». Pero eso también nos lo dice el Señor hoy a nosotros: Sois mis hijos. Sois hijos de Dios. Yo os envío para que viváis mi vida. Y os envío con mi fuerza, con mi amor, con mi gracia, con mi entrega. Mostremos con pasión que Jesús, queridos hermanos, es el Señor.

Hoy se trata de abrirnos a escuchar en nuestro interior solo esta voz: «Tú eres mi hijo. Mi amado». A veces no es fácil escuchar. Hay muchas otras voces, queridos hermanos. Voces que gritan fuerte entre nosotros. No vales, no mereces, no eres atractivo, no le importas a nadie, no tienes mis ideas… Estas voces negativas nos impiden escuchar la única verdad que libera al ser humano, y que le da la altura que tiene que tener. «Tú eres mi hijo. Mi amado. Eres mi amor. Tú eres todo para mí». Solamente estas palabras bastarían para vivir una vida plena de sentido y llena de alegría, queridos hermanos.

Que sintamos el gozo de tener la vida de Cristo, y de poder entregarla. Cuánto me gustaría a mí poder salir por las calles de Madrid y decir a la gente que tiene un niño: Dadle algo que merezca la pena. Dadle algo. No perdéis nada, y ganan todo. No perdéis nada dejando que entre Dios en sus vidas. Y ganáis todo.  Porque le dais la altura más grande que un ser humano puede tener. Que es hacerle divino.

Hermanos: que sintamos el gozo de ser bautizados y de seguir regalando, en nombre de Jesucristo, la vida a todas las criaturas que vienen a esta tierra.

Junto a Jesucristo, que se hará presente, también hoy sintamos cómo Él nos dice: Tú eres mi amado. Te quiero. Cuento contigo. Eres miembro de la Iglesia. Anúnciame. Confórmate a mí. Deja que abrace tu vida. Déjame guiarte. En medio de las deficiencias que tengas, y de los pecados que puedas tener también en tu vida, deja que yo te libere con mi gracia y con mi amor.

Amén.

Media

Queridos amigos. En estas vísperas de la Epifanía del Señor acabamos de proclamar esta página del Evangelio que es la que se va a proclamar al día siguiente de la Epifanía, el domingo. Y nos recuerda el Bautismo del Señor. Pero el Señor hoy nos remite a la vida que Él nos ha dado también por el Bautismo. Sois hombres y mujeres nuevos. Y la novedad no es fruto de vuestras obras, sino fruto de la gracia de Dios y de esa vida que el Señor os regaló en el Bautismo: su propia vida.

Yo quqisiera que quedasen en vuestro corazón tres palabras: anuncia, hazlo con humildad y revela lo acontecido con pasión.

Anuncia. Qué palabras más bellas las de Juan, y con cuánta humildad las dice. Si os habéis dado cuenta... El Evangelio nos habla de cómo Juan proclamaba: «Detrás de mí viene el que puede más que yo». Y el que puede más que nosotros está aquí, junto a nosotros, en el misterio de la Eucaristía. Aquel que Juan vio con sus propios ojos, nosotros también le vemos con nuestros ojos, en el misterio de la Eucaristía: al mismo Jesús. Al que murió y resucitó, ante nosotros. Hoy también nosotros podemos decir que puede más que nosotros. Es Dios. Que no merecemos ni agacharnos para desatarle las sandalias. Es el que ha hecho lo que existe, y el que ha entregado la novedad verdadera a este mundo, a esta tierra. Ese Dios que se ha hecho hombre, que durante este tiempo hemos contemplado cómo nacía en Belén, y mañana vamos a contemplar también cómo lo adoran los Magos. Mañana vamos a ver cómo los Magos, que representan a todos los hombres de todas las latitudes de este mundo creado, llegan a Belén guiados por la estrella. Guiados por esa necesidad que tenemos todos los seres humanos de encontrar la verdad y la vida. Encontrar dónde reposar nuestro corazón y nuestra existencia. De este, Juan Bautista pudo decir: «Viene el que puede más que yo». Y nosotros también lo podemos decir. Delante de nosotros está Dios, que se hizo hombre; Dios, que nos ha mostrado el rostro del hombre verdadero, el que tiene que tener si quiere hacer algo en este mundo, el que nos ha regalado a nosotros por el Bautismo, y el rostro verdadero de un Dios que tiene la decisión total y absoluta de querer acompañar al hombre en todas las circunstancias, y abrazar al ser humano en todas las situaciones en que esté.

