Querido hermano Juan, arzobispo de Malabo (Guinea Ecuatorial). Queridos vicarios episcopales. Querido deán de la catedral. Hermanos sacerdotes. Queridos hermanos y hermanas, los que estáis aquí en la catedral y quienes a través de Televisión Española estáis viviendo también esta celebración de la Eucaristía.
Por tercer año consecutivo en nuestra archidiócesis de Madrid, hoy celebramos el Domingo de la Comunión Eclesial. Es significativo que justamente, en el arranque del caminar eclesial, después de estas vacaciones estivales, tengamos presente que para ser testigos de Jesús, anunciadores del Evangelio, de la Buena Noticia, pidamos vivir esa comunión que Jesús nos pidió para ser creíbles ante todos los hombres.
Todos formamos parte del pueblo de Dios en esta Iglesia que peregrina en Madrid. Esta parte de la Iglesia. Todos contamos, todos participamos y contribuimos a ser en ese cuerpo místico de Cristo que anuncia la salvación a todos los hombres. El eslogan de este año, de este Día de la Comunión, es Unidos. Diversos. Porque la unidad en la Iglesia, en esta Iglesia que camina sinodalmente, no se realiza en la uniformidad ni en el pensamiento único que tiende a anular las diferencias, sino justamente al contrario. Construyendo la comunión es como nosotros anunciamos el Evangelio y somos creíbles para todos los hombres.
Queridos hermanos y hermanas. Acabamos de recitar juntos el salmo 94, que nos decía: «No endurezcáis vuestro corazón». «Aclamemos al Señor, entremos en su presencia, postrémonos ante Él, bendigamos al Señor…». Somos su pueblo, y caminamos como pueblo anunciando a Jesucristo. E, insiste el salmista: «Ojalá hoy escuchéis la voz del Señor». Ojalá escuchéis esa voz.
Queridos hermanos: quisiera resumir la palabra de Dios que acabamos de proclamar en tres palabras: vivir, por una parte, trabajar y pedir.
Vivir. En la primera lectura que hemos proclamado de la profecía de Habacuc, él nos invitaba a vivir por la fe y de la fe. Se puede vivir la vida contando con Dios, o al margen de Dios. Se puede vivir y proyectar nuestra existencia personal y colectiva al margen de este Dios que ha hecho todo lo que existe, que nos ama entrañablemente, que hizo su presencia, el hijo de Dios en este mundo, y nos enseñó a descubrir el rostro humano que tenemos que tener los hombres para construir la fraternidad, para lanzarnos a vivir en la justicia y en la verdad. Damos gracias a Dios por lo que nos decía esta lectura: «El justo vivirá por su fe». Queridos hermanos. el justo, en la Biblia, no es que sea… Es el ser humano que decide poner la vida delante de Dios y dejarse iluminar por este Dios para hacer el camino en esta historia. No es que sea perfecto: es la decisión de un hombre y de una mujer, de un joven, de un niño, de vivir la vida, su vida, y proyectarla y construirla desde Dios mismo. Vivir.
En segundo lugar, el Señor hoy nos invita a trabajar. A tomar parte en el anuncio del Evangelio. Por eso, el apóstol Pablo, cuando se dirige a Timoteo en esta segunda carta, le dice: «Reaviva el don de Dios». Dios te dio un espíritu de energía, un espíritu de amor y buen juicio. Esto es lo que nos regala Dios, queridos hermanos. Y el apóstol insiste: no te avergüences de dar testimonio de Cristo y toma parte en el anuncio del Evangelio. Queridos hermanos: ¿hay un proyecto tan singular, tan hondo, que alcanza el corazón del hombre, que transforma la vida de los hombres, como el que nos diseña y nos regala Jesucristo, Nuestro Señor? ¿Hay un proyecto que han asumido los hombres, los santos, gentes que han estado al lado nuestro, que están al lado nuestro, que viven y quieren vivir y hacer posible la presencia de Cristo con su vida? Ellos anuncian que toman parte del anuncio del Evangelio. Pero, para esto, queridos hermanos, necesitamos decirle al Señor lo mismo que los apóstoles le dijeron: «Auméntanos la fe». Como los apóstoles, hoy os invito a que todos digamos a Jesús: «Auméntanos la fe, Señor». Esta oración de los primeros discípulos de Jesús, que están sinceramente interesados en seguir a Jesús y en poner en práctica sus exigencias. Y hacen esta petición. Cualquiera de nosotros habríamos hecho esta petición con toda sinceridad, y la queremos hacer en estos momentos. Y no por buscar un poder, sino por el deseo de liberarnos de nuestros miedos, de vencer resistencias, de ser audaces en hacer presente la vida de Jesús a través de nuestra vida.
