La celebración de hoy es la más valiente de todas las que ofrece la Iglesia porque nos coloca ante lo que nos enseñó Jesús en su vida histórica: «Quien no coge su cruz no puede ser discípulo mío».
La cruz provoca el volver el rostro y no mirar. Madrid está lleno de lugares de sufrimiento y dolor. Pero nos cuesta no invisibilizarlo, aprendemos pronto a caminar por nuestras calles eludiendo todo lo que es cruz.
Y el resultado es un sujeto y una ciudad desnortada, perdida, confundida por tantos vientos que nos llevan irremediablemente a fabricarnos una vida al estilo de una gran película , donde cortamos los tramos que no nos gustan.
Por eso Jesús vivió el vía crucis, por eso lo abrazó, lo atraviesa y nos invita a seguirle afrontando el mal y sus rastros de sufrimiento, y hacerlo a golpe de amor, de sacrificio y de entrega. Es momento de aprender y dejar que el crucificado nos dé la mano y nos ayude a enfocar la mirada y mirar allí donde el Padre Dios mira porque está el Hijo.
Cuando el Amor es grande, las palabras sobran. «Nadie me quita la vida, yo la doy voluntariamente» (Jn 10,18). Eso es lo que hay detrás de la cruz, un corazón que no huye ante la dificultad, sino que se acerca más, se implica más, se compromete más. Por ti, por mí, por quienes sufren.
No tenemos una respuesta a lo que nos desborda. Nos paraliza el desconcierto, la soledad, el miedo. Entramos en shock. Pero hoy, si atinamos a enfocar donde Dios mira palpamos que ahí es donde se nos desvela la grandeza del amor de Dios. La grandeza de la fe es que mirando a Cristo crucificado aprendemos a llamar a las cosas por su nombre.
Él ya nos ha hablado muchas veces y nos avisa continuamente de su final trágico, habla de la Resurrección, pero eso ya no se escucha. Es típico apuntarnos al poema que dice: «No quiero cantar ni puedo al Cristo del madero, sino al que caminó en el mar». El Cristo del madero no es muchas veces agradable si nos recuerda a nuestras heridas y las de nuestra gente. Nos gusta más acudir a la meditación pero alejada del Calvario, los latigazos y la muerte concreta. Nos gustan las procesiones pero sin mirar tras la cruz. Nos va el intimismo teórico y muchas veces más del «Jesús de la mar» y no el del Calvario.
Pero nuestros jóvenes se siguen suicidando, las UCIS siguen estando repletas. También los tanatorios, los cuidados paliativos, los psiquiátricos y los funerales. Las víctimas siguen llorando y la muerte está ahí . No se puede quitar. Por muchos sueños infantiles que prometen la eternidad científica y el transhumanismo.
Mirad el árbol de la cruz, no apartéis la vista, porque es Dios el que pasa por ahí, y si no miramos ese árbol no veremos a Dios. Por eso la palabra de Dios de hoy nos invita de nuevo a mirar, y nos centra la atención como enfocándola más, «mirarán al que traspasaron». Mirar no solo la cruz, sino a quien está en ella, que es quien la ilumina y nos enseña a acogerla de otra manera. Mirar hasta ver que «al punto salió agua y sangre».
Es necesario ahondar y contemplar cada palabra en el corazón, pues no hay quien entienda que alguien dé la vida a los mismos que le están matando. Los discípulos prefieren no ver, porque antes de mirar a la cruz miran su propio miedo, su seguridad, y eso les incapacita para ver la verdad del amigo.
Mirad el árbol de la cruz para descubrir que la Cruz refleja el amor de Dios a todos. Allí nos muestra lo que valemos para Él.
Os invito a concretar, entre todas , y mirad y ver tres enseñanzas:
1.-Así hoy Dios nos explica el sentido de la vida traspasando y acompañando todo sufrimiento que se entrega por amor.
Hoy Dios se deja cornear por el dolor para quitarle hierro al propio dolor con su paso, y así arrancarle el mordiente que hace que el dolor sea un callejón sin salida, si se vive desde el amor y la ofrenda.
Hoy Dios opta por ser víctima con las víctimas del mundo para quedarse con y en ellas siempre.
Así el dolor y la fragilidad ya no es una maldición, porque, puestos ante la cruz, son lugar donde se manifiesta su amor que todo lo ilumina, sea lo que sea.
