Queridos hermanos sacerdotes. Queridos hermanos que hoy celebráis, y estáis aquí presentes, las bodas de oro y de plata matrimoniales. Queridos delegados de Familia, María y José: gracias por vuestro trabajo. Hermanos y hermanas todos.
«Tanto amó Dios al mundo que entregó a su hijo único para que no perezca ninguno». Es de las frases más bellas y más hermosas que podemos escuchar de todo el Evangelio de san Juan. «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su único hijo para que no perezca ninguno». Están entresacadas del diálogo de Jesús con Nicodemo a altas horas de la noche cuando, de pronto, la conversación dio un giro absoluto, importante, y pone de relieve el gran amor de Dios.
«Tanto amó Dios al mundo…». Este «tanto» es ponderativo. Este «tanto» es lo que estáis celebrando vosotros, los que estáis aquí presentes, matrimonios, en vuestras bodas de oro y plata, y tantos matrimonios cristianos que hoy también, en toda nuestra archidiócesis de Madrid, están invitados a celebrar esta fiesta importante para vosotros y para la vida de la Iglesia.
«Amó Dios al mundo, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna». Queridos hermanos, ¿habéis pensado alguna vez qué hubiera pasado si Dios no nos hubiese entregado a su Hijo? ¿Cuál es la esperanza, o cuál sería la esperanza, de una humanidad sin Dios? Juan responde con el verbo «perecer». Hubiese perecido la humanidad. Sin Jesús, todo lo demás pierde sentido. La vida misma es el sucederse de hechos sin sentido y, sin embargo, el Evangelio de hoy nos recuerda que el sentido del mundo y de nuestra vida está en Jesús. Jesús es el rostro del amor y de la ternura de Dios manifestado en nosotros. Y de que un amor tan singular y especial se manifiesta en la vida del matrimonio, de dos personas, hombre y mujer, que se aman, que se quieren, que se perdonan, que van siendo una sola carne y van haciéndolo a través precisamente de la comprensión, del amor, del perdón, de la entrega del uno al otro.
El Evangelio de hoy, como os decía, nos recuerda que el sentido del mundo y de nuestra propia vida está en Jesús. Por eso nos reunimos domingo tras domingo: para escuchar su Palabra, para vivir la presencia del Señor, para entrar en comunión con Él. Sí, queridos hermanos. Es un Dios rostro de amor, que no ha venido para condenar el mundo, sino para salvar este mundo. Durante mucho tiempo, quizá, hemos vivido a un Dios presentado como juez. Muchas religiones a lo largo y ancho del mundo han presentado así a Dios. El Dios que se manifiesta en Jesucristo es un Dios que no juzga, que no amenaza, que no condena; es un Dios que ama, y nos regala las verdaderas medidas del amor; esas que de un modo singular, especial, magnífico, extraordinario, se manifiestan precisamente en dos personas que unen sus vidas de por vida y son capaces de vivir permanentemente en la confianza, en el perdón, en la entrega, en el servicio, en la fidelidad.
No vino a condenar al mundo, sino para que el mundo viva por Él. El Dios que se manifiesta en Jesucristo es un Dios que no juzga, que no amenaza, que no condena. Es un Dios que solo es amor y vida. El amor de Dios manifestado en Jesús es para todo ser humano, para que el mundo viva. Y esto es lo que tenemos que entregar nosotros en este mundo, queridos hermanos. Para que este mundo viva, salga adelante, quite horizontes que tapan la verdad de la vida, es necesario que se manifieste este amor. Y el modo más bello y más grande de manifestarse precisamente es en el matrimonio cristiano.
Hoy, en este domingo, la Trinidad Santísima, que de una manera especial nosotros tenemos, se manifiesta el misterio de Dios que es amor y comunión. El Dios en quien creemos y que se nos ha revelado en Jesús no es un Dios solitario: es Dios que es amor; un amor que se da, y que se relaciona, y que se unifica. Por eso, hay pensadores cristianos que han sabido decirlo muy bien: al Dios que está por encima de nosotros y que es nuestro origen, lo llamamos Padre; al Dios que está con nosotros y que se hace compañero de camino y es el mismo Dios, lo llamamos Hijo; y al Dios que habita en nuestro interior, que nos da entusiasmo y nos da creatividad, lo llamamos Espíritu Santo.
