Querido obispo auxiliar, don José. Vicarios episcopales. Querido vicario general de la Obra. Queridos hermanos sacerdotes. Deán de la catedral. Hermanos y hermanas todos.
Hemos estado rezando juntos este salmo 66: «Que Dios tenga piedad y nos bendiga». En este comienzo de año, esta es la gran petición que le hacemos al Señor: que nos bendiga; que tenga piedad; que ilumine nuestra vida; que conozcamos los caminos que tenemos que realizar para encontrar la salvación para todos los hombres; que sepamos cantar la alegría de haber conocido a Dios y de poder vivir una vida siguiendo las huellas de este Dios que se hizo hombre y nos enseñó a caminar de una manera singular. Que seamos capaces de anunciar esta buena noticia a todos los pueblos de la tierra. Así lo hemos rezado en el salmo 86: «Que te alaben todos los pueblos». Que Dios nos bendiga. Que todos los confines de la tierra lo conozcan.
Queridos hermanos y hermanas: un año más, para conocer el rostro de Dios y su paz. Un año más para conocernos a nosotros mismos; para saber quiénes somos de verdad. Un año más para poder contemplar a Dios y realizar el camino de nuestra vida desde esta contemplación de este Dios que se hizo hombre, que es Dios con nosotros y entre nosotros, y que nos enseña a todos a dar buenos pasos en la vida.
En este primer día del año, el Papa Francisco nos ha invitado a celebrar la 56 Jornada Mundial de la Paz. Esta jornada que tiene un slogan singular: Nadie puede salvarse solo. Queridos hermanos: los acontecimientos de nuestra existencia, los que tenemos alrededor nuestro, es verdad que a veces nos parecen trágicos, especialmente en algunos lugares de la tierra. Nos sentimos a veces empujados a ese túnel oscuro y difícil de la injusticia y el sufrimiento. Pero, queridos hermanos: nosotros, discípulos de Cristo, que comenzamos un año nuevo, estamos llamados a mantener el corazón abierto a la esperanza. Estamos llamados, y el Señor nos llama, a confiar en Dios que se hace presente; en este Dios que nos acompaña con ternura; en este Dios que nos sostiene a todos nosotros en la fatiga y, sobre todo, nos sostiene en el camino que cada uno de nosotros estamos haciendo. Permanezcamos despiertos.
El Covid 19 nos asumió, y nos sumió, en medio de una oscuridad, desestabilizando nuestra vida ordinaria; trastornando nuestros planes y costumbres; perturbando la aparente tranquilidad, incluso de las sociedades más privilegiadas, y generando confusión y sufrimiento. Causó la muerte de muchos hermanos y hermanas nuestros en lugares diferentes del mundo. Junto con las manifestaciones físicas que parece que hoy vuelven a hacerse presentes, provocó un malestar generalizado en muchos corazones. Caló ciertamente en los corazones de todos los hombres, de muchas familias. Dejó secuelas. Nos alimentó, teniendo que pasar períodos de aislamiento y restricciones de la libertad. La pandemia tocó la fibra sensible del tejido social en esta historia concreta de los hombres, y también, por qué no decirlo, del tejido económico, que afectó a tanta gente. Queridos hermanos: amenazó la seguridad laboral, social; agravó como os decía la soledad, que cada vez se extiende más en nuestras sociedades. Parece que las zonas más pacíficas de nuestro mundo fueron sacudidas, y afloraron en la vida humana diferentes carencias. Han transcurrido tres años. Según algunos, en algunas partes aparece otra vez la pandemia. Ha llegado el momento de tomarnos tiempo para dejarnos cuestionar, aprender, crecer y, por qué no, transformarnos también. Un tiempo privilegiado para prepararnos, para recibir a Nuestro Señor Jesucristo.
Muchas veces, desde este mismo lugar, os he manifestado que en los momentos de crisis hay que saber aprender, hay que saber crecer, y hay que dejarnos transformar. Nunca se sale igual de estos momentos. Salimos mejores o peores. Estamos llamados a preguntarnos qué hemos aprendido todos nosotros en estas situaciones; qué nuevos caminos debemos emprender para liberarnos de esas cadenas que a veces nos atan por los hábitos que nos hemos hecho cada uno de nosotros; qué señales de vida y de esperanza podemos aprovechar para salir adelante y hacer un mundo mejor que el que tenemos. Queridos hermanos: es urgente que busquemos y promovamos valores universales, que trazan el camino y que nos llevan a construir la fraternidad humana, tan necesaria.
