Advertencia

JUser: :_load: No se ha podido cargar al usuario con 'ID': 11

Querido vicario general y vicarios episcopales; señor deán; cabildo catedral; hermanos sacerdotes; queridos diáconos, seminaristas; queridos hermanos y hermanas:

Es verdad: nos reúne un acontecimiento único. Ha nacido el Salvador. Y nosotros hacemos memoria de la entrada de Dios en esta historia. Cantemos al Señor un canto nuevo. Un canto nuevo que el Señor nos regala a todos nosotros con su propia vida. El día en que nosotros recibimos el bautismo hemos recibido la vida de Dios y el canto que tenemos que realizar en este mundo, que es mostrar el rostro de este Dios. Él nos ofrece un camino donde brilla la verdad, donde brilla la fraternidad, donde brilla la paz y donde brilla también la creatividad para todos los hombres.

Bendito sea el Señor. Cantaremos eternamente las misericordias del Señor. Proclamaremos con nuestra propia vida esta misericordia, este amor de Dios. Daremos a conocer a los hombres esta fidelidad de Dios: de un Dios que nos quiere, que quiere al ser humano, que quiere esta historia, que quiere que esta historia marche por otros caminos diferentes a los que los hombres, por nuestras propias fuerzas, hacemos.

Como hemos escuchado, Él en primer lugar anuncia la paz. Él además nos entrega y nos da a conocer el rostro verdadero de Dios. Él es imagen real de ese Dios que a través de los tiempos se nos ha mostrado, se nos ha revelado y nos ha dirigido palabras, pero como nos decía el Evangelio: «la palabra se hizo carne y habitó entre nosotros». Y esto es lo que nosotros celebramos.

Él quiere hacer un pacto con nosotros, queridos hermanos y hermanas. Con todos nosotros. Él quiere consolidar una manera de ser y de actuar en el mundo, y nos ha elegido a nosotros como miembros vivos de la Iglesia para realizarlo. Él nos protege. Él nos salva. Él no nos retira su amor. Abrámonos a este amor que el Señor nos da.

Queridos hermanos: es verdad. ¡Benditos los pies del mensajero que anuncia la paz! De este Dios del que hoy celebramos su nacimiento. No podemos callar este amor de Dios a los hombres, este amor que se ha manifestado en Dios mismo hecho hombre; este amor que nos dice cómo tenemos que ser nosotros; este Dios que tiene que ver la justicia verdadera, la gloria del hombre que precisamente está en parecerse y vivir en la condición que el Señor nos regala, dándonos su propia vida.

Ojalá la Iglesia, de la cual nosotros somos parte, sepamos entregar a este mundo también, como Él lo hizo, la paz. Esa paz que no nace de acuerdos que podamos hacer entre nosotros para no ofendernos, o tomar armas los unos contra los otros; esa paz que nace de un corazón nuevo, de un corazón que sabe que el otro es mi hermano; de un corazón que sabe que el otro es imagen de Dios; de un corazón que experimenta que solamente arrodillándome ante el otro estoy demostrando que soy anunciador de la paz, como hace un momento escuchábamos por el profeta Isaías.

Él es el rostro. Él nos ha mostrado a Dios mismo. Nos ha dicho quién es Dios haciéndose hombre. Sí, queridos hermanos: Él, como nos ha dicho esa lectura de la carta a los Hebreos, como nos dice también el Libro de los Hechos de los Apóstoles, Él nos sacó de la oscuridad, Él nos ha envuelto en su luz. Como a aquellos pastores que estaban en las afueras de la ciudad, cuidando el rebaño, y que no eran precisamente los mejores, no eran precisamente de los que se fiaba la gente, porque incluso cometían y hacían daño a los demás, robando o quitando las pertenencias que eran de otros. Y, sin embargo, Dios les envolvió con su luz. Les cambió su vida, queridos hermanos. Sí, esto es lo que quiere hacer el Señor con nosotros. Nos ha regalado el rostro de Dios. Acojámosle, queridos hermanos.

