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En este viernes yo os quiero hacer, precisamente porque estamos en Cuaresma, una propuesta para escuchar el Evangelio con una originalidad especial. El Señor nos dice que fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Me gustaría que esta noche hiciésemos una composición de lugar diferente. El desierto representa el lugar donde no hay vida, el desierto representa soledad, el desierto crea indiferencia...

Pero, en el desierto, precisamente por la soledad que existe, vienen tentaciones tremendas. Pues imaginaos que, hoy, las grandes ciudades son un gran desierto. Hay un libro que hace poco ha salido publicado, y precisamente habla de que las soledades más grandes, las diferencias y los descartes más tremendos, las tentaciones más terribles, la capacidad para que el ser humano se decaiga, se rompa, nos lo dan las grandes ciudades.

Estamos viviendo en una gran ciudad. Y, por un momento, imaginaos que es el desierto. Un desierto. Y, por un momento, os voy a pedir en primer lugar que tengamos la experiencia de vivir en el desierto.

El Evangelio nos habla de que Jesús tuvo hambre. Pensad por un instante en nuestra gran ciudad. Hay hambre, también: hambre de Dios, hambre de vida, hambre de fraternidad; hay situaciones tremendas de orfandad... Uno se siente sin familia, sin referencias; hay situaciones de injusticia, hay faltas de verdad... Hay hambre. Pensad, por un momento, en vosotros mismos; pensad en amigos y compañeros vuestros, de estudios, de universidad, en los lugares donde estáis estudiando, entre los compañeros que tenéis, en el barrio donde vivís... Pensad que en ese desierto hay hambre. Hay hambre.

La gente no está feliz. Tiene en lo más profundo de su corazón deseos inmensos de Dios, aunque no nombra a Dios y aunque a lo mejor no sepa que es Dios. Es donde más se manifiestan las rupturas, los enfrentamientos, las divisiones, las protestas... de todo tipo. La fraternidad se rompe. Veis entre los jóvenes cómo vienen, a veces incluso los grupos, que se agreden unos a otros... Hay falta, a veces, de familia. Hay hambre de vida verdadera. No es que no haya comida: para muchos hay, y para otros no hay, pero hay hambre de vida, haya hambre de miradas, de que a uno le miren como un hermano, que le atiendan, que no pasen de él, que no sean viajeros, viandantes...

¿Sabéis la diferencia que existe entre los no lugares y los lugares? Los no lugares son el aeropuerto: hay viajeros... En las calles... Los lugares son distintos: hay hermanos, hay hijos de Dios, hay preocupación de los unos por los otros, hay deseos de que el otro esté bien... ¿Veis?

Yo os invito a que esta Cuaresma tengáis esta página del Evangelio como una página importante. Vivid la experiencia de estar en el desierto, vivid la experiencia de esa necesidad de quitar el hambre, vivid la experiencia de esa necesidad de no buscar solamente el poder, el bienestar, el dinero, la explotación, el robo de la dignidad del ser humano... Se roba al ser humano. Es otra tentación que hay en el desierto: el deseo de poder, a costa de lo que sea. Nos lo ha dicho el Señor.

Es más: en el desierto uno quiere hacer un reino a su medida; un reino de y con dinero; un Dios que no me abraza, un Dios que me hace entender la vida –la mía y la de los demás– como que se compra. Tened la experiencia del desierto.

Esta página del Evangelio no es de antes de ayer: es la palabra que el Señor nos viene a decir a nosotros esta noche, y es la palabra que vais a oír el domingo. Yo os diría: pasead, ved la ciudad, mirad a la gente; miradla, observadla, observaos a vosotros mismos...

En segundo lugar, escuchad a Dios en el desierto. Sí: escuchad su palabra. La que sale de la boca de Dios. Esa palabra que nos dice a todos nosotros que lo más importante en la vida, el derecho fundamental que tiene todo ser humano, es amar a Dios y al prójimo como a uno mismo, y amarle como Dios lo ama.

Escuchar a Dios en el desierto. Escuchad lo que dice en lo más profundo de vuestro corazón; escuchad lo que quiere el Señor de cada uno de vosotros; escuchad al Señor abiertamente, sin miedos, no pensando en vosotros, sino en este Dios que quiere entrar en vuestra vida.

En tercer lugar, hagamos un mundo nuevo, creemos la cultura del encuentro, de la salida para todos los hombres; y hagámoslo, no con cualquier palabra, no con cualquier orientación, no con cualquier maestro, sino con el maestro que hoy nos acompaña, Jesucristo nuestro Señor, orientados por su palabra, construidos y sostenidos por su gracia, sanados en lo más profundo de nuestro corazón por el amor de Dios.