En este momento de la historia que vive la humanidad, queridos hermanos, donde hay tantas situaciones de rupturas, de enfrentamientos, de divisiones, de guerras, de proyectos que no diseñan lo que es el ser humano de verdad, es una maravilla que, unidos a los apóstoles, todos nosotros digamos al Señor: «auméntanos la fe». Porque, ¿no será esta oración la que hemos de hacer los discípulos de Cristo hoy? Auméntanos la fe, porque continuamente a veces nos desviamos del Evangelio. ¿Por qué? Porque estamos ocupados en escuchar a veces nuestros miedos, nuestras inseguridades… No acertamos a escuchar tu voz, Señor, en nuestros corazones, en nuestras comunidades. Solo la fe en Dios y la confianza en Él, y la confianza mutua entre nosotros, podremos existir sobre la tierra. Quizá esta sea la aportación básica y fundamental de la fe cristiana. Ha sido la aportación a la historia, al conjunto de la humanidad. Y ha llegado el momento de volver a la fe que pedían los discípulos primeros. Y hoy nosotros lo hacemos, queridos hermanos. ¡Auméntanos la fe!
Jesús, ante aquella petición, respondió a los discípulos de esta manera, que tiene una belleza extraordinaria: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza…». ¡Qué pequeño es el granito de mostaza! Pero, a veces, nuestra fe es mucho más pequeña. Queridos hermanos: no terminamos de confiarnos a Dios. No terminamos de abandonarnos en Él. Porque es ahí donde se realiza la comunión, y se construye la comunión: en el abandono. Acudimos a Él, pero dejamos bien asegurada nuestra vida y nuestras cosas, por si acaso. Con esta imagen del grano de mostaza, Jesús nos está diciendo que cuando se cree en Él, cuando ponemos la confianza en Él, no hay obstáculos insalvables. Con Él todo es posible. Sí. La comunión, por supuesto. Y sin Él, nos quedamos a mitad de camino. El miedo, si os habéis dado cuenta, hermanos, es la enfermedad de nuestro tiempo. Y el antídoto para quitar los miedos es la confianza. La confianza en Dios.
Por eso, cuando dijeron los discípulos le dijeron: «auméntanos la fe», Jesús les respondió: «¡Seguidme!». Hermanos: vivimos en esta historia de la humanidad un momento quizá de desencanto; a veces, o muchas veces, de indiferencia; quizá nosotros mismos sintamos que nuestra fe pues, a veces, está bloqueada, está un poco desvanecida… ¿Es posible desbloquear esta amenaza? ¿Es posible descubrir de nuevo, en el fondo de nuestro ser, con una fuerza vital capaz de dinamizar toda nuestra vida humana? ¿Es posible? ¿Podemos creer de nuevo en esa dulce y secreta intuición de un Dios que nos quiere, que nos ama, cuya ternura la podemos experimentar en nosotros mismos? No nos pide nada especial: que nos acerquemos a Él.
Queridos hermanos: hoy es un día para acercarnos al Señor. Jesús, después de hablarles de esto, pasa a la imagen del grano de mostaza. Por eso dice: «Diríais a esa morera “arráncate de raíz y plántate en el mar” y os obedecería». La comparación al estilo oriental es exagerada, pero así queda grabada en la memoria. ¿Qué quiere decir Jesús con estas palabras? Jesús viene a decir que la confianza en Él exige una sana distancia de todo lo que nos aliena; de los principios y formas de funcionar que a veces tenemos en la vida, y que nos impiden vivir plenamente.
Queridos hermanos: Jesús termina, como habéis oído en el Evangelio, con una pequeña parábola de un campesino modesto que solo tiene un criado. Su jornada no termina en el campo, sino en su casa, donde tiene que preparar y servir la cena. Y Jesús invita a los que le están escuchando, a sus discípulos, a identificarse con la situación de este siervo. Somos unos pobres siervos: hemos hecho lo que teníamos que hacer. En el fondo, Jesús viene a decirnos a los discípulos que necesitamos considerarnos pobres siervos, sin pretensiones. En un mundo de soberbia, de búsqueda de reconocimiento y de poder, Jesús nos invita a la humildad, a no esperar agradecimientos y recompensas, a ser servidores del Reino y servidores entre nosotros.
