Vivimos, lo queramos o no, llenos de miedo y de oscuridad. Como esta noche hay muchas oscuridades que nos rodean, realidades que salían en cada viacrucis como la violencia que asesina, el agujero negro de los refugiados, el fundamentalismo a gran y a pequeñas escalas en nuestra forma de pensar la vida y la fe, la oscuridad de la corrupción, la oscuridad del acaparar bienes a precio de injusticia, la destrucción de la casa común y tantos hábitos que arruinan la vida del planeta. Y oscuridades que también llevamos todos nosotros dentro, nuestras luchas, las enfermedades, los dolores de tantos problemas. Queridos amigos que hemos compartido el movimiento de esta Semana Santa: el Viernes Santo nos ha retratado, hemos sido Pilatos, Herodes, Anás, Caifás, mirones simplemente o masa, pero no nos hemos quedado ahí.

Aun con nuestros sepulcros y con nuestras losas apuntaladas en nuestras vidas, hoy, en medio de la oscuridad de la noche, unos pocos os atrevéis a salir y a cruzarla. También los más pequeños que estáis aquí y sois muy valientes. La fuerza para salir esta noche la hemos tomado estos días: la liturgia y la escucha de la Palabra nos ha preparado y nos ha animado. Y nosotros hemos salido esta noche como las mujeres, como ellas buscamos la tumba del amigo, como ella esta noche llevamos los tarros de nuestros viejos aromas, de esa religión muerta, la de los dioses precocinados, o con tarros de oraciones hechas y vendas para que todo siga igual.

Pero también, como las mujeres, solo nos lleva a atravesar la noche por amor al amigo, el querer a Jesús. A veces estancados en un eterno Viernes Santo, con procesiones sin compromiso o con misas sin transformación de vida, con atención a los pobres sin cambio de corazón o resignados ante las injusticias porque decimos que “esto es lo que hay”.

Quizás hoy somos como aquellos, pero Dios nos busca, te busca, y siempre nos sorprende. Las mujeres nos dicen que ir a lo hondo de la vida por amor, que ir a las tumbas y a los lugares de las cosas muertas, a los lugares como las tumbas donde aparentemente triunfa el mal y la muerte no es un camino a ninguna parte, porque allí Dios siempre nos sorprende. La clave es no ir solos, sino ir juntos dándonos la mano y construyendo Iglesia, sinodalmente unidos. Venimos hoy aquí, con nuestros duelos y cruces, y es aquí, en medio de la noche, donde recibimos la noticia que se llena y hace todo nuevo y alegre. Este Jesús viejo que buscamos no está aquí. Era necesario venir a cargar con cruces, pero ahora hay que moverse de nuevo.

No está aquí. Entre las cosas muertas no está Cristo. Era necesario llevar nuestras cruces y nuestro pecado al sepulcro, pero allí Cristo ha resucitado y así esta noche toda la vida puede ser iluminada con una tenue luz de un cirio. Nada más. Jesús ha resucitado y no vuelve a morir. La primavera de Dios llegó y ya nunca terminará. No celebramos un cumpleaños, sino que Dios mismo, hoy, transforma cada cruz entregada por amor en vida para todos. Ese es el bautismo que hoy celebráis y renovamos. Es Él quien nos rescata, es el rescatador de tanta mente que se siente enferma, de tanto corazón desquiciado, endurecido por tanto bullying, insulto o desprecio. Hoy resucita al niño, al joven y al anciano en la medida que reconozcamos lo que somos.

Y si no está aquí, ¿dónde está? ¿Dónde está el Resucitado? Ese será la tarea de Pascua, descubrirlo. Solo se me ocurre deciros que primero, si tenemos que buscarlo, mira en ti. En cada uno de nosotros. Tú has resucitado. En Jesús, tú y yo, somos resucitados desde nuestro bautismo. Esta noche es para guardarla en la memoria porque nos dice que has sido injertado en la resurrección por medio de Cristo y eso supone que hoy nacemos de nuevo un poco más. Cada entrega puesta en la cruz, Dios la resucita en Cristo. Cada espera, aunque te llamen tonto, tiene futuro, nadie morirá. Cada paso en el seguimiento de Cristo, Dios lo incorpora en la resurrección. Tú eres también resurrección de Cristo.

