Venid a adorarle. Diciembre de 2012

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Diciembre de 2012
ADORACIÓN AL SANTÍSIMO SACRAMENTO

 

Adoración Eucarística Diciembre 2012

Congregado el pueblo, que puede entona, algún canto si se juzga oportuno. el ministro se acerca al altar. Si el Sacramento no se conserva en el altar en que se va a tener la exposición. el ministro, cubierto con el paño de hombros, lo traslada desde el lugar de la reserva, acompañándole algún ayudante o algunos fieles con cirios encendidos. Expuesto el santísimo Sacramento, si se emplea la custodia, el ministro inciensa al Sacramento.

1. Canto para la Exposición:

Cerca de ti, Señor, quiero morar;
tu grande, eterno amor quiero gozar.
Llena mi pobre ser, limpia mi corazón;
hazme tu rostro ver en la aflicción.

Pasos inciertos doy, el sol se va;
mas, si contigo estoy, no temo ya.
Himnos de gratitud alegre cantaré
y fiel a Ti, Señor, siempre seré.

Día feliz veré creyendo en Ti,
en que yo habitaré cerca de Ti.
Mi voz alabará tu santo nombre allí
y mi alma gozará cerca de Ti

 

2. Lectura de un texto bíblico

Del evangelio según san Lucas Lc 1,26-38

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo:
-«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»
Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo:
-«No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»
Y María dijo al ángel:
-«¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?»
El ángel le contestó:
-«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.»
María contestó:
-«Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»
Y la dejó el ángel.

 

3. Oración en silencio

De luz nueva se viste la tierra,
porque el Sol que del cielo ha venido
en el seno feliz de la Virgen
de su carne se ha revestido.

El amor hizo nuevas las cosas,
el Espíritu ha descendido
y la sombra del que es poderoso
en la Virgen su luz ha encendido.

Ya la tierra reclama su fruto
y de bodas se anuncia alegría,
el Señor que en los cielos moraba
se hizo carne en la Virgen María.

Gloria a Dios, el Señor poderoso,
a su Hijo y Espíritu Santo,
que en su gracia y su amor nos bendijo
y a su reino nos ha destinado.

 

5. Lectura de un texto del Santo Padre


De la Homilía del Papa Benedicto XVI al inicio del Año Litúrgico (2010)

Con esta celebración vespertina, el Señor nos da la gracia y la alegría de abrir el nuevo Año litúrgico iniciando con su primera etapa: el Adviento, el período que conmemora la venida de Dios entre nosotros. Todo inicio lleva consigo una gracia particular, porque está bendecido por el Señor. En este Adviento se nos concederá, una vez más, experimentar la cercanía de Aquel que ha creado el mundo, que orienta la historia y que ha querido cuidar de nosotros hasta llegar al culmen de su condescendencia haciéndose hombre. Precisamente el misterio grande y fascinante del Dios con nosotros, es más, del Dios que se hace uno de nosotros, es lo que celebraremos en las próximas semanas caminando hacia la santa Navidad. Durante el tiempo de Adviento sentiremos que la Iglesia nos toma de la mano y, a imagen de María san- tísima, manifiesta su maternidad haciéndonos experimentar la espera gozosa de la venida del Señor, que nos abraza a todos en su amor que salva y consuela.

Mientras nuestros corazones se disponen a la celebración anual del nacimiento de Cristo, la liturgia de la Iglesia orienta nuestra mirada hacia la meta definitiva: el encuentro con el Señor que vendrá en el esplendor de la gloria. Por eso nosotros que en cada Eucaristía «anuncia- mos su muerte, proclamamos su resurrección, a la espera de su venida», vigilamos en ora- ción. La liturgia no se cansa de alentarnos y de sostenernos, poniendo en nuestros labios, en los días de Adviento, el grito con el cual se cierra toda la Sagrada Escritura, en la última pá- gina del Apocalipsis de san Juan: «¡Ven, Señor Jesús!» (22, 20).

Queridos hermanos y hermanas, nuestro reunirnos aquí esta tarde para iniciar el camino del Adviento se enriquece con otro importante motivo: con toda la Iglesia, queremos celebrar solemnemente una vigilia de oración por la vida naciente. Deseo expresar mi agradecimiento a todos aquellos que se han adherido a esta invitación y a cuantos se dedican de modo es- pecífico a acoger y custodiar la vida humana en las distintas situaciones de fragilidad, espe- cialmente en sus inicios y en sus primeros pasos. Precisamente el comienzo del Año litúrgico nos hace vivir nuevamente la espera de Dios que se hace carne en el seno de la Virgen María, de Dios que se hace pequeño, se hace niño; nos habla de la venida de un Dios cercano, que

ha querido recorrer la vida del hombre, desde los comienzos, y esto para salvarla totalmente, en plenitud. Así, el misterio de la encarnación del Señor y el inicio de la vida humana están íntima y armónicamente conectados entre sí dentro del único designio salvífico de Dios, Señor de la vida de todos y de cada uno. La Encarnación nos revela con intensa luz y de modo sorprendente que toda vida humana tiene una dignidad altísima, incomparable. (...)

