Homilías

Martes, 28 julio 2026 09:17

Homilía del cardenal José Cobo en la VI Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores (26-07-2026)

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Cuando Jesús habla de un tesoro escondido no está pensando únicamente en algo valioso. Está describiendo una realidad cuya riqueza solo descubre quien aprende a mirar con los ojos del Reino de Dios. El hombre de la parábola que Jesús nos plantea, seguro que había pasado seguramente muchas veces por aquel campo sin sospechar lo que guardaba. El tesoro estaba allí desde el principio; solo estaba esperando que alguien mirara de una forma nueva y supiera reconocerlo.

Quizá esa parábola describa también una de las llamadas que el Espíritu dirige hoy a la Iglesia. Necesitamos aprender de nuevo a mirar nuestras comunidades para descubrir los tesoros que Dios ha ido sembrando en ellas a lo largo de los años. Y entre esos dones hay uno que con demasiada facilidad corre el riesgo de quedar oculto: nuestros mayores.

No porque sean pocos, ni porque estén ausentes. Al contrario. Han estado siempre entre nosotros. Han construido nuestras parroquias, han sostenido nuestras familias, han acompañado la transmisión de la fe y han mantenido viva la esperanza en momentos difíciles. Precisamente por esa presencia constante podemos caer en la tentación de darlos por supuestos y dejar de descubrir la riqueza que siguen ofreciendo.

Durante mucho tiempo hemos insistido, con razón, en la responsabilidad de cuidar a nuestros mayores. Es una exigencia del Evangelio y un signo de humanidad. Pero el magisterio reciente de la Iglesia —desde Francisco hasta León XIV— nos está invitando a una conversión pastoral más profunda. No basta con pensar qué puede hacer la comunidad por los mayores; necesitamos preguntarnos también qué quiere seguir haciendo el Señor con ellos y a través de ellos. Cuál es la misión que tienen ahora mismo dentro de la Iglesia.

Porque el bautismo no envejece. La llamada del Señor no pierde fuerza con el paso de los años. La misión cambia de rostro, pero nunca desaparece. La vejez no es simplemente una etapa de la vida; es una vocación nueva dentro de la misma existencia cristiana; una llamada del Señor que brota, como todas, desde el bautismo. No nos olvidamos de que, en cada momento de la vida, el Señor del tiempo siempre sigue llamando, sigue enviando y sigue confiando una misión a quienes han recorrido ya un largo camino. Sabiendo que cada momento anterior ha sido un mensaje, un tesoro escondido de cara al presente.

Hoy os invito a mirar cómo cada edad revela un rostro distinto del Evangelio. La juventud está llamada a abrir caminos con la audacia de quien descubre horizontes nuevos; la madurez los sostiene con la responsabilidad y la entrega cotidiana; la ancianidad está llamada a custodiar el sentido de lo que se ha descubierto, para que nunca olvidemos por qué emprendimos el camino y hacia dónde nos conduce el Señor. Ninguna edad basta por sí sola, todas se necesitan y todas enriquecen la vida de la Iglesia. La sinodalidad no se entiende sin la riqueza de las distintas experiencias que dan las distintas edades; esa es la riqueza de la Iglesia: la riqueza que cada edad, abierta a las otras, puede ir aportando.

El próximo año utilizaremos la imagen del árbol como proyecto diocesano. Nos puede dar pistas para ir descubriendo la misión de los mayores y de cada uno de vosotros en la iglesia.

Todos estamos llamados a mirar de forma nueva y, como aquel tesoro, descubrirlo y reconocer que nuestros mayores forman parte de ese gran tesoro escondido del Reino.

Tres encomiendas os presento para redescubrir la vocación de los mayores dentro de la Iglesia:

1.- Custodiar la memoria de la comunidad para transmitirla, no para hibernarla, sino para transmitirla.

Vosotros custodiáis la memoria creyente de la comunidad, de cada parroquia o familia. No conserváis únicamente recuerdos: guardáis la memoria de la fidelidad de Dios. Habéis atravesado momentos de entusiasmo y de dificultad; habéis visto cambiar la sociedad y la Iglesia y podéis decir, con la autoridad de una vida vivida, que el Señor nunca ha abandonado a su pueblo y cómo desde la fe se traspasan épocas y dificultades.  Una comunidad que pierde esa memoria corre el riesgo de olvidar quién es y de empezar siempre desde cero.

Pero esa memoria no permanece encerrada en el pasado. El anciano necesita dialogar con el joven para no quedar atrapados en la historia y convertir la experiencia en transmisión de la fe.