El que pierde la vida, la gana. Y esta noche vemos que es verdad. ¿Dónde está el Resucitado? Trae aquí tus recuerdos, esos encuentros fuertes en la vida, vamos a ponerlos juntos porque son la clave de esta resurrección. Y si tenemos que buscar a Jesús, también tendríamos que decir que hay que mirar a la comunidad cristiana, a los discípulos, a la Iglesia. Allí lo veréis claro: es la comunidad la que acoge el anuncio desde el primer momento. Los discípulos se ayudan a hacer la experiencia de la resurrección, como nosotros. Nos necesitamos unos a otros para celebrar la eucaristía. Por eso, esta noche juntos, renovaremos nuestro bautismo por medio del regalo del agua nueva y así diremos que en Cristo venceremos.

Permitid, que, al mirar a la Iglesia, también miremos este gesto de acompañamiento y la presencia de nuestros hermanos del patriarcado ecuménico de Constantinopla: lo vemos como un signo de Pascua que podamos celebrarla juntos y un signo de la acción del Espíritu Santo. En este tiempo de guerras y violencias, donde el sufrimiento de tantos clama al cielo, en esta Pascua proclamamos juntos a todo nuestro mundo que la convivencia en Dios y en paz es posible y que nuestras Iglesias tienen el deber de ofrecer un Cristo un ejemplo de diálogo y un encuentro en un mundo sediento de fuentes de fraternidad. Ojalá, el año que viene, podamos celebrar también en la misma fecha, porque coincide nuestras pascuas, como tanto se alegra el patriarca Bartolomé y el Papa Francisco.
¿Dónde está Cristo? Di, en nuestra Iglesia y en estos gestos de comunión, pero nos queda un sitio más. Ve a los más pobres, a los sepulcros, al hortelano, al caminante, a cada llaga abierta, allí Jesús te espera. Madrid está lleno de campos que esperan la resurrección, muy cerca de nosotros. No es una moda, es una identificación. El mundo está lleno de llagas del Resucitado que piden ser tocadas, leídas y vividas en clave de vida y resurrección.

El Resucitado no va a quedarse indiferente ante las úlceras y las heridas de la humanidad. La Resurrección se abre paso y no termina hasta que resucite el último de nuestros hermanos. Solo queda guardar la experiencia de esta noche y ser sembradores de resurrección en los lugares donde Jesús nos llama: en ti, en la Iglesia, en las llagas empobrecidas. Busca el rastro porque allí está el Resucitado. Felicidades, hermanos, feliz Pascua porque somos semilla de una nueva humanidad. Hoy comienza un nuevo tiempo, hoy empieza algo nuevo y el Resucitado cuentas con nosotros.

Media

Si algo hoy celebramos es que no hemos nacido para el sepulcro, somos semilla de algo nuevo que está naciendo. Hoy hemos escuchado que el coro cantaba el 'Victimae Paschali Laudes', alabanzas a la víctima pascual. Antes de Trento había muchas secuencias que se cantaban antes del Evangelio y el Concilio dejó solo las más importantes. La secuencia de hoy es del siglo XI y es un precioso diálogo con María Magdalena.

En la fortaleza de la mañana pascual se pregunta: “¿Qué has visto de camino María en la mañana?”. Y responde María: “A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudario y mortaja, resucitó de veras. Mi amor y mi esperanza. Venid a Galilea, allí el Señor aguarda, allí veréis los suyos la gloria de la Pascua”.

