VIERNES SANTO 2015

            Queridos hermanos Obispos D. Fidel y D. Juan Antonio, Excmo. Cabildo Catedral, Hermanos Sacerdotes, Queridos Seminaristas, Miembros de la Vida Consagrada, Laicos cristianos, Hermanos y Hermanas:

            Hoy, Viernes Santo, contemplamos a Cristo en la Cruz. Muere por nosotros, por amor a los hombres. Con su sangre nos ha convertido a todos los hombres en “moneda con valor de eterno". Quiere que sea esta moneda la que se ponga en circulación por este mundo. Nos regala su Vida y lo hace dando la suya por nosotros. No con cualquier intercambio: lo hace dándose Él mismo. Hoy os invito a tomar conciencia de que somos  moneda con valor eterno. ¿Te has dado cuenta de que eres moneda con valor eterno? ¿Vives de acuerdo con lo que eres? No eres moneda de oro o plata, eres moneda construida por Dios mismo y rescatada con su propia Vida para que mantengas el valor con el que fuiste creado. Él ha dado su Vida por ti. La ha entregado de una manera que no tiene parangón con nada ni con nadie: en la Cruz. El Mesías, el Señor, el Maestro, Dios y Hombre verdadero, da la Vida en la Cruz, como si fuera un malhechor, y te pide que hagas tú lo mismo, que des la vida. Una pregunta se hace necesaria esta tarde: Tú¿huyes de la Cruz? Es una pregunta importante, porque si se huye de la Cruz no puede haber ni trasplante de ojos, como decía a los sacerdotes en la Misa Crismal, ni trasplante de corazón, como os decía ayer, Jueves Santo, en la Cena del Señor. Eres moneda con valor eterno. Tú¿huyes de la Cruz? Escuchemos: “desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano, así asombrará a muchos pueblos, ante él los reyes cerrarán la boca, al ver algo inenarrable y contemplar algo inaudito” (cfr. Is 52, 13-53, 12). De la misma manera se nos dice que el Crucificado es el único que salva a los hombres y nos hace moneda eterna: “se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna” (Hb 4, 14-16; 5, 7-9).

Tú, ¿huyes de la Cruz? Escuchemos a Jesús como lo escucharon aquellos que venían a prenderle: “¿A quién buscáis?”. ¿A quién buscamos nosotros? Jesús, el Hijo de Dios que se ha hecho Hombre, es quien es prendido, azotado, coronado de espinas, crucificado. Es el mismo que dice a quienes vienen a prenderlo: “Yo soy”. ¡Qué escándalo! Pero, junto a la Cruz, hemos de dejar que Cristo nos pregunte: ¿para ti, quién soy yo cuando me miras y me contemplas en la Cruz? ¿Soy quien ante la pregunta de Pilatos, “¿eres tú el rey de los judíos?” dio aquella respuesta contundente: “Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz”. Pero, es cierto: las palabras de Jesús a los discípulos y a los hombres que esperan un camino de triunfo, “el hijo del hombre está a punto de ser entregado en las manos de los hombres”, nos bloquean. Tenemos miedo a la Cruz. Al igual que el apóstol Pedro, decimos: ¡no, jamás, Señor! ¡Esto no! ¿Es normal? Sí, pues es el mismo miedo que pasó Jesús, la noche del Jueves Santo, cuando sudó sangre, sus palabras nos lo manifiestan: “Padre ¡quítame este cáliz!” Aunque a continuación dijo “¡Hágase tu voluntad!”. Esta es la diferencia con Pedro: mientras él dice “de ninguna manera te sucederá esto”, Jesús dice “hágase tu voluntad”.