En Jesús se nos revela la actitud justa ante la vida: vivir como hijos de Dios. Siempre somos hijos. Siempre somos amados por Dios, queridos hermanos. Un Dios que nos perdona y que nos busca. Desde esta experiencia de sentirnos amados por Dios sin medida ni condiciones, estamos todos invitados a amar como Él nos ha amado. Esta es la alegría. La fe en Jesús, queridos hermanos, es lo mejor que podemos ofrecer al mundo de hoy. Abrirnos a Dios y acoger esa manera de ser, de vivir como personas, como hombres y mujeres que queremos diseñar este mundo desde el amor de Dios, no desde nuestros egoísmos. Queridos hermanos: la referencia definitiva para nuestra vida y para toda la Iglesia es Cristo. Es Jesús. Es la razón última. Es el discurso definitivo sobre Dios. Nos lo ha dado Jesucristo, Nuestro Señor. Sobre el ser humano. ¿Qué es el ser humano? ¿Qué debe de ser? Nos lo ha dado Jesús. Él nos ofrece una plenitud de vida y de alegría que nadie podrá arrebatar. Pues, queridos hermanos, mirad: necesitamos recuperar el fuego que Él encendió en sus discípulos. Y necesitamos dejarnos contagiar por la pasión que Dios tiene por nosotros. Por su compasión también. Para poder regalar esta compasión a todo el que esté a nuestro lado. Si vivimos la comunión —como estamos celebrando hoy en esta diócesis nuestra, el día de la comunión, el Domingo de la Comunión, Unidos y diversos—, si acogemos a Jesucristo, si diseñamos nuestra vida desde esa vida que nos regala el Señor, transformaremos este mundo. Por eso, la oración de hoy podría ser para nosotros esta: «Señor, te confiamos lo que nos pesa, te confiamos también lo que nos separa de ti. En ti ponemos nuestra confianza. Que podamos recibir de ti, con claridad, cómo tenemos que vivir en este mundo, para construir un mundo a tu estilo, a tu manera, según el diseño que tú quieres que tengamos los hombres. Por eso también nosotros, como los primeros, te decimos "auméntanos la fe". Que no nos dediquemos a escuchar nuestros miedos ni nuestras inseguridades. Que acojamos tu vida en nosotros y nos pongamos a vivir de la seguridad que tú das al ser humano, que es diseñar su vida para dar en el otro al hermano, al que hay que levantar siempre, al que hay que dar la mano siempre, sea quien sea».
Este Jesús es el que se hace presente aquí en el altar y nos invita, por supuesto, a entrar en comunión con Él. Porque solo entrando en comunión verdadera con Él, entramos en comunión con todos los hombres, porque descubrimos que son mis hermanos. Que el Señor os bendiga y os guarde. Que nos haga vivir esta comunión. Y que nos haga vivir esta confianza absoluta en Él. Que así sea.
El lema de la Jornada Mundial de la Juventud va a ser Llevamos su alegría. Cristo vive, y a todos nosotros nos quiere vivos. Fuertes. Con capacidad para ser hombres y mujeres que damos una noticia, no de memoria, no con palabras, sino con nuestra propia vida.
Yo quisiera acercar a vosotros, a vuestro corazón y a vuestra vida, esta página del Evangelio que acabamos de proclamar. Me hubiese gustado, como lo hago siempre: con Nuestro Señor delante. Pero, bueno, hoy han cambiado el esquema. Creo que tiene sentido también. Por lo menos, 25 años me han dado resultado a mí haciendo lo mismo.
Tres cosas, o tres palabras, podrían sintetizar el Evangelio que hemos proclamado: mirados, concienciados y salvados. La página del Evangelio que acabamos de proclamar hace un instante nos ayuda a nosotros también a mirar hoy al mundo. Nos encontramos con los leprosos. En el fondo, el Señor hoy quiere hacernos mirar a una humanidad que está enferma, y que está necesitada de curación, y que solo la curación la puede hacer Nuestro Señor.
Mirados. Este es el grito de los leprosos al ver a Jesús: que los mire. Que los mire. «Maestro, ten compasión de nosotros». Puede ser también nuestro grito hoy: de tantas gentes, de tantos jóvenes también. Los leprosos representan en el Evangelio a los más marginados, a los más excluidos de la sociedad. En aquella sociedad religiosa de Israel, eran lo peor: lo que había que tirar y deshacerse de ello. Pero también hoy hay lepra en nuestra sociedad. Como os decía, los leprosos representan a esta humanidad que está enferma, que necesita de curación.