¿Qué has visto? ¿Qué has visto de camino María en la mañana? Hoy, Domingo de Pascua, toda la Iglesia se viste de blanco como un canto de alegría, de pureza y de transfiguración. El blanco, que hoy reviste este altar, es recuerdo de esta luz que Jesús dejó que traspasara a través de su cruz. Las heridas de los clavos y del costado se han convertido en este mañana en manantiales de vida eterna y en ventanas que iluminan la luz de Dios. El Cielo y la Tierra se dan la mano y se unen para cantar la victoria de Jesús, la historia y la eternidad se abrazan ahora. Nuestras fragilidades y nuestros miedos se diluyen en el abrazo que el Resucitado le da al mundo. Con María y con tantos otros de camino, hoy nosotros somos testigos de la Pascua y del paso de Jesús por nuestras historias, de un Jesús que es capaz de renovarlo todo como celebramos hoy con vuestro bautismo.

Definitivamente, es la fe de la Iglesia, la fe de aquellos amigos de Jesús que habían desesperado al verlo en la cruz y de repente son rescatados de sus sepulcros. Este es el fundamento de la Iglesia: la resurrección. No hay razón más poderosa que esta: sabemos que Jesús ha triunfado, definitivamente, sobre el dolor y la muerte. Verdaderamente ha resucitado. Hoy, cada uno con la vida que lleva, venimos aquí juntos y presentamos ofrendas de alabanza. Dinos María, como tú lo has visto, como tú dejamos un sepulcro cerrado con una gran roca a la entrada y cuando nos encontramos ante los sepulcros nos preguntamos cómo podemos quitarlos y quién puede hacer rodar la roca.

Quién de nosotros no ha sentido alguna vez en la vida el peso de alguna roca. A menudo nos parecen piedras que nadie puede quitar o en nosotros o en la sociedad o en la familia. Esta Pascua se da en un mundo concreto en el que su complejidad nos suena a sepulcro sellado. Tú, María, vivías en un mundo duro. Nosotros también en un mundo de sepulcro y losas complejas: entre los consumismos, la desigualdad, la invisibilización de la pobreza, la crispación y tantas cosas que llevamos a cuestas. Tú, María, ante el miedo al sepulcro no te aislaste y ni la losa te paralizó. Muy pronto en la mañana te pusiste de camino: no te aislaste diciendo que no había remedio o que “esto lo arreglen otros”. El amor te puso en marcha y caminaste. Danos la mano hoy María y dinos que, si vamos por amor al sepulcro, si los afrontamos por amor, también hoy Dios nos desbanca con la sorpresa.

Dejémonos que nos pregunte María qué es lo que hacemos por amor ahora, a dónde vamos por amor, el amor del auténtico. Ir a los sepulcros da miedo, pero allí viste María que Dios quite la losa. Solo viste eso y aparecen entonces carreras, iras y venidas al sepulcro. No es la solución rápida, sino el comienzo de una gran primavera. Es el inicio de todo para dejar que allí Dios nos rescate. Para dejarnos animar unos a otros con la fuerza de la fe, como Pedro al discípulo amado, como el discípulo amado a Pedro, como Magdalena a los discípulos, porque sin la comunidad la Pascua no crece.

Dinos María, qué viste y cómo eres testigo de Jesucristo en la vida de la humanidad, dinos que tenemos remedio y dinos que valió la pena estar junto a la cruz del Señor intentándole dar cariño y lágrimas. Dinos María, qué has visto y cuál es nuestra esperanza. Al pronunciar tu nombre, Jesús, experimentas que Cristo se queda y que podemos verlo, incluso hasta quisiéramos tocarlo.

Hermanos, Cristo está en tu vida, en tus desvelos, en tu levantarte por las mañanas y preguntarte si tendrá sentido el día de hoy, en cuidar a tus hijos, a los amigos, en abrir y cerrar a la parroquia, en el cansancio cuando no puedes más. Allí está Cristo. Cristo es Pascua y atraviesa todo sepulcro para dar luz a nuestro mundo por miedo de tanta gente que se está entregando por amor. Toda la gente que hace posible que la Iglesia siga adelante y que haya un altar preparado allí para cuando quieras, que haya alguien que te escuche o cuando necesites un abrazo.

