Aquí tiene el rostro de una Iglesia que le recibe esta tarde y que reúne a jóvenes llegados de muchos lugares de España.
En Madrid nos gusta presumir de tener unos colores del cielo especiales. Especialmente cuando cae la tarde. Quizá por eso repetimos con una mezcla de gracia y verdad aquello de «De Madrid al cielo».
Y eso es precisamente lo que queremos hacer hoy todos juntos: mirar al cielo, mirar alto y alzar la mirada para reconocer en usted a quien nos confirma en la fe.
Alzar la mirada para no quedar encerrados en lo inmediato ni en la desesperanza. Alzar la mirada para reconocer lo que el Espíritu sigue haciendo en su Iglesia. Alzar la mirada para escuchar la voz del Señor que sigue preguntando a cada joven: «¿Para quién es tu vida?».
Santo Padre, aquí tiene a jóvenes que llegan con la sed de quien busca a Cristo, a su Iglesia y el abrazo de una fraternidad que dé sentido a la vida.
Llega a una Iglesia que vive grandes retos, pero también una profunda esperanza. Entre nosotros están presentes muchos rostros concretos: jóvenes que llegan entusiastas y con vitalidad, jóvenes que han preparado este encuentro con cariño y muchas horas de esfuerzo.
Jóvenes que buscan sentido y están en los procesos de iniciación y formación cristiana. También están los que quienes atraviesan momentos de sufrimiento, migrantes que traen consigo historias de lucha y esperanza, jóvenes tocados por la precariedad, o la soledad. Nos duele especialmente el sufrimiento de aquellos que han perdido la esperanza en la vida y ven el suicidio como salida.
Santidad, de su mano queremos aprender a responder como Iglesia, caminando juntos y ofreciendo caminos de acompañamiento y de vida.
Por eso necesitamos su palabra. Necesitamos que nos anime a caminar como cristianos para construir comunidades vivas que sostengan a los jóvenes, a despertar preguntas vocacionales y a abrir horizontes de misión.
Mirar al cielo hoy es alzar la mirada para volver a descubrir que Dios sigue llamando, que el otro es un hermano y que la vida de cada persona merece la pena.
La historia de cada uno de vosotros está aún por escribirse… y Dios no ha dejado de contar con nadie. Hoy la escribimos junto al Santo Padre.
Santo Padre, gracias por venir a ayudarnos a levantar la mirada. Gracias por confirmarnos en la fe, alentarnos en la misión y recordarnos que el Espíritu sigue actuando y que la Iglesia sigue siendo enviada.
Esta es su casa.
Hoy podremos decir juntos: con Cristo, con Usted, con la Iglesia: de Madrid al cielo
