Homilías

Lunes, 17 noviembre 2025 09:14

Homilía del cardenal José Cobo en la Misa de clausura del Congreso de Católicos y Vida Pública (16-11-2025)

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Homilía del cardenal José Cobo en la Misa de clausura del Congreso de Católicos y Vida Pública (16-11-2025)

 Queridos hermanos presentes en este Congreso. Queridos hermanos sacerdotes. Querido arcipreste y los que nos seguís a través de la TV.

Escuchamos hoy la Palabra de Dios después de unos días de escucha y de reflexión sobre el papel de los católicos en la vida pública. Quizá la mejor forma es terminar poniendo vuestras palabras a la luz de la Palabra que se hace eucaristía para todos.

Al escuchar estas lecturas en el contexto de las crisis que atraviesa nuestro mundo, nos damos cuenta de lo buena compañera de camino que es la Palabra de Dios. En tiempos de tantas postverdades queremos ser gente que escucha la Palabra. Cristianos de palabra, no solo de palabras; unas palabras que ponemos a la luz de Cristo y que Él nos devuelve a través del amor que viene de su corazón.

Las calles y los anuncios nos dicen que ya se acerca la Navidad. Estamos concluyendo un año litúrgico y Jesús nos pregunta a dónde va nuestra vida, qué cosas son las que perduran y cuáles son las que caen y se destruyen por la salvación que Dios trae. Ante el escenario de la destrucción del templo Jesús nos coloca ante la hora de la verdad donde no valen ni piedras, ni lugares ni seguridades. He aquí que llega el día, el Señor llega, llegarán días, hemos escuchado hoy. Dios no va a destruir todo aquello que Él ha creado y el lugar donde habita, pero sí que arrasará los mundos de la violencia y aquellos lugares donde ha sido expulsado el Evangelio.

Hoy vivimos un cambio de época profundo, que requiere aprender a mirar y actuar sabiendo que la Resurrección es lo que da sentido a la vida. El final da sentido al presente. La resurrección no es algo estático, crece a ritmo de fe, a ritmo de Iglesia y de amor entregado.

No vale cualquier forma. Tampoco vale acomodarnos a modas, modelos o ideologías de uno u otro lado. Todo eso pasa, como pasó aquel templo. Solo mirando a Cristo y con el amor desarmado, al pie de la Cruz, podremos actuar y reflexionar con la lucidez del Espíritu.

El Papa León XIV ha llamado a este tiempo “la hora del amor”, invitándonos a ser instrumentos de paz desarmada. Encaja muy bien en las palabras de Jesús que hoy nos advierten que no caigamos en el pánico ni nos defendamos al ritmo del poder. Por eso el Salmo nos ha animado a ser instrumentos de esa música de la paz, la rectitud y la justicia.

1. Dios solo puede unir

La hora del amor llega para toda la humanidad. Jesús nos advierte hoy en el Evangelio contra el divisionismo que azota la historia de la humanidad. El enemigo del mundo habla el lenguaje de la guerra, querrá alzar al pueblo contra el pueblo, nos hará sentirnos encerrados violentamente en este o aquel bando.

También nos hace una promesa: todo lo que divide a la fraternidad desaparecerá al fuego del amor, aunque temporalmente parezca poderoso, invencible, indestructible, incluso maquiavélicamente útil. 

En el horno del corazón de Cristo se purifica el amor de aquello que sobra, aquello que el mal engaña y camufla bajo capa de bien, utilidad, justicia o que nos hace creer que es fe, cuando en verdad es división y polvo. El compasivo corazón de Cristo es el horno ardiente en el que se consume todo lo que en cada uno de nosotros no es puro amor.

2. Aprender a buscar lo esencial

Las lecturas de hoy son una llamada a discernir lo eterno ante tiempos recios.

Dios nos insta a ir a lo esencial, a que no nos dejemos llevar por el pánico. En el Evangelio los discípulos padecen una fuerte ansiedad que les hace tener miedo. Perdidos, piden a Jesús señales visibles y públicas. Le piden impacientes fechas concretas para el cambio. Quieren que Dios muestre mundanamente su poder.

Jesús purifica la tentación de los efectismos y educa en el discernimiento; distingue entre el alarmismo y la vigilancia evangélica. Llama a no dejarse engañar por los sensacionalismos y las victorias que se basan en números, efectos mediáticos o control del presente. Se nos invita a no ir detrás de voces estridentes ni dejarnos poner nerviosos por prisas o relatos extremistas. Se trata, en definitiva, de escuchar al Señor en la Palabra y en la historia, sin dejarse mover más que por el amor.

Por eso San Pablo recuerda a la comunidad de Tesalónica que no hay que dejarse llevar por expectativas de cambios espectaculares, ni por la ansiedad de medir el éxito de la Iglesia como si fuera un poder más. Les da el antídoto: el verdadero camino es la encarnación silenciosa y fiel de Cristo en la vida cotidiana, en el trabajo de cada día, en lo pequeño, en lo que sostiene la vida.

