Esta noche, yo os pediría algo: que entrásemos en aquello que san Ignacio decía. Vamos a hacer una composición de lugar. Imaginaos por un instante que yo soy Juan Bautista. Pero el Señor está ahí. El Señor está ahí. Imaginaos también que esta tierra y este mundo lo que más necesita es tener esperanza. El siglo pasado que hemos vivido ha sido tremendo. Solamente pensar en la primera Guerra Mundial, donde murieron 25 millones de personas; en la segunda Guerra Mundial, 50 millones entre soldados y gente civil. Los maltratos, los genocidios... Un siglo tremendo. Un siglo donde es verdad que eso que hablamos ahora de la aldea global ya se veía. La radio, la prensa, la televisión, internet... todos los medios de comunicación social nuevos nos han comunicado a todos los hombres. Sí: estamos en una aldeíta pequeña, en la cual observamos los lugares y las situaciones donde hay dolor, hay lucha... El Papa Francisco nos está hablando ahora mismo de la tercera Guerra Mundial, que está hecha por etapas y en lugares determinados, en franjas determinadas, pero existe: muere gente... Hay que dar esperanza a este mundo.

Y lo mismo que Juan Bautista, yo os diría hoy que miraseis a quien da la esperanza: a Jesucristo. Y lo mismo que Juan Bautista, yo quiero deciros tres dimensiones por las cuales, si las acogemos en nuestra vida, se puede dar esperanza.

Primero: convertíos. ¿A qué? ¿A quién? ¡Miradle! ¡Contemplad a Jesucristo! Juan Bautista decía: está cerca el reino. Y el reino es Cristo. El reino es la verdad: la verdad del hombre, la verdad de Dios, la verdad de las relaciones entre los hombres. «Amaos los unos a los otros como yo os he amado». «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos». «Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando». El reino es la justicia, el reino es la bondad. Y está ahí.

Esta noche habéis hecho esta movida, que decís vosotros, para situaros ante Jesucristo, para dar una versión nueva, diferente: la versión de Dios que Él quiere que tenga el hombre, y que nos ha sido revelada, manