Momentos antes de la Ascensión, Jesús advierte a sus discípulos que no se alejen de Jerusalén y “esperen la promesa del Padre”. “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo y seréis mis testigos en Jerusalén y hasta el confín del mundo.” (Hech 1,4-8)
Pentecostés no es simplemente una celebración anual: es el momento en que todo comenzó porque la promesa de Jesús se cumplió. El Espíritu Santo descendió sencillamente y la Iglesia nació para iluminar y poder llevar la esperanza hasta los confines de la tierra. Se inauguró el tiempo del Espíritu.
Hoy –más de dos mil años después– seguimos siendo parte de esa historia viva pues llega hasta aquí. El mismo Espíritu que llenó a los primeros discípulos sigue obrando. Pentecostés fue el inicio, pero no ha terminado. Es el mismo Espíritu quien anima y construye la Iglesia, haciendo de todos nosotros, bautizados, instrumentos y piedras vivas de un edificio espiritual, de un templo vivo. (cf. 1 Pe 2,5; LG 6)
Pentecostés inaugura el tiempo de los bautizados, nuestro tiempo. El del pueblo santo de Dios que participa de la misión encomendada por Jesús: ser sus testigos hasta los confines del mundo. Ser sus testigos hoy en medio de esta sociedad y de esta Iglesia de Madrid, anunciando a todos la Buena Nueva del Evangelio, construyendo espacios de paz y ofreciendo esperanza y sentido para la vida no solo a los que están, sino también a los que aún no se han acercado.
Hoy y aquí se cumple la promesa del Padre. El mismo Espíritu que vino sobre Jesús, el mismo Espíritu que vino en Pentecostés sobre los discípulos, viene sobre vosotros que vais a ser ordenados diáconos. Dentro de un momento os preguntaré: “¿Queréis consagraros al servicio de la Iglesia por la imposición de mis manos y la gracia del Espíritu Santo?” Y en la fórmula de consagración pediremos: “envía sobre ellos, Señor, el Espíritu Santo”.
Toda la Iglesia, por la presencia del Espíritu, es ministerial; eso implica que es “una Iglesia constitutivamente diaconal,” (Francisco, Diáconos permanentes, Roma, 19 junio 2021) donde todos los ungidos por el Espíritu en el bautismo, somos llamados principalmente a servir.
Por eso entendemos que la Iglesia no puede existir sin ser diakonía, porque Jesús es Aquel que comienza su ministerio en la sinagoga de Nazaret, revelándonos que es ungido por el Espíritu (cf. Lc 4,18) no para ser servido sino a servir. (cf. Mt 20,28; Mc 10,45)
En el mismo contexto de la institución del ministerio presbiteral, Jesús lavó los pies y nos mandó que hiciéramos nosotros también lo mismo, constituyendo así el carácter diaconal de toda la Iglesia, de cada bautizado.
Él mismo comenzó siendo “diácono”, servidor de todos, y contrasta una forma de liderazgo de servicio con la de los poderosos: “no sea así entre vosotros.” (Mt 20,26; Mc 10,43)
Jesús nos amó sirviendo y nos enseñó a servir por amor en humildad, situándose abajo, a los pies. Si no se vive esta dimensión del servicio, todo ministerio se vacía por dentro, se vuelve estéril, no produce frutos. Y poco a poco se vuelve mundano" (Francisco, ibidem).
Injertarnos en esta corriente evita algo que ya conocéis en esta etapa de formación pastoral, y es que el ministerio se convierta en profesión, donde solo cuenta la agenda, la programación, los horarios, las prisas, la eficacia, pero donde no hay miradas compasivas, ni sorpresas que hacen salir de nosotros, ni una sonrisa de ternura, ni abrazos de acogida. Cuando esto sucede, nuestro servicio no tiene alma ni corazón, y no se arriesga a cuidar sin mirar quién es y de dónde viene.
No lo olvidéis. Vosotros, aunque vais a ser ordenados “diáconos en orden al sacerdocio,” siempre seréis “diáconos”, servidores del pueblo de Dios; “servidores de los misterios de Cristo y de la Iglesia,” en palabras de Ignacio de Antioquía (Trall 2,3 en: LG 41).