Como decía Juan Bautista de él mismo: yo no soy quien pensáis, detrás de mi viene uno a quien no merezco desatarle las sandalias. Se refería a Jesús. Ese ha venido, hermanos. Acojámosle, metámosle en nuestro corazón, acojámosle en nuestra vida. Lo habéis escuchado durante estos días: esa genealogía de Jesús, que es impresionante. Un Dios que acepta todo lo anterior. Esa página del Evangelio que muchas veces pasamos de largo porque son nombres y nombres, y nos aburren. Esa página del Evangelio que sin embargo es especialmente importante para todos nosotros, queridos hermanos, porque en la condición en la que estemos Dios nos ha metido en su familia, nos considera de su familia, en Jesucristo.

Ved que en esa genealogía hay grandes patriarcas, grandes reyes, grandes profetas, hombres santos, pero también grandes pecadores, grandes hombres y mujeres que han vivido al margen de Dios. Y, sin embargo, esa genealogía la asume también nuestro Señor, pero la cambia. La cambia. Si os habéis dado cuenta, cuando la leáis fijaos en algo que es importante cuando habla de José: Él dice «Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Cristo». Cristo no es engendrado por hombre. Engendrar, en la Biblia, significa dar el ser y la propia manera de ser y de comportarse. Pues Jesús asume todo lo anterior, pero nos regala una forma de ser nueva, una forma de ser y de comportarse absolutamente nueva. Vivamos esta forma de comportarnos, queridos hermanos. Una forma de comportarnos que descubrimos a la luz del misterio de Navidad. En este camino de la Encarnación se nos da un imperativo especial a todos los hombres: que compartamos, que vivamos de la vida que el Señor nos ha entregado, que lo descubramos, que comportamos esos valores que han sido mantenidos como esenciales y regalados por nuestro Señor Jesucristo.

Dios se nos regala. Qué fuerza tiene ver en la Navidad que Dios no está lejos, como nos decía el Evangelio que acabamos de proclamar. Que Dios no es inaccesible, que desea ocupar nuestra vida, que se hace niño por nosotros y disipa toda clase de ambigüedades, y se hace prójimo y establece la imagen verdadera del hombre. La que Él nos ofrece. Qué manera de ser la de Dios que se nos ofrece en la Navidad. Y qué manera podríamos tener los hombres si acogiésemos esta manera de ser que Él nos da.

Yo os invito, en esta Navidad, hermanos, a entrar en un diálogo y en una contemplación de ese Dios que se nos revela en esa página del Evangelio de san Juan: la palabra se hizo carne, la palabra habitó entre nosotros, la palabra tiene rostro, la palabra nos ha dado su rostro a nosotros. Démosle gracias. Todos los que estamos aquí tenemos el rostro que nos ha dado Cristo. Nos ha engendrado de nuevo, nos ha dado su vida, nos ha dicho: «Entrad por el camino de la verdad». La verdad es Él, queridos hermanos. ¿No os acordáis qué significa esto para nosotros? Lo mismo que significaron aquellas palabras que el Señor les dijo a los discípulos de Juan cuando fueron a preguntarle de su parte: «¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro?». Y el Señor les contestó: «Id y decidle a Juan lo que estáis viendo. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son elevados y evangelizados, y se les entrega la Buena Noticia».

Queridos hermanos. Esto es lo que espera el Señor de nosotros. Entrar por el camino de su verdad. Que en medio de este mundo, la Iglesia de Cristo convenza a los hombres no con palabras sino con vuestra vida, que se puede ver más allá de lo que nosotros a veces vemos: que el otro es mi hermano, sea quien sea; que el otro es imagen de Dios. Sí, que ante todo otro, yo tengo que arrodillarme. Que lo vea. Id y decid a los hombres: con vuestra vida, la verdad de Dios. Entrad, hermanos, por el camino de la vida también, donde se muestra el rostro más bello del ser humano. ¿No veis a María, promotora de la vida? Lo habéis visto estos días, en este tiempo pasado de Adviento: en las páginas del Evangelio que se nos entregaban, María aceptaba que Dios entrase en su vida, que ocupase su vida. Lo hemos visto, también, en José, el esposo de María, que en un principio, cuando recibe la noticia de que María espera un hijo, entra en duda, le entran miedos... Pero el ángel le dice «No temas, no temas».