2.-Hoy Dios hace de la cruz una patena que recoge todas las cruces de nuestra vida y las de nuestros hermanos. Coge tu cruz, abrázala y ahí encontrarás una puerta estrecha. Una grieta que hay en todo, que es por donde se cuela la luz.
Esta es la sabiduría de la Cruz, fuerza de Dios para los creyentes y expresión para todos de dónde está Dios en la historia: aquí contemplamos su Gloria.
3.-La cruz nos hace mirar fuera de nosotros y aprender a descubrir la luminosidad de la cruz a nuestro alrededor. Nuestros barrios, nuestra ciudad nos espera.
Le dicen a Jesús: «Sálvate a ti mismo bajando de la cruz». Lo que buscan es el milagro, no la compasión. Quizás también nosotros preferiríamos a veces un dios de milagros más que compasivo, un dios que machaca con la fuerza y destruye a quien nos rechaza. Pero ese no es este Dios, ese es nuestro ego, un dios hecho a nuestra medida.
Por eso Jesús nos enseña hoy a llegar a Dios mirando a quien está cerca. Al pie de la cruz enseña a María a mirar a Juan de forma nueva. A Juan a mirar a la Madre. Incluso uno de los ladrones observa a Jesús y aprende a ver el amor crucificado. Y toca el cielo cuando gira al atención de sí mismo y mira a Jesús, a quien estaba a su lado.
Mirar al Crucificado es cambiar la mirada y reconocer que la cruz nos hace hermanos y nos ofrece el don de vivir de otra forma. La cruz tiene rostro.
Madrid está lleno de signos de cruz esperando nuestra mirada y nuestro abrazo. Nuestra vida cobra sentido si bajamos de la cruz a los crucificados. La pregunta es: ¿qué podemos hacer por Él?
Después de mirar, adoramos. El beso a la cruz es uno de los gestos más significativos de nuestra vida espiritual. Es el reconocimiento de un amor, es la gratitud, es la acogida de reconocer este amor hasta el extremo y entrar, aun sin entender bien, en su misterio.
Cuando se abraza la cruz comienza a florecer el árbol de la vida, y se ve esperanzados que el amor es más fuerte que la muerte.
Venid y adoradla. Es nuestra cruz. Es la cruz de esta Iglesia de Madrid, con todos sus pliegues y surcos.
Aquí está el Dios vivo que da la vida a los que se acercan a Él. Mirad el árbol de la Cruz.
Queridos hermanos, obispos don Juan Antonio y don Jesús, Deán de la catedral, Vicarios Episcopales, rectores del seminario que estáis aquí, seminaristas y hermanos y hermanas. Jesús, en este último tramo de su vida, en la última noche, en la Última Cena, es consciente que todo va al Padre y este es un momento que él decide de forma especial estar con los amigos.
Juan nos dirá: “Ya no os llamo siervos - diciendo las palabras de Jesús - os llamo amigos”. Y es que, para entrar en este Triduo, para entrar en el Misterio de la Pascua a la que nos encaminamos tendremos que entrar con la llave de sentirnos amigos. Hoy, más que nunca, Jesús necesita amigos. Sobran siervos, jueces, ideologías o defensores estrictos de la ley igual que hoy sobran concejeros, repartidores de recetas y de teorías. Jesús necesitaba acompañantes, igual que hoy todos nosotros necesitamos acompañantes que se encarguen de las vidas, de nuestras vidas en su barro, que las cuiden, que las asuman y que estén a nuestro lado cuando desfallecemos.
Y no solo se necesitan discípulos solitarios. Hacen falta comunidades, cercanas que sean manos y caras de Cristo para quien se acerca. Comunidades que acojan y que nos acompañanen cuando nos desanimamos o cuando el clamor de las batallas, a veces parece que puede con nosotros.
Entrar hoy aquí, es para estar como amigos: esa es la clave. Jesús nos quiere enseñar lo que significa ser humanos y al mismo tiempo divinos y sin esquizofrenias. A los amigos, si así empezamos, Jesús nos enseña su Misterio y lo hace de forma concreta, se quita la túnica, se desnuda, se arrodilla, coge la jofaina y uno a uno se pone a lavarnos los pies. Es la imagen del cuidado, del abandono de los intereses propios y de hacer una opción radical hasta el final por servir. Así es él: vivimos en una cultura que absolutizamos el ego y el narcisismo parece que está normalizado. Todos los discursos nos invitan a priorizarnos nosotros: primero yo, hay que velar y cuidar por nuestra salud mental, nuestra salud emocional, hay que ser dueños de nuestro tiempo, de nuestra planificación, del autocuidado, de la autorrealización. Todo es “auto”. Auto-justificado y además bien argumentado.
