Queridos hermanos sacerdotes. Queridos Heraldos del Evangelio. Queridos hermanos y hermanas. Un día singular y especial para nosotros en esta fiesta de la Virgen de Fátima, en esta advocación entrañable para todos.
«Inclina el oído» nos decía el salmista en el salmo 44. «Escucha». Esto es lo que hizo la Santísima Virgen María. Escuchó a Dios y respondió, con esa escucha, a lo que quería Dios de Ella. Pero en esta tarde, cuando nos reunimos para celebrar esta fiesta de la Virgen María, esta mujer que se apareció a unos niños allá, en Fátima, y que ha hecho posible tantas conversiones a través del tiempo en aquel santuario, en aquel lugar bendito donde Ella se aparece, nos sigue diciendo a nosotros: «Escucha. Inclina el oído. Póstrate ante Él. Dios está prendado de tu belleza, porque eres imagen de Dios». Y esta mujer, «princesa bellísima» como nos decía el salmista, está ante el Rey; se pone ante Dios con todas las consecuencias, y es a Dios a quien le dice: «Si. Hágase tu voluntad».
Queridos hermanos y hermanas. La Palabra de Dios que hemos proclamado, y que es la que se proclama en todos los lugares donde hoy se celebra la fiesta de Fátima, tiene como tres expresiones que yo le pido al Señor que, a través de su Madre, las incorporemos nosotros también. Y que se resumen en estas palabras: prestar, reconocer y testificar.
Prestar. María es la mujer que presta la vida a Dios para que se establezca en este mundo y pase por este mundo la salud, el poder, el reinado, la potestad de Dios. Sí. En la historia de Israel, el pueblo de Dios, según las promesas que había hecho a su pueblo, Él eligió a esta mujer excepcional, única. Un ser único, libre del pecado original. Pero un ser libre que, cuando Dios se presenta ante Ella para decirle si presta su vida para hacer algo que nadie se podía imaginar -prestar la vida para dar rostro al Dios eterno, para dar rostro al Hijo de Dios- esta mujer dice Sí. A través de Ella se estableció la salud, el poderío, el reinado y la potestad de Dios. Con su Sí. Esta mujer que, al recordarla en este día, en esta advocación de Fátima, nos hace preguntar a nosotros: Y vosotros, ¿a quién prestáis la vida? Y tú, obispo, ¿a quién prestas la vida? Y vosotros, cristianos de condiciones diferentes, ¿a quién prestáis la vida?. Nuestra Madre, que nunca nos abandona. Es más, que Dios ha querido. El Hijo de Dios en la cruz nos la dio como Madre nuestra. Y es la que nos ayuda a descubrir que prestar la vida a Dios, decir Sí a Dios como Ella lo hizo, es lo más grande, lo más bello, lo más sublime que le puede acontecer a un ser humano. Decir a Dios Sí. Yo creo en ti Señor. Creo en tu palabra. Creo en tus designios. Creo en tu promesa. Creo en lo que tú, ciertamente, me das a mí. La salud verdadera me la entregas tú. El poder auténtico me lo das tú. Porque no es el poder de los poderosos, pero sí es el poder del ser humano que se llena de Dios y vive de esa «hartura», como diría Teresa de Ávila. Vive de esa hartura. De Dios.
Queridos hermanos. Hoy, cuando nos reunimos en torno a la Virgen en esta advocación de Fátima, nosotros también podemos decirle a Ella: «María, intercede por nosotros. Y haz posible que nosotros no hagamos regateos, sino que prestemos la vida, como tú lo hiciste, a Dios. Para que Dios tenga rostro en este mundo y en esta tierra». Tiene que tener rostro en este mundo y en esta tierra. Y Dios quiere hacerlo a través de nosotros. Somos bautizados, queridos hermanos. Tenemos la vida de Jesucristo. Y esa vida se tiene que manifestar en la vida diaria, entre nosotros. Se tiene que hacer presente en este mundo, que necesita de hombres y mujeres que digan Sí a Dios; que presten la vida.