Acojamos, queridos hermanos, entrar por el camino de la vida. Entrar en esa profunda conversación con Dios que nos elimina los miedos a todos nosotros. Dios nos muestra que Él tiene poder para hacer y provocar una vida nueva en la historia, porque para Dios nada hay imposible. Creamos esto, queridos hermanos, y entremos por este camino. Entrad por el camino de la fraternidad. Se nos invita hoy a entrar por este camino. Dios creó todo lo que existe, y puso al frente de la creación al ser humano. Pero el ser humano no era capaz de hacer una gran familia, y ha tenido que venir Cristo. Y esto es lo que celebramos hoy. Ha venido Cristo para decirnos que Él, siendo Dios, se ha hecho hombre. Y se ha hecho el mayor de los hermanos. De todos nosotros. Y su mirada a todos los que se ha encontrado y se encuentra por la vida es una mirada de hermanos. No es el enemigo. Dios tiene hijos, no lo olvidéis queridos hermanos. Dios tiene hijos. Es verdad que a lo mejor algunos no lo reconocen, pero él los reconoce como hijos. Y el Hijo, que ha nacido en Belén, así ha reconocido a todos los hombres. Y los hijos, que somos nosotros en el Hijo, tenemos que hacer lo mismo. Entremos por el camino de la fraternidad. Y entremos por el camino de la paz.

Queridos hermanos: en esta tierra en la que, como os he repetido estos días, como dice el Papa Francisco, estamos en la tercera guerra mundial... Por partes, es verdad: no es en un lugar determinado, pero en muchos países, en muchos lugares, casi en todos los continentes, hay conflictos, hay divisiones, hay rupturas, hay enfrentamientos, hay matanzas, hay crímenes... Queridos hermanos: qué belleza tiene la descripción que nos hace de los pastores el Evangelio: ¿Quienes eran estos? Según la tradición, hombres de poco fiar; el pueblo de Israel no los tenía en mucha estima, daban guerra, pero precisamente el Señor se presenta a ellos para regalarles y ofrecerles su paz. Regalemos esta paz.

Los cristianos tenemos una misión en este mundo y en esta tierra. Sí, hermanos. Tenemos la misión de hacer posible que se elimine toda guerra, todo conflicto. Y no lo hacemos con nuestra fuerza. Lo hacemos con la fuerza de Dios. Nada hay imposible para Él. Pidámoslo a Dios. Pero, también hermanos, no tengamos más armas que las que el Señor nos entrega el día de su nacimiento: su inmenso amor a todos los hombres. Vayamos a Belén. Vayamos. Encontrémonos con Jesucristo. Vayamos como los pastores, dando gloria y alabanza a Dios. Aceptemos el don de la paz, que solo nos viene de Cristo. Y regalemos este don a todos los hombres.

Esto es, hermanos, lo que nos hace también creativos. Porque nos hace salir de nosotros mismos, nos pone en camino, a pesar de las dificultades. Como a María: cuando recibe la noticia de Dios, cuando Dios entra en su vida y ya está creciendo en su vientre, María sale al camino. Y sale al camino para llevar a Dios. Y Dios hace maravillas. Un niño que no ha nacido siente la presencia de Dios. Una mujer anciana, que sería imposible que tuviese descendencia, siente la grandeza de Dios ante la presencia de María que lleva dentro de sí a Dios, y prorrumpe en aquella expresión: «Dichosa tú, que has creído».

