Decía Tertuliano que los padres de la Iglesia siempre vieron en esta barca, que el Evangelio hoy nos regala, la perenne figura de la Iglesia. El Papa Francisco confirma esta analogía al afrontar la tormenta en una Iglesia que a veces muchos piensan que va a ser hundida. Francisco dice: «Esta es una imagen clara de la Iglesia, una barca que tiene que afrontar la tormenta y a veces parece que se hunde. Lo que la salva no es la calidad o el valor de los hombres, sino la fe que le permite caminar incluso en la oscuridad, en medio de las dificultades». Sí, la Iglesia es como una barca en la que están sus hijos, representados en aquellos primeros discípulos, pero que no están solos. Jesús siempre navega con ellos: unas veces dirigiendo a viva voz la barca, otras con su presencia visible y otras en silencio. Pero siempre está. La tentación es pensar que Jesús se desentiende o que nos lleva al desastre.
Hoy, como aquellos primeros discípulos también nosotros, nos adentramos en algunas tormentas. Hay tormentas en la sociedad, en la vida de los matrimonios, en las familias, entre amigos y en la propia Iglesia. Tormentas que nos dificultan ir como Iglesia a la otra orilla que es a donde Jesús nos conduce en este momento de la historia.
Aquí estamos hoy, en esta preciosa barca en la que a cada uno nos ha llamado el Señor y a la que sigue pidiendo ir a la otra orilla. Es la misión de siempre, pero en cada momento ha de hacerse nueva, colegial y concreta. La Iglesia necesita siempre, en cada momento y en cada etapa, emprender nuevos caminos y emprender la dirección que da el Maestro. Para eso, precisa considerar y renovar cada día su adhesión a Cristo y considerar con humildad que vamos juntos, siempre juntos, en la barca donde Jesús pone la dirección. En esta lógica de conversión es donde caminamos en cada momento.
En el atrio de la Basílica de San Pedro, cuando uno entra, se topa con un precioso mosaico que siempre me ha sorprendido: el mosaico que se llama de «La Navicella» que proviene de una antigua basílica constantiniana y que al descubrirse en el Renacimiento fue trasladada a esta puerta por el mismo Bernini. Representa la nave de la Iglesia en plena tempestad, con Pedro mirando fijamente a Jesús y eso es lo que sorprende. Un autor renacentista explica que la nave era símbolo misterioso de la Iglesia, continuamente, desde el inicio de nuestra fe, combatida y jamás frenada. Esta es una preciosa imagen de la Iglesia salvada por Cristo y que evidencia el primado de Pedro.
Algunas otras representaciones siempre nos muestran a Pedro en el timón de la barca y a Jesús, por un lado, calmando la tempestad, y, por otro lado, indicando a Pedro cómo conducir en medio de la tempestad la nave de la Iglesia. Nosotros también estamos ahí: no queremos estar en otras barcas más cómodas o personalizadas, sino que hoy queremos decir, y por eso estamos aquí, que queremos estar en la barca de la Iglesia. No queremos dejarnos intimidar por el oleaje y la tempestad, sino poner nuestra mirada en Jesús y por Él, en Pedro.
Así no perderemos la confianza y podremos escuchar en los momentos en los que el miedo o nuestra estrechez de miras nos ensordece aquello de «no tengáis miedo, yo estaré con vosotros, hasta el final del mundo». En cada momento tenemos la gracia y la dicha de poder mirar a Pedro para no perder el rumbo común por el que nos lleva Jesús, evitando así ser cada uno de nosotros quienes pongamos la dirección y la forma de sortear la tormenta. No es Pedro quien calma las aguas, sino Jesús. Pero Jesús se sirve de Pedro.
Benedicto XVI lo decía así: «Siempre he sabido que la barca de la Iglesia no es mía, no es nuestra, sino del Señor, y no la dejará hundirse. Él es quien la conduce, por supuesto a través de los hombres que ha elegido». Por eso, queridos amigos, sin Pedro al timón, esta barca no sería la Iglesia. Sin Pedro al timón, esta barca no estaría jamás bajo la guía y la protección del Señor. Seriamos navegantes de otras barcas que más pronto o más tarde sucumbirán y nos ahogaríamos con ellas, encadenados a nuestras propias seguridades.
