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En el Jueves Santo, cuando comenzamos el Triduo Pascual y lo comenzamos evocando aquella Cena Santa en la cual Jesucristo, habiendo amado hasta el extremo a los suyos que estaban en el mundo, ofreció a Dios Padre su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino, y se lo entregó a los apóstoles como alimento, mandándoles que ellos y sus sucesores también lo hiciesen. En este día, nuestra atención se centra en estos misterios que en el Cenáculo el Señor nos regaló: la institución de la Eucaristía, la institución del Orden Sacerdotal y el mandamiento del Señor sobre la caridad fraterna.

En este Año de la Misericordia y en este Jueves Santo, quiero hablaros de la Eucaristía y del amor fraterno, valiéndome de una de las parábolas de la misericordia, la de la moneda perdida. ¿Por qué? Porque a la humanidad se le ha perdido la verdadera moneda con la que puede comprar todo lo que necesita para ser feliz y hacer felices a los demás. La moneda perdida es el mismo Jesucristo.

La parábola es clara: una mujer tiene diez monedas, pero se le pierde una. Debía de ser muy importante esa moneda perdida, para olvidarse de las otras y decidirse a buscarla. Las otras las tenía. ¿Qué tenía entonces esa moneda para realizar todo lo que hizo hasta encontrarla? Contenía el tesoro más valioso para cualquier persona: un tesoro que cambia la vida y las relaciones. La moneda es Jesucristo mismo.

¿Por qué os quiero presentar esta parábola en el Jueves Santo? Sencillamente, porque la Eucaristía es don de Dios para la vida del mundo. Es la moneda valiosa. A nadie empobrece; al contrario, a todos los que la tienen y se acercan a Ella les hace ricos. Es nuestro tesoro más valioso. La Eucaristía es el sacramento por excelencia, contiene todo el misterio de nuestra salvación. Es la fuente, la cumbre de la acción y de la vida de la Iglesia. Lleva la fecundidad para la vida personal y para la vida y acción de la Iglesia. ¿Cómo no buscar esa moneda que se ha perdido? ¿Cómo no desear que la tengan todos los hombres, que la conozcan, que se alimenten de Ella? La necesitamos los hombres y la necesita el mundo, pues la Eucaristía es Dios mismo para la vida del mundo. No hay vida sin la presencia de Dios. Es presencia de Dios mismo. Esta presencia hay que meterla en el corazón del mundo.

Por eso, en la mujer de la parábola, veamos a la Santísima Virgen María. Ella fue el primer sagrario que contuvo a Jesucristo. La mujer de la parábola inicia una acción singular para que la Eucaristía entre y llene este mundo. Esa acción conlleva tres actitudes existenciales:

  • I) Encender. Encender la luz de la Vida; es decir, ponerse a la luz de quien nos hace ver la oscuridad y las pérdidas que tiene el ser humano cuando se aleja, prescinde o retira a Dios de su vida personal y colectiva.
  • II) Limpiar. Limpiar nuestra vida, es decir, barrer la casa. ¿Cómo nos dijo María que se hacía? Con las palabras con las que acepta ser Madre: «Hágase en mí según tu Palabra», es decir, aquí me tienes Señor, ocupa mi vida entera, no necesito nada más que a Ti, límpiala.
  • III) Buscar. Buscar la verdad siempre, busca con cuidado. Descubre si esa moneda es la que te hace feliz, da respuesta a todas tus aspiraciones, a todos tus deseos y anhelos; si te hace el corazón más grande, si remite a dar, a repartir, a no vivir para ti mismo.

Si después de hacer esa acción, con esas actitudes existenciales, encuentras la única moneda que hace falta en la vida, que es Dios mismo que se nos ha manifestado y revelado en Jesucristo, verás que todas las demás sobran. Convoca y reúne a todos los que conozcas para anunciarles y decirles así: ¡Alegraos conmigo! He encontrado la verdadera moneda, la que había perdido. Es la moneda de la desproporción que es el mismo Jesucristo, que da su vida por mí y me regala su vida. Pone su vida en mi vida, ¿hay más desproporción? De tal manera que convierte mi vida en donación, entrega, fidelidad. Me hace estar atento siempre a los demás, me hace repartir, crear fraternidad, dar vida, la de Jesús, eliminar la muerte. Vivir para hacer vivir, regalar convivencia, fraternidad, entrega, generosidad, amor incondicional como es el amor de Dios.