En segundo lugar, hay otra palabra: reconocer. Nos lo ha dicho el Evangelio. Una mujer que levantó la voz, y comenzó a decir: «Feliz el vientre que te llevó». Veía tales cosas en Jesús, que diría aquella mujer: «Si este es así, ¿qué habrá sido su madre?». Y ya veis la respuesta de Jesús. Ya veis. Pero aquella mujer reconoció, reconoció la grandeza de la Madre de Jesús. Reconoció el valor de María. Era una mujer del pueblo, sencilla, que reconoce las cosas grandes que Dios había hecho en la Virgen María. No solamente hay que prestar la vida, queridos hermanos. Hay que hacer posible que, a través de nosotros, los hombres reconozcan la presencia de Dios en nuestra vida. Quizá hoy es de las cuestiones más importantes que tenemos los discípulos de Jesucristo: hacer posible que por nuestra vida, por nuestros comportamientos, por nuestra manera de actuar, por nuestro modo de estar en el mundo, reconocemos o hacemos reconocer el valor que tiene Dios en la existencia humana.
«Feliz el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron». Felices nosotros, queridos hermanos, si nos situamos siempre de la mano de nuestra Santísima Madre la Virgen María. Felices nosotros si sabemos reconocer en Ella el ser humano más excepcional que ha existido. Felices nosotros si nos dejamos acompañar por esta Madre que Dios mismo nos regaló. Felices nosotros si, junto a María, descubrimos la fraternidad, que somos hermanos. Ella prestó la vida. En ella reconocieron y vieron la presencia de Dios a través de su Hijo; a través de las obras que hacía su Hijo.
Y, en tercer lugar, testificar. ¿No os habéis dado cuenta del testimonio precioso que da Jesús sobre su Madre? Cuando Jesús, a aquella mujer que había dicho «feliz el vientre que te llevó», contesta: «Felices los que escuchan la palabra de Dios y la practican», porque eso es lo que hizo la Virgen María. Escuchó y obró según la palabra de Dios.
Queridos hermanos: hoy, para testificar, para ser testigos del Señor, es necesario no vivir de cualquier palabra. Urge acoger la Palabra de Dios, como María la escuchó. Cuando el ángel se presentó en medio de Ella, cuando el ángel le pidió: «¿prestas la vida para dar rostro a Dios?». «Hágase en mí según tu palabra». El testimonio de Jesús sobre su Madre es impresionante. Yo, cuando estaba preparando la homilía, rezando le decía: «Señor, ¿y mi testimonio? ¿Tú dirías de mí «feliz porque escuchas la palabra y la pones en práctica?». Y, claro, pues me entraba vergüenza -no sé a vosotros- porque a veces vivo de otras palabras. Yo diría, para no echarme toda la culpa, que vivimos todos de otras palabras. Por eso, está la fiesta de la Virgen. Nos ayuda a todos nosotros a descubrir la grandeza que tiene el ser humano en María; la grandeza de nuestra Madre; la dignidad de nuestra Madre; la necesidad que tenemos de Ella. Sí. Necesidad de hacer posible que nosotros también, como nuestra Madre, prestemos la vida. Señor: aquí me tienes. En mi condición: sacerdote, obispo, laico, esposo, esposa, matrimonio, los hijos como hijo… Aquí me tienes. Presto mi vida.
Quiero reconocer tu grandeza: la de esta mujer, queridos hermanos. ¿Por qué será que la Virgen María ha entrado en las entrañas del pueblo? De todos los hombres. Ha entrado en las entrañas de todos los hombres. El valor de María, ¿dónde está? ¿En dónde está? En su fe. En su oración a Dios. En estas palabras de Jesús. «Feliz el vientre que te llevó», decía aquella mujer que gritaba en medio del pueblo. «Feliz el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Y a nosotros nos queda el testificar, queridos hermanos: ser testigos valientes del Evangelio. Y no podemos serlo si no vivimos de la Palabra. Escuchando la Palabra, como lo hizo María, y poniéndola en práctica. Si no vivimos de esta Palabra, que es Jesucristo mismo, que se hace presente ahora, aquí, en este altar, y nos alimentamos de Él; y, cuando nos alimentamos de Él, decid de alguna manera aquello que decía el apóstol Pablo: «No soy yo, es Cristo quien vive en mí». Y, si vive en mí Cristo, yo tengo que noticiar a Jesucristo. Donde esté, donde viva, en lo que haga. Noticiar. Somos de alguna forma ahora, no solamente los periódicos, los noticiarios de la televisión… Eso tenemos que ser los cristianos: noticiarios de la noticia más buena, más bella, más grande, más importante, más necesaria para los hombres. Para que descubramos que la fraternidad no es una palabra más: es el reto de la humanidad para vivir como hijos de Dios.