Tú y yo ¿huimos de la Cruz? Esta es la pregunta que en este Viernes Santo hemos de hacernos los discípulos de Cristo. Es cierto, no queremos huir. Señor, deseamos levantar entusiasmados la cruz gloriosa del hombre que ha descubierto su sentido en el Amor extremo del Padre, que en su Hijo crucificado nos ha mostrado su amor, su misericordia y compasión sin límites. Un amor misericordioso y una compasión que nos hace capaces de vivir con la fortaleza que nos viene de Dios en la debilidad de nuestras vidas y de la historia. Sabemos que no estamos solos, que Dios está con nosotros, que nos ha mostrado su rostro de misericordia, de compasión y de amor en Jesucristo. Hoy no estamos adorando la Cruz del fracaso, sino el fracaso de los que crucifican y condenan a los hermanos. Y, al mismo tiempo, sabiendo que esas crucifixiones y condenas se eliminan dando la vida, pero con la Vida de Cristo en nosotros, como nos recuerda el Apóstol Pablo: “no soy yo, es Cristo quien vive en mí”. En Cristo se nos ha revelado cómo hay que lavar y blanquear nuestra vida con su sangre. En la Cruz descubrimos cómo Jesucristo nos ha devuelto el valor real a los hombres, somos “moneda eterna”, no huimos de la Cruz, sabemos que el triunfo se compra con esta moneda, que es la Vida misma de Cristo en nosotros. Rescatados para rescatar. Iluminados para dar luz. Conquistados por el Señor, para conquistar para el Señor. Elevados para elevar. Por eso sabemos que hay que cambiar en la vida, que hay que tener pasión de hermanos, que es la pasión por la fraternidad, que levanta a los crucificados, que resucita muertos, que siembra vida, que da esperanza. Salgamos por el mundo siendo la moneda que somos, “moneda con valor eterno”. Compremos todo con esta moneda que da libertad, eliminando todas las esclavitudes, las que nos vienen porque las ponemos los hombres y las que son fruto de nuestros pecados y de nuestros límites. Demos la vida hasta la muerte, esto es ser “moneda con valor eterno”.

            En la proclamación de la pasión hemos escuchado que se nos narra la historia más estremecedora, la muerte de Aquel que, al morir, nos da la Vida a todos los hombres. Muere en una Cruz entregando su vida por nosotros. Y haciendo de nuestras vidas que sean “monedas con valor eterno”. El símbolo del Viernes Santo es la Cruz: que es la victoria del Amor de Dios, la glorificación de Jesús, el triunfo del hombre por la entrega a Dios. Contemplemos la Cruz, descubramos en ella al Hombre verdadero, con el rostro de Dios. Aprendamos el camino. Mirando a Jesús en la cruz, vemos como en un espejo los sufrimientos de la humanidad y encontramos la respuesta de Dios al misterio del mal, del dolor, de la muerte. El sufrimiento y la muerte, especialmente de los inocentes, son una herida profunda para nosotros. Quizá es cuando más nos identificamos con aquellas palabras de Jesús en la Cruz: “¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?”. No hay respuestas racionales a esta pregunta. Jesús no vino a justificar ni a explicar el escándalo del mal, sino a compartir con nosotros nuestro dolor y nuestro límite y a dar soluciones definitivas haciendo de nosotros los hombres “monedas con valor eterno”. De ahí el valor que tiene toda vida humana desde que comienza su existencia en el vientre de su madre hasta que el Señor nos llama de este mundo.

 Hay otra exclamación de Cristo: “¡Tengo sed!” No se refiere a la sed física solamente, sino a su gran deseo de dar la vida al mundo; tiene sed de agua, pero la tiene más de justicia, de paz, de reconciliación y de amor, de Vida, de regalar su Vida y, por tanto, de hacernos partícipes de su eternidad aquí y ahora. Por ello, junto a estas palabras, escuchemos también estas otras: “está cumplido”; es decir, el amor definitivo e incondicional de Dios, el amor sin cálculo y sin medida, se ha cumplido hasta el extremo: “e inclinando la cabeza, entregó el espíritu”. Su último acto fue entregarnos su Espíritu, el Aliento de su Vida. Las heridas que existen y se dan en los hombres y en la humanidad, que ennegrecen y nublan la historia de los hombres y su corazón, las quita y elimina Jesucristo, que carga sobre sí todo mal, todo el sufrimiento. Nosotros esperábamos que Dios, con su omnipotencia, derrotase la injusticia, el mal, el pecado y el sufrimiento con una victoria triunfante, como lo hacen los poderosos y los poderes de este mundo. Dios, en cambio, nos muestra una victoria humilde que humanamente parece un fracaso, porque lo hace con su Amor. Nos revela que la Vida se da entregando la nuestra por Amor, pero no con cualquier amor, solamente con el Amor mismo de Dios que da su propia vida por nosotros. Por ello, son un imperativo para nosotros las palabras de San Pablo: “no soy yo, es Cristo quien vive en mí".