Lo que sale de las manos de Jesús siempre es la desproporción: toma un poco de pan y un poco de vino, pronuncia esas palabras: «tomad y comed que esto es mi Cuerpo» y «tomad y bebed que esta es mi sangre derramada por vosotros y por todos los hombres», «haced esto en conmemoración mía». La desproporción va más allá de todo cálculo humano; es un cálculo que reta a todos los hombres y a todas las ciencias. Pueden comer hasta saciarse, hay sobreabundancia y regala el amor verdadero que necesitan los hombres, lleva a la entrega total de la vida, a dar y no a guardar, a repartir y no acumular, a dejar vivir a todos y no a los que son como yo; pues en el misterio de la Eucaristía el Señor nos enseña que Él no es una idea, es una persona que entra en la vida del hombre y la cambia. Es un gesto inédito; gasta todo en darse a sí mismo a los hombres, en permanecer con nosotros, para que nosotros, contemplándolo y alimentándonos de Él, nos demos como Él. Nos transforma, pues teníamos las manos y el corazón vacío o lleno de banalidades, y ahora se llena con esa desproporción y medida de Cristo.

Tres llaves se nos entregan en la Eucaristía, que abren tres tesoros:

1. Amar hasta el extremo. La llave que nos abre el corazón para amar hasta el extremo: Encontrar esta moneda que es el mismo Jesucristo, supone descubrir algo esencial para nuestra vida; que Dios ama a los hombres y nos lo muestra: «Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo». ¿Estoy dispuesto a amar dando la vida como Jesús? ¿La daría por todos los hombres sin excepción? Nos abre el tesoro de permanecer en su amor siempre.

2. Hacerme esclavo de todos los hombres. Lavar sus pies. «Jesús se levanta de la cena, se quita el manto y tomando una toalla se la ciñe, echa agua en la jofaina...». ¿Qué significa lavar los pies? En su cultura era un trabajo de esclavos. Jesús rompe los esquemas religiosos y sociales, invierte los valores. Que el Señor, el Maestro, el Mesías, se ponga a lavar los pies es incomprensible. De ahí la reacción de Pedro: «Tú no me lavarás los pies jamás». Y la respuesta de Jesús: «Si no te lavo los pies, no tienes nada que ver conmigo». Y es que nos cuesta dejarnos amar de verdad, como lo hace Jesús.

3. Construir la fraternidad con el amor de Jesús. Amar con obras y a todos. «Que os améis unos a otros, como Yo os he amado». Necesitamos que Jesús nos toque los pies. Los pies significan la base de la persona; sin una experiencia básica de amor no podemos vivir, nos tiene que tocar el Señor el corazón, para que desaparezcan las diferencias y las indiferencias, para compartir la mesa, para abrirla y que no excluya a nadie. Nos abre el tesoro de salir al camino con sentido y con metas.

En esta tarde del Jueves Santo te decimos: gracias Señor por invitarnos a compartir la cena en la que nos haces contemporáneos de tu Pasión, Muerte y Resurrección; en la que nos revelas tu Amor, instituyes el ministerio sacerdotal regalándonos tu presencia y en la comunión contigo engendras que nuestra vida, con tu Vida en nosotros, promueva la fraternidad entre los hombres y los pueblos. Amén.

+ Carlos, arzobispo de Madrid

Media

Esta Semana Santa, en todas las manifestaciones que tiene, como la celebración de los grandes misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo o nuestras procesiones por las calles, os invito a que contempléis a un Dios que enriquece plenamente al hombre. Si por un momento yo pudiera llegar a todos los que el Señor me ha pedido que sea su pastor, ¡con qué ganas les diría las mismas palabras que el beato Pablo VI dijo durante el Concilio en uno de sus discursos! Estoy convencido de que son palabras proféticas para este momento que vive la humanidad, que tiene necesidad de encontrar caminos que no cierren al ser humano en sí mismo, sino que le den creatividad, desarrollando todas sus dimensiones y abriéndolo a los demás con el deseo de formar una gran familia en este mundo dividido por tantas causas. Cuántas veces he recordado, por la actualidad que tiene, aquello de «Cristo, nuestro principio; Cristo, nuestro camino y nuestro guía; Cristo, nuestra esperanza y nuestro término. [...] Que no se cierna sobre esta reunión otra luz si no es Cristo, luz del mundo; que ninguna otra verdad atraiga nuestros ánimos fuera de las palabras del Señor, nuestro único Maestro; que ninguna otra aspiración nos anime si no es el deseo de serle absolutamente fieles» (Discurso 29-IX-1963).