Dinos María que podemos escuchar de forma nueva. “Ánimo, yo he vencido al mundo”, como dice el Resucitado. Porque Cristo se queda en todos los despojados, en los más pobres y en las víctimas. Dinos María, como la Pascua nos ha ido quitando corazas, disfraces, armaduras a todas y a todos, disfraces de lo que somos todos nosotros. La desnudez de Jesús en la cruz es el ícono de todas nuestras desnudeces. Pero Dios da una respuesta a ese cuerpo exhausto y lo cubre de vida.

El Dios, que nos ha regalado los labios para besar, el olfato para oler, el útero que engendra la vida, ese Dios que recoge el cuerpo de Jesús y lo vuelve a llenar de vida, como lo hizo con el barro de Adán, ese Jesús es el que viene a nosotros. Es Dios mismo. Dinos María, como esta mañana podemos decir a toda la gente que conocemos: Venid a Galilea, venid a nuestra Iglesia, ya hemos encontrado la clave de la vida, porque ahora nos toca a nosotros seguir tus pasos y reproducir los misterios de la Pascua desde el bautismo que hoy renovamos con vosotros y que recibimos un poco más. Hoy, somos todos convocados a tomarnos en serio la responsabilidad a recordar a nuestra humanidad que Dios resucita y siempre hace cosas buenas. Cada uno con la responsabilidad que tiene en sus manos, como padre o madre, como político o empresario, como educador, profesional, sacerdote. Somos convocados a dejar que Cristo resucite en nosotros juntos y a sembrar nuestra ciudad y nuestro mundo de esta noticia de resurrección.

Somos sembradores de esta semilla que se nos entregó en el bautismo y que hoy se nos regala de nuevo y queremos dejar crecer. Sembradores de esta resurrección. Regalos sí, cada uno de nosotros como la Magdalena, un regalo para nuestra Iglesia, un regalo porque tú estás tocado de la resurrección.

Lucharon vida y muerte en singular batalla, y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta. «¿Qué has visto de camino, María en la mañana?» «A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudario y mortaja. ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!.

Media

La celebración de hoy es la más valiente de todas las que ofrece la Iglesia porque nos coloca ante lo que nos enseñó Jesús en su vida histórica: «Quien no coge su cruz no puede ser discípulo mío».

La cruz provoca el volver el rostro y no mirar. Madrid está lleno de lugares de sufrimiento y dolor. Pero nos cuesta no invisibilizarlo, aprendemos pronto a caminar por nuestras calles eludiendo todo lo que es cruz.

Y el resultado es un sujeto y una ciudad desnortada, perdida, confundida por tantos vientos que nos llevan irremediablemente a fabricarnos una vida al estilo de una gran película , donde cortamos los tramos que no nos gustan.

Por eso Jesús vivió el vía crucis, por eso lo abrazó, lo atraviesa y nos invita a seguirle afrontando el mal y sus rastros de sufrimiento, y hacerlo a golpe de amor, de sacrificio y de entrega. Es momento de aprender y dejar que el crucificado nos dé la mano y nos ayude a enfocar la mirada y mirar allí donde el Padre Dios mira porque está el Hijo.

Cuando el Amor es grande, las palabras sobran. «Nadie me quita la vida, yo la doy voluntariamente» (Jn 10,18). Eso es lo que hay detrás de la cruz, un corazón que no huye ante la dificultad, sino que se acerca más, se implica más, se compromete más. Por ti, por mí, por quienes sufren.

No tenemos una respuesta a lo que nos desborda. Nos paraliza el desconcierto, la soledad, el miedo. Entramos en shock. Pero hoy, si atinamos a enfocar donde Dios mira palpamos que ahí es donde se nos desvela la grandeza del amor de Dios. La grandeza de la fe es que mirando a Cristo crucificado aprendemos a llamar a las cosas por su nombre.

Él ya nos ha hablado muchas veces y nos avisa continuamente de su final trágico, habla de la Resurrección, pero eso ya no se escucha. Es típico apuntarnos al poema que dice: «No quiero cantar ni puedo al Cristo del madero, sino al que caminó en el mar». El Cristo del madero no es muchas veces agradable si nos recuerda a nuestras heridas y las de nuestra gente. Nos gusta más acudir a la meditación pero alejada del Calvario, los latigazos y la muerte concreta. Nos gustan las procesiones pero sin mirar tras la cruz. Nos va el intimismo teórico y muchas veces más del «Jesús de la mar» y no el del Calvario.

