Santidad, hermanos y hermanas:
San Agustín nos dejó una intuición luminosa que hoy puede ayudarnos a comprender quiénes somos como Iglesia: «Cantad al Señor un cántico nuevo… cantad todos juntos, con un solo corazón y una sola voz». Y añade, yendo más allá de la música: «Canta con la voz, canta con el corazón, canta con la vida».
Somos comunidad, Pueblo de Dios que, cuando vive unido, se convierte en un canto que lo hace presente: tanto más bello, cuanto más sabe armonizar la diversidad de sus voces. Sabemos —como nos ha recordado el camino sinodal— que la Iglesia no existe para sí misma, sino para evangelizar; que es un pueblo convocado y enviado en misión, donde todos, por el bautismo, participamos de la misma dignidad y de una responsabilidad compartida.
Hablar del bautismo nos remite al agua. Y en Madrid, sus entrañas más hondas son un gran acuífero con un gran volumen de agua. Un agua del bautismo que es la fuente de aquello que somos y el fundamento más hondo de nuestra comunión como Iglesia Pueblo de Dios. Una comunión que, en este momento histórico, tan desgarrado y dividido, tenemos que abrazar cada vez con mayor intensidad. Así seremos una Iglesia que camina unida, que escucha, discierne y se deja guiar por el Espíritu, para ser signo e instrumento de comunión y de esperanza en medio del mundo.
La Iglesia de Madrid quiere ser una Iglesia en salida: un hogar donde cada vocación cuente, donde la corresponsabilidad no sea una teoría sino un estilo de vida, donde la autoridad se viva como servicio y donde la misión se teja caminando juntos. Una Iglesia que no tema abrir procesos, que se deje interpelar por la realidad y que busque, con humildad, cómo anunciar hoy el Evangelio.
Santo Padre, desde estas claves queremos alzar la mirada ante los grandes retos concretos que afronta esta Iglesia en Madrid hoy. Para ello, más que levantar la voz, aprender a afinarla; no tanto multiplicar discursos, como dejar que nuestra vida suene a Evangelio. El canto nace de la vida real: de la mezcla de luces y sombras, de la esperanza que se abre paso incluso cuando no todo está resuelto.
El salmista dice: «Mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo» (Sal 84), y los discípulos de Emaús experimentan que su corazón ardía mientras caminaban sin entender del todo (cf. Lc 24,32). Así, nuestro canto no niega la noche, pero tampoco se resigna a quedarse en ella.
En nuestra diócesis hay muchos cantos, y todos son necesarios:
Cantan los consejos de pastoral.
Cantan los catequistas y los agentes de pastoral.
Cantan los sacerdotes.
Canta la vida consagrada.
Canta el mundo de la educación.
Cantan quienes cuidan la liturgia y sostienen espacios de oración.
Canta la caridad y sus agentes.
Cantan los mayores.
Cantan las familias.
Y cantan los laicos y laicas en medio del mundo.
Reunidos en este gran escenario recibimos una interpelación: no basta con que haya muchas voces; es necesario que cantemos juntos, que haya armonía y comunión y que la sinodalidad —el caminar juntos—, sea real y visible.
El canto del Buen Espíritu deja oír el Silencio de Dios. Solo Él es verdadero silencio. Silencio que todo lo acoge, que integra, que es Amor. Ser capaces de hacer juntos silencio nos permite escuchar la Creación y descubrir el susurro del Espíritu resonando en la libertad e interior de cada voz. El verdadero riesgo no es el silencio, sino la disonancia. Una Iglesia donde cada realidad canta por su lado puede ser muy activa, pero no necesariamente es significativa.
En cambio, cuando aprendemos a escucharnos, cuando dejamos que el Espíritu afine nuestras diferencias y nadie pretende imponerse, entonces nace algo nuevo, algo que no se fabrica, sino que se recibe: la armonía. La Iglesia evangeliza de verdad cuando suena como un conjunto y no como una suma de solos, cuando la comunión se vuelve audible y deja entrever que es Cristo quien la sostiene.
Querido papa León, hoy queremos abrazar con toda nuestra Iglesia su ministerio y acoger su palabra como quien recibe un abrazo. Unidos a la Iglesia universal, no queremos dejar de cantar, pero sí aprender a cantar juntos; no encerrarnos en nuestra propia voz, sino abrirnos a la fraternidad para que el Espíritu Santo componga un canto mayor que nos supera. Queremos ser un coro eclesial tan humilde y atento que se puedan oír hasta las voces más frágiles y lejanas. «Cuanto más amáis, mejor cantáis», dice San Agustín. Ahí descubrimos la clave de todo: la comunión no es estrategia, es fruto del amor.
Aquí está la Iglesia, Santidad, con toda una apasionante misión por delante: la Iglesia de Madrid, que camina con las Iglesias hermanas de Alcalá de Henares y Getafe, a las que apenas separan unas carreteras, pero con las que compartimos una misma fe, una misma esperanza y una idéntica misión.
Con su impulso queremos ser un cántico nuevo en medio de nuestras diócesis, una presencia que no se impone, pero que atrae; que no necesita alzar la voz pero que llega al corazón de quien quiera escuchar. Y quizá entonces, en medio de nuestra Provincia Eclesiástica, alguien podrá reconocer, sin que haga falta que se lo expliquemos demasiado, que ese canto no nace solo de nosotros, sino de Dios, y que en él habita una esperanza que merece la pena ser escuchada.
Gracias, Santo Padre, por dirigir este canto y por cantar con esta Iglesia.