Siempre me gusta contemplar a la Iglesia al servicio de Dios porque, cuando se sitúa así, necesariamente está al servicio del mundo en los términos de amor y verdad. Esto nos lleva a asumir dos grandes verdades que hemos de tener en cuenta siempre: a) La promoción del desarrollo integral del hombre: Toda la Iglesia, en todo su ser y obrar, cuando anuncia, celebra y actúa en la caridad, tiende a promover el desarrollo integral del hombre. La Iglesia no es enemiga del hombre; sino al contrario, es amiga entrañable como Dios mismo lo es, de tal manera que ofrece y abre al hombre a la plenitud total. Su tarea, como la de Jesucristo, solamente se manifiesta en régimen de libertad total, sin prohibiciones ni persecuciones, ni reduciendo su presencia a actividades caritativas. Su vida ha de manifestarse en su capacidad de servicio a la promoción total del hombre y de la fraternidad universal. b) La promoción del desarrollo auténtico, es decir, ese que concierne de manera unitaria a la persona en todas sus dimensiones. Urge hacer ver a la humanidad la necesidad de la perspectiva de la vida eterna para no encerrar al ser humano en la historia y expuesto, sin lugar a dudas, a reducirlo al incremento del tener. Hay que mostrar que el ser humano no se desarrolla solamente con sus propias fuerzas, ni siquiera se le puede dar el desarrollo desde fuera. El desarrollo auténtico exige una visión trascendente de la persona; necesita de Dios, pues sin Él se niega el desarrollo o se le deja solamente en manos del hombre que a la larga lo deshumaniza.

La vida de todo ser humano es una vocación, estamos llamados a promover nuestro progreso. Decir que todo hombre es una vocación nos hace reconocer que este nace de una llamada trascendente, que no puede descubrir su significado por sí y desde sí mismo. De tal manera que el humanismo verdadero nos abre necesariamente a Dios para descubrir la idea verdadera de la vida humana: su libertad, su verdad y su caridad. Seamos capaces de afirmar sin miedos el valor incondicional de toda persona humana y el sentido de su crecimiento. La verdad del desarrollo hay que entenderla en su totalidad: todo el hombre y todos los hombres. De ahí el compromiso de la Iglesia en su misión, viviendo el mandato del Señor: «Id por el mundo y anunciad el Evangelio a todos los hombres».

Permanezcamos firmes en la comunión vital con Cristo. En esta Semana Santa, recordad que el Bautismo fue la primera y fundamental relación vital entre la Pascua del Señor y nuestra Pascua. ¡Qué maravilla descubrir la transfusión del misterio de la muerte y resurrección de Cristo a sus seguidores en el Bautismo! ¡Qué fuerza tiene en nuestra vida descubrir cómo el Bautismo nos introduce en la relación de comunión con Cristo! Revestidos de Cristo, entramos en comunión vital con Él y le pertenecemos. En esta Semana Santa, Jueves Santo, Viernes Santo y Pascua, descubrid estas realidades:

1. La riqueza que nos trae Jesucristo: Existe en nuestra cultura la tentación de «robar a Dios» y quitarlo del corazón de los hombres. Esto no da más libertad, al contrario, implanta dictaduras de estilos diversos y otros como nosotros se convierten en dios. ¿Por qué el pueblo descubre en Jesús al verdadero Rey? Viene de otra manera, utiliza otras fuerzas y su estrategia es amar incondicionalmente al hombre y darle pleno desarrollo. Por eso, el pueblo, cuando reconoce a Jesús, se echa a la calle. El Dios que se ha acercado a nosotros lo hace de tal manera que se ha confundido entre nosotros. Es el Dios que trae la fraternidad, la paz, la reconciliación, la verdad del hombre y la verdad de Dios. El Domingo de Ramos, descubríamos cómo entró en Jerusalén en un borrico que nadie había montado. ¿Qué significa esto? Frente al caballo, símbolo de la fuerza de los poderosos utilizado para hacer la guerra entre los hombres, el borrico representa la mansedumbre, la paz. La señal de su fuerza y poder es la humildad, el no tener afán de poseer y dominar. El detalle de que nadie lo había montado es la manifestación de que Él viene sin la fuerza de la violencia, sin imposiciones; viene a ofrecernos la paz y a abrir un camino de amor y de comunión entre todos los hombres.