Quizá es lo que hoy necesitamos también nosotros, sobre todo en un tiempo en el que la vida pública parece tan agitada. Volver a lo que de verdad importa, poner el foco en lo esencial y buscar caminos que unan, que permitan que las diferencias convivan sin romper la comunión. ¿Cómo crear una cultura que nos ayude a encontrarnos, a trabajar juntos, a cuidar lo fundamental más allá de nuestras legítimas pluralidades? Esa es la pregunta que el Evangelio nos deja hoy.

Nuestro mundo ha padecido décadas de polarización, en un movimiento espiral que no cesa de crecer y que debemos revertir. Alternativamente a tanta división forzada y obscenidades del poder, la Palabra hoy nos llama a que en tiempos de tanta distracción, confusión y engaño, pongamos la mirada en Cristo y en el modo de su llegada. Es una venida pobre y desnuda, paradójicamente capaz de unir a todos los seres humanos desde la pobreza de Belén. Y nos revela una gran verdad: lo único que sanará esta crisis divisionista será el espíritu de compasión, una corriente de compasión que recorra nuestra sociedad y salga de cada corazón.

Hoy la Iglesia celebra la Jornada Mundial de los Pobres. Las instituciones políticas, económicas o culturales necesitan unirse en lo esencial y servir juntos a los pobres. Eso es lo que perdura.

Cuando estemos divididos, sirvamos juntos a los pobres. Muy especialmente al extranjero, la persona migrante o refugiada, aquellos más indefensos a los que se quiere convertir en nadies. Los pobres nos dicen desde el Evangelio quiénes somos cada uno y quiénes podemos llegar a ser juntos. Los crucificados nos regalan la más honda identidad, porque Cristo mismo se muestra a través de ellos. Tuve hambre y me disteis de comer. (Cf. Mt 25,31 ss.).

El Papa León XIV nos pide en la Exhortación Apostólica Dilexi te que miremos nuestra vida personal y colectiva desde la perspectiva del pobre que está abandonado en los márgenes y fronteras de los caminos y periferias.

Solo la compasión por el pobre, la movilización juntos para sanarle y darle hogar, puede poner fin a todas estas polarizaciones.  

3. Al modo de Cristo

Por eso Jesús añade: no os dejéis engañar; no vayáis detrás de los que siembran miedo. Id con mansedumbre, con sabiduría, sin violencia, sin arrogancia y sin empeñar nuevas guerras. Aunque os llamen ingenuos, estad tranquilos, “ni un cabello de vuestra cabeza perecerá”.

Cristo no nos evita el conflicto, pero nos enseña la única fuerza capaz de transformar la historia: el amor, manifestado en gestos concretos de amabilidad, perdón y cercanía.

En un mundo que ha normalizado el odio y la guerra, el escándalo cristiano es la mansedumbre del amor. Este es el estandarte de la Iglesia. No se trata de legitimar modelos políticos o religiosos que polarizan la vida y hasta la fe dividiendo y excluyendo.

Lo esencial solamente se puede hacer con amor, amabilidad, compasión o perdón por encima de todo y de todo modelo. En este mundo en el que se ha proclamado el derecho al odio y el derecho del odio, el mayor escándalo de Cristo es haber actuado con extrema compasión y serenidad hasta en el instante más terrible de la cruz.

Escandalicemos al mundo haciendo posible y visible la fuerza transformadora de la amabilidad. Hagamos en la vida pública lo que solo el amor puede conseguir. Nada es más radical que la compasión, la consideración, la templanza, la tolerancia, la pluralidad, la transigencia o la moderación cuando demasiados sienten la terrible tentación de romper, partir, guerrear, dividir, expulsar.

El amor es la mayor radicalidad que pueda contemplar la vida pública y la única revolución esencial.

En estos tiempos de cambio civilizatorio, construyamos decididamente lo que San Pablo VI proclamó como la civilización del amor. No piedra contra piedra, sino corazón con corazón. Ese es el nuevo templo que anuncia Jesús.

En este año jubilar nos apoyamos en la esperanza. Esperanza en que la justicia del amor vencerá, que el bien es más hondo que el mal desbordando en la vida diaria, aunque a veces no lo lleguemos a ver.

No hay que inventarse el bien, la verdad ni la belleza, porque desborda en la vida de la gente cada día. Son un auténtico regalo de Dios.

Seamos el pueblo de la Palabra que no deja que la palabra se manche ni sirva al mal.

Entonemos un canto como el Salmo que ha sonado hoy entre nosotros: el Salmo de la alegría de quienes caminan en la vida pública solo con la Palabra como compañera, trabajando con sosiego para que todos comamos el pan, especialmente el Pan de la Eucaristía, sin más defensa que el amor.

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