Por eso la comunión con el Papa marca la diferencia entre pluralidad y dispersión, entre unidad y ruptura. Oímos el eco de la ‘Gaudium et spes’ del Concilio Vaticano II, que nos recuerda que «el sucesor de Pedro es principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad, así de los obispos como de la multitud de fieles». Eso quiere decir que, cuanto más vivimos la comunión afectiva y efectiva con el sucesor de Pedro, más viviremos la comunión afectiva y efectiva con toda la Iglesia, que siendo misterio de comunión es una y así es signo universal de unidad para todo el género humano.
Es verdad que tenemos un momento especial en la historia, como otros que han pasado. Es verdad que en redes y en mil momentos se escuchan voces de oposición al primado de Pedro, pero en el fondo son mínimas y esconden una oculta oposición al Concilio Vaticano II y a la reforma evangélica de la Iglesia que Juan XXIII ya quiso promover. Otros esconden una dogmatización del gusto personal o la opinión por encima de la comunión.
A quienes pretenden defender las verdades de la fe y la tradición de la Iglesia cuestionando el magisterio del Papa, bien les podemos proponer confrontarse y saber que cuanto más nos apartemos de la comunión afectiva y efectiva con el Sucesor de Pedro, más nos alejaremos y nos apartaremos de la comunión afectiva y efectiva con toda la Iglesia. Porque así, casi sin darnos cuentas, nos habremos dejado llevar y engañar por rutas extrañas, ideologías mundanas o grupos sectarios que, separándonos del cuerpo, nos separarán definitivamente de Cristo, cabeza de la Iglesia.
Pero, además, para vivir esta comunión con mirada puesta en Pedro, no basta simplemente con tener un sentimiento de simpatía o un interés intelectual por lo que dice o los actos solamente exteriores que hace el Papa. Mirar hoy a Pedro es un acto interior de fidelidad y de honda fe católica. Eso supone establecer vínculos de fe y de respeto, visibles y concretos. Él sabe que se sirve a la vida de la Iglesia de Jesucristo y por eso el Papa Francisco pide continuamente, y lo habéis visto, rezar de corazón por él.
Él sabe que existencialmente su ministerio depende de la oración y de la fe de toda la Iglesia a la que servimos. Por eso, este es el mejor regalo que podemos hoy aportar. Damos gracias por este ministerio de unidad y comunión en medio de esta barca y por las grandes líneas que este papado está ofreciendo. Damos gracias por la invitación que nos hace Pedro hoy, en la persona del Papa Francisco, a vivir la comunión y la vida en sinodalidad, desde la escucha a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.
Agradecemos la llamada a la escucha de los signos de los tiempos que nos acompañan. Con él, con Pedro, podemos llevar a cabo esta misión. Sin Pedro, la perfecta comunión con él, nos dispersaríamos, nos enfrentaríamos y nos perderíamos.
Damos gracias así, por fin, por la llamada, esa continua, a ir a la otra orilla. Una llamada a emprender la misión gozosa y apasionada de acoger a todos, curar heridas, acompañar procesos, hacer cercana y visible la presencia y el encuentro con Jesucristo en este momento de la historia, sin mundanizarnos ni enredarnos en minucias ni quejas ante el mundo, este creado por Dios, siempre cambiante, que pide a gritos la ilusionante mirada transformadora del Evangelio en medio de la tormenta.
Esta Iglesia que camina en Madrid y en todos los rincones del mundo no se va a dejar atormentar por las tempestades. Por muy frágil y pequeña que sea esta barca sabemos a dónde nos dirigimos y por dónde tenemos que orientar nuestra travesía, confiando en el Señor y unidos a Pedro. Damos así gracias por el Papa, le ofrecemos nuestra inquebrantable comunión porque la unidad solo es posible ‘cum Petro et sub Petro’, de modo que cada bautizado, a través de este vínculo de comunión se reconozca llamado a seguir construyendo la Iglesia de hoy. Y así al Señor le pedimos que cambie nuestros temores, que cambie nuestras parálisis por la parresia de la misión y nuestras dudas e incertidumbres por el asombro que nos hace exclamar hoy de forma nueva: «Hasta el viento y el mar le obedecen».