Al comenzar el año, en esta Jornada Mundial de la Paz, que entre en nuestro corazón ese deseo de transformar nuestra fraternidad humana. Hemos logrado hacer muchos descubrimientos, por supuesto que muchos positivos. Sí. Hemos renovado el sentido de la solidaridad, que anima a salir de nuestros egoísmos y abrirnos al sufrimiento y a las necesidades de los demás. No hemos escatimado esfuerzos para que los hombres puedan superar los dramas que tengan. Pero, queridos hermanos, hoy, en este primer día del año, queremos acoger a Jesucristo. Solo la paz, que nace de Él; solo la paz, que Él regala a nuestros corazones, y que construye el amor fraterno, que es desinteresado, que mira el bien de los demás, puede ayudarnos a superar las crisis personales, sociales y mundiales.
La pandemia que pasamos, el desastre que abatió la humanidad entera… Fuimos testigos de lo que sucedía. Por otra parte, tenemos a nuestro lado situaciones de enfrentamientos y de guerras. La guerra de Ucrania se cobra víctimas inocentes y propaga la inseguridad, no solamente a los que están directamente afectados, sino de forma generalizada e indiscriminada en el mundo. Nos afecta a todos nosotros. Aunque sea a kilómetros de distancia, se sufren los efectos colaterales. Ciertamente, queridos hermanos, para nosotros, esta guerra, junto a los demás conflictos que hay en el planeta, representan para la humanidad una derrota en su conjunto. Sí. Es una derrota. Porque los hombres estamos, o hemos venido a este mundo, para amar; para construir la fraternidad; no para matarnos los unos a los otros.
¿Qué es lo que se nos pide en estos momentos que hagamos, queridos hermanos? En primer lugar, se nos pide que cambiemos el corazón. Que nos dejemos cambiar el corazón. Es decir, que permitamos que Dios transforme nuestros criterios habituales de interpretación del mundo y de la realidad que tenemos delante de nosotros en este momento histórico. Debemos conocernos a la luz que nos da el Señor; que nos invita a mirar al otro como mi hermano; a vivir y a construir un sentido comunitario; a decir «nosotros», abiertos por tanto a construir la fraternidad universal. No solamente tenemos que buscar el protegernos a nosotros mismos, que es normal también que lo hagamos; pero no solamente eso. Nosotros debemos de cambiar el corazón: cambiar nuestro corazón, abrirnos a la fraternidad universal. Para lograr esto, y vivir mejor, no podemos ignorar un hecho fundamental, queridos hermanos. Las diversas crisis, morales, sociales, políticas, económicas... que padecemos, no viven cada una por su parte, están interconectadas; y lo que consideramos problemas autónomos, son en realidad una causa o una consecuencia de que tenemos que afrontar juntos los retos de nuestro mundo con responsabilidad y compasión.
Debemos retomar, queridos hermanos, y promover acciones de paz para que se ponga fin a los conflictos. Paz en las familias. Paz en mi ciudad. Paz en mi nación. Buscar el bien de los demás siempre. Cuidar cualquier forma conjunta que haga bien a esta casa común en la que vivimos. Luchar contra ese virus que nos enfrenta, y nos rompe, y nos divide. Queridos hermanos: hoy, en este primer día del año, la presencia de Jesucristo en medio de este mundo nos está invitando a construir un mundo nuevo. A ayudar a edificar el reino de Dios. El reino de Dios que es un reino de amor, de justicia, de paz. Queridos hermanos: acojamos en nuestro corazón a Jesucristo Nuestro Señor.
Los cristianos, en este momento de la historia, tenemos que hacer una interpretación efectiva coherente, directa, en este mundo, llevando aquello que no es nuestro, sino que nos ha dado Jesucristo Nuestro Señor. Llevar su rostro. Llevar su paz. Llevar su amor. Llevar su abrazo. Llevar su entrega. Queridos hermanos: construir un mundo nuevo, edificar el reino de Dios, regalar el amor, la justicia y la paz, es a lo que vino Jesús. Y es para lo que nos ha elegido a nosotros como miembros vivos de la Iglesia.