Queridos hermanos: esto somos nosotros. Podemos salir por los caminos. Seamos creativos. Pero lo seremos si nos encontramos con nuestro Señor. Como ahora, dentro de un momento, lo vamos a hacer. Cristo, el mismo que nació en Belén, el que murió en la Cruz, el que ha resucitado, se hace realmente presente aquí, en este altar. El mismo, hermanos. Él es la paz. Seamos nosotros, como nos decía el profeta, pies mensajeros de la paz de Dios. Seamos nosotros también, como nos decía la segunda Lectura, rostro verdadero de Dios en medio de esta historia, de este Dios que ha tomado rostro humano. Dejemos que Él coja todas nuestras vidas, enteras; que entre en todos los rincones de nuestra existencia, queridos hermanos. Como decía Teresa de Ávila: «Que entre en todos los lugares, en todas las habitaciones de nuestro castillo». Que son muchas. Dejémosle entrar en todas. Porque algo importante ha pasado en esta historia. No es la historia de forma igual la que construimos los hombres solos que aquella cuando nos dice el Evangelio que es construida cuando la Palabra se ha hecho carne. Y nosotros, yo y vosotros, somos testigos de que la Palabra se ha hecho carne en Jesucristo. Y se nos ha dado a nosotros como fuerza, como vida, y para que seamos sus testigos. Amén.

Media

Señor Deán; cabildo catedral; vicarios episcopales; queridos hermanos sacerdotes; diáconos; queridos seminaristas; queridos hermanos y hermanas:

Esto es lo que nos reúne esta noche a todos nosotros. Esto es lo que en todas las partes de la tierra reúne a hombres y mujeres, niños y jóvenes, a ancianos. Nos reúne el recuerdo y la memoria de que nació el Salvador, el Mesías, el Señor. Y que es necesario que esta humanidad haga el cántico nuevo que Él vino a traer a esta tierra, que vino a entregar a todos los hombres. Así lo decíamos en el Salmo 95 que juntos hemos recitado: «Que le cante el Señor toda la tierra» ese cántico nuevo que Él vino a hacer entre los hombres, que nos enseñó a hacer a los hombres. Proclamemos su amor con su amor, su grandeza con la pequeñez con la que Él se hizo presente en este mundo, para mostrarnos su grandeza, entenderla también nosotros, y acogerla en nuestro corazón. Hermanos: esto es lo que nos reúne.

Tres palabras me gustaría que quedasen en vuestro corazón marcadas, en esta noche excepcional para toda esta humanidad. Una palabra es: una luz. En segundo lugar: un maestro. Y, en tercer lugar: un encuentro.

Una luz, queridos hermanos. El pueblo, la humanidad, sigue andando a oscuras. Es necesario que esta luz grande se muestre, como nos decía el profeta Isaías: «Los que vivían en tierras de sombras, les brilló una luz viva, que se acrecentaba, que hacía que la alegría de su presencia fuese grande para todos los hombres». El profeta se refería a Jesucristo. Se sigue refiriendo a Jesucristo, queridos hermanos. Una luz necesita la humanidad y necesitan los pueblos. Una luz que les haga ver quiénes somos y quiénes son todos los que nos rodean. Que nos haga ver el sentido que tiene nuestra vida, el yugo que quita Dios cuando se le deja entrar en nuestro corazón; la construcción de vida que realiza Jesucristo cuando hace posible que Él quite todas las rupturas que se dan en nuestra vida.

Hermanos: este Dios que el profeta anuncia como maravilla de consejero, como Dios fuerte, como siempre Padre, como príncipe de la paz, es Jesucristo Nuestro Señor, que nos reúne en esta Navidad, a todos nosotros, esta noche. Grande es su señorío y grande es la paz que Él nos entrega. Y el regocijo y la alegría que entrega a todos los hombres. Que nos dejemos restaurar, construir, hacer por este Dios que se ha acercado a nosotros y que sigue queriendo acercarse a nosotros, queridos hermanos. Mirad: Cristo ha dejado a su Iglesia, de la cual somos parte nosotros. Esta Iglesia que tiene que presentar la luz de Jesús en el mundo, que tiene que traslucir la luz, que es el mismo Jesús a esta tierra, a todos los hombres. Esa maravilla de consejero, de príncipe de la paz, ese Dios fuerte, se tiene que mostrar a través de nosotros, y de tantos y tantos como nosotros que, en todas las partes de la tierra, se sienten perteneciendo a la Iglesia. Un cuerpo que expresa y manifiesta la luz de Jesucristo. Un cuerpo que sigue repitiendo a los hombres que somos hermanos. Un cuerpo que sigue diciendo a los hombres que nada de rupturas, nada de guerras, nada de violencia. Es el príncipe de la paz. Y la Iglesia quiere mostrar esta paz a todos los hombres.