Por eso en esta celebración podemos hacer una pregunta de verdad: ¿cómo puede una persona, en estas circunstancias, dónde se está tramando su traición a muerte, seguir dando ánimos a los suyos? En estas circunstancias se espera que sean los demás los que me den ánimos a mí. Sin embargo, Jesús saca una fuerza especial que le viene de la unión con el Padre y marcha en la dirección que el mismo Espíritu le da.
Ante la confusión o la desesperación, Jesús abre el corazón y lava los pies, sirve arrodillado. Todos nosotros estamos a medio hacer: tenemos miedos y muchos grises en nuestras vidas. Claro que todos podíamos hacer una lista de necesidades igual que los discípulos: necesito valoración, palabras amables, alegría, emoción, descanso, vivir en el amor… Jesús es plenamente consciente de que los discípulos necesitan de todo. Por eso, en el último momento, se pone con sencillez a servirles, a darles su vida, a darle lo que Él es ¿Por qué Jesús no se vuelve sobre sí mismo? Porque, nos descubre donde buscar la fuente, donde ir a lo fundamental en los momentos finales. Porque acoge como amigos y entrega lo que le queda: el amor hecho servicio concreto. Jesús, cuando se ve acosado como estos momentos, no se come a sí mismo, no se mira a sí mismo como el instinto nos dice.
Cuando se ve con problemas como en esta noche no está pendiente de cómo me salvo yo o cómo se hace lo que yo tengo pensado. Cuando se ve acosado, se entrega por amor. Darse hasta el final, para que el Padre se manifieste así. Dejar que le coman, para enseñar la desmesura del Padre. Dejar que le machaquen, para unir a Dios y a los hermanos en un abrazo de perdón desmedido.
Así, Él sabe que se cumple la voluntad de Dios y ese es su objetivo. El mundo mata para ganar, Jesús muere dando vida. Una pedagogía de amor que tenemos continuamente que aprender. Él nos ha hablado muy claro: “En el mundo tenéis tribulación, pero ánimo, yo he vencido al mundo”. No dice, tú puedes vencer, no.
Es Él que ha vencido. Es Él es el que cambia la historia y lo hace de rodillas ante cada uno, abriendo nuestra mente y nuestro corazón a esta forma de caminar en la vida. Por eso, este gesto se une a la eucaristía porque es la forma de venir a celebrarla. El lavatorio no es un gesto intimista y sentimentalista, es un gesto contracultural. El lavatorio expresa como entiende Jesús el amor y hace concreto aquello de “no he venido a ser servido, sino a servir”, de rodillas y desde abajo. No hay amor auténticamente evangélico sin que lleve al servicio gratuito y humilde: desde abajo y con los últimos.
Estamos, esta tarde, ante el Misterio revelador, no de lo que Jesús hace, sino de lo que Jesús es. No es un gesto ejemplarizador, es el corazón abierto de Jesús. Es un signo sacramental que nos conecta con la encarnación y anuncia la Eucaristía con un mandato: “Ahora haced vosotros lo mismo”. Y en este mandato nos encamina a una forma de vivir, de actuar y de comportarnos en el hoy de nuestra vida y de nuestras comunidades. Amor, servicio y humildad: esa es la forma de ser bienaventurados.
Ahora nos queda una pregunta: ¿quieres entrar en esta forma de vivir, de pensar y de salvar? El lavatorio nos invita a situarnos ante la vida y a la Iglesia continuamente nos invita a repensar cómo ejercer nuestra autoridad y cómo dar a conocer el modelo de Jesús, aquel que se quitó el manto y se puso a lavar los pies a sus discípulos. Esta es nuestra autoridad, esta es la autoridad de la Iglesia y nuestra forma de ejercerla: sin ponernos de rodillas no podremos ejercerla nunca. Es verdad que nunca lo haremos como Jesús, pero no renunciaremos a buscarla y a reflejarla, aunque sea parcialmente. Esta es nuestra forma de estar en el mundo.