Creer en el misterio de la Trinidad es creer que la comunión y el amor entre los seres humanos es posible, queridos hermanos. La comunión es el dinamismo que rompe el aislamiento, que vence la tendencia al narcisismo, que posibilita el verdadero encuentro entre personas. Es la comunión la que hace posible todo crecimiento auténtico. Y donde más se verifica y se realiza es precisamente en el matrimonio cristiano. Nos realizamos en relación. Si no, no hay realización humana. Es creer que el ser humano, creado a imagen de Dios, se realiza en la medida en que se relaciona y, en la medida en que esa relación es una relación de amor, de entrega, de servicio absoluto y total, se libera, se abre, crece... cuando de verdad hay amor.
Queridos hermanos: el matrimonio cristiano, inicio de una familia cristiana, es algo excepcional y único. ¡Cuánta concordia, cuánta alegría, cuánta justicia social habría en este mundo si asumiéramos en nuestro pensar y en nuestro actuar esta lógica del amor de Dios, envolvente, comunitaria, acogiendo las diferencias, impidiendo que se transformen en desigualdades!
Queridos hermanos: es una fiesta excepcional que podamos estar hoy aquí, en la catedral de Madrid, con un grupo de hermanos nuestros, matrimonios que celebran las bodas de oro y plata. Y que ofrecemos la Eucaristía por todos los matrimonio que hoy, o en este año, celebran estas bodas. Mirad: es verdad que se quitaría mucha tristeza, mucha injusticia, muchas discordias, si asumiéramos en nuestro pensar y actuar la lógica del amor de Dios. Este misterio envolvente que acoge las diferencias que impiden que se transformen en desigualdades.
Los hombres y mujeres de este mundo pueden dejarse arrastrar por un sentido de superioridad, sea racial o de otro tipo, o de un odio hacia los demás; también por la envidia, por la codicia de la tierra, por los recursos, por el afán de poder, por el orgullo, por el deseo de extender el propio dominio sobre otros. Pero, ¿sabéis, queridos hermanos? La única salida que hay, la única, es desarmar nuestro corazón; desarmarlo, y quedarte solo con el amor de Dios. Es la única salida. ¿Estoy dispuesto a dar este paso de desarmar mi propio corazón? ¿Estoy dispuesto a hacerlo con personas lejanas o cercanas? Yo necesito poner este gesto, este gesto de desarmar mi propio corazón; pensar más en el otro. Esto es precioso cuando se vive en el matrimonio cristiano: pienso más en el otro que en mí mismo. Le doy mi vida.
Por eso el matrimonio cristiano, queridos hermanos, cuando apareció en el mundo, fue una revolución. Y hoy, en este momento histórico que vive la humanidad, donde se cuestionan tantas cosas, también a veces el matrimonio, es necesario que abunden esposos que regalen precisamente ese desarme del corazón pensando en el otro. Vivir y realizarse, si os dais cuenta, en definitiva es entrar en el misterio de Dios, que es amor y que es comunión. Es en el misterio en el que habéis entrado vosotros, los matrimonios cristianos. Y dejar que esa vida de Dios circule entre vosotros, entre todos los seres humanos. Y aparecen los hijos. Y aparece ese amor también en todas las personas que os relacionéis.
Vivir y realizase, en definitiva, es entrar en el misterio de Dios que es amor y comunión. Y dejar que esa vida circule. Siempre que sentimos necesidad de amar y ser amados; siempre que buscamos acoger y ser acogidos; cuando disfrutamos de una amistad que nos hace crecer; cuando sabemos dar y recibir... entonces, queridos hermanos, estamos celebrando el misterio de la Santísima Trinidad, inscrito en el hondo, en lo profundo del corazón humano. Dios es amor. Tenemos que recordar que la crisis de nuestra civilización occidental y nuestro mundo actual solo tiene una salida, y la podéis dar vosotros, los matrimonios cristianos: el camino del amor. Con mayúsculas, ¿eh? El Amor. El camino de la solidaridad que nace de ese amor entre los seres humanos, de la preocupación, del olvido de uno mismo para entregarme a los demás.