Pero nuestros jóvenes se siguen suicidando, las UCIS siguen estando repletas. También los tanatorios, los cuidados paliativos, los psiquiátricos y los funerales. Las víctimas siguen llorando y la muerte está ahí . No se puede quitar. Por muchos sueños infantiles que prometen la eternidad científica y el transhumanismo.

Mirad el árbol de la cruz, no apartéis la vista, porque es Dios el que pasa por ahí, y si no miramos ese árbol no veremos a Dios. Por eso la palabra de Dios de hoy nos invita de nuevo a mirar, y nos centra la atención como enfocándola más, «mirarán al que traspasaron». Mirar no solo la cruz, sino a quien está en ella, que es quien la ilumina y nos enseña a acogerla de otra manera. Mirar hasta ver que «al punto salió agua y sangre».

Es necesario ahondar y contemplar cada palabra en el corazón, pues no hay quien entienda que alguien dé la vida a los mismos que le están matando. Los discípulos prefieren no ver, porque antes de mirar a la cruz miran su propio miedo, su seguridad, y eso les incapacita para ver la verdad del amigo.

Mirad el árbol de la cruz para descubrir que la Cruz refleja el amor de Dios a todos. Allí nos muestra lo que valemos para Él.

Os invito a concretar, entre todas , y mirad y ver tres enseñanzas:

1.-Así hoy Dios nos explica el sentido de la vida traspasando y acompañando todo sufrimiento que se entrega por amor.

Hoy Dios se deja cornear por el dolor para quitarle hierro al propio dolor con su paso, y así arrancarle el mordiente que hace que el dolor sea un callejón sin salida, si se vive desde el amor y la ofrenda.

Hoy Dios opta por ser víctima con las víctimas del mundo para quedarse con y en ellas siempre.

Así el dolor y la fragilidad ya no es una maldición, porque, puestos ante la cruz, son lugar donde se manifiesta su amor que todo lo ilumina, sea lo que sea.

2.-Hoy Dios hace de la cruz una patena que recoge todas las cruces de nuestra vida y las de nuestros hermanos. Coge tu cruz, abrázala y ahí encontrarás una puerta estrecha. Una grieta que hay en todo, que es por donde se cuela la luz.

Esta es la sabiduría de la Cruz, fuerza de Dios para los creyentes y expresión para todos de dónde está Dios en la historia: aquí contemplamos su Gloria.

3.-La cruz nos hace mirar fuera de nosotros y aprender a descubrir la luminosidad de la cruz a nuestro alrededor. Nuestros barrios, nuestra ciudad nos espera.

Le dicen a Jesús: «Sálvate a ti mismo bajando de la cruz». Lo que buscan es el milagro, no la compasión. Quizás también nosotros preferiríamos a veces un dios de milagros más que compasivo, un dios que machaca con la fuerza y destruye a quien nos rechaza. Pero ese no es este Dios, ese es nuestro ego, un dios hecho a nuestra medida.

Por eso Jesús nos enseña hoy a llegar a Dios mirando a quien está cerca. Al pie de la cruz enseña a María a mirar a Juan de forma nueva. A Juan a mirar a la Madre. Incluso uno de los ladrones observa a Jesús y aprende a ver el amor crucificado. Y toca el cielo cuando gira al atención de sí mismo y mira a Jesús, a quien estaba a su lado.

Mirar al Crucificado es cambiar la mirada y reconocer que la cruz nos hace hermanos y nos ofrece el don de vivir de otra forma. La cruz tiene rostro.

Madrid está lleno de signos de cruz esperando nuestra mirada y nuestro abrazo. Nuestra vida cobra sentido si bajamos de la cruz a los crucificados. La pregunta es: ¿qué podemos hacer por Él?