El abuelo, la abuela, el mayor de la parroquia, sin saberlo es un ejemplar transmisor de la fe que se ha recibido con su presencia y con su palabra.

 ¡Cuántos aprendimos la primera oración de labios de una abuela! ¡Cuántos descubrimos el valor de la Eucaristía viendo rezar a un abuelo!

Qué importante es que los mayores estéis en las comunidades y habléis con los niños con los jóvenes y les contéis vuestra experiencia. No solo lo que tiene que hacer. Contadles lo que habéis vivido desde la fe.

La fe no pasa solo por las palabras, pasa sobre todo por el testimonio de una vida que hace creíble el Evangelio.

2.-Sostener a la Iglesia con la oración

Cuando disminuye la capacidad de hacer cosas, crece otra forma de fecundidad. La oración de tantos mayores sostiene silenciosamente la vida de la Iglesia.

Muchas familias, muchos sacerdotes, muchas vocaciones y muchas comunidades caminan sostenidos por quienes ofrecen cada día al Señor su tiempo, su sufrimiento y su plegaria. Si la misión necesita manos que trabajen, necesita igualmente corazones que intercedan y que hablen de su intercesión.

3.- Ayudar a reconciliar a la sociedad. Enseñar a ser instrumentos de reconciliación en nuestra sociedad. Enseñar a no polarizar y buscar lo fundamental en la vida, lo que queda al final de los años.

Los años os han regalado una sabiduría que ayuda a reconciliar, porque habéis pasado por tiempos complicados, como los de ahora. Habéis aprendido a distinguir entre lo esencial y lo accesorio. Sabéis que ninguna discusión merece romper la comunión y nos podéis ayudar a descubrir que el perdón abre siempre más futuro que el resentimiento. En una sociedad tan individualista y tan marcada por la polarización, este servicio resulta hoy más necesario que nunca.

Ayudadnos a reconciliar. A afrontar este cambio de época como constructores de paz.  Sed artesanos de reconciliación. La vida os ha enseñado que muchos enfrentamientos eran secundarios y que las relaciones valen más que el orgullo. Por eso podéis ayudar a sanar heridas familiares, reconciliar generaciones y construir comunión dentro de la Iglesia, incorporando vuestra sabiduría.

No dejéis de buscar el tesoro que lleváis dentro. No dejéis de buscar vuestra misión en la vida de la Iglesia. Sed testigos de la fidelidad de Dios. Seguid rezando por vuestras comunidades, por vuestros hijos y vuestros nietos. Seguid regresando a la Eucaristía y creyendo que el amor de Dios es más fuerte que todas las dificultades. Sin necesidad de grandes discursos, proclamad con vuestra vida que merece la pena confiar en Cristo.

Por eso, esta Jornada no puede quedarse en un sencillo homenaje. Es un compromiso por descubrir juntos lo que Dios pide de nosotros.

Una Iglesia que cuida de sus mayores es una Iglesia humana y agradecida. Pero una Iglesia que descubre en ellos un sujeto activo de la misión, un verdadero carisma para el anuncio del Evangelio y una vocación imprescindible para la vida de la comunidad, es una Iglesia que ha comprendido el significado de la parábola que hoy nos propone Jesús. Ha descubierto un tesoro escondido y está dispuesta a reorganizar su vida para que ese tesoro despliegue toda la riqueza que el Espíritu ha depositado en él.

¿Quién custodiará la memoria creyente de nuestras parroquias si no lo hacen ellos? ¿Quién enseñará a las nuevas generaciones que Dios permanece fiel también cuando la vida atraviesa el sufrimiento? ¿Quién sostendrá silenciosamente la evangelización con la oración? ¿Quién ayudará a reconciliar familias divididas o comunidades heridas desde la sabiduría que da una vida larga? ¿Quién recordará que la esperanza cristiana no nace del éxito, sino de la confianza en el Señor?

Estas no son tareas secundarias. Son profundamente misioneras.

Pidamos al Señor que nos ayude a todos a descubrir la misión que tenemos. Pidamos al Señor que sinodalmente nos apoyemos en las distintas generaciones. Pidamos al Señor que, como ese gran árbol, sepamos ser una comunidad con raíces, con tronco y con ramas, donde cada uno viva su misión y, juntos, seamos el signo presente de Dios en el mundo, ese Dios que quiere hoy hablarnos y abrazarnos a través de la Eucaristía.

Gracias por vuestra misión. Gracias a todos los que trabajáis también desde las residencias, desde la pastoral diocesana, desde las parroquias, desde el ministerio sacerdotal, para que también nuestros mayores vayan descubriendo la misión que Dios tiene sobre nosotros.

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