Vivir es entrar en el misterio de Dios. Gracias, queridos hermanos, todos los matrimonios que estáis aquí, porque estáis, habéis querido entrar con vuestra vida entera en el misterio del amor de Dios. Y hoy, ante este misterio del amor de Dios, nos volvemos y le decimos: «Padre, siempre encontramos un abrazo profundo en ti, en tu hijo Jesucristo, del que somos discípulos, que nos sostiene. Nos confiamos a Jesús, al Resucitado, que se acerca a todo ser humano. Que ese Espíritu de su amor nos dé fuerzas para seguir avanzando en el camino del amor, de la reconciliación y de la esperanza». Queridos hermanos, no separéis estas tres palabras: amor, reconciliación y esperanza. El amor nos lleva a la reconciliación, siempre. Y nos abre a la esperanza, contra toda esperanza.
Los hombres hoy, como siempre, podemos dejarnos arrastrar por un sentido de superioridad o incluso de malestar junto a los otros: por envidia, por codicia, por tristeza, por afán de poder, por orgullo. Pero, queridos hermanos, no es esa la salida. La salida es desarmar nuestro corazón, y llenarlo del amor. Eso que vosotros, en el sacramento del matrimonio, cuando lo celebráis, lo decís vosotros mismos: «Yo te quiero a ti. Prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida». Y os lo decís uno al otro. Es bueno repetir eso. También lo tenemos que decir ... Yo, todos los domingos —esta mañana lo he hecho—, rezo eso aplicándomelo a mi: yo te quiero a ti, Madrid -que es mi diócesis-, en las alegrías y en las penas —todos los domingos, ¿eh?— y prometo serte fiel, y me entrego a ti con todas las consecuencias. El obispo también tiene una esponsalidad con la Iglesia que se le ha entregado, y con los hombres que viven en el territorio que se le ha entregado. Aunque no crean. Vosotros, en la familia, de una manera singular y especial, tenéis lo mismo.
Volvámonos al misterio de Dios, donde Jesús se va a hacer presente aquí, en el altar, dentro de un momento, para todos nosotros. Donde nos va a dar un abrazo profundo, porque nos sostiene. Donde nos da una confianza absoluta. Donde nos dice que su amor es lo que nos regala y nos entrega para vivir entre nosotros. Que Él siempre nos dé fuerzas para hacer un mundo en el que se llene de amor del Señor, se manifieste permanentemente la reconciliación entre los hombres y se logre la esperanza. Para esto ha venido Jesús. Para esto le hemos conocido, y somos discípulos. «Tanto amó Dios al mundo que ha entregado a su hijo para que no perezca ninguno. Y nosotros lo hemos conocido».
Vivamos de ese amor, queridos hermanos. Que se manifiesta en Cristo nuestro Señor, que se hace presente en el misterio de la Eucaristía. Felicidades a todos los matrimonios en este día, y muy especialmente a los que celebráis las bodas de plata y oro matrimoniales. Felicidades a vosotros, a vuestras familias. Habéis sido creadores de sentido en la vida, y de fuerza capaz de cambiar lo que existe por el amor que os tenéis. Que el Señor os bendiga y os guarde siempre. Amén.
Queridos vicarios episcopales. Queridos hermanos sacerdotes. Hermanos y hermanas de Vida Ascendente.