2. La alegría que engendra en la vida de todo ser humano: ¡Cuántas esperanzas despierta Jesús en el corazón de aquellos que salieron a recibirlo en Jerusalén! Eran gentes sencillas, humildes, con necesidad de fiesta, alabanza, bendición y paz. Jesús despierta alegría en el corazón de quienes llegan a conocerlo, de quienes lo contemplan. Sabe comprender las miserias humanas, se inclina siempre a todos los hombres para curar y sanar, muestra su rostro misericordioso. Mira a todos los hombres, nos hace ver todas las enfermedades que padecemos. Nunca dejemos que la tristeza invada nuestras vidas. Nunca nos dejemos atrapar por el desánimo. La alegría verdadera no nace de tener cosas, nace de habernos encontrado con la persona de Jesús, de saber que Él nunca nos abandona, que con Él nunca estamos solos, que camina con nosotros siempre.

3. El arma que nos entrega para cambiar este mundo es su Amor: Atrevámonos a acoger este Amor. Es el Amor mismo de Dios, que Él nos regala, lo mete en nuestro corazón. Él es insultado, ultrajado, azotado, muere en la Cruz. En todo esto es donde resplandece el arma que Él utiliza y que nos regala. Solamente hace falta que abramos nuestra vida entera para vivir con su Amor y desde su Amor. ¡Cuántas heridas afligen a los hombres y a la humanidad! Guerras, violencias, descartes, indiferencias, desencuentros, conflictos económicos que abaten a los más débiles, hambre de dinero a costa de lo que fuere, esclavitudes diversas que matan la dignidad del ser humano... Jesús lo derrota todo, hasta la muerte. Y lo hace con la fuerza de su Amor. Lo derrota todo con su Resurrección.
Acojamos siempre ese tesoro y esa riqueza que es Jesucristo. Tengamos el atrevimiento de encontrarnos con Él para saber dónde está la fuente de la alegría. Utilicemos el arma de su Amor.

Con gran afecto, os bendice,

+ Carlos, arzobispo de Madrid

Queridos hermanos sacerdotes. Diáconos. Queridos miembros de la vida consagrada. Seminaristas. Hermanos y hermanas que nos acompañáis en este día tan significativo para el ministerio sacerdotal como es la Misa Crismal, en la que los sacerdotes renuevan sus promesas sacerdotales y en la que vamos a bendecir y consagrar los santos óleos y el santo crisma:

El ministerio sacerdotal nació en el Cenáculo, junto con la Eucaristía. Al Papa san Juan Pablo II, cuando contemplaba la Eucaristía, le gustaba decir, que «la existencia sacerdotal ha de tener, por un título especial, forma eucarística». Esta forma eucarística nos hace experimentar siempre la necesidad de cultivar en nuestra vida dos dimensiones constitutivas y complementarias de la Iglesia: la comunión y la misión, la unidad y la tensión evangelizadora, la que todos los hombres esperan de nosotros y que adquiere forma convirtiéndonos en especialistas en promover el encuentro del hombre con Dios. A los sacerdotes no se nos pide más que lo que con gran acierto formula el Papa Francisco: que seamos expertos en ser rostros vivos de la misericordia. Jesús nos muestra ese rostro en una de las parábolas de la misericordia, donde nos hace ver el ministerio sacerdotal como el de unos hombres con un corazón en salida, que busca a los hombres y que lo hace bombeando tres esencias: alegría, esperanza y misericordia. Lo nuestro es vivir en explicitud y con la gracia del Señor lo que acabamos de escuchar: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor» (cfr. Lc 4, 16-21). Y con obras y palabras hablar de «Aquel que nos ama» y mostrar quién es: «Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que viene, el todopoderoso»; acercar y «regalar la gracia y la paz de parte de Jesucristo» es nuestro menester. (cfr. Ap 1, 5-8).