Para ello, ¿qué tendríamos que hacer? Lo habéis escuchado en el Evangelio que hemos proclamado: «los pastores fueron corriendo hacia Belén y encontraron a María y a José, y al Niño acostado en el pesebre». Los pastores fueron corriendo. Se apresuraron. El texto griego dice «se apresuraron». Apresurémonos nosotros. El impacto del anuncio del ángel. Ellos, en ese impacto, sintieron la necesidad de ir inmediatamente a Belén. Dios fue para ellos la prioridad. Queridos hermanos, dejadme que nos hagamos esta pregunta todos nosotros hoy: ¿Dios está en la lista de nuestras prioridades, queridos hermanos? Este año que comenzamos hagamos un camino interior a ese Dios, que se ha manifestado en Jesucristo, y que llena de sentido y de esperanza nuestra vida.
Es el primer día del año. Celebramos la fiesta de Santa María Madre de Dios. María es la madre de Jesús, que es Dios. Es la fiesta más antigua. En la ciudad de Éfeso, en el año 431, María fue proclamada Madre de Dios, «theotokos», para poder de relieve que Jesús es Dios. Pero, a María, por el hecho de ser la madre del Señor, no se le ahorra tener que hacer un camino de fe. María medita en su interior lo que sucede y se dice de Él en su entorno. Medita en su corazón. María es modelo de todos nosotros, de todo creyente, de cada uno de nosotros. Por eso, yo os invito, al comenzar el año, a una llamada a renovar nuestra vida. Necesitamos comenzar el año con un deseo de renovación profunda. El año nuevo es un tiempo de nuevas posibilidades. Es un tiempo que se nos ofrece como gracia y salvación. Busquémoslo en la Santísima Virgen María. ¡Cuántos días me siento en uno de esos bancos, por la tarde, y veo subir a gente y gente a saludar a María! Hacedlo, queridos hermanos. Hacedlo en familia. María nos enseña a comenzar y a renovar nuestra vida.
El año nuevo es un tiempo de posibilidades nuevas. Es un tiempo que se nos ofrece de gracia y de salvación. Es un tiempo nuevo para nosotros, los discípulos de Cristo. Sería bueno que nos preguntásemos, al comenzar el año: ¿Qué es lo que realmente yo deseo en este año que comienza? ¿Será un año más? ¿Será un año vacío de sentido? ¿O un año para crecer y ponerme en camino, como los pastores de Belén? Yo estoy seguro de que, en lo más hondo de vuestro corazón, queréis un año para crecer y para ponernos en camino. Es admirable el silencio de la Virgen. Un silencio contemplativo. Aprendamos de nuestra Madre la Virgen a vivir en la interioridad y desde la interioridad. ¿Quién pone como un cendal en estos días el misterio que estamos celebrando? Ella. Y Ella nos da la mano para que lo pongamos nosotros.
Queridos hermanos: mirad, necesitamos volver a Dios como prioridad en nuestra vida. Dios es de primera necesidad. Y esto tenemos que anunciarlo todos los discípulos de Cristo. Sí. Dios es una prioridad. ¿Tiene sentido nuestra vida sin Dios? Mirad: la tentación de la cultura moderna es desplazar a Dios del centro de la vida, arrinconarle, y poner en el centro ídolos modernos, que no solamente no llenan la vida, sino que crean vacíos terribles en la existencia humana. Hoy, en esta jJornada Mundial de la Paz, en este primer día del año, recordando a la Santísima Virgen María, nosotros le decimos: «Madre nuestra, ayúdanos a abrirnos a tu Hijo Jesucristo. Ayúdanos a abrirnos a quien es la paz. Ayúdanos a entregar la paz entre nosotros, en nuestras familias, en nuestra sociedad. Ayúdanos a abrirnos a quien es la plenitud de la vida, y nos marca caminos y direcciones que no engañan, abrazan a los demás. Son buenos. Son caminos de alegría. Son caminos de vida». Que María nuestra Madre, queridos hermanos, nos acompañe en este año nuevo.