El pueblo vio una luz grande en Jesucristo. Hermanos: hoy, en esta Navidad, hagamos todos este compromiso, mostremos esta luz que es Jesucristo. Juntos. Con toda la Iglesia. Sí, con esa Iglesia que está formada por nosotros y por tantos hombres y mujeres que, antes que nosotros, han triunfado ya y están junto al Seño, y nos ayudan a nosotros, y caminan con nosotros, y nos alientan a dar esta luz que necesita esta humanidad.

Un maestro: en segundo lugar. Qué palabras más precisas nos entregaba el apóstol Pablo hace un instante: la gracia salvadora se ha manifestado. La gracia salvadora nos dice lo que tenemos que hacer, cómo tenemos que vivir, cómo tenemos que estar entre nosotros los hombres, qué es lo que tenemos que decir a los demás... Renunciemos a la impiedad; renunciemos a las pasiones que nos rompen, que nos dividen, que desestructuran nuestra vida, que rompen la imagen preciosa que Dios ha puesto en nosotros y que Cristo nos ha regalado por el bautismo, que ha rehecho nuestra vida dándonos su propia vida... Feliz esperanza, feliz manifestación de la gloria de Dios, queridos hermanos, que nos muestra Jesucristo dándonos a nosotros todo lo que Él es, todo lo que Él tiene, para que lo regalemos a los hombres.

Él nos ha rescatado. Él ha eliminado de nosotros todo lo que estropea al hombre. Acojámoslo. Acojamos su gracia. Sí, hermanos: urge, es necesario. Es necesario que mostremos a esta humanidad que el papa Francisco nos dice que está en guerra, en tercera guerra mundial pero por partes, en muchos lugares del mundo: divisiones, rupturas, enfrentamientos, egoísmos, malos entendimientos...

Queridos hermanos: tenemos un maestro que nos enseña a vivir con sensatez, que nos enseña a vivir como hermanos, que nos ha regalado el Padrenuestro; que sabemos que tenemos un único Dios y que todos somos hermanos; que tenemos que buscar el construir la fraternidad, salidas para todos los hombres; que el centro de la existencia de la historia es el ser humano: ni es la economía, ni es el poder, ni es la fuerza, sino el ser humano que es imagen de Dios, y hay que salvar al ser humano. Cristo, el hijo de Dios, se hizo hombre para rescatarnos de toda iniquidad, para purificar esta humanidad. Acojamos a este maestro.

Y, en tercer lugar, queridos hermanos, un encuentro que en esta noche santa yo os invito a realizar, un encuentro que descubierto en Jesucristo tiene tal fuerza... ¿Os habéis dado cuenta, esta página del Evangelio de san Lucas, lo que nos dice? Dios se hace hombre. Y Dios quiere anotarse entre los que pertenecen a esta humanidad. Nos lo ha dicho el Evangelio: José de Galilea subió también a la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David que se llama Belén, para empadronarse, para inscribirse. Él y María. Y allí es donde... Cuando se empadronan, cuando todo el mundo sabe que habita en esta tierra ese matrimonio, nace Jesús en Belén, toma rostro Dios. El Dios en quien creemos tiene rostro, hermanos, para dárnosle a nosotros; tiene rostro humano para dárnosle a nosotros, para decirnos: sé hombre, sé mujer, admite la manera de ser y estar en el mundo que Dios ha querido tener para entregar la salvación a esta humanidad; acoge, inscríbete en este mundo de esta manera, con esta actitud, con este rostro.

Qué maravilla, queridos hermanos. Mi pregunta esta noche, empezando por mí: ¿Me inscribo con el rostro de Jesucristo? Por lo menos, ¿estoy abierto a tener ese rostro? ¿Estoy abierto a tener ese rostro y darle a las personas que están a mi lado? Mostrar que es este rostro el que merece la pena dar en este mundo, para cambiarle.