Esto no es un peldaño en una subida de ascenso; es la expresión que nos recuerda con vuestra vida y vuestro modo de ser que toda la Iglesia es servidora. Para ello vuestra tarea es hacer caer en la cuenta a vuestras comunidades de la centralidad del servicio a todos, especialmente a los más pobres y abandonados (cf. Sínodo, Documento Final, 73),
Para eso tendréis que injertaros en el misterio de Cristo servidor para poder cumplir con una gran misión: señalar al pueblo de Dios el estilo peculiar del servicio de Jesús; recordando que en la Iglesia debe prevalecer siempre la lógica del servicio y del abajamiento y no del poder o la prepotencia, porque Jesús –siendo de condición divina– se abajó hasta hacerse servidor de todos (cf. Filip 2,6-8).
El diaconado, igual que el presbiterado, forma parte del único ministerio sacramental de la Iglesia y nos incorpora a una misma misión, que nunca se vive ni se ejerce en solitario (cf. Lumen gentium 28).
Esta es una de las grandes responsabilidades eclesiales que marcará desde hoy vuestra vida y vuestro ministerio, ahora como diáconos y, en el futuro, como presbíteros.
Se os envía a ser servidores y constructores de la comunión eclesial dentro de un mismo presbiterio al que perteneceréis. Esa es una auténtica diakonía de la comunión: una tarea humilde y decisiva que combate una de las heridas más profundas de nuestro tiempo, el individualismo, que debilita la fraternidad y rompe silenciosamente los vínculos entre nosotros.
Cuando el individualismo se cuela en la vida del sacerdote, crecen la soledad, el aislamiento y el cansancio interior. Y entonces la misión corre el riesgo de volverse estéril, porque nadie puede sostener en solitario el peso del Evangelio ni la alegría del ministerio.
Hoy Dios interviene y realiza un cambio radical que opera la fuerza del Espíritu Santo. Ya no os pertenecéis, vuestra referencia no será vuestra persona, ni la comodidad, ni las alabanzas ni el sentimiento. El servidor aprende cada día a renunciar a su propia persona y a sus proyectos personales, disponiendo así el corazón para acoger otros planes de la comunidad parroquial, del arciprestazgo, de la Iglesia diocesana que expresan los planes de Dios; imitando en esta ofrenda personal al Señor Jesús que vivió siempre de cara al Padre y no en sí mismo.
El Señor nos ha escogido de entre nuestros hermanos del Pueblo de Dios, y somos conscientes de la arcilla en que llevamos este regalo que tan gratuitamente nos ha concedido. Por eso, invito a todos vosotros que no dejéis de rezar por ellos, que roguéis al Espíritu para que fortalezca cada día con su gracia a los que vais a ser ordenados diáconos, para que desempeñéis con fidelidad el ministerio. (cf. Oración consacratoria)
Como dice la secuencia del Espíritu Santo: necesitamos que el Espíritu “sane nuestros corazones enfermos” de egoísmo, de incomprensión y desencuentros; y nos conceda corazones acogedores, necesitados del cuidado de los demás.
Necesitamos que el Espíritu infunda “calor de vida en el hielo” de la soledad y el individualismo, que engendre relaciones sensibles y cálidas, que nos haga constructores de paz y amistad social.
Pedimos al Espíritu que “riegue nuestra tierra reseca” con su agua viva; (cf. Jn 7,37-39) que riegue nuestros corazones sedientos del consuelo de Dios para poder consolar a los cansados y agobiados, y confortar a los hermanos en las dudas de fe.
Estamos en las vísperas de la visita del Santo Padre a nuestra Iglesia de Madrid. Queridos nuevos diáconos, alzad la mirada al cielo de donde viene ese viento fuerte del Espíritu que, como en Pentecostés, os llene de su fortaleza, ilumine vuestras mentes y haga arder el corazón. Alzad la mirada a quien os envía a servir a los más pobres y alejados, con la promesa de que hay más alegría y felicidad en dar que en recibir. (cf. Hech 20,35)
Con María, la Madre de Jesús, los discípulos perseveraban unánimes en la oración esperando al Espíritu que se hizo presente el día de Pentecostés. Hoy María también a todos vosotros y a nosotros, que nos hemos acercado a la catedral, nos invita a perseverar unánimes en la oración haciéndonos capaces de experimentar hoy un nuevo Pentecostés.