Pues que esta tarde nosotros todos le digamos a María –cada uno con nuestras palabras, con nuestros sentimientos, con lo que tengáis–, a Ella le decimos, como Ella dijo a Dios: «Aquí estoy, María. Aquí estoy, Madre. Dame tus entrañas; dame tu amor; dame tu marca: marca mariana. Dámela. Y haz posible que yo, en medio de este mundo, ponga en práctica hoy lo que tú me has dicho: que preste la vida, que te haga reconocido por todos los hombres, y que sea un testigo valiente del Evangelio como nuestra Madre lo ha sido». Yo a veces me imagino qué sería después de la muerte de Jesús: Ella, reunida con los apóstoles; y seguro que Ella era la que alentaba a todos a seguir creyendo en su Hijo, hasta que vino el Espíritu Santo.
Que el Señor os bendiga y os guarde siempre, queridos hermanos. Y que hoy sea un día en que, junto a María, nos hacemos más marianos, que quiere decir más hijos de Dios y más hermanos de todos los hombres.
Amén.
Hermanos y hermanas:
Con esta Misa abrimos el Año Santo de san Isidro Labrador, que fue canonizado hace 400 años junto a san Ignacio de Loyola, san Francisco Javier, san Felipe Neri y santa Teresa de Jesús. Hoy san Isidro está intercediendo por nosotros: la villa en la que él vivió se ha transformado en una gran ciudad, pero su testimonio y su compromiso cristiano tienen gran vigencia. Es urgente promover el valor y la dignidad de la familia, defender el trabajo digno, cuidar la tierra... San Isidro no fue un teórico de estas realidades, sino que fue un testigo cristiano de la importancia que estas tienen en la vida del hombre, en su dignidad de hijo de Dios.
Hoy es grande la alegría de la Iglesia que camina en Madrid. Contemplamos a un hombre de nuestro pueblo, a un esposo y padre, que cuidó esta tierra como obra de Dios, que supo vivir dignificando el trabajo humano, que supo contemplar el rostro del Señor y supo descubrir en Él a quien es meta de la historia y único Salvador del mundo. Contemplamos a un hombre de nuestro pueblo que ha trascendido fronteras con la fuerza de su santidad. Es un santo universal. Hoy se le invoca no solo en Madrid y en España, sino que en todos los continentes hay parroquias, ermitas o santuarios con su nombre. Es imposible medir la efusión de gracia que, a lo largo de los siglos, ha llegado a los hombres a través de san Isidro.
Pido que este Año Santo sea para Madrid un tiempo privilegiado para hacer memoria de san Isidro, para aprender a vivir desde el amor de Dios. Pido al Señor que este jubileo toque el corazón de todos los que vivimos aquí y de quienes nos visitan. Que sea un año de compromiso personal y colectivo para pensar en el presente y en el futuro, para pensar en el diseño que deseamos dar al futuro y en los cimientos con los que queremos construirlo, conscientes siempre de nuestra historia. La historia de este santo que hoy en nombre del Señor nos congrega, en torno a mí como pastor y arzobispo de esta Iglesia que camina en Madrid, tiene una belleza extraordinaria. San Isidro supo escuchar y vivir de la Palabra de Dios; con la fuerza del Señor hizo experimentar a quienes vivieron a su lado la caridad en su máximo grado, y también con la gracia del Señor hizo visible cómo ha de construirse una comunidad fraterna.
Testigos de la fe como san Isidro nos han facilitado descubrir la gloria del Señor por las maravillas que obra entre nosotros. Tras las huellas de nuestro patrón, la Iglesia diocesana quiere profesar y recibir el amor de Dios que nos salva. Este santo al que vamos a dedicar un año centró su vida en Jesucristo y así nos muestra la apasionante tarea de ser testigos del Evangelio.
Las lecturas que hemos proclamado hoy, en este V domingo de Pascua, nos invitan a hacer de nuestra vida una bendición permanente de Dios, que es bueno y nos da su cariño y amor a todas sus criaturas. Y que nos pide que, con nuestra vida, proclamemos su gloria y hablemos de sus hazañas.