En este Viernes Santo del siglo XXI también experimentamos que la pasión de Jesús está presente en la historia de la humanidad: hay sufrimientos, hay vencidos, humillados, agredidos y pisoteados. Pongamos la mirada en los rostros de tantos lugares del mundo: emigrantes, desahuciados, víctimas de la violencia, refugiados, enfermos, niños y niñas abandonados, mujeres maltratadas, personas sin hogar que viven en las calles de nuestras ciudades y todos los que sufren por cualquier causa, todas las pobrezas, también el desconocimiento de Dios, todo el hambre, también el causado por ignorar que somos hermanos, todo desamparo humano, también el causado por no saber  que somos la gran familia de los hijos de Dios, todo el pecado del mundo se hace visible en el rostro de Jesús crucificado que está en el centro del Viernes Santo. En Jesucristo Crucificado se revela el rostro de Dios que es Amor y sus brazos clavados en la Cruz se abren para abrazar a todo ser humano y para invitarnos a acercarnos a él con la certeza de que somos acogidos y estrechados en un abrazo de infinita ternura: unos por los sufrimientos que padecen y otros para que estén junto a ellos como Jesús mismo está. Gracias Señor por habernos dado esa vida nueva que nos convierte en “moneda eterna”. Tenemos el valor que nos ha dado Jesucristo. Pongamos esta moneda que somos en circulación en medio de esta historia.

¿Qué os diría en este Viernes Santo ante la Cruz a todos los que el Señor ha puesto para que os ame y os cuide? Tanto a los que creéis en Cristo y deseáis vivir con su Vida y sois miembros vivos de la Iglesia, como a quienes por cualquier causa os habéis apartado de Él o incluso no le conocéis, os lo digo con palabras elegidas e interpretadas por mí, de un Santo que vivió aquí, en Madrid, y que dio su vida: San Pedro Poveda. Él dijo: Atreveos todo a ser “crucifijos vivientes”. Las recordaba anoche cuando estaba adorando al Señor en la casa de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Este santo decía: “no tengamos otra fortaleza que la que viene del Crucifijo, es la armadura de Dios, es el único tesoro, es la única propiedad que legítimamente poseemos". Pero no nos contentemos con esto, seamos 'crucifijos vivientes', seamos portadores de Cristo en todas partes, demos a conocer a Jesucristo. Que cuantos se acerquen a nosotros perciban que tenemos los mismos sentimientos, las mismas ideas, la misma vida de Cristo. En ningún momento como este, el Amor, la misericordia, la caridad de Cristo es tan necesario acercarlo a los hombres. Hay muchos heridos. Salgamos a curar sin bajarnos de la Cruz. Al pie de la Cruz está siempre Santa María de la Almudena para animarnos a ser también hoy “crucifijos vivientes”. Amén.   

           

  

Media

                                HOMILÍA JUEVES SANTO 2015

            Queridos hermanos Obispos D. Luis, D. Fidel y D. Juan Antonio. Excmo. Cabildo Catedral, Rectores de nuestros Seminarios Metropolitano de San Dámaso y Misionero Redemptoris Mater. Hermanos sacerdotes, Hermanos y Hermanas miembros de la Vida Consagrada, Laicos Cristianos, hermanos y hermanas:

            Acabamos de dirigirnos a Dios así: “Señor Dios nuestro, nos has convocado esta tarde para celebrar aquella misma memorable Cena en que tu Hijo, antes de entregarse a la muerte, confió a la Iglesia el banquete de su amor, el sacrificio nuevo de la alianza eterna; te pedimos que la celebración de estos santos misterios nos lleve a alcanzar plenitud de amor y de vida”. Ya desde este instante os digo que lo que pedimos al Señor es un “transplante de corazón”. Pedimos que nos dé su Corazón. ¿Qué celebramos esta tarde? La institución de la Eucaristía de la que nos alimentamos y que hace posible que nuestro corazón crezca y sea el de Cristo, la institución del ministerio sacerdotal que hace permanente la presencia de nuestro Señor en esta historia a través de hombres elegidos por Él, y el mandamiento nuevo del amor que expresa con obras y palabras que tenemos el corazón de Cristo.

            Hagamos una composición de lugar: Los discípulos primeros se encontraban en el Cenáculo, allí estaba la mesa dispuesta, como también hoy está preparada, y Jesucristo mismo nos hará vivir y ser contemporáneos de su pasión, muerte y resurrección. En esta mesa Jesucristo se nos da a sí mismo. Se nos da Él, que puede parar todas las fuerzas. Él nos regala su Vida que contiene su Amor. Es el mismo Jesucristo que se entrega, quiere y desea que su Amor sea quien ocupe la vida y el corazón del hombre. Desea que globalicemos su amor, para que la esperanza se mantenga en la historia de los hombres y nuestra humanidad tenga la fuerza que tiene que tener para subsistir y crear la gran familia de los hijos de Dios.