Por la ordenación sacerdotal hemos sido revestidos de Cristo, para actuar in persona Christi. La imagen que mejor nos describe esto es la parábola de la oveja perdida, una de las parábolas de la misericordia (cfr. Lc 15, 1-7). En ella se nos muestra con una belleza extraordinaria la tarea y misión de Jesucristo como Buen Pastor y se nos regala la identidad que como pastores hemos de vivir. Tres expresiones resumen esta misión:

  • Mirar con los ojos de Jesús, con una mirada de profundidad: ver por dónde caminan y qué sensibilidades mueven la vida a los hombres en cada momento para acercarles su amor. La mirada de Jesús es doble, como ha de ser la nuestra: mirada a los que están conmigo y cerca de mí, pero también muy atentos a los que están lejos para ir a buscarlos con prontitud y traerlos junto a los otros, para formar una única familia. Buscarlos para que conozcan a Jesucristo y estén al lado de quien es el Camino, la Verdad y la Vida. Esto no es cuestión secundaria.
  • Aprender a actuar y vivir como Jesús: Lo mismo que Jesús pone a los hombres en manos del Padre, los que están con Él oran por todos los que no están con ellos, ya sea porque nunca conocieron a Jesús o porque se marcharon y se perdieron creyendo que, al margen del Señor, iban a encontrar algo mejor. El pastor que describe Jesús pone todo su empeño en encontrar a quienes marcharon. Busca a quienes fueron y se perdieron con pasión, sabiendo que, los que quedan, oran y desean que los otros vuelvan. Es la pasión de Dios por todo ser humano, para que nadie se pierda. El pastor busca encontrarlos. Perdidos no saben quiénes son; perdieron la identidad, no tienen patria ni geografía. En esa búsqueda, el pastor cultiva la cultura de la Encarnación, que es la del encuentro. Crea puentes para facilitar el encuentro, busca caminos viejos y nuevos para ver dónde se encuentra y qué cauces pone para que vuelvan.
  • El pastor expone la vida para atraerlos: Es más, da la vida y da lo suyo, carga a hombros a quien encuentra, que es una muestra de amor intensa e inmensa. Y sigue exponiendo su vida cuando llega a donde están a los que había dejado en el desierto, es decir, orando, y los reúne para hacer una gran fiesta, llamando a todos amigos y vecinos. Les dice con fuerza y convicción: «¡Alegraos conmigo!». Es la fiesta de la Eucaristía. El tesoro más valioso que nos dejó Jesús es la Eucaristía. Cuerpo entregado y con su sangre derramada. Y nosotros los sacerdotes, reuniendo a los hombres en la Eucaristía, los introducimos en la vida eterna. ¡Qué maravilla! En ella se concentra toda la obra de la Redención. En Jesús Eucaristía podemos contemplar la transformación de la muerte en vida, de la violencia en amor. Alimentarnos de Cristo, transformarnos en Cristo, ser pan que alimenta a todos los hombres.

En este Año de la Misericordia, la parábola en la que he descrito la misión de Jesús, que es la que nos ha regalado a nosotros, nos invita a que nuestro corazón bombee tres esencias que dan un perfume nuevo a la existencia de los hombres. Recordando siempre cómo se inició nuestro ministerio, cómo se tiene que mantener y cómo se ha de promover. Se inició conmovidos por la realidad, vivida y experimentada en nuestras vidas, de que no hemos sido nosotros los que hemos elegido a Jesús; ha sido Él quien nos ha llamado. Se tiene que mantener regresando a la fuente de la llamada que es el mismo Jesucristo, es su Persona. Nos dice: «Id y haced discípulos en todos los pueblos»; nos quiere misioneros, saliendo a buscar a la gente donde esté y regalando en cercanía el fervor de los primeros cristianos, que experimentaban junto a los apóstoles, como nos decía el beato Pablo VI, «la dulce y confortadora alegría de evangelizar». El anuncio hay que realizarlo en clave misionera, dejando la autorreferencialidad, sabiendo que estamos llamados a promover la cultura del encuentro; eliminando todo intento de hacer cultura de la exclusión o del descarte; siendo servidores de la cultura de la comunión con la certeza de haber sido alcanzados y transformados por Cristo. Las tres esencias que bombea nuestro corazón de pastores y que dan sabor y olor a Cristo son:

