Alocuciones

Domingo, 07 junio 2026 00:49

Discurso del cardenal José Cobo en el encuentro en Cedia 24 Horas con el Papa León XIV

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¡BIENVENIDO!

Esta es la primera palabra, y también el primer gesto —sencillo y agradecido— de esta Iglesia que camina en el corazón de una ciudad tan grande, diversa y compleja. Una ciudad cuya identidad dice que, si estás en Madrid, eres de Madrid: gracias, Santo Padre, por estar en Madrid; gracias por hoy también ser de Madrid.

Madrid es cruce donde se encuentran los caminos: ciudad de encuentros, de llegadas, de historias entrelazadas. Aquí ha ido entrelazándose la vida de una comunidad cristiana amplia y diversa, nacida en medio de una urbe abierta, tejida con la vida de quienes vinieron de muchos lugares y en distintos momentos de la historia. Ha sido construida con aportaciones de casi todos los lugares de nuestro país.

Siempre ha sido ciudad de muchas puertas: algunas monumentales, otras cargadas de memoria, algunas solo medio abiertas, por donde diferentes generaciones hemos entrado y edificado la ciudad y, en ella, la Iglesia.

Santidad, como sucesor de Pedro, hoy entra en Madrid por una puerta singular: pequeña en apariencia, pero inmensa en misericordia. Un lugar donde desde hace casi cincuenta años —como en tantos barrios de esta urbe— la Iglesia ha plantado su tienda.

Este rincón, discreto y fecundo, tiene algo de Belén: ese lugar modesto por donde Dios eligió entrar en el mundo.

Nos encontramos cerca de las tierras en que nuestro patrón, san Isidro, y su esposa, santa María de la Cabeza, trabajaron con fe silenciosa; cerca también de aquellos cerros donde no hace tanto se alzaban chabolas y precariedad. Estamos en una encrucijada de barrios —Carabanchel, Latina, Aluche, Lucero—, con nombres que saben a vida sencilla, y a presencia de la Iglesia encarnada en lo cotidiano.

Desde este lugar, la diócesis de Madrid quiere ofrecerle el primero de los muchos abrazos que recibirá estos días: un abrazo que nace en esta puerta humilde y estrecha, desde la que se entra en la ciudad y, al mismo tiempo, se aprende a mirarla de verdad. El mandato evangélico de la prioridad de los últimos es el que nos da la más completa visión del estado y progreso de una sociedad.

Aquí comprendemos que Cristo no solo nos envía a los más necesitados, sino que Él mismo se hace presente en ellos.

Por eso comenzar por estos lugares no es solo una opción pastoral, sino una auténtica confesión de fe. La Iglesia de Madrid quiere renovar hoy esa prioridad, reconociendo en los pobres y en los frágiles una presencia privilegiada del Señor, y descubriendo que es desde el servicio y la caridad donde la Iglesia revela su rostro más misionero.

«Alza la mirada»: esa es la invitación que resuena entre nosotros. Queremos acogerla, sí, pero sin apartar los pies de la tierra; manteniendo los pies firmes en el barrio y el barro que pisan quienes carecen de techo y de trabajo digno. La Ciudad de Dios comienza su construcción desde las ciudades invisibles, cuyo dolor y exclusión se ocultan a la mirada de la gran ciudad y en las que la Iglesia encuentra a Cristo.

A la sombra de esta parroquia —la «Cruci», como la llamamos con cariño— hoy, Santidad, nos ayuda a mirar la ciudad y nuestra Europa con ojos nuevos y esperanzadores. Son los ojos que brotan desde tantos proyectos y comunidades cristianas que acompañan a los más vulnerables; a quienes llegan de lejos buscando una oportunidad; a las familias que luchan por sobrevivir al ritmo exigente de la ciudad.

Queremos alzar la mirada desde aquí. Para comprender, con ojos nuevos, que mirar al cielo no nos aleja de la tierra, sino que nos enseña a habitarla con más hondura, más fraternidad y más verdad.

Madrid necesita esa altura, no para huir de sí mismo, sino para caminar con más agilidad fraterna. Y en esa tarea, esta Iglesia local —presente en casi 500 parroquias y en más de 2000 realidades vivas— tiene la responsabilidad y la gracia de seguir sembrando comunión, celebración y esperanza.

Bienvenido, Santo Padre. Bienvenido a Madrid desde esta puerta—una de tantas— que, como Belén, abre camino al Evangelio y nos conduce, paso a paso… de Madrid al cielo.

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