¿Veis? Esto os regalo este mes. Esta página del Evangelio de Mateo 4-1-11. ¿Para qué? Para que viváis la experiencia del desierto; para que escuchéis a Dios en el desierto, que habla; para que hagamos un mundo nuevo. El que quiere el Señor. Crear la cultura del encuentro, crear la cultura donde todo ser humano tenga salidas, en la que a nadie le robemos la dignidad, orientados por su palabra, construidos y sostenidos por su gracia, y sanados por su amor.

Vamos a adorar al Señor. Dejaos abrazar por el Señor. Dejaos querer por el Señor. Salid por el desierto de este mundo, no solos, no a vuestro aire. Es verdad que este es un desierto con mucha gente, pero grandes soledades. Solo Dios basta, hemos cantado; nada te turbe, nada te espante, quien a Dios tiene, nada le falta, solo Dios basta. En el desierto se aprende esto. Y cambia la ciudad, cambia la convivencia, cambia las relaciones, cambia las ocupaciones, cambia las preocupaciones, cambia la mirada que tengamos a los demás, cambia nuestro corazón, cambia nuestra vida. Somos más felices y hacemos más felices a los demás. Sí. En el desierto. Adoremos a Jesucristo en el desierto. Pero lo convierte en vergel a través de cada uno de nosotros. Un desierto convertido en vergel, porque hay unos jóvenes en Madrid que son capaces de vivir de la palabra de Dios, de la gracia que viene del Señor, con la capacidad de construir y entregar la novedad, la que Teresa de Ávila encontró: solo Dios basta.

Media

Hay unas palabras que san Juan Pablo II escribió en el inicio de su pontificado, y a las que luego me referiré, que siempre me llenan de sugerencias, sobre todo en este tiempo de Cuaresma, cuando os estoy escribiendo esta carta. Deseo que sea una meditación, que nos ayude en esa conversión que nos pide el Señor para poder realizar el trabajo de la misión que, como Iglesia de Jesucristo, tenemos que hacer. El grito del ciego de Jericó para que lo atendiese el Señor es el grito que todo ser humano, consciente o inconscientemente, da en su vida: tiene necesidad de la cercanía de Dios. Aunque muchas veces ni sepa quién es o no tenga noticia de Él, siente necesidad de Alguien que le quiera incondicionalmente; por eso grita y grita y no para hasta que Dios se acerca a su vida y experimenta su amor. El ser humano no puede vivir sin el amor más grande. Y ese solamente lo puede dar Dios. Aquella cercanía de Jesús, que le dijo al ciego: «¿Qué quieres que haga por ti?», es la que necesita todo ser humano.

Es verdad que el ser humano quizá se hace otros dioses que no son el Dios verdadero, pero todo hombre que viene a este mundo, en lo más profundo de su corazón, barrunta la necesidad de Dios. Hará un dios del dinero, de unas ideas, etc., pero siempre tendrá un Dios. A la larga verá que, si se deja querer por el dios construido por los hombres, sentirá la soledad más grande. No le vale cualquier dios para llenar su corazón y curar las heridas que tiene y que por sus propias fuerzas no puede curar. No puede curar un dios que él mismo se construye o recoge, pero que no manifiesta ni le entrega lo que necesita el ser humano para vivir en plenitud. Las palabras del ciego de Jericó son las que todo ser humano dice de una manera u otra: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!». Necesitamos sentir que alguien nos ama, nos hace, nos construye, nos alienta, nos da felicidad, nos hace ser, nos da seguridad y firmeza, nos da presente y futuro. La compasión que pide el ciego de Jericó es que Jesús tenga pasión por su persona; que lo acoja, le dé su gracia y su amor; que le dé su luz, le quite la oscuridad en la que vive y le dé aliento y fundamentos. Esto es lo que necesita todo ser humano.

Aquella propuesta de Jesús a los discípulos de «Id y anunciad el Evangelio» es un imperativo para la Iglesia. Convencidos de la necesidad de nuestra misión, hemos iniciado el camino cuaresmal, que lo es de conversión, de seguimiento al Señor, de encuentro con Él, de esperanza. El Señor nos ha llamado para una misión fundamental, sin la que el ser humano no puede vivir. Nos ha dicho: «Seréis mis testigos». Hemos de estar disponibles para esta tarea. Jesucristo, que es Amor, dona al hombre la plena familiaridad con la verdad y nos invita a vivir continuamente en ella. Es una verdad que es su misma Vida, que conforma al hombre. Fuera de esa verdad, estamos perdidos y tenemos necesidad de gritar: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!».