Yo os deseo para todos un feliz año nuevo, que decimos siempre. Pero permitidme que os diga: ¡Feliz año nuevo! Y será feliz si os abrís con todas las consecuencias a Dios. Y dejáis que entre en vuestro corazón. Este Dios que no os encierra en vosotros mismos, sino que nos abre a los demás, y nos hace dar la mano y el abrazo a todos los hombres. Que el Señor os bendiga en este año nuevo. Que os guarde. Y que la Santísima Virgen María sea para nosotros ese camino que tenemos, que Ella misma nos convoca a realizar. Un camino de gracia, de amor, de entrega, y sobre todo de decirle Sí a Dios. Aun en medio de muchas oscuridades. Sí a Dios. Con todas las consecuencias. Amén.
Querido obispo auxiliar, don José. Querido deán de la catedral. Vicario general. Rector del Seminario. Vicarios episcopales. Hermanos sacerdotes. Queridos hermanos y hermanas. ¡Feliz Navidad!
Felices porque hemos conocido a Dios. Felices porque Dios no ha tenido a menos hacerse hombre y vivir entre nosotros. Felices porque Dios, al hacerse hombre, nos ha propuesto una manera de vivir y de ser que ahonda en lo más profundo de la vida del ser humano y hace posible que la historia que construimos en esta humanidad sea una historia, si lo acogemos a Él, de amor, de entrega, de servicio de unos a los otros, de construir la fraternidad en este mundo; en definitiva, de mostrar en esta historia el proyecto de Dios para todos los hombres.
¡Feliz Navidad, queridos hermanos! Estamos llamados precisamente, todos nosotros, a hacer realidad esto que acabamos de escuchar. Esta palabra: «El Verbo se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria». Si os dais cuenta, hermanos, esta es la afirmación fundamental del Evangelio de este día en el que seguimos celebrando el nacimiento de Jesús. Que no es un mero hecho histórico: es mucho más. Él viene a nuestro encuentro y nos acoge a todos los hombres. Acoge nuestra condición humana, frágil y limitada.
En el principio existía el Verbo. El término griego «logos» significa más que palabra. Significa más bien sentido, que se expresa en la palabra. Habría que traducir mejor que en el principio estaba el sentido. El sentido de todo. Esa realidad última que llamamos Dios. En el principio existía el amor. Alguien que sustenta todo, y que da sentido a todo. En el principio no existía nada. De la nada nunca nace nada. En el principio existía Alguien. Existía el Misterio. Existía Dios. Existía el amor. Este amor está en el origen de todo, queridos hermanos. De este amor ha surgido el gran designio del Padre. De este amor ha surgido la vida.
En Navidad, esto es lo que celebramos: la vida de Dios en nosotros. En cada uno de los que estamos aquí reunidos. ¿Somos conscientes de que estamos sumergidos en un océano inmenso de amor que nos sobrepasa y nos rodea por todas partes? Lo habéis escuchado en el Evangelio que hemos proclamado: «el Verbo era la luz verdadera que alumbra a todo hombre». Él, Cristo, es luz que alumbra nuestra oscuridad. Que alumbra nuestro corazón. Que da claridad a nuestra vida. Y, a través de nosotros, esa claridad llega con su amor a los demás. Esa luz es más fuerte que nuestras tinieblas.
Y hemos escuchado también otra afirmación: «Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron». Y esta no es una metáfora piadosa, decir hoy que Dios vino a su casa, pero que los suyos no le recibieron. ¿Qué quieren decir estas palabras? Quieren decir que todos nosotros tenemos la dramática capacidad de poder deshacer el amor, de poder elegir el camino que lleva a la vida o el camino que podemos malgastar y malograr nuestra vida. Significa también nuestra ceguera, en la que podemos confundir la luz con la oscuridad. Dios puede no encontrar casa entre nosotros. Tampoco puede encontrar casa donde domina el hambre, la violencia, la guerra, la mentira, donde predomina la injusticia.
Por eso, hermanos, en esta fiesta de Navidad nos preguntamos todos: ¿Tengo un espacio para Dios en mi vida cuando Él quiere entrar en mí? ¿Tengo tiempo y espacio para Él?