Observemos lugares diversos. Nos basta con ponernos viendo los telediarios y las noticias de radio o televisión, o las lecturas de los periódicos, para ver que la humanidad está enferma. Nuestro mundo vive, como todos sabéis, cerca de nosotros una situación dramática, como es la guerra de Ucrania. Nosotros hoy, como los leprosos, tendríamos que gritar a Jesús, y por eso venimos aquí esta noche: «Jesús, ten compasión de nosotros. Ten compasión de nuestro mundo». No acabamos de dar con lo que tiene que ser nuestro mundo, con lo que tienen que ser nuestras relaciones, con lo que tiene que tener el ser humano como capacidad fundamental para ver en el otro un hermano, y no un enemigo.
Sabéis vosotros que, en la mentalidad judía, los leprosos eran impuros por su enfermedad. Yo creo que tenemos que hacernos conscientes de la situación desesperada de muchos hombres hoy. Pero, en segundo lugar, tenemos que hacernos conscientes de que hoy hay nuevos leprosos. Nuevos marginados. Inmigrantes, prostitutas, refugiados, toxicómanos, encarcelados, ancianos… Y podríamos así seguir, con una lista mucho más grande. En la mentalidad judía, los leprosos, por su enfermedad, eran excluidos. Incluso, del acceso a Dios. La lepra era el exponente de la marginación social y religiosa más grande. La lepra como enfermedad contigiosa, por otra parte, era un peligro para la sociedad entera. Por eso, si os habéis dado cuenta, dice el Evangelio que cuando ven a Jesús «se pararon a lo lejos». El leproso estaba obligado por ley a avisar a gritos de su estado de impureza, para que nadie se acercase. En el fondo, tenían que decir «soy leproso», para que nadie se acercase a ellos.
Estos leprosos son conscientes de su situación desesperada. Y, ¡qué maravilla, queridos amigos!: descubren a Jesús. Sí. Y descubren en Jesús la posibilidad de superar la lepra. Por eso, al ver al Señor, dieron un grito: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros». ¿Os dais cuenta de la fuerza que tiene esto? Esta sociedad nuestra y este mundo está necesitado de hombres y mujeres que sean capaces de suscitar, por su manera de vivir, por su manera de estar junto a los hombres, por los modos concretos que tienen de acercarse a los demás… tienen que suscitar también, o hemos de suscitar, este grito: «Jesús, ten compasión de nosotros».
No podemos seguir de la misma manera, queridos hermanos y amigos. Hoy en día hay nuevos leprosos, marginados de nuestra sociedad: emigrantes, toxicómanos, refugiados, los que viven en las cárceles, los ancianos que viven solos, las prostitutas… Tenemos que darnos cuenta de estas situaciones y estas nuevas lepras. Y de la necesidad y del grito que te dan, de alguna manera, para acercarse a ti. Os puedo confesar que de las cosas más bellas que vivo es cuando celebro la Misa en la cárcel, que voy bastante, gracias a Dios. Qué silencio, qué hondura, qué fuerza, qué capacidad tienen para escuchar la Palabra. Sin embargo, es cierto que Jesús nos hace ver también hoy las nuevas lepras, pero viene para que todos los seres humanos encuentren vida. Por eso, los leprosos gritan al Señor: «Jesús. Jesús, ten compasión de nosotros». Es el grito que da la gente. Es verdad que lo hace de formas diversas, pero es el grito. «Ten compasión de nosotros». Esa marginación es lo que les hace gritar. En su grito podemos ver hoy la expresión de angustia de tantos seres humanos que desean salir de la miseria, de su situación miserable. Y, con este grito, estos leprosos del Evangelio, como tantos otros que encontramos a nuestro alrededor, manifiestan una absoluta confianza en el poder de Jesús. Una absoluta confianza.
Mirad: en la celebración de la Eucaristía en la cárcel, el silencio que se da, la adoración que se vive, los cantos que realizan… es impresionante. Es impresionante. Manifiestan una confianza absoluta. Desean que Jesús elimine el obstáculo que a veces les ha privado del amor de Dios, y que les impide participar en el reino de la vida que solamente Dios anuncia.
Queridos jóvenes, me atrevo a haceros esta pregunta: ¿Vivimos esta confianza en el Señor? ¿Vivimos esta confianza? ¿Vivimos esta confianza que nos hace estar también en medio de los sufrimientos que hay? ¡Jesús, te compasión de nosotros! ¡Acércate a nuestra vida! ¡Libéranos! Y, sin embargo, es verdad que Jesús viene para que todos los seres humanos encuentren vida. Por eso le gritan al Señor, porque saben que quien da la vida es Jesús. ¡Ten compasión! En su marginación, lo que les hace gritar es el ver a Jesús. Y, en su grito, podemos ver hoy la expresión de angustia de tantos seres humanos que desean salir de una situación miserable. ¡Cuánta gente! ¡Cuánta gente desea salir!