Por otra parte, nadie está excluido de la invitación que nos hace Jesucristo a sentarnos a su mesa. Es una invitación amorosa, con el amor mismo de Dios que ha tomado rostro humano en Cristo. A todos está esperando, es la mesa preparada del Padre. Jesucristo es la gran señal. Lo mismo que nos dice el libro del Éxodo, la sangre del cordero será una señal para que no se dé el exterminio: “La sangre será vuestra señal en las casas donde estéis; cuando vea la sangre, pasaré de largo; no os tocará la plaga... Este día será para vosotros memorable” (cf. Is 12, 1-14).  Ahora Jesucristo, el Cordero de Dios, es quien da la vida y nos salva, nos regala su Vida y nos llena de su Amor. Queda envuelta la historia en su Amor. Quiere que todos los hombres descubramos que el alimento verdadero es Él. A nadie se le excluye de esta gracia y de esta salvación. Es Jesucristo quien tiene la última palabra. Y no es palabra de condena, es palabra que libera y que salva. Jesucristo siempre nos está llamando para curar y sanar todo lo que está destrozado y herido en la humanidad y en la historia. Sabe que esto no se puede hacer sin un “trasplante de corazón". Lo hace Él, sin herir, sin dolor, con su Amor.

La manifestación más grande, la expresión más bella, la obra más maravillosa que ha traído la salvación a todos los hombres, la ha realizado Jesucristo con su sacrificio, con su entrega por amor dando la vida por nosotros. En el misterio de la Eucaristía se concentra toda esta realidad. Estamos celebrando la pasión y muerte y resurrección de Jesucristo. Todo nos lo da Él, es la buena noticia que dice que el Amor es más fuerte y más grande que la muerte y que este Amor vence, abre puertas, nos lleva la alegría, trae esperanza a los hombres. Hoy nos pasa a nosotros lo mismo que les pasó a los de Emaús: lo hemos conocido al partir el pan.

Hemos comenzado una nueva etapa evangelizadora, que ha de estar marcada por cristianos que salen al mundo con estructura eucarística, como nos recordaba San Juan Pablo II. Redescubramos la belleza y la alegría de dar la vida con el mismo amor de Jesucristo por los demás. Mostremos con esta estructura eucarística que ha habido en nuestra vida un “trasplante de corazón”. Alimentarnos de Jesucristo nos da otro corazón, que nos hace vivir con el amor mismo de Dios manifestado en Jesucristo. Un trasplante de corazón que nos hace acercamos, descubrir en las raíces más hondas y profundas del ser humano que está necesitado de Amor. Cuando el ser humano se muestra y vive con este corazón trasplantado, como es el de Jesucristo, hace que todo lo que nos rodea pase de la muerte a la vida, de la tristeza al gozo. El encuentro con Nuestro Señor Jesucristo en el misterio de la Eucaristía nos hace sentir la urgencia de que el amor de Dios y su reino sea acogido por todos los hombres y mujeres en todas las situaciones de su vida, curando toda clase de heridas.

Este trasplante de corazón nos lleva a hacer realidad lo que acabamos de escuchar en el Evangelio: “estaban cenando y Jesús se levanta de la Cena, se quita el manto y tomando una toalla se la ciñe, echa agua en la jofaina”. Este relato no es un cuadro pintado que miran nuestros ojos para contemplar la belleza del mismo porque es un buen pintor el que lo ha realizado. Es una escena real. Es Dios mismo que se ha hecho Hombre, el Mesías, el Maestro, el Señor, quien provoca un desconcierto tremendo, y se pone a lavar los pies. A los discípulos les cuesta entender que él se arrodille ante cada uno de ellos, que se incline ante ese hombre que hay en ellos, lleno de egoísmos, de intereses personales, de pecados. Pero esto lo sigue haciendo el Señor aquí y ahora, con nosotros, cuando el Señor se acerca a nuestra vida en el misterio de la Eucaristía: se abaja, se inclina a nosotros y nos devuelve la libertad y la dignidad, nos hace libres, no esclavos. A los discípulos les lavó los pies y se los acariciaba, era como decirles: “tu vida es valiosa, yo la amo”. Estas mismas palabras nos las dice cada vez que nosotros nos acercamos al misterio de la Eucaristía: “yo te amo, eres valioso, son valiosos todos los hombres y quiero cambiarte el corazón para hacer posible que se acerquen a mi vida”. Jesucristo, lavando los pies, nos dice: nadie es superior a nadie, todos somos iguales en dignidad, no hay esclavos, Yo os he hecho libres. Si estáis en mi Amor tenéis libertad auténtica. Dadla vosotros también haciendo un trasplante de corazón, ya que yo os regalo el mío. Este gesto de lavar los pies es un gesto revolucionario, es un amor peligroso, nos devuelve la imagen y semejanza que tenemos de Dios, destruye totalitarismos y nos propone una manera nueva de hacer el cambio de este mundo: con el amor mismo de Dios.