Queridos hermanos, lo habéis escuchado: «El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros». Es llamativo que el evangelista utiliza el término 'carne'. Que significa la condición existencial del ser humano. Afirmar que «la palabra se hizo carne» significa que, en Jesús, Dios asumió la condición humana frágil, con debilidades y limitaciones. Acogió nuestra vulnerabilidad, tal y como hoy la vivimos. Podemos repetir con alegría, cada uno de nosotros: «la palabra se hizo carne y habitó entre nosotros». Por eso, celebrar la Navidad como lo estamos haciendo en este día, es celebrar el misterio de la encarnación. Es celebrar que Dios se atreve a hacerse carne. A hacerse humanidad. A hacerse historia. A tomar sobre sí los desvaríos, las miserias, y también todo lo bueno y bello de los seres humanos.
Dios no asumió una humanidad abstracta, sino un ser histórico, en Jesús de Nazaret. Él conoció personalmente la sed, la soledad, la traición, las lágrimas por la muerte de un amigo, la alegría de la amistad, las tentaciones, el horror a la muerte. Jesús acoge nuestra fragilidad, y la impotencia de nuestra condición humana. Y esto, queridos hermanos, es lo que es profundamente liberador. ¿Seremos nosotros capaces de acogernos en nuestra fragilidad, y de percibir que Él nos acoge juntamente en nuestra propia fragilidad humana? Él nos acoge, queridos hermanos. A cada uno de nosotros. Con la debilidad. Con las medidas que tenemos. En el momento en el que estemos ahora mismo. Él nos acoge. Acoge nuestra fragilidad. Esto es profundamente liberador ¿Seremos capaces nosotros de acogernos también en nuestra fragilidad, y de percibir que Él nos acoge en nuestra propia fragilidad humana? Nos acoge a todos, queridos hermanos. Como estemos. Como somos. Dios viene a abrazarnos. No viene a rechazarnos. Pero, cuando comprendemos esta acogida, cuando entendemos qué supone esta acogida y este abrazo de Dios, nosotros somos capaces también de poderle decir al Señor: perdona, Señor. No he sabido lo que hacía. No te conocía.
¿Somos capaces nosotros de acogernos también en nuestra fragilidad? ¿Somos capaces de ver que Él nos acoge justamente en la fragilidad humana? El Evangelio que hemos proclamado termina afirmando: Hemos contemplado su gloria. Gloria propia del hijo único del padre lleno de gracia y verdad. Gloria, que significa el resplandor de la vida en Jesús. En Cristo, descubrimos de verdad lo que es el ser humano. Por eso, no me extraña, queridos hermanos, que vengamos a escuchar su palabra. Que queramos parecernos a Jesús. Que le digamos al Señor: entra en nuestra vida, Señor. Ocupa nuestra existencia. Danos tu fuerza y tu amor para poder construir en este mundo algo muy diferente. Gloria. El resplandor de la vida en Cristo. Sí. La vida, más poderosa que la muerte, se ha manifestado en Jesucristo Nuestro Señor. Nuestro mundo ha sido visitado definitivamente por Dios en Jesús y, por medio de Jesús, dice hoy al mundo y al ser humano: yo te amo. Y en nuestras noches, que todos las tenemos, se enciende una luz que no se apaga. Jesús, que está junto a nosotros, y nos dice: yo te amo. Porque la fuerza de la vida ha triunfado, queridos hermanos. El rostro y la vida de Jesús destruye la muerte. Es el amor infinito de Dios que ha llegado hasta nosotros. Que se ha hecho uno de nosotros.
Hoy, todos nosotros estamos invitados a abrirnos al misterio de Dios. Cuando luego os pase al Niño Jesús, y os bendiga, dejad que el misterio de Dios entre en vuestra existencia. En vuestra vida. No perdéis nada, y ganáis todo. Dejar que entre el Señor en nuestra vida supone establecer en nuestra existencia un modo de ser, de vivir y de estar en el mundo que construye; construye fraternidad; da vida; me hace mirar al otro como hermano: no es un enemigo; me hace descubrir que las armas que yo tengo que tener en la vida para construir este mundo no son las armas de la guerra, de la división: son las armas que nos da Jesús, las de su amor.