En el Jueves Santo, Jesús instituye la eucaristía. Así es la mayor comunión y unión que podemos tener con Él. Si Él ha vencido, nosotros también venceremos con Él. Hoy lo que contemplamos es a un Señor que nos lava los pies, nos hace amigos y nos invita a que nos cale el gesto para que florezca, como floreció este gesto en la Pascua.
Comulgar hoy nos vincula a Cristo, pero también nos vincula unos con otros. Una comunión que nos introduce a todos en esta corriente de servicio en la que estamos unos y otros, aunque tengamos procedencias distintas, una comunión que vence el individualismo y una comunión que nos dice que este servicio lo haremos juntos, unos con otros, porque quien lava los pies a nuestro mundo somos junto como Iglesia. Jesucristo quiere seguir lavando los pies a través de su Iglesia unida, fraterna y servicial.
Jesús sabe que su muerte es para que triunfe el amor del Padre. Se lo había dicho, pero los discípulos no lo entendieron en ese momento. Fue necesario que este gesto se sembrara en ellos como nosotros esta noche. Que se siembre este gesto, que florezca en eucaristía. El Jueves Santo es el triunfo del amor fraterno porque hay uno que ya ha triunfado y todos en Él: dejemos y hagamos una eucaristía para que siga germinando en nosotros y Cristo siga sirviendo a través nuestro.
Queridos hermanos sacerdotes:
Gracias por hacer posible esta celebración en esta misa crismal a la que, año tras año, nos convoca la Iglesia en estos días santos. Y por acudir y poder celebrar juntos el don de pertenecer a este presbiterio diocesano. Hoy tenemos la posibilidad de renovar nuestra vinculación a Jesucristo que se ofrece al Padre y de volver a injertarnos en esa misteriosa entrega. Con él somos llevados a aquel momento primero donde todo comenzó y que hoy revitalizamos reuniéndonos y haciéndolo eucaristía.
Escuchamos el eco de aquella oración de la Iglesia sobre nuestras vidas que decía: «Jesucristo el Señor, a quien el Padre ungió con la fuerza del Espíritu Santo, te auxilie para santificar al pueblo cristiano y para ofrecer a Dios el sacrificio».
1. La palabra de Dios nos ayuda a agradecer y renovar al mismo tiempo este ministerio que nos hace ser lo que somos: «Reaviva el don de Dios que te fue concedido por la imposición de mis manos», recomienda Pablo a Timoteo. En Cristo, el ungido de Dios, como dice el texto que hemos escuchado, somos ungidos para anunciar la salvación y el año de gracia y perdón del Señor, para que el Evangelio siga siendo anunciado y resuene en nuestro mundo como en aquella sinagoga.
Tenemos la gracia de poder renovar ahora esa unción honda con la que fuimos introducidos en el sacerdocio de Cristo para servir con nuestra vida al pueblo santo de Dios. Para acompañar con caridad pastoral a este pueblo repleto de rostros concretos y singulares y conducirlo a Jesús, nuestro único buen Pastor, que entrega la vida por sus ovejas.
Somos parte de este Pueblo por el bautismo y caminamos gozosos con él; por eso nos acompaña en esta liturgia, y se hace presente y vivo en nuestras parroquias y comunidades, en cada sacramento celebrado, y en cada paso de nuestra vida ministerial… Es también este bendito Pueblo de Dios quien nos moldea, nos enseña y nos hace ser mejores curas. Un pueblo que tiene derecho a no ser dividido y que a veces también nos sufre con paciencia y experimenta en silencio y con dolor nuestras fragilidades, divisiones, protagonismos o, como dice el Papa, «autorreferencialidades».
Es un Pueblo que, desde cada rincón de nuestra diócesis, sabe reconocer con profundo agradecimiento y cariño vuestra entrega. De él —no lo olvidemos— recibimos el arrope de su oración y el regalo de su amistad y de su entrega generosa.
Pero la humildad de saber que el Espíritu es quien conduce, también nos hace ver hoy de forma nueva que no fuimos constituidos presbíteros de modo individual y aislado, sino como miembros de un presbiterio de comunión y servicio. Un presbiterio que hoy visibilizamos y donde queremos expresar sacramentalmente la comunión que vivimos A el estamos vinculados y él nos alimenta.