Pero somos como Pedro cuando dice: “Señor, ¿tú a mí lavarme los pies? Tú no me lavarás los pies jamás”. Pedro no admite la igualdad, no admite el trasplante de corazón, no quiere ser imagen y semejanza de Dios, no admite que la desigualdad no es legítima, nos hace esclavos y dueños de los demás. Por eso el Señor le dice a Pedro: “si no te lavo los pies no tienes parte conmigo”. Pedro no quiere Jesús se abaje hasta el extremo y no entiende lo que significa el amor. No se deja amar. Y, sin embargo, es necesario que Jesús toque los pies: los pies significan la base de la persona, lo fundamental, sin ellos no podemos sostenernos. Necesitamos la experiencia básica del amor. Necesitamos dejarnos amar por él, dejarnos alcanzar por su amor en lo profundo de nosotros mismos. Necesitamos que Jesús trasplante nuestro corazón.

¡Qué propuesta más maravillosa!¡Qué propuesta más revolucionaria para este mundo! ¿Hay alguna propuesta con más capacidad de cambio que la que nos regala Jesucristo cuando nos sienta a su mesa? Por eso cuando Jesús termina el lavatorio de los pies nos dice: “¿habéis comprendido lo que he hecho con vosotros? Si Yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis de lavaros los pies unos a otros”. No hacen falta muchas explicaciones. Solamente con un trasplante de corazón podemos hacer verdad que el Evangelio y la evangelización tengan una repercusión personal y social. Cuando nos dejamos hacer trasplante de corazón tenemos y damos alegría, esperanza y crecemos en ímpetu para comunicar a todos que la realización del ser humano está en la entrega absoluta de la vida que solamente se puede hacer con la gracia de Jesucristo.

¿Queréis hacer un trasplante de corazón? Os invito a contemplar, vivir y anunciar el Amor de Dios que se manifiesta en Cristo Eucaristía. Para ello: 1) celebrar la Eucaristía por lo menos los domingos y, si podéis hacerlo todos los días, mejor. En ella, asistís al acontecimiento más grande de la historia, el que ha cambiado todo: pasión y muerte y resurrección de Jesucristo; 2) en la celebración diaria de la Eucaristía tenéis también la Palabra que Jesucristo nos entrega para que pongamos dirección a la vida; 3) en la celebración de la Eucaristía tenemos el modo más sublime de comunicarnos con todos los hombres: desde Jesucristo puedo llegar a todos los corazones, a todas las situaciones, a las personas concretas; 4) celebrar la Eucaristía nos hace mantener la salud y un corazón trasplantado que vive regalando el amor mismo de Jesucristo.

Hoy también celebramos la institución del ministerio sacerdotal; por eso, os pido que recéis por quienes tienen la misión de hacer las veces de Jesucristo.

Hay que hacer posible que el mandato del amor sea la opción que estamos dispuestos a hacer dando algo de lo nuestro que expresamente manifieste que amamos a los demás, especialmente a los que más necesitan. No demos de lo que nos sobra sino de lo que tenemos para nosotros.

Miremos a la Santísima Virgen María en este día. Ella fue el primer sagrario, pues contuvo a Dios mismo en su seno. Paseó por este mundo a Dios, que se hizo hombre, porque ninguna cosa es imposible para Dios. Que la Virgen María Nuestra Señora de la Almudena, que tuvo la estructura eucarística, interceda por nosotros para que el Señor nos la regale. Amén.

Media

Arzobispado de Madrid

Sede central
Bailén, 8
Tel.: 91 454 64 00
arzobispado@archidiocesis.madrid

Cancillería

info@archidiocesis.madrid

Catedral

Bailén, 10
Tel.: 91 542 22 00
informacion@catedraldelaalmudena.es
catedraldelaalmudena.es

 

Medios

Medios de Comunicación Social

 La Pasa, 3, bajo dcha.

Tel.: 91 364 40 50

infomadrid@archidiocesis.madrid

Informática

Departamento de Internet
C/ Bailén 8
webmaster@archidiocesis.madrid

Servicio Informático
Recursos parroquiales

SEPA
Utilidad para norma SEPA

 

Search