Después de mirar, adoramos. El beso a la cruz es uno de los gestos más significativos de nuestra vida espiritual. Es el reconocimiento de un amor, es la gratitud, es la acogida de reconocer este amor hasta el extremo y entrar, aun sin entender bien, en su misterio.

Cuando se abraza la cruz comienza a florecer el árbol de la vida, y se ve esperanzados que el amor es más fuerte que la muerte.

Venid y adoradla. Es nuestra cruz. Es la cruz de esta Iglesia de Madrid, con todos sus pliegues y surcos.

Aquí está el Dios vivo que da la vida a los que se acercan a Él. Mirad el árbol de la Cruz.

Media

Queridos hermanos, obispos don Juan Antonio y don Jesús, Deán de la catedral, Vicarios Episcopales, rectores del seminario que estáis aquí, seminaristas y hermanos y hermanas. Jesús, en este último tramo de su vida, en la última noche, en la Última Cena, es consciente que todo va al Padre y este es un momento que él decide de forma especial estar con los amigos.

Juan nos dirá: “Ya no os llamo siervos - diciendo las palabras de Jesús - os llamo amigos”. Y es que, para entrar en este Triduo, para entrar en el Misterio de la Pascua a la que nos encaminamos tendremos que entrar con la llave de sentirnos amigos. Hoy, más que nunca, Jesús necesita amigos. Sobran siervos, jueces, ideologías o defensores estrictos de la ley igual que hoy sobran concejeros, repartidores de recetas y de teorías. Jesús necesitaba acompañantes, igual que hoy todos nosotros necesitamos acompañantes que se encarguen de las vidas, de nuestras vidas en su barro, que las cuiden, que las asuman y que estén a nuestro lado cuando desfallecemos.

Y no solo se necesitan discípulos solitarios. Hacen falta comunidades, cercanas que sean manos y caras de Cristo para quien se acerca. Comunidades que acojan y que nos acompañanen cuando nos desanimamos o cuando el clamor de las batallas, a veces parece que puede con nosotros.
Entrar hoy aquí, es para estar como amigos: esa es la clave. Jesús nos quiere enseñar lo que significa ser humanos y al mismo tiempo divinos y sin esquizofrenias. A los amigos, si así empezamos, Jesús nos enseña su Misterio y lo hace de forma concreta, se quita la túnica, se desnuda, se arrodilla, coge la jofaina y uno a uno se pone a lavarnos los pies. Es la imagen del cuidado, del abandono de los intereses propios y de hacer una opción radical hasta el final por servir. Así es él: vivimos en una cultura que absolutizamos el ego y el narcisismo parece que está normalizado. Todos los discursos nos invitan a priorizarnos nosotros: primero yo, hay que velar y cuidar por nuestra salud mental, nuestra salud emocional, hay que ser dueños de nuestro tiempo, de nuestra planificación, del autocuidado, de la autorrealización. Todo es “auto”. Auto-justificado y además bien argumentado.

Por eso en esta celebración podemos hacer una pregunta de verdad: ¿cómo puede una persona, en estas circunstancias, dónde se está tramando su traición a muerte, seguir dando ánimos a los suyos? En estas circunstancias se espera que sean los demás los que me den ánimos a mí. Sin embargo, Jesús saca una fuerza especial que le viene de la unión con el Padre y marcha en la dirección que el mismo Espíritu le da.

Ante la confusión o la desesperación, Jesús abre el corazón y lava los pies, sirve arrodillado. Todos nosotros estamos a medio hacer: tenemos miedos y muchos grises en nuestras vidas. Claro que todos podíamos hacer una lista de necesidades igual que los discípulos: necesito valoración, palabras amables, alegría, emoción, descanso, vivir en el amor… Jesús es plenamente consciente de que los discípulos necesitan de todo. Por eso, en el último momento, se pone con sencillez a servirles, a darles su vida, a darle lo que Él es ¿Por qué Jesús no se vuelve sobre sí mismo? Porque, nos descubre donde buscar la fuente, donde ir a lo fundamental en los momentos finales. Porque acoge como amigos y entrega lo que le queda: el amor hecho servicio concreto. Jesús, cuando se ve acosado como estos momentos, no se come a sí mismo, no se mira a sí mismo como el instinto nos dice.
Cuando se ve con problemas como en esta noche no está pendiente de cómo me salvo yo o cómo se hace lo que yo tengo pensado. Cuando se ve acosado, se entrega por amor. Darse hasta el final, para que el Padre se manifieste así. Dejar que le coman, para enseñar la desmesura del Padre. Dejar que le machaquen, para unir a Dios y a los hermanos en un abrazo de perdón desmedido.