Dios nos ama de modo profundo, total, sin distinciones; nos llama a la amistad con él; nos hace partícipes de una realidad por encima de toda imaginación y de todo pensamiento y pa- labra: su misma vida divina. Con conmoción y gratitud tomamos conciencia del valor, de la dignidad incomparable de toda persona humana y de la gran responsabilidad que tenemos para con todos. «Cristo, el nuevo Adán —afirma el concilio Vaticano II— en la misma reve- lación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hom- bre y le descubre la grandeza de su vocación... El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre» (Gaudium et spes, 22). (...)

A la Virgen María, que acogió al Hijo de Dios hecho hombre con su fe, con su seno materno, con atenta solicitud, con el acompañamiento solidario y vibrante de amor, encomendamos la oración y el empeño en favor de la vida naciente. Lo hacemos en la liturgia —que es el lugar donde vivimos la verdad y donde la verdad vive con nosotros— adorando la divina Eucaris- tía, en la que contemplamos el Cuerpo de Cristo, ese Cuerpo que tomó carne de María por obra del Espíritu Santo, y de ella nació en Belén, para nuestra salvación. Ave, verum Corpus, natum de Maria Virgine!

 

6. Oración en silencio

7. Preces

Invoquemos a Cristo, presente en el sacramento eucarístico, por nuestras necesidades y las de todo el mundo: Kyrie, eleison.

Por la Iglesia, para que se prepare adecuadamente para recibir al Señor, que volverá glorioso desde el cielo. Kyrie, eleison.

Por todos aquellos que sufren a causa del paro, por sus familias, para que no pierdan los ánimos y reciban el apoyo de todas las instituciones sociales. Kyrie, eleison.

Por la paz en el mundo, por la salud de los enfermos y la alegría de los que sufren. Kyrie, eleison.

Por todos aquellos que tienen la responsabilidad del gobierno en el mundo, para que la ejerzan con espíritu de servicio y ayuda a la promoción humana con justicia y caridad. Kyrie, eleison.

Por los frutos de la misión Madrid, para que los fieles de nuestra diócesis se sientan animados a colaborar en esta llamada del Señor a anunciar con atrevimiento el evangelio a nuestros familiares, amigos y compañeros. Kyrie, eleison.

 

Padre nuestro

Te pedimos, Señor Jesucristo,
que el amor de tu venida permanezca de tal modo en nosotros
que nuestros corazones nunca se aparten de ti.
Haz que ya ahora estemos inscritos en el cielo
para no quedar confundidos
cuando vengas a juzgar el mundo.
Por tu gran bondad, Dios nuestro,
que vives y todo lo gobiernas,
por los siglos de los siglos.
R/. Amén.

Al acabar la adoración, el sacerdote o diácono se acerca al altar, hace genuflexión sencilla, y se arrodi- lla a continuación; se canta un himno u otro canto eucarístico. Mientras tanto el ministro arrodillado inciensa al santísimo Sacramento, cuando la exposición tenga lugar con la custodia.

 

8. Canto eucarístico

Cantemos al Amor de los Amores, cantemos al Señor.
¡Dios está aquí!
Venid, adoradores, adoremos a Cristo Redentor.
¡Gloria a Cristo Jesús! Cielos y tierra, bendecid al Señor.
¡Honor y gloria a ti, Rey de la Gloria!
¡Amor por siempre a ti. Dios del Amor!

9. Oración

Oremos.
Concédenos, Señor y Dios nuestro,
a los que creemos y proclamamos
que Jesucristo,
el mismo que por nosotros nació de la Virgen María
y murió en la cruz,
está presente en el Sacramento,
bebamos de esta divina fuente
el don de la salvación eterna.
Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

10. Bendición y reserva

Dicha la oración, el sacerdote o diácono, tomando el paño de hombros, hace genuflexión, toma la custodia o copón y hace con él en silencio la señal de la cruz sobre el pueblo.

Acabada la bendición, el mismo sacerdote o diácono que dio la bendición, u otro sacerdote o diácono, reserva el Sacramento en el sagrario. El pueblo, si se juzga oportuno, canta al- guna aclamación y finalmente el ministro se retira.

 

11. Aclamación

Marana tha, ¡Ven Señor Jesús!

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