Hoy estamos invitados a abrirnos al misterio de Dios, que se apareció en Jesús. Nosotros podemos ver la vida brillar en Él en esta fiesta de la Navidad. Y en este día, queridos hermanos, podemos decir cada uno de nosotros: «Ven. Ven a mí, Palabra hecha carne. Ven a mí. Para ser en mí el corazón de un mundo renovado por el amor y la misericordia». Y, más que nunca, esto lo necesita nuestro mundo. Sencillamente, cuando vemos los noticiarios o leemos los periódicos, nuestro mundo está plagado de divisiones, de rupturas, de enfrentamientos. Yo… te… voy contra ti si no me das... Hoy estamos invitados todos a abrirnos al misterio de Dios. Podemos brillar en Él, y como Él. En este día, vamos a decirle cada uno de nosotros al Señor: «Ven, Palabra hecha carne. Ven a ser el corazón del mundo renovado por el amor y la misericordia». ¡Qué maravilla, queridos hermanos! Su amor y su misericordia. «Ven especialmente allí donde más peligra la suerte de la humanidad. Tú, Señor, eres la paz. Eres nuestra paz». Y todos nosotros, queridos hermanos, queremos caminar por este mundo. Con esta fuerza. Con la que nos da el Señor. No queremos otra. Esta. Esta, que nos da Jesús, es la que nos hace vivir en permanente reconciliación y en un abrazo a cada uno de los que encontremos en la vida. «Ven, Señor. Ven hoy a los lugares donde más peligra la suerte de la humanidad. A los momentos y circunstancias donde la humanidad está en peligro. Ven. Ven a las familias. Que las familias descubran el lugar que Tú tienes en esa comunidad por la que Tú quisiste venir a este mundo, y establecer en ese mundo tu hogar, junto a María y a José. Ven. Tú eres nuestra paz, Señor».
«Los confines de la tierra han contemplado la salvación de Dios». Cantemos, queridos hermanos, un cántico nuevo. Nuevo. El que nos enseña Jesús. Que hace maravillas: en nuestra vida, y en la vida de los demás. Que revela la verdadera justicia. Que se acuerda permanentemente de la misericordia y de la fidelidad. Seamos capaces, queridos hermanos, como discípulos de Cristo y miembros de la Iglesia, de llegar a los confines de la tierra; de mostrar la victoria de Dios sobre todas las cosas. Que sepamos aclamar siempre a Jesucristo. «El Verbo se hizo carne, y acampó entre nosotros». Y todos nosotros lo hemos contemplado. Y todos nosotros queremos ser testigos de este Dios que ha nacido; que viene a nuestro encuentro; que nos acoge a todos; que acoge nuestra condición humana, frágil y limitada. Sí. Que da sentido a todo. Que es alguien que sustenta todo.
Cada uno de nosotros hoy nos dejamos abrazar por este Jesús que se va hacer presente en el misterio de la Eucaristía. Este Jesús que renueva nuestra vida. Este Jesús que nos abre a unas perspectivas que nadie, nadie en este mundo puede entregar. Solo Él. Acojamos a Jesucristo Nuestro Señor en cada uno de vosotros, hermanos: en vuestras familias, en esta sociedad que intenta retirar a Dios y singularizarse precisamente por retirar a Dios; y que no sabe que retirar a Dios de la vida es que otro se convierta en Dios; otro igual que nosotros; que sus medidas son raquíticas, que sus medidas a veces son de unas ideas, pero no te abraza con todas las consecuencias. Tengas las ideas que tengas, Dios te abraza siempre. Acoged este abrazo de Jesucristo en esta Navidad, queridos hermanos. Sentid felicidad cuando decís: «Creo en Jesucristo Nuestro Señor». En el que nació en Belén. Y lLe acojo en mi vida. Y le dejo entrar en mi corazón.
Que el Seños os bendiga a vosotros. A vuestras familias. A nuestra nación. Al mundo entero. Seamos capaces, como discípulos de Cristo, de entregarnos a anunciar esta gran noticia que es liberadora para todos los hombres. Amén.
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