La Iglesia, y hoy así lo vivimos, es una preciosa barca donde vamos todos.
Querido don Jesús, obispo auxiliar, queridos obispos electos, querido Seminario Conciliar y también el Seminario Redemptoris Mater, queridos vicarios y sacerdotes que también hoy estáis aquí, queridos amigos de la Sociedad de San Pablo, queridos diáconos permanentes que estáis hoy aquí también abrazando esta celebración y todos los que, de muchas realidades diocesanas, de muchas parroquias y lugares, y como no a todas las familias de estos que van a ser ordenados diáconos.
La Iglesia es como una barca que siempre está en movimiento, navegando por el mar de la historia y teniendo como horizonte un Reino por el que nuestro Dios siempre toma parte. En la barca están los hijos de la Iglesia que quedan representados en aquellos primeros discípulos, pero no están solos. Jesús siempre navega con ellos, una vez navega dirigiendo a viva voz, otra simplemente con su presencia y otra en silencio, pero Jesús siempre está. La tentación es pensar que se desentiende o que nos lleva al desastre.
El Evangelio que hoy se nos regala nos adentra en el corazón de aquellos pescadores que dejaron un día sus redes al conocer a Jesús para convertirse en pescadores de hombres. Ni ellos, ni nadie después de ellos en la larga travesía de la Iglesia, eludieron un desafío siempre presente, el enfrentar las diversas tempestades. Tempestades cuyas olas a veces podían provocar el naufragio de la nave de la Iglesia. Hay tormentas en la sociedad, en la vida de los matrimonios, en las familias, entre amigos y en la Iglesia. Son aquellas que nos impiden o nos dificultan ir como Iglesia a la otra orilla. Esa dirección que es a donde Jesús nos conduce en este momento de la historia: la otra orilla.
Ante la tormenta y ante la dirección que pone Jesús caben posturas diversas: o quedarse en la orilla, por seguridad siempre, o arriesgarse e ir en la barca. Confiar y salir adelante o dejarse atenazar por el pánico. Encerrarse en el frío de la noche o confiar en la dirección que siempre da Jesús, aunque a veces parece que duerme.
La tensión que en medio de la tormenta se vive de la barca cuestiona muchas cosas y recoge muchas noches que vivimos. Pero hermanos, Jesús está y los discípulos por lo menos permanecen en su presencia y, no lo olvidemos, juntos. Nunca encerrados en sus planes o en sus conveniencias. Así, se atravesará toda tormenta, aunque tengamos la impresión de que Jesús no se le ve o no se le ve cuando creemos necesitarlo. Jesús actúa también cuando parece dormir. No cuando esperamos, sino cuando falla la fe, las fuerzas o cuando fallan nuestras seguridades.
Aquí estamos hoy hermanos, en esta barca a la que nos ha llamado el Señor y a la que, de nuevo, nos guste o no, nos pide ir a la otra orilla. Es la misión de siempre, pero en cada momento ha de hacerse nueva, colegial y concreta.
La Iglesia necesita siempre, en cada momento y en cada etapa, emprender nuevos caminos y emprender la dirección que da el Maestro. Para eso necesita y necesitamos revitalizar nuestra adhesión a Cristo, renovarla con humildad y saber que vamos en la barca donde Jesús está. En esta lógica de conversión caminamos en cada momento y hoy es un buen momento para renovarlo. Como fruto de este camino dialogal, vosotros, que os habéis puesto en pie, estáis aquí y decís sí. En tiempos donde decir sí es complejo, en tiempos donde parece que tenemos algunas tormentas, os atrevéis a incorporaros a esta cadena de servicio en la que el mismo Cristo está presente. Es la Iglesia, la que sirve en nombre de Cristo. Os incorporáis de forma nueva a un nuevo lugar de la barca de los bautizados y el vuestro ahora es el lugar del servicio que Cristo quiere realizar.
Decir sí es vuestro primer regalo a la Iglesia. No es un sí improvisado, porque es el resultado de un proceso largo en el seminario de discernimiento. Hoy acogemos con mucho cariño, que se palpa en el ambiente, vuestro sí. Un sí sincero, generoso, pero también inevitablemente arriesgado porque cuando las personas decimos sí y de verdad, en esta circunstancia que vivimos hoy, o en cualquier otra, realmente nos comprometemos y nos implicamos de por vida.