Ciertamente, nosotros podemos expresar ante Jesús resucitado pues… lo que tengamos: nuestras angustias, nuestros deseos de salir… De todo aquello que puede ahogar nuestra vida, de todo aquello que puede cambiar nuestro corazón; que no son las palabras, ni son las ideas, queridos amigos: es la relación viva con Aquel que nos salva, que nos quiere, que está siempre activo en el secreto de todo ser humano. Esto es verdad. Podemos expresar nuestros deseos de salir. Y sabemos que quien lo puede cambiar todo es Jesús. El encuentro con el Señor es el que cambia todo.
¿Os habéis dado cuenta que el Evangelio nos dice que Jesús al verlos les dijo: «Id a presentaros a los sacerdotes»? Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Y es que la voluntad de Jesús se cumple siempre. Él quiere el bien. Quiere la vida de los hombres. Los leprosos quedan limpios. Pero, ¿por qué? Por las palabras de Jesús. Por la fuerza liberadora de Jesús. Nunca fue indiferente Jesús al sufrimiento humano. Nunca. Lo vemos en el Evangelio. Él se hace cargo siempre de las penas de los hombres. Que nosotros toquemos las lepras, las que hay en nosotros, y las de tantos seres humanos que gritan y que le dicen a Jesús también: «Jesús, ten compasión de nosotros». A veces, explícitamente, porque conocen a Jesús. Y otras veces piden algo: no sabrán a quién. Mostremos nosotros el rostro de Jesús.
De los diez leprosos, solo uno reconoce que la curación es fruto del amor de Dios. Los demás marchan: no se habían enterado. Este, se volvió alabando a Dios. En vez de presentarse a los sacerdotes, se vuelve a Jesús, a darle gracias. Los otros quizás fueron a sus casas, a sus trabajos, a la gente… Este vuelve a Jesús, para darle gracias. Y ahí está la pregunta de Jesús: ¿Oye, pero no han quedado limpios los otros nueve? ¿Dónde están? Y, si os habéis dado cuenta, ese que viene recupera la salud de verdad, porque Jesús le dice: «Tu fe te ha salvado».
¿Qué creéis que os salva a vosotros, queridos amigos? Queridos jóvenes. ¿Vuestra fuerza? ¿El ser jóvenes? Hay muchos, que vosotros sabéis, y los conocéis, que también viven en la angustia. Y viven en la debilidad.
El Evangelio nos habla de que la fe salva. No se trata de la curación alcanzada por los diez. Se trata de que uno precisamente que no es judío, que es extranjero, que es diferente, se abrió con todas las fuerzas al misterio de Jesús. Lo que salva es el encuentro con Aquel que es la fuente de vida.
Y a eso venimos todos los primeros viernes de casa mes. Hoy hace 25 años que llevo haciendo esto en las diócesis en las que he estado: Orense, Asturias, Valencia… Y el primer día que llegué a Madrid, en la primera Misa que dije, os invitaba a los jóvenes a reuniros, si esto era un domingo, el primer viernes de cada mes. Y, desde entonces, vengo haciéndolo. Solo he faltado un viernes, pero os di la catequesis desde Roma. Hablé desde Roma. Por fidelidad a vosotros.
El amor de Dios que nos muestra Jesús cura. Sana. Da vida. Mirad: cuando reducimos la vida a ir consumiendo bienestar, noticias, sensaciones nuevas… no es posible percibir a Dios como fuente de vida. Necesitamos descubrir la vida como don. La verdad no es algo: es alguien. Y ese alguien es Jesucristo, que nos reúne a nosotros aquí, esta noche. Es alguien. Cuando reducimos la vida, como os decía, a bienestar, a noticias, a sensaciones… no se percibe a Dios.
Queridos jóvenes. Mirad, como este samaritano, podemos también nosotros volvernos a Jesús, ahora. Cuando esté presente Jesús, y pongamos la exposición del Señor, volvámonos a Jesús. Está realmente presente en el misterio de la Eucaristía. Él está aquí. Con nosotros. No solamente nos habla como nos ha hablado en el Evangelio: es que va a estar aquí, junto a nosotros. Y como este samaritano, volvemos a Jesús nuestra vida. Y vamos a decirle esta noche: Señor, gracias. Haz que podamos vernos libres de toda lepra, y liberar de la lepra a los que tengamos a nuestro alrededor. De la que tengan. Purifica nuestro corazón. Este mundo necesita de hombres y mujeres que se dejen curar como estos diez leprosos. Que se dejen sanar. Pero no por cualquiera, sino por Jesucristo, Señor nuestro, que vive y reina por los siglos de los siglos.
Amén.
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