Homilías

Martes, 18 noviembre 2025 12:04

Homilía del cardenal José Cobo en la Jornada Mundial y Jubileo de los Pobres (16-11-2025)

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Queridos hermanos y hermanas. Querido Vicente, obispo auxiliar. Queridos vicarios, vicario de pastoral, vicarios territoriales. Sacerdotes. Queridos diáconos. Especialmente hoy un abrazo a toda la vida consagrada que vuestro servicio es a través de los más pobres. Y a todos los que, desde distintas instituciones –especialmente desde Cáritas y desde otras que tienen dentro de la vinculación diocesana– hacéis de vuestra vida un servicio a los más pobres. Queridos amigos y amigas que os habéis acercado hoy en este tiempo jubilar a esta catedral.

Llegamos al final de un año litúrgico porque ya se acerca la Navidad y, como quien se detiene al borde del camino, la Palabra de hoy nos pregunta con hondura: ¿hacia dónde vamos? ¿Hacia dónde encamináis vuestra vida, la de vuestra familia, la de nuestro mundo? ¿Hacia dónde caminamos realmente? Y ¿con quién caminamos?

Hemos recorrido este año litúrgico de la mano de Jesús, y en este jubileo hemos entrado por su puerta, la puerta estrecha del Evangelio, la puerta que se abre en la pobreza de Belén y que luego se ensanchará en la Pascua. Entrar por ella es dejar que Él nos pregunte hoy: ¿hacia dónde vas?

1. La Palabra que nace del sufrimiento y sostiene la esperanza

El salmo que hemos escuchado es la oración de alguien que conoce el dolor. Habla de desprecios, de opresiones y de peligros; pero no habla desde la derrota, sino desde una esperanza invencible. “El Señor regirá el orbe con justicia y a los pueblos con rectitud”. Es la voz de quien ha vivido mucho dolor, pero no ha perdido la confianza en el Dios que salva, que consuela, que nunca se olvida del desvalido.

Esta misma confianza es la que hemos escuchado del profeta Malaquías cuando anuncia: «Para los que teméis mi nombre, brotará un sol de justicia». Un sol que iluminará a quienes buscan dignidad, a quienes desean vivir en verdad, a quienes no se conforman con un mundo a medias.

2. Al entrar hoy por la puerta de Jesús y escuchar su Evangelio, se nos quiere enfocar la mirada en la realidad de nuestro mundo. No como nos lo cuentan los medios o los relatos interesados, sino con los ojos de Jesús.

Hoy en el Evangelio Jesús contempla la ruina del Templo de Jerusalén. Pero su mirada va más allá de las destrucciones o de las piedras. Jesús mira el corazón, mira las estructuras rotas, mira el mundo que hemos construido cuando Dios es arrinconado. Un mundo donde nos relacionamos por interés; un mundo donde la violencia dicta las reglas; un mundo donde no nos escuchamos porque pensamos distinto; un mundo que divide, intriga y descarta.

Este mundo –dice Jesús– no tiene futuro, aunque tenga apariencia de templo. Porque Dios no habita en los muros que levantan el odio o la indiferencia. Dios derriba todo lo que impide la verdad, la justicia y el amor. Él no va a destruir lo que ha creado, pero quiere liberar a la tierra de la esclavitud del mal que genera víctimas.

Por eso, Jesús hoy nos invita a todos a caminar hacia la hora de la verdad. Aquí no valen templos. Se trata de mirar al futuro de forma amplia. Un futuro al que todos vamos: el de la hora de la verdad, en el que no vale apoyarse en piedras, ni en ritos, ni en lugares. Todo esto son medios.

Dios no va a destruir todo aquello que Él ha creado, donde habita trabajando e impulsando. Pero sí arrasará los mundos de violencia y aquellos lugares donde el mismo Dios ha sido expulsado y se generan víctimas.

La resurrección es una forma de asumir nuestro futuro. Por eso hemos venido aquí: para ser enseñados a pasar por la Puerta de Jesús, que hoy nos pone delante la realidad de la pobreza y los pobres, los preferidos de Jesús, lugar donde Él se queda.

3. Este jubileo nos enseña a mirar el mundo desde los pobres, y nos recuerda que somos discípulos que aprenden a acoger la pobreza, la nuestra y la de nuestros hermanos. Es la forma de ser cristiano.

El Papa León, en Dilexi te, lo ha dicho con claridad: «La condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos y, especialmente, a la Iglesia. En el rostro herido de los pobres encontramos impreso el sufrimiento de los inocentes y, por tanto, el mismo sufrimiento de Cristo». (DT 9)

El IX Informe FOESSA de Caritas Española nos acaba de recordar que, incluso en una sociedad desarrollada como la nuestra, la brecha de exclusión crece y se hace más profunda. Nos habla de una España donde casi la mitad de las personas en situación de pobreza trabajan, pero, a pesar de ello, no consiguen abandonar el territorio de la precariedad. Señala que el acceso a una vivienda digna se ha vuelto un lujo y muchas vidas silenciadas se van apagando en los márgenes de nuestra sociedad.

