Enero de 2013
ADORACIÓN AL SANTÍSIMO SACRAMENTO
Adoración Eucarística Enero 2013
1. Canto para la Exposición
Que la lengua humana cante este misterio:
la preciosa sangre y el precioso cuerpo.
Quien nació de Virgen Rey del universo,
por salvar al mundo, dio su sangre en precio.
Se entregó a nosotros, se nos dio naciendo
de una casta Virgen; y, acabado el tiempo,
tras haber sembrado la palabra al pueblo,
coronó su obra con prodigio excelso.
2. Lectura de un texto bíblico
En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación y todos se preguntaban si no sería Juan el
Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos:
-Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa
de sus sandalias. El os bautizará con Espíritu Santo y fuego.
En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el
Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo:
«Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto.»
3. Oración en silencio
4. Canto
Mirad a mi siervo, a quien sostengo,
mi elegido, a quien prefiero,
sobre Él he puesto mi Espíritu.
Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado
para saber decir al abatido una palabra de aliento.
Mirad a mi siervo, a quien sostengo,
mi elegido, a quien prefiero,
sobre Él he puesto mi Espíritu.
5. Lectura de un texto del Santo Padre
Con la fiesta del Bautismo de Jesús continúa el ciclo de las manifestaciones del Señor, que comenzó
en Navidad con el nacimiento del Verbo encarnado en Belén, contemplado por María,
José y los pastores en la humildad del pesebre, y que tuvo una etapa importante en la Epifanía,
cuando el Mesías, a través de los Magos, se manifestó a todos los pueblos. Hoy Jesús
se revela, en la orillas del Jordán, a Juan y al pueblo de Israel. Es la primera ocasión en la
que, ya hombre maduro, entra en el escenario público, después de haber dejado Nazaret. Lo
encontramos junto al Bautista, a quien acude gran número de personas, en una escena insólita.
En el pasaje evangélico que se acaba de proclamar, san Lucas observa ante todo que
el pueblo estaba "a la espera" (Lc 3, 15). Así subraya la espera de Israel; en esas personas, que
habían dejado sus casas y sus compromisos habituales, percibe el profundo deseo de un
mundo diferente y de palabras nuevas, que parecen encontrar respuesta precisamente en las
palabras severas, comprometedoras, pero llenas de esperanza, del Precursor. Su bautismo es
un bautismo de penitencia, un signo que invita a la conversión, a cambiar de vida, pues se
acerca Aquel que "bautizará en Espíritu Santo y fuego" (Lc 3, 16). De hecho, no se puede aspirar
a un mundo nuevo permaneciendo sumergidos en el egoísmo y en las costumbres vinculadas
al pecado.
También Jesús deja su casa y sus ocupaciones habituales para ir al Jordán. Llega en medio de
la muchedumbre que está escuchando al Bautista y se pone en la fila, como todos, en espera
de ser bautizado. Al verlo acercarse, Juan intuye que en ese Hombre hay algo único, que es
el Otro misterioso que esperaba y hacia el que había orientado toda su vida. Comprende
que se encuentra ante Alguien más grande que él, y que no es digno ni siquiera de desatar
la correa de sus sandalias.
En el Jordán Jesús se manifiesta con una humildad extraordinaria, que recuerda la pobreza
y la sencillez del Niño recostado en el pesebre, y anticipa los sentimientos con los que, al
final de sus días en la tierra, llegará a lavar los pies de sus discípulos y sufrirá la terrible humillación
de la cruz. El Hijo de Dios, el que no tiene pecado, se mezcla con los pecadores,
muestra la cercanía de Dios al camino de conversión del hombre. Jesús carga sobre sus hombros
el peso de la culpa de toda la humanidad, comienza su misión poniéndose en nuestro
lugar, en el lugar de los pecadores, en la perspectiva de la cruz.
Cuando, recogido en oración, tras el bautismo, sale del agua, se abren los cielos. Es el momento
esperado por tantos profetas: "Si rompieses los cielos y descendieses", había invocado
Isaías (Is 63, 19). En ese momento —parece sugerir san Lucas— esa oración es escuchada.