Como veis, hay que inscribirse. Tenemos un carnet de identidad, o un pasaporte, porque aquí estáis personas de otros países. Tenemos un pasaporte. Ahí se nos identifica. Pero, hermanos, vale una fotografía, valen unos certificados quizás de buena conducta para darnos la posibilidad de trasladarnos de un sitio a otro. ¿Pero basta eso para cambiar esta humanidad? ¿No es necesario que en este día de Navidad nos abramos y tomemos el rostro de Jesucristo, y en ese pasaporte o en ese carnet de identidad pongamos: Señor, yo soy este, pero tengo una vida que me ha sido dada por Dios mismo, y quiero mostrarla, y quiero presentarla en esta humanidad, quiero visibilizarla en esta tierra.

Pero además, hermanos, esto hay que darlo a conocer. ¿Veis? Se aparecieron los ángeles a unos pastores. Los pastores en tiempos de Jesús, en el pueblo de Israel, no eran precisamente unos hombres de prestigio; vivían a las afueras, a veces robaban, y la gente no se fiaba de ellos, no eran hombres de fiar. Sin embargo, Dios quiere regalarles a ellos la noticia que les envuelve de luz, como nos dice el Evangelio: «no temáis, os anuncio una alegría»; no temáis, no viene nadie a meteros a la cárcel. No. No viene nadie a echaros más afuera, más lejos. No. Viene a reintegraros, viene a daros una luz, viene a cambiar vuestras vidas, viene a reconocer vuestra dignidad, viene para que vosotros reconozcáis la dignidad de todos los demás hombres.

Queridos hermanos: empezando por mí, vamos a sentirnos por un momento pastores. Sí. Habrá gente que nos quiere lejos, porque además pueden tener razón: no somos lo que tenemos que ser. Pero, hermanos, Dios cuenta con nosotros. Una gran noticia llega esta noche a nuestra vida, y es la noticia que nos dice Dios: os quiero, os doy mi luz, os quiero, cuento con vosotros para manifestar esta luz, os anuncio una alegría: soy vuestro salvador, no lo busquéis en otro sitio, no lo busquéis en otros lugares, soy yo: Cristo. Él es el que trae la paz que necesita esta tierra y este mundo. Acogedlo, dadlo a conocer, entregadlo a los hombres, manifestad que esto es verdad con vuestras vidas.

¿Veis, queridos hermanos? Un encuentro. Necesitamos este encuentro con Jesucristo para ser Navidad hoy también para los hombres. Necesitamos inscribirnos en este mundo. Sí. Necesitamos empadronarnos en esta tierra, pero con el rostro de Jesús. Y no hace falta ser especiales: podemos a veces ser como los pastores, pero el Señor quiere cambiar nuestras vidas y nos anuncia su alegría, y nos dice que demos gloria a Dios, nosotros, con nuestra vida.

Hermanos y hermanas: qué regalo más grande nos ha hecho el Señor en esta noche en que celebramos la Navidad. Un regalo inmenso, necesario. Se nos presenta como luz, se nos presenta como maestro, y quiere encontrarse con nosotros. Lo va a hacer en el misterio de la Eucaristía. El mismo que nació en Belén se hace realmente presente en el misterio de la Eucaristía. Sí. El Señor que murió en la cruz y que ha resucitado se hace presente, y nos dice que Él vuelve. Y mientras tanto dejaba su Iglesia, de la que somos parte nosotros, para que hagamos visible el rostro de Jesús, la Navidad en medio de los hombres. Hagámoslo. Abramos nuestro corazón.

Media

Arzobispado de Madrid

Sede central
Bailén, 8
Tel.: 91 454 64 00
arzobispado@archidiocesis.madrid

Cancillería

info@archidiocesis.madrid

Catedral

Bailén, 10
Tel.: 91 542 22 00
informacion@catedraldelaalmudena.es
catedraldelaalmudena.es

 

Medios

Medios de Comunicación Social

 La Pasa, 3, bajo dcha.

Tel.: 91 364 40 50

infomadrid@archidiocesis.madrid

Informática

Departamento de Internet
C/ Bailén 8
webmaster@archidiocesis.madrid

Servicio Informático
Recursos parroquiales

SEPA
Utilidad para norma SEPA

 

Search