La Iglesia quiere y está llamada a caminar entre esta realidad al paso del Evangelio, no con ingenuidad, pero tampoco con resignación. Sabemos que no podemos resolverlo todo, no sabemos hacerlo todo, pero sí queremos acercarnos, escuchar, servir, acompañar, sabiendo que Cristo es el que vence y salva. Cristo hoy nos pone al pobre como lugar de encuentro para encontrar al Dios vivo. Por eso, para el cristiano los pobres no son un problema, son un lugar de encuentro inequívoco con el Dios de Jesucristo.

Su golpe a la puerta es la llamada a la esperanza y a la conversión. Por eso, nuestro empeño no puede ser otro que estar cerca de quienes padecen la vulnerabilidad y la exclusión y empeñarnos en combatir las raíces morales de la pobreza, que es una dolorosa llaga en el cuerpo de Cristo.

4. Contra la indiferencia y la impotencia

El Papa Francisco nos habló de la “globalización de la indiferencia”. Ahora el Papa León nos advierte del riesgo de una “globalización de la impotencia”. Acontece cuando pensamos que nada puede cambiar, que “esto es lo que hay”, que ante el sufrimiento no queda más que mirar a otro lado. Pero hoy Dios nos pide lo contrario: que abramos los ojos, las manos y el corazón; que no vivamos paralizados por el miedo o por la comodidad.

Los pobres nos enseñáis a confiar, a esperar, a sostenernos unos a otros en medio de las tormentas. En vosotros se hace visible esa roca firme de la que habla el Salmo 18: “Señor, tú eres mi fortaleza, mi roca, mi alcázar, mi libertador”. Y es que, cuando todo se tambalea, los pobres nos ayudáis a mantenernos anclados en lo esencial, en el amor que salva. Sois, como dice el salmista, “roca y fortaleza”.

Vosotros, que venís hoy aquí como peregrinos de esperanza, lo sabéis bien. Vosotros, que habéis atravesado tormentas y pérdidas, dificultades en la vida, sois un tesoro para la Iglesia. Sois maestros de esperanza. Vuestra vida, sostenida en la adversidad, nos proclama que Dios es la única esperanza que no defrauda.

5. Crear signos jubilares de esperanza

Este jubileo que hoy celebramos no puede quedarse en palabras. Quiere ser un aprendizaje, una forma de aprender a ser discípulos. Si de verdad creemos que el Señor viene, que el sol de justicia amanece, estamos llamados ahora a crear signos concretos de esperanza: gestos que curen, acciones que unan, presencias que acompañen, luchas que defiendan a los más frágiles.

La fe verdadera se convierte siempre en compromiso social que camina entre las dificultades.

También debemos emprender gestos de caridad política, una caridad que transforme las estructuras de pecado y desigualdad.

Y, junto a ello, el compromiso cotidiano, silencioso y fiel de tantos y tantas voluntarias, militantes en parroquias, movimientos, congregaciones y asociaciones que sirven a los pobres y les devuelven el protagonismo que les corresponde.

Quienes trabajáis entre ellos y con ellos –y no sólo para ellos– sois un signo de esperanza para la Iglesia. Testimonio vivo de una Iglesia que no se queda en los templos, sino que sale a los márgenes donde Cristo nos espera, en cada rincón escondido de cada barrio, de cada pueblo, en cada rincón de Madrid.

Por eso, os invito hoy, Iglesia de Madrid, a seguir creando signos de esperanza. Y a irlo haciendo a través de la fraternidad entre todos los que participáis en la acción socio-caritativa de la Iglesia. Como nunca, tenemos la llamada a ir juntos. No nos deben asustar las dificultades y las tribulaciones que nos esperan. No nos desanimará la dimensión enorme de los retos que tenemos que afrontar –incluso el temor a que no quede “piedra sobre piedra”– porque hemos escuchado del mismo Señor que “ni un solo cabello de vuestra cabeza perecerá”.

No se trata de hacer gestos espectaculares, sino de ser perseverantes, como pide el Evangelio. Basta con dar pasos concretos, abrir las puertas, escuchar, compartir el pan y la Palabra. Basta con acompañar con ternura, crear espacios comunitarios, ir dando pasos con otros hacia esa sociedad de los cuidados que tenemos que construir entre todos.

La Jornada Jubilar de los Pobres hoy es un regalo y no termina en esta Eucaristía: empieza ahora, cuando volvamos a la vida de cada día con el deseo de ir juntos, de hacernos prójimos, de mirar la realidad con los ojos de Jesús.

Dios nos ayude a que esta iglesia particular de Madrid siga siendo una iglesia que camina con los últimos, que escucha el grito de los pobres, que trabaja por la justicia y que siembra esperanza en medio de nuestra ciudad. Porque el futuro hacia el que caminamos –como nos preguntábamos al inicio– no es obra del miedo ni de la fuerza, sino del amor humilde y resistente de quienes siguen a Jesús.

Que este domingo –ya casi en las puertas del Adviento– nos regale una mirada nueva: la que espera, la que confía, la que sirve, la que camina hacia la luz del Señor que llega.

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