Para hacer realidad lo que proclamamos, el Papa Francisco nos insiste en sostener «cuatro cercanías» que cultivan las verdaderas «pertenencias» que identifican y animan al ministerio ordenado: la cercanía a Dios, la unión con el obispo, la proximidad fraternal al presbiterio diocesano, y la cercanía y el amor al pueblo al que servimos. Cuatro cercanías que actualizan el ministerio en el día a día y que se verifican según las decisiones concretas que vamos tomando.
2. «Todos en la Sinagoga tenían fijos los ojos en Él». Queridos sacerdotes de Madrid: ¿Tenemos nuestra mirada fija en el rostro del Ungido del Padre, en Jesucristo su predilecto? Él es el origen, el centro y el sentido de nuestro sacerdocio, que participa de ese óleo de alegría con que fue ungido el Hijo predilecto.
Esta mañana os pido dar un paso nuevo. Vamos a reavivar —desde el corazón— la memoria de nuestra unción en medio de esta asamblea; vamos a renovar nuestra vocación e identidad sacerdotal, que no puede ser otra que la identificación con Cristo sacerdote para sabernos enviados por El. Y aunque podamos estar tentados, nunca supliremos su presencia, ni nos pondremos como protagonistas delante de Él.
Somos enviados comunitariamente como presbiterio a sanar, consolar y liberar; para conformar comunidades vivas y esperanzadas, levadura de convivencia, alrededor del sacramento de la Eucaristía hecho vida. Disponibles, siempre disponibles con nuestra vida y ministerio, consagrados a la misión única del Pueblo de Dios; con el santo y seña de la caridad pastoral «que se vive en un clima de constante disponibilidad a dejarse absorber y casi devorar, por las necesidades y exigencias de la grey» (PDV 28).
3. Permitidme que concrete esta renovación y este «hoy» en tres peticiones, por tanto, que pueden marcar nuestras líneas de actuación como presbiterio, en esta etapa y en el curso próximo. Con humildad os invito a sumaros en torno a tres palabras: Bautismo, arciprestazgo y diocesaneidad.
Bautismo: Desde nuestro acompañamiento al pueblo de Dios, os invito a ahondar con nuestra gente en el sentido de la identidad bautismal. El discernimiento al que nos convoca el Señor en el momento presente ha de ser eminentemente espiritual para que pueda ser profundamente pastoral. Sabemos que es el Espíritu quien conduce y vivifica la acción de la Iglesia (cf. EN 75), y que somos testigos de su acción. Por esto os ánimo, antes que otra cosa, a ayudar a descubrir y profundizar en la fuente del bautismo según el rasgo que deja en cada cristiano. Acompañar la identidad bautismal, la vocación, tanto personalmente como comunitariamente, tanto en el acompañamiento personal como en la formación y la celebración.
Arciprestazgo: Desde la experiencia de pertenencia al presbiterio diocesano os animo a seguir construyendo espacios de vida sacerdotal en nuestros arciprestazgos. Valoramos la oportunidad de poder encontrarnos y como sacerdotes construir entre todos cada arciprestazgo. Cuidadlo activamente y hacerle crecer en espiritualidad y como hogar de vida sacerdotal en cada territorio.
Diocesaneidad: Nuestro ministerio siempre es coral y sinodal. Como servidores del pueblo de Dios, plural, rico y siempre en crecimiento, os animo a que ayudéis a seguir creciendo y desarrollando la conciencia de pertenencia a la diócesis de Madrid. En medio de las particularidades podremos potenciar el ser instrumentos activos para que las acciones, las espiritualidades y las propuestas imbriquen , más aún, la conciencia de pertenencia y de participación sinodal en la comunidad diocesana. Y, al tiempo, que esta diocesaneidad enriquezca y se haga presente en lo que se vive particularmente.
Jesús afirma que «hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír». Ese «hoy» formulado en la sinagoga de Nazaret se actualiza por la fuerza del Espíritu del Resucitado y se torna en «hoy, ahora y aquí» en la Iglesia de Madrid, en esta mañana de gracia en la vida de la eucaristía que nos moldea.
Gracias, muchas gracias, queridos hermanos sacerdotes por vuestra generosa entrega a la tarea pastoral, por vuestra disponibilidad permanente al servicio de la Iglesia diocesana, por vuestra fidelidad en medio de no pocos vientos contrarios. También por vuestro sacrificio y paciencia porque no siembre sabemos acertar. Gracias de corazón por vuestra respuesta siempre ilusionada y en esperanza, por entender que estáis al servicio de una misión que es mucho más que un trabajo profesional y con horarios de oficina.