En este sentido, os propongo realizar tres compromisos en este Año Santo:
1. Estamos llamados a abrir la puerta de la fe a todos los hombres. San Isidro mostraba a la gente la belleza que tiene la vida: él contaba a sus paisanos de Madrid lo que Dios hace por el ser humano y cómo abre la puerta de su Pueblo a todos. Como Pablo y Bernabé (Hch 14, 21b-27), animemos a conocer a Cristo, a ver lo que Dios hace por nosotros, a perseverar en la fe.... ¡Cuántos somos aquí esta mañana! Cada uno tenemos una historia personal, hemos pasado por situaciones muy diferentes, pero ¿os dais cuenta de lo que sucede en cada celebración de la Santa Misa? Nada más ni menos que Jesús se alegra de acogernos en su mesa, se alegra con nosotros. Y nos acoge como somos, imperfectos, con miserias, pero nos acoge. Recordemos que hoy aquí, en esta fiesta de san Isidro, se hacen realidad aquellas palabras del Evangelio: «Jesús acoge a pecadores y los invita a su mesa». San Isidro vivió la acogida: en su casa, en el campo, con su ayuda a otros, con su cercanía.
La espiritualidad de san Isidro, que desea seguir a Cristo con todas las consecuencias, se entiende con tres parábolas que cuenta Jesús. La primera es la de las ovejas: se pierde una, deja a 99 y va en su búsqueda. Una persona con sentido común hace todo lo contrario; hace cálculos y sacrifica una para mantener a las otras 99. Pero aquí está la belleza del amor de Cristo: te busca siempre, pues nadie pude reemplazarte en el corazón de Dios. La segunda parábola es la de la moneda perdida, que es pequeña, pero que el dueño no se resigna a perder. Cada uno de nosotros somos esa moneda y para Jesucristo somos moneda preciosa. Él no se resigna a perderte, eres parte del corazón de Dios. Y la tercera es la del padre que espera al hijo pródigo: Dios nos espera siempre, no se cansa, nos abraza, no se desanima… Dios te ama como eres y sabe que su amor puede cambiar tu vida.
2. Como san Isidro, descubramos las responsabilidades y compromisos que nos da ser miembros vivos de esta Ciudad Santa que es la Iglesia, de la Nueva Jerusalén de la que nos hablaba el libro del Apocalipsis. Hagamos ver con nuestras vidas que la Iglesia es la morada de Dios con los hombres. Las gentes de Madrid se acercaban a san Isidro porque sentían la cercanía de un hermano, de un hombre de Dios, de corazón abierto, y percibían una experiencia de Iglesia gozosa. Dios está con nosotros: hagamos de la Iglesia casa de familia, en la que todos encuentren un sitio y descubran la cercanía y la presencia de Jesucristo.
3. Con San isidro Labrador, sintamos el gozo que nos da el sabernos enviados por el Señor. Nos conocerán y conocerán al Señor si nos amamos los unos a los otros. Lo nuevo radica aquí: «Como yo os he amado». Como nuestro patrón, vivamos conectados con el misterio inmenso del amor de Dios. Vivamos convencidos de que lo que salva al ser humano es la capacidad de amar y de sentirse incondicionalmente amado. En esto conocerán que somos discípulos del Señor. Recordando a san Agustín, «el que quiere vivir, elige amar». Y esto es lo que eligió san Isidro. Especialmente en este Año Santo, ofrezcamos, como hizo él, el amor de Dios para vivir y hacer vivir.
Queridos hermanos: regalemos en este Año Santo tiempo a Jesús. Ya sea personalmente o juntos, familias y parroquias, hagamos el camino de san Isidro. Visitemos esta colegiata donde permanecen su cuerpo y el de su esposa, santa María de la Cabeza. Acerquémonos a la ermita de San isidro y a los lugares en los que él vivió. Os iremos informando de nuevas celebraciones y actividades organizadas desde la diócesis y también en colaboración con las administraciones.
Cristo se hace presente en el altar, sentid como san isidro el gozo de su presencia en el misterio de la Eucaristía, la transformación que nos regala el Señor cuando ocupa nuestra vida. Y como nuestro patrón invocamos a Nuestra Señora de la Almudena diciendo: «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora». Amén.
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