Vuestro sí, a la llamada al ministerio diaconal va a tener mil bellas consecuencias, va a tener mil implicaciones, va a tener efectos que ni vosotros ni nadie podéis conocer en detalle. Decir sí a Dios es siempre perder el control personal de la vida. Bienvenidos a esta barca de confianza cuyo itinerario os va a llevar por puertos sorprendentes.
Un sí que recibimos, pero es un sí que es para servir. Estos síes son contraculturales y esto lo tendréis que explicar muy bien. Un servicio que siempre es fecundo: el diaconado no desaparece cuando uno se ordena presbítero, es la base sobre la que se funda. Os preparáis a ser sacerdotes, que antes han aprendido a servir e injertan el servicio en el ministerio sacerdotal. Por eso, sois conformados a Jesús que no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar la propia vida. Cada sacerdote lleva dentro un servidor al estilo de Cristo. Con vuestra ordenación nos recordáis, haciendo vida, que estamos todos llamados a interrogarnos, todos los días, por el servicio.
Un servicio no a nosotros mismos, ni a nuestros intereses, por eso cada día hay que saber decir, «Señor, ayúdame. Con lo que venga hoy, ayúdame a servir». Porque el servicio es concreto. Servir quiere decir estar disponibles, renunciar a vivir según la propia agenda, estar preparados para las sorpresas de Dios que se manifiestan a través de las personas, los imprevistos, los cambios de programa o los destinos pastorales, las situaciones que no entran en nuestros esquemas y en los horarios que hemos planificado. Eso es servir. La vida pastoral no es un programa o un trabajo, sino una travesía con el Maestro en la nave de la Iglesia.
Vais a servir a Cristo para que Él sea quien sirva al Pueblo de Dios. Eso sí, en esta empresa no estáis solos: están detrás vuestras familias que os quieren felices en el camino que habéis elegido, está la gente que os ha conocido en las parroquias y en tantos ambientes diversos y que ha podido apreciar vuestras cualidades, está en definitiva el Pueblo de Dios que se alegra por vuestra valentía, por este sí generoso y por vuestro deseo sincero de servir, sirviendo a Cristo y a la Iglesia. Por medio de ellos, hoy Dios os da la mano y os abraza.
Queridos hermanos, quedáis vinculados al Pueblo de Dios al que Cristo servirá a través vuestro. No os habéis hecho a vosotros mismos, sois fruto de este Pueblo de Dios y por consecuencia os convertís en custodios del poder de la Iglesia, que no está en los templos y en los números, sino en el servicio de Cristo. Nuestro poder reside en el servicio y en ninguna otra cosa. Así nos recordáis hoy que toda la Iglesia es constitutivamente diaconal, misionera, sinodal, pero siempre es servicial. El lavatorio de los pies, que se queda en el corazón del diaconado, nos dice que vuestra vida para siempre remite a Cristo. La oración y el celibato será vuestro regalo: un signo de pobreza y de pertenencia al plan de Dios.
Gracias por vuestro sí, gracias por estar en esta barca. Pero vuestro sí también hoy, para todos nosotros, sacerdotes, diáconos, laicos, consagrados y consagradas, es un reto y una interpelación a cada uno de nosotros. Vuestro diaconado es un interrogante para los sacerdotes y para todo el Pueblo de Dios. Nos preguntáis por nuestro sí, incluso algunos que todavía no se han preguntado nada les podéis preguntar, ¿por qué no plantearse este estilo de vida?, ¿por qué no pedirle al Señor lo que quiere de nosotros?
Hoy, queridos hermanos, es un buen momento para renovar y plantearnos cuál es el sí que podemos felizmente darle a Dios. Hoy somos más felices, más santos, pues gracias a vuestro sí damos un paso de fe. Dios actúa y sigue incorporándonos a su barca en su compañía. Estad siempre alegres, Dios desea nuestra felicidad. Su providencia nunca falla.Gracias por el sí de Dios, gracias por vuestro sí y por cada uno de los síes que seguro arrancáis en esta celebración a estos servidores que juntos vamos en la misma barca.
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