Gracias muy especiales a cuantos no renunciáis a ser constructores de unidad y comunión diocesana en este hermoso presbiterio entregado, discreto y trabajador al que me siento tan unido. Gracias a vuestras comunidades que diocesanamente os sostienen desde la identidad bautismal. Permitidme que mis últimas palabras sean de oración también por los que han fallecido durante este último año y a los que prolongan la misión de la Iglesia en cualquier parte del mundo. Y un recuerdo emocionado y agradecido a los hermanos sacerdotes que por los achaques propios de su edad o por la enfermedad no pueden acompañarnos en esta celebración. Respondieron en su juventud al don de la unción del Espíritu y han gastado generosamente todas sus energías realizando la profecía de la misericordia del Ungido del Padre. Vuestro obispo se siente orgulloso de vuestro ministerio y os sigo enviando para esta misión. Seguimos contando con vuestras vidas orantes y ofrecidas en oblación a la voluntad de Dios, en la tarea de anunciar el evangelio de Jesús en la Iglesia de Madrid
Hermanos, amigos: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.
Queridos hermanos, Juan Antonio y Jesús, obispos auxiliares, querido don Adolfo, querido deán de la catedral, vicarios y sacerdotes que hoy nos acompañáis. Queridos diáconos, seminaristas y todos los que hoy habéis venido a esta catedral. Querido José Luis, alcalde de Madrid, que hoy nos acompaña con todos los portavoces y los delegados de miembros de grupos municipales que hoy estáis con nosotros. Queridos chavales que hoy nos habéis acompañado de forma especial y os habéis puesto en marcha e incluso me habéis invitado al cine. Gracias también por arroparnos en esta celebración.
Fue un día como este, bajo un cielo no distinto al que hoy nos protege, en esta tierra en la que habitamos cada uno de maneras muy distintas. Era un día como hoy cuando muchos aclamaron a Cristo, unos con palmas, otros con mantos y cantos, pero todos entrando juntos a la Ciudad Santa.
Lo aclamaban porque le veían especial, veían en Jesús una autoridad distinta, quizás miraban un poco lejos y sin implicarse, pero descubrieron que veía de Dios. Eran los entusiastas, esos que rodeaban a Jesús, esos que sintieron en el corazón algo especial porque les hablaba del Amor y la Verdad de Dios y porque tenía una autoridad especial.
Entraron en Jerusalén, pero pasaron unos días y todo cambió, y entonces muchos de ellos apoyaron su asesinato público. Le entregaron aquel día el ramo, pero aquel Domingo de Ramos no le entregaron el corazón. A poco, las que fueron palmas se convierten en dagas que se alzan al grito de “Crucifícalo, crucifícalo”. Las mismas manos y voces primero arropan a Jesús y a poco contribuyen a su muerte, la muerte más grande de la historia, una muerte en la que se expone también la muerte de cada uno de nosotros. Le matan unos con su silencio, otros con su indiferencia, pues no les importaba la muerte de alguien marginal y menos a las afueras de la ciudad, en lugar de los leprosos y los malditos.
Otros le matan por intereses políticos, otros por ira, por dejarse llevar por la crispación o por no analizar lo que decían los poderosos y sus ocultos intereses. Pero otros no le matan, solo lloran y se lamentan: serán las mujeres o aquella mujer con su perfume, será José de Arimatea que rompe su anonimato de hombre influyente para hacer lo que nadie se atrevía, pedir el cuerpo roto para enterrarlo con dignidad y entre amigos. Fue un día como este donde comienza la salvación de todos nosotros: incluso de los que matan, incluso de los que callan.
Fue un día como hoy cuando comienza, por parte de Dios, la gran explicación del sentido de la vida, de lo que hay en el corazón de Dios y solo es entendible para quien elige verlo con los ojos del silencio, del amor y de la fe. Porque un día como hoy el Padre nos revela el poder que tiene despojarse de todo para amarnos fielmente: “Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo”.