¡Qué fuerza tiene la presencia del Señor junto al ciego de Jericó! La presencia del Amor y la Verdad impulsa la inteligencia humana hacia horizontes inexplorados. Jesucristo atrae hacia sí el corazón de todo ser humano, lo dilata, lo colma de alegría, de paz, de iniciativas que buscan el desarrollo de los hombres. Es impresionante comprobar que la verdad de Cristo, en cuanto toca a cada persona que busca siempre la alegría, la felicidad y el sentido, supera cualquier otra verdad que la razón pueda encontrar. ¡Qué comprobación más evidente hacemos en este encuentro con el ciego! La Verdad, que es Cristo, nos busca. Hemos de decir a los hombres que se dejen interpelar por Aquel que se acerca a sus vidas.

Las palabras de san Juan Pablo II a las que aludía antes son estas: «El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente. Por esto precisamente, Cristo Redentor, como se ha dicho anteriormente, revela plenamente el hombre al mismo hombre. Tal es –si se puede expresar así– la dimensión humana del misterio de la Redención» (RH 10a). Precisamente por eso te propongo en este itinerario cuaresmal que vivas así:

1. Vive en amor a la Verdad y al Amor: son como dos caras de ese don inmenso que viene de Dios y que se ha manifestado y revelado en Jesucristo. Sabemos que el hombre no puede vivir sin amor. Por eso proponemos la persona de Jesucristo, pues la caridad en la verdad, de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida terrenal y, sobre todo, con su muerte y resurrección, es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad.

2. Vive en el compromiso que engendra el Amor y la Verdad: el Amor tiene su origen en Dios y siempre mueve a la persona a comprometerse con valentía en construir su vida y la de los demás dando rostro a Jesucristo. Solamente seremos testigos si vivimos en el amor. ¡Qué belleza tiene el corazón de la vida cristiana que es el Amor! Quizá la respuesta más adecuada para la pregunta que hizo el Señor al ciego de nacimiento, –«¿Qué quieres que haga por ti?»– sea ir recorriendo lo que el Señor responde en la parábola del buen samaritano a la pregunta de «¿Quién es mi prójimo?». El Señor invierte la pregunta, mostrando con el relato cómo, cada uno de nosotros, debemos convertirnos en prójimos del otro: «Vete y haz tú lo mismo».

3. Vive en medio de las dificultades que surgen para estar en la Verdad y el Amor: recuerda aquellas palabras del ciego de nacimiento: «Los que iban delante lo regañaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”». Pero, como hizo Jesucristo, con su ayuda, su gracia y su amor, derriba los muros que impiden el encuentro con Dios. Esas dificultades que no permiten descubrir la grandeza de nuestra vida, vienen de dentro y de fuera. Es verdad que están nuestros pecados, que también nos impiden ver quiénes somos y comportarnos como tales, pero también hay dificultades de fuera como las que encuentra el ciego. Como nos dice el Señor en el Evangelio es urgente «ser sus testigos». El hombre tiene sed y hambre de Dios.
Este momento de la historia es de hambre de Dios. Tú también la sientes, tienes vacíos inmensos. Si eres honrado en ver tu verdad, los descubrirás palpablemente. Se quiere saciar de maneras muy diversas, que a veces nos hacen creer que Dios no es necesario. No nos engañemos. En lo más profundo del ser humano, en el núcleo de su existencia, hay una necesidad imperiosa de Dios; estamos diseñados por Dios mismo y Él ha impreso una manera de ser y de comportarnos a su imagen y semejanza. Cuando hacemos otra cosa ni estamos a gusto con nosotros mismos, ni hacemos felices a los demás. Estamos creados según Dios y tenemos una tarea y una misión que Dios imprimió en nuestra vida de tal manera que siempre aspiramos a vivir en ella. Como cantan los monjes en los monasterios: «Venid, adoremos al Señor, que nos ha creado». Estas palabras encierran una verdad y una sabiduría inmensa. Salgamos a la misión y quitemos de la vida de los hombres las dificultades que impiden el encuentro con Dios, las de dentro –el pecado– y las de fuera, que oscurecen la presencia de una Iglesia que es Cuerpo de Cristo, expresión de su amor. Salgamos a la misión. Para ello necesitamos de la gracia de la conversión.

+Carlos Card. Osoro Sierra, arzobispo de Madrid

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