Gracias por vuestra presencia, y gracias también porque nos dais la oportunidad de poder experimentar lo que hace un instante, en el salmo 149, recitábamos todos juntos: «El Señor ama a su pueblo». Este pueblo del cual nosotros somos una pequeña parte. Este pueblo de Dios extendido por todas las partes de la tierra, que quiere hacer en este mundo y en esta tierra ya un cántico nuevo. Y que quiere hacernos ver que este cántico tiene que resonar en la asamblea; tiene que vivir en la alegría por habernos dado el Señor la vida, por habernos creado; y tenemos que hacerlo alabándolo, cantándole y experimentando que el Señor ama al pueblo del cual nosotros somos parte. Hoy vosotros, todos, os reunís aquí, en la catedral de Madrid, porque queréis festejar la gloria de Dios y queréis cantar con júbilo a Dios.
La Palabra que el Señor nos regala en este día nos hace, en primer lugar, vivir un elogio; en segundo lugar, nos manifiesta una observación; y, en tercer lugar, nos invita a vivir el compromiso de la fe. Sobre estas tres realidades que la Palabra de Dios nos regala en este día en que nos reunimos aquí, en la catedral, Vida Ascendente, os quiero hacer algunas indicaciones.
Nos hace el Señor, como os decía, un elogio. Un elogio a los hombres y mujeres de bien. «Hagamos elogio —nos decía el libro del Eclesiástico— de los hombres de bien». Hay gente que no dejaron un recuerdo. Hay gente que estuvo en este mundo, pero como si no hubieran pasado por este mundo. Pero, queridos hermanos, nosotros, vosotros, nos decía esta primera lectura, sois hombres y mujeres de bien. Vuestra esperanza no se ha acabado. Ponéis la esperanza en Dios. Los bienes más grandes de vuestra vida, que es el amor que habéis tenido, y habéis manifestado, y habéis expresado a quienes han vivido junto a vosotros, y siguen viviendo junto a vosotros, perduran. Y ese bien, y ese amor que habéis dado a los vuestros, es una heredad que, como nos decía la primera lectura, pasa de hijos a nietos.
Queridos hermanos: vuestro recuerdo, vuestra alianza, vuestra fe, vuestra adhesión a la Iglesia, perdura. Dura por siempre. Y este amor a la Iglesia, y este amor que habéis manifestado en vuestra vida a quienes habéis tenido alrededor vuestro, nos ha dicho hace un instante la Palabra de Dios que ese amor nunca se olvidará. Por eso, yo quisiera acercar a vosotros y a vuestra vida este elogio. A vosotros, hombres y mujeres de bien, cuya esperanza no se acaba. Cuyos bienes, fundamentalmente los que habéis entregado con vuestro amor, perduran. Que habéis entregado la fe a los vuestros. Habéis sido testigos de lo que creéis entre los vuestros. Vuestro amor nunca se olvidará. Yo quisiera que este elogio que hace la Palabra de Dios fuese también el elogio que yo querría haceros a todos vosotros en este día en que se reúne en la catedral Vida Ascendente.
En segundo lugar, hay otra palabra. Nos hace el Señor una observación: observar la vida. Y el Señor nos pone el ejemplo de la higuera. Ver un árbol sin frutos es malo. Ver un árbol con frutos siempre es bueno. Vosotros mirad lo que habéis hecho por amor a los demás, a quienes habéis tenido alrededor, a las personas que os han conocido, a las que les habéis dado la vida. Observad vuestra vida. Habéis dado y seguís dando frutos. El Señor no quería un templo de cambistas. Por eso entró en el templo y echó a los vendedores del templo, porque habían convertido aquello en una cueva de ladrones. Vosotros, con vuestra fe entre los vuestros, donde habéis estado, habéis hecho posible que la vida de Dios se observase, se viviese.
Por tanto, yo también quiero que esta Palabra del Señor entre en vuestro corazón. Sois hombres y mujeres de bien. Con fallos, con necesidad a veces de pedir perdón al Señor. Pero vale mucho más lo que habéis entregado que los fallos que en esa entrega en la vida pudiéramos haber tenido. Observad vuestra vida, y veréis que habéis dado frutos. No habéis sido una semilla que no produce nada. Habéis dado frutos. Dad gracias a Dios por ello en este día en que nos reunimos aquí en torno a Nuestro Señor, en la celebración de la Eucaristía. Poned en el altar vuestra vida, junto al pan y el vino. Poned todo lo que disteis. Sin mirar para atrás.