De hecho, "se abrió el cielo, y bajó sobre él el Espíritu Santo" (Lc 3, 21-22); se escucharon palabras
nunca antes oídas: "Tú eres mi hijo amado; en ti me complazco" (Lc 3, 22). Al salir de
las aguas, como afirma san Gregorio Nacianceno, "ve cómo se rasgan y se abren los cielos,
los cielos que Adán había cerrado para sí y para toda su descendencia" (Discurso 39 en el Bautismo
del Señor: PG 36). El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo descienden entre los hombres y
nos revelan su amor que salva.
Si los ángeles llevaron a los pastores el anuncio del nacimiento del Salvador, y la estrella guió
a los Magos llegados de Oriente, ahora es la voz misma del Padre la que indica a los hombres
la presencia de su Hijo en el mundo e invita a mirar a la resurrección, a la victoria de Cristo
sobre el pecado y la muerte.
6. Oración en silencio
7. Alabanzas a Cristo, Siervo de Dios.
- Siervo de Dios, sobre el que desciende el Espíritu Santo,
que aleteaba sobre la superficie de las aguas
como una paloma que vuela en torno a sus pequeños sin tocarles.
La Iglesia, esclava del Señor, se une a tu ofrenda:
- Siervo de Dios, sobre el que desciende el Espíritu Santo,
columna de nube que protege a tu pueblo que peregrina
del sol y del fuego de la desconfianza y del pecado.
La Iglesia, esclava del Señor, se une a tu ofrenda:
- Siervo de Dios, sobre el que desciende el Espíritu Santo,
sello que manifiesta que a Dios perteneces
y que Dios te protege a la sombra de sus alas.
La Iglesia, esclava del Señor, se une a tu ofrenda:
- Siervo de Dios, sobre el que desciende el Espíritu Santo,
que realiza en tu carne las bodas del Esposo y la Esposa,
origen y destino del pueblo cristiano.
La Iglesia, esclava del Señor, se une a tu ofrenda:
- Siervo de Dios, sobre el que desciende el Espíritu Santo,
agua sagrada de un manantial celeste
que se derrama sobre las almas necesitadas de salvación.
La Iglesia, esclava del Señor, se une a tu ofrenda:
- Siervo de Dios, sobre el que desciende el Espíritu Santo,
que presente en las aguas del Jordán
limpia la carne y el alma de Naamán y de la Iglesia.
La Iglesia, esclava del Señor, se une a tu ofrenda:
- Siervo de Dios, sobre el que desciende el Espíritu Santo,
aquel que poseías desde tu concepción
y que ahora manará de ti para toda la humanidad.
La Iglesia, esclava del Señor, se une a tu ofrenda:
8. Canto eucarístico
Adorad postrados este Sacramento.
Cesa el viejo rito; se establece el nuevo.
Dudan los sentidos y el entendimiento:
que la fe lo supla con asentimiento.
Himnos de alabanza, bendición y obsequio;
por igual la gloria y el poder y el reino
al eterno Padre con el Hijo eterno
y el divino Espíritu que procede de ellos.
9. Oración
Oremos.
Concédenos, Señor y Dios nuestro,
a los que creemos y proclamamos
que Jesucristo,
el mismo que por nosotros nació de la Virgen María
y murió en la cruz,
está presente en el Sacramento,
bebamos de esta divina fuente
el don de la salvación eterna.
Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
10. Bendición y reserva
11. Aclamación
Dicha la oración, el sacerdote o diácono, tomando el paño de hombros, hace genuflexión,
toma la custodia o copón y hace con él en silencio la señal de la cruz sobre el pueblo.
Acabada la bendición, el mismo sacerdote o diácono que dio la bendición, u otro sacerdote
o diácono, reserva el Sacramento en el sagrario y hace genuflexión, mientras el pueblo, si se
juzga oportuno, hace alguna aclamación y finalmente el ministro se retira.
¡A Dios den gracias los pueblos, alaben los pueblos a Dios!
¡A Dios den gracias los pueblos, alaben los pueblos a Dios!