Así, Él sabe que se cumple la voluntad de Dios y ese es su objetivo. El mundo mata para ganar, Jesús muere dando vida. Una pedagogía de amor que tenemos continuamente que aprender. Él nos ha hablado muy claro: “En el mundo tenéis tribulación, pero ánimo, yo he vencido al mundo”. No dice, tú puedes vencer, no.

Es Él que ha vencido. Es Él es el que cambia la historia y lo hace de rodillas ante cada uno, abriendo nuestra mente y nuestro corazón a esta forma de caminar en la vida. Por eso, este gesto se une a la eucaristía porque es la forma de venir a celebrarla. El lavatorio no es un gesto intimista y sentimentalista, es un gesto contracultural. El lavatorio expresa como entiende Jesús el amor y hace concreto aquello de “no he venido a ser servido, sino a servir”, de rodillas y desde abajo. No hay amor auténticamente evangélico sin que lleve al servicio gratuito y humilde: desde abajo y con los últimos.

Estamos, esta tarde, ante el Misterio revelador, no de lo que Jesús hace, sino de lo que Jesús es. No es un gesto ejemplarizador, es el corazón abierto de Jesús. Es un signo sacramental que nos conecta con la encarnación y anuncia la Eucaristía con un mandato: “Ahora haced vosotros lo mismo”. Y en este mandato nos encamina a una forma de vivir, de actuar y de comportarnos en el hoy de nuestra vida y de nuestras comunidades. Amor, servicio y humildad: esa es la forma de ser bienaventurados.

Ahora nos queda una pregunta: ¿quieres entrar en esta forma de vivir, de pensar y de salvar? El lavatorio nos invita a situarnos ante la vida y a la Iglesia continuamente nos invita a repensar cómo ejercer nuestra autoridad y cómo dar a conocer el modelo de Jesús, aquel que se quitó el manto y se puso a lavar los pies a sus discípulos. Esta es nuestra autoridad, esta es la autoridad de la Iglesia y nuestra forma de ejercerla: sin ponernos de rodillas no podremos ejercerla nunca. Es verdad que nunca lo haremos como Jesús, pero no renunciaremos a buscarla y a reflejarla, aunque sea parcialmente. Esta es nuestra forma de estar en el mundo.
En el Jueves Santo, Jesús instituye la eucaristía. Así es la mayor comunión y unión que podemos tener con Él. Si Él ha vencido, nosotros también venceremos con Él. Hoy lo que contemplamos es a un Señor que nos lava los pies, nos hace amigos y nos invita a que nos cale el gesto para que florezca, como floreció este gesto en la Pascua.

Comulgar hoy nos vincula a Cristo, pero también nos vincula unos con otros. Una comunión que nos introduce a todos en esta corriente de servicio en la que estamos unos y otros, aunque tengamos procedencias distintas, una comunión que vence el individualismo y una comunión que nos dice que este servicio lo haremos juntos, unos con otros, porque quien lava los pies a nuestro mundo somos junto como Iglesia. Jesucristo quiere seguir lavando los pies a través de su Iglesia unida, fraterna y servicial.

Jesús sabe que su muerte es para que triunfe el amor del Padre. Se lo había dicho, pero los discípulos no lo entendieron en ese momento. Fue necesario que este gesto se sembrara en ellos como nosotros esta noche. Que se siembre este gesto, que florezca en eucaristía. El Jueves Santo es el triunfo del amor fraterno porque hay uno que ya ha triunfado y todos en Él: dejemos y hagamos una eucaristía para que siga germinando en nosotros y Cristo siga sirviendo a través nuestro.

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