Por otra parte, el Señor en el Evangelio nos invita a tener fe en Él. Y nos ha dicho: si tenemos fe, lo que pidáis lo tendréis. La fe alcanza la vida de Nuestro Señor, y nos devuelve a nosotros todo aquello que necesitamos. Recordad lo que hemos escuchado en la Palabra del Señor, cuando salieron de Betania y vieron una higuera con hojas, pero no había fruto; no encontraban más que hojas. Los discípulos oyeron a Jesús, que dijo: «Nunca jamás coma nadie de ti». Pero no así vosotros: habéis dado frutos. Habéis comunicado la fe. La habéis expresado. Os habéis manifestado como hijos de Dios y como miembros de la Iglesia. Tened fe en Dios. Sabéis lo que nos ha dicho el Señor hoy: todo lo que pidáis lo tendréis si tenemos fe. En estos años ya de vuestra vida, vivid con esta calidad —cuando se habla ahora de calidad de vida—, con esta calidad de vida que entrega Nuestro Señor cuando lo acogemos en nuestro corazón y en nuestra existencia. Y tened la seguridad de que aquello que nosotros pidamos, el Señor nos lo va a dar.
Por eso, esta mañana, en esta celebración, damos gracias a Dios. Damos gracias a Dios, y hacemos un elogio por todos los seres humanos que ya en los años adultos de su vida pueden reconocer que han hecho bien; que han sido hombres y mujeres de bien. Podemos ver también que algún fruto con nuestra vida se ha entregado; que no hemos querido ser un templo de cambistas, sino un templo donde Dios Nuestro Señor, tenía algo que decir a través de nosotros. Tened fe en Dios porque, como nos decía el Evangelio, todo lo que le pidamos Él nos lo va a dar.
Con esta confianza, hoy celebramos la Eucaristía. Y le agradecemos al Señor que nos invite a sentarnos a su mesa. Que nos invite a vivir de su Palabra, y a escuchar su Palabra. Que nos invite precisamente a adorarle a Él, a situarnos junto a Él diciéndole también como los discípulos: «Señor, ten compasión de mí. Ayúdame. Pongo mi vida en tus manos. Haz posible que tu corazón sea el que ocupe mi corazón. Y que en nuestro corazón, en estos años ya en que estamos de vuelta de tantas cosas, encontremos aquello que debe de mover nuestra vida y que es lo más importante, y dejemos otras cosas que son secundarias». Y lo más importante para nosotros es esta amistad con Nuestro Señor Jesucristo. Precisamente en esa amistad descubrimos lo que significa los modos, las maneras, las acciones que tenemos que tener para ser hombres y mujeres de bien.
Gracias por vuestra presencia hoy en la catedral, que de alguna manera significa la presencia de todas las personas mayores que están viviendo en nuestra archidiócesis de Madrid (a ellas las ponemos aquí junto a nosotros también) para que sigamos sintiendo que lo más importante en nuestra vida es ser hombres y mujeres de bien. Y eso no es posible por nosotros, pero sí es posible por Jesucristo, que se hace presente en el altar para todos nosotros.
Que la Santísima Virgen María, nuestra Señora de la Almudena —esta catedral es el santuario de nuestra Madre—, que Ella interceda por nosotros y nos haga sentir con Ella las mismas palabras que pronunció el día que Dios le pedía que prestase la vida. Que también nosotros proclamemos la grandeza de Dios con nuestra propia existencia. Amén.
Sede central
Bailén, 8
Tel.: 91 454 64 00
contacto@archidiocesis.madrid
Cancillería
Catedral
Bailén, 10
Tel.: 91 542 22 00
informacion@catedraldelaalmudena.es
catedraldelaalmudena.es
Medios de Comunicación Social
La Pasa, 3, bajo dcha.
Tel.: 91 364 40 50
Departamento de Internet
C/ Bailén 8
webmaster@archidiocesis.madrid
Servicio Informático
Recursos parroquiales
Tel. 911714217
donativos@archidiocesis.madrid