Qué noticia más importante, queridos hermanos. Queridos amigos. Poder decir, en este día 5 de enero, en el inicio casi del año 2018, aquí, entre nosotros, que Dios nos acompaña. Que Dios está de nuestra parte. Poder decir entre nosotros que Dios nos ha dado su propia vida. Es verdad que lo hacemos con fuerza, con debilidad; con la fuerza que nos da Dios, que nos permite el Señor de contemplar su rostro y su vida. Y con la debilidad de unos hombres y mujeres que sabemos que nos caemos fácilmente, y que dejamos con facilidad las directrices y el camino que el Señor nos entrega y nos da… Pero es verdad. Dios nos ha dado a nosotros su vida. Su propia vida. Que el Bautismo que Juan daba era un bautismo de agua; era un intento de conversión y de llamar a la conversión para esperar al Mesías. El Bautismo que el Señor nos ha dado es darnos su propia vida, regalarnos su propia existencia, entregarnos todo lo que Él es. Todo.

Daos cuenta. El bautismo es un dato histórico real en la vida de Jesús. Es un momento clave en su vida. Jesús viene de Nazaret a Galilea para ser bautizado por Juan en el Jordán. Comienza por hacerse discípulo de Juan Bautista. Recibiendo su Bautismo, se ha colocado, y no le importa siendo Dios, en la fila de los pecadores. No siendo pecador. Y guarda cola como un hombre cualquiera. Hace la experiencia más profunda de su vida. Qué maravilla. Y escucha la voz de Dios: Tú eres mi hijo. Amado. Preferido. No sé si os habéis preguntado alguna vez qué sentiría Jesús cuando oyó aquella voz… Yo os pregunto: ¿Y qué sentis? Porque tenéis la vida de Jesús, como yo. Tenemos su propia vida. Y hoy el Señor nos dice las mismas palabras que oyó Él. Tú eres mi hijo. Mi preferido. ¿Qué sentís en vuestra vida? Escucha estas palabras del Padre. Llenas de amor. Y esta noche las oímos nosotros también, de parte de Jesús. Llenas de amor. De aliento ¡Qué ánimo da escucharlas, como las escuchó Jesús! ¡Qué ánimo!

Anunciad lo que sois. Decid lo que sois: hijos amados de Dios. Preferidos de Dios. Por la vida que el Señor nos ha dado a todos nosotros. Es verdad: a la Iglesia y al pueblo que hizo el Señor pertenecen hombres y mujeres de todas las latitudes de la tierra, de todas las razas, de todas las culturas… ¿Sabéis lo que nos identifica? Que todos tenemos la misma vida: la vida de Jesús. En la vida de Jesús se borran todas las diferencias. Y existe una única unidad: Tú eres mi hijo. Hijo amado. Mi preferido. ¿Tenemos capacidad para anunciar esto todos los hombres? ¿Y para animar a todos los hombres a que reciban esta vida, a que acojan esta vida, a que vivan de esta vida del Señor?

La segunda palabra, o la segunda expresión, no solamente es anunciar, sino: anuncia con toda humildad. Con toda humildad. Sí. Ya lo decía Juan: yo os bautizo con agua, Él os bautizará con Espíritu Santo. Tengamos también, para acoger y para hacer este anuncio, humildad. Porque lo hemos recibido del Señor. Lo hemos recibido. Fijaos, el texto que acabamos de proclamar nos dice: apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo, y al Espíritu bajar hasta él como una paloma. ¿Qué significa esto? El cielo significa el lugar de la morada de Dios, que irrumpe en la morada, en la vida, en la historia del hombre. En Jesús. Que el Espíritu baja, y viene a nosotros también, para darnos la misma fuerza que tuvo Jesús. Su vida, su fuerza, su amor, es la irrupción de la divino en lo humano, la plenitud del amor del Padre manifestada en Jesús.