1. La esperanza: Partiendo de la realidad de que hoy, todos un poco, nos hemos sentido sugestionados por muchos ídolos que quieren ponerse en lugar de Dios. Sin embargo, como nos dice el Papa Francisco, Dios camina a nuestro lado, nunca nos abandona, en ningún instante nos deja. Nunca perdamos la esperanza, ni la apaguemos ni retiremos jamás de nuestro corazón. El que tiene más fuerza es Dios y Él es nuestra esperanza. Cuando el vacío y la soledad llegan a nuestra vida, nos damos cuenta de que la esperanza no la dan ni tal o cual parroquia, ni tal o cual destino o responsabilidad, ni el dinero, ni el éxito, ni el poder, ni el placer. Descubrimos que, en el santuario de nuestra vida, lo que nos hace emerger y vivir es una espiritualidad fundada, una generosidad aprendida de quien es generoso de verdad pues ha sido capaz de darnos su vida, la solidaridad, la fraternidad, y de regalarnos, a nosotros, su misterio y su ministerio. La esperanza engendra disponibilidad. Para alcanzar y mantener la esperanza, dejémonos sorprender siempre por Dios. Qué bueno es recordar lo que la Virgen María nos dice en las bodas de Caná: «Haced lo que Él os diga».

2. La alegría: Vivamos con alegría, seamos testigos de la alegría que es el mismo Jesucristo. Es imposible ser testigos sin ella. Sin alegría daremos rumores, chismes, murmuraciones, nos entretendremos en nosotros mismos, pero no daremos la noticia fuerte y grande que lo cambia todo: Jesucristo. No os reunáis para murmurar. Seamos valientes para descubrirnos en la verdad. El cristiano, y mucho más el sacerdote, es alegre y si es triste no es cristiano y no es buen sacerdote; algo esencial le falta. Podrá tener momentos de lloro, pero aun así es alegre, porque tiene la seguridad de que Dios lo acompaña. No vivamos en luto perpetuo, pues Cristo nos mostró el rostro de Dios que nos ama incondicionalmente. Urge que recuperemos el carácter luminoso que es propio de la fe. Cuando la llama de la fe se apaga, las demás luces languidecen. Lo característico de la fe es la capacidad que tiene para iluminar toda la existencia del hombre. Mostremos al Dios vivo y verdadero que se manifestó en Jesucristo con obras que vencen y convencen. Para esto es necesario un encuentro con el Dios vivo que se nos ha revelado en Jesucristo y que nos llama y nos revela su amor que nos precede, y en el que podemos apoyarnos con seguridad y construir la vida.

3. La misericordia: Acoger, cultivar y promover el abrazo misericordioso de Dios ha de ser una tarea esencial hoy. El amor de Dios es tan fuerte, tan grande, tan sorprendente, tan profundo, que nunca decae; al contrario, se aferra siempre a nuestro corazón y nos sostiene; si estamos hundidos, nos levanta y si no tenemos clara la dirección, nos guía. Qué bien suenan en nuestro corazón aquellas palabras de Romano Guardini cuando decía que «Dios responde a nuestra debilidad con su paciencia y este es el motivo de nuestra confianza y de nuestra esperanza». ¡Qué fuerza tiene experimentar la verdad de un amor que no se impone con la violencia y que nunca aplasta a la persona, al contrario, la levanta y la promueve, hace sentir el gozo de saber que hay alguien a quien importamos de una manera sublime, que nos hace reaccionar cuando entra su amor en nuestro corazón, haciéndonos crecer en el respeto al otro y en la entrega de la vida siempre por los demás.

Gracias queridos hermanos sacerdotes. Sigamos anunciando a Jesucristo con nuestra vida entregada hasta el límite, mostrando con obras cuánto quiere Dios a los hombres. Gracias por vuestra entrega y disponibilidad. Gracias por vivir la misión en la Iglesia anunciando el Evangelio y atrayendo a los hombres a la alegría del Evangelio y a la persona del Señor. Nuestro método es el del Señor: «No he venido al mundo a condenar a los hombres, he venido a salvarlos». A esto viene una vez más el Señor al altar en el misterio de la Eucaristía.

+ Carlos, arzobispo de Madrid

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