Un día como hoy comienza un gran juicio: el gran juicio de amor a cada uno de nosotros. Si te das cuenta, nadie se queda sin respuesta ante la Pasión del Señor que hemos escuchado. Es como un gran espejo donde todo el que se pone delante queda de una u otra forma juzgando, pero es un juicio especial encabezado por un juez que juzga ensangrentado, machacado por nuestras culpas y soportando todo por amor a cada uno de nosotros, sin excepción.
Esta Pasión es por ti, por ellos, por mí. La verdad es esta, queridos hermanos: Cristo, en estos momentos como aquel día, entra en nuestra vida para morir por nosotros y así ser resucitados en Él. Yo os invito, hoy con sencillez y pobreza, a dar un salto de fe, al menos por unos minutos. Un salto que esta Semana Santa nos puede dar la vida de nuevo y hacernos crecer como sucede en cada primavera. Un salto de confianza en el Señor para atrevernos, ahora en concreto, a ir con Él donde quiera llevarnos donde nos esperan en este momento concreto de la vida, aunque sean periferias, aunque sea llevar un perfume o simplemente envolver cuerpos rotos como aquel de Arimatea. Un salto para atrevernos a pasar de ser entusiastas lejanos a ser seguidores, dejar de ser espectadores de Cristo. Decidle cada uno con fe que esta Semana Santa queremos ser más cristianos y queremos crecer de corazón en el seguimiento de Cristo.
Un salto a tomar en serio la Pasión de Jesucristo: aprender de memoria la primera y a dejar que la primera nos ayude a descubrir los lugares donde la reflejan hoy en día. Tomarla en serio para no volverle el rostro a las pasiones que hay a nuestro alrededor. Os invito a asombrarnos, porque sí queridos hermanos, alguien ha muerto por ti y ha dado la vida por ti, el mismo Hijo de Dios para que te des cuenta lo que vale el amor, para rescatarte de todo lo que ha contribuido, de una forma u otra, para matarle. Esto es peligroso.
La fe no es una butaca para esperar la vida eterna ni es un escudo de rezos y prácticas para aclamar y luego crucificar: la fe es un riesgo y sobre todo cuando uno sabe que en cada paso nos jugamos la muerte del Señor mismo. La vida de nuestros hermanos cristianos, la de los mártires, la vida de nuestras comunidades lo testimonian: el amor es bello y es martirial, “si el grano de trigo no muere, no da fruto”. Esto es verdad: Cristo nos juzga y a la vez entrega la vida, aunque todas las piedras que lanzamos contra alguien, siempre le llegan a Él.
Pero, como dice Pablo, todavía falta algo a la Pasión de Cristo: no es una metáfora. Le falta que nosotros tomemos en serio esto ahora y pasemos de ser espectadores a testigos, le falta que no escuchemos un recuerdo como a quien asiste a una moderna performance, sino que notemos que Cristo está muriendo por nosotros y así salva a toda la humanidad.
Por eso, permitidme que os pida esta Semana Santa dar este salto: meditar el dolor de Cristo, contemplar las procesiones que es bello y hondo, ponernos ante la belleza de Cristo, pero ese es el primer paso y a veces puede ser una coartada para no ver nuestros dolores y los de nuestro pueblo. La cruz nunca puede ser un obstáculo para ver las otras cruces que alrededor: te pido que cierres los ojos un momento, los ojos de la cara y abras los ojos del alma para ver también la otra Semana Santa.
La que sostiene la de los ramos, la que procesionamos por las calles y celebraciones, la otra Semana Santa de la que tú eres parte. Hoy vamos juntos al calvario, con tus cruces, las tuyas, las que tienes, pero vamos también con las cruces del mundo.
Vamos al calvario donde sufren casi 700 millones de personas en todo el mundo que viven con menos de dos euros al mes, el calvario de nuestros jóvenes que se están suicidando, el calvario de tanta gente que vive sola, el calvario de nuestra desigualdad. Cristo ya no está colgado como la primera vez en la Cruz, pero es la vida de los mártires de la Iglesia perseguida, los cristianos que sangran, que gritan y que sufren y que están tan cerca de nosotros, en esos calvarios siempre a las afueras.
Mira a Cristo como seguidor y no simplemente como admirador de su mensaje.
Atrévete a imaginarte clavado en la Cruz. Pon rostros a la Cruz, solo entonces comprenderás que la Semana Santa está viva y entonces la luz de la Cruz te llegará a rincones insospechados de la vida.
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