Recordad aquello: yo os bautizo. Seamos humildes. Humilde no quiere decir ser tonto. Humilde no quiere decir ser ignorante. Humilde es ser sabio. Es reconocer que tenemos muy pocas fuerzas por nosotros mismos. Es reconocer que valemos poquito por nosotros. Que la valiosidad de nuestra vida, y el valor de nuestra vida, nos viene del Señor. Él nos da su amor. Y por Él podemos dar nosotros su amor. Él nos da su entrega. Y por Él podemos nosotros regalar la entrega del Señor a todos los hombres. Él nos da su fuerza, y por Él nosotros podemos gastar nuestra vida en favor de los demás. Él nos da la divino, nos hace ver la imagen de Dios que somos todos los hombres, y nos hace salir a este mundo respetando absolutamente la vida de todos los hombres.

Humildad. Anunciad con humildad. Y revelad, en tercer lugar, con pasión. Sí. Revelad con pasión. Aquello que os he dicho antes: una voz del cielo decía «tú eres mi hijo amado, mi preferido». Tú eres mi hijo amado. Es decir, eso lo oímos todos nosotros, que tenemos la vida del Señor, y lo estamos escuchando delante de nuestro Señor Jesucristo. Tú eres mi amor. Tú eres mi alegría. Queridos amigos: ¿Somos el amor de Jesús? ¿Nos movemos con el amor de Jesús? ¿Somos su alegría? ¿O somos su tristeza? ¿Creemos en su alegría?. Jesús hace experiencia. Nos quiere hacer y dar la experiencia, al darnos su vida, de que Dios es amor. Que es puro amor. Tú eres mi hijo. Tú. El tú. El pronombre tú domina toda la frase. Tú. Tú. Todos somos su amor. Su alegría. Qué bonitas son las tres palabras que utiliza el Señor: hijo, amado y preferido. Pues eso somos todos nosotros, esta noche. Todos. Por el bautismo que hemos recibido, por la vida del Señor, somos hijos, amados, preferidos.

Aquello cambió la vida, marcando el comienzo de una nueva misión para Jesús. Jesús se revela con pasión. Revelemos nuestra vida con pasión. Y la revelación con pasión hay que hacerla en la misión, en lo que hagamos junto a los demás, junto a los que viven a nnuestro lado. Lo que sucede tras el Bautismo fue algo muy significativo para Jesús. Y es significativo para nosotros. Cambia su vida. Comienza y marca un sentido a su misión. Como a nosotros. Jesús siente que puede confiar plenamente en el Padre, que el Padre nunca le fallará, que por eso no hay nada que temer, que incluso en los momentos difíciles de la vida se puede vivir con una confianza absoluta y total.

¿Somos conscientes, queridos amigos, de que la verdad última de nuestra vida se nos revela en Jesús, y que consiste en que cada uno de nosotros somos hijos amados, predilectos?. Mientras no digamos en lo más profundo de nuestra vida que somos amados, no podemos vivir con sentido. Esta experiencia es fundamental. Es única. Hay que hacer la experiencia de Jesús en el Jordán. ¿Por qué? Porque le importo a Dios. Dios no pasa de mí. La raíz, ¿os dais cuenta?, de la mayoría de los problemas que existen en el ser humano, en todo ser humano, es no sentirse querido, es no sentirse amado, es no sentirse considerado, es sentirse solo, es sentirse una pieza más del engranaje que hay en la vida, es sentirse ignorado. ¿Imagináis?. El día de la Sagrada Familia, me pongo ahí. Y cuando se acerca la gente, y confía en ti, lo que oyes. Y la necesidad de Dios que existe en todo ser humano. Porque es verdad que viene mucha gente que cree, pero viene mucha otra gente que…. Pero se acerca. Y es bueno poder decir que Dios mira a Dios. Aunque a veces tú no tengas, o no creas, o no... Es que te está creando. No está solo.

Mirad: la única voz que nos libera de verdad, la única, es la que oyó Jesús. Y la que Jesús nos dice a nosotros: tú eres mi amado. Tú eres mi amor.

Que este mes viváis de esto. De la vida nueva que el Señor nos ha dado. Anunciad. Hacedlo con humildad. Con sencillez. Pero revelad esto con pasión, a quienes se acerquen a vosotros.

Vivamos esto ahora así, en este tiempo de silencio, junto a nuestro Señor Jesucristo. Y dejemos que calen en nuestra vida las palabras que Él oyó, y que Él nos regala a nosotros: tú eres mi hijo amado. Mi predilecto. Mi preferido. Me importas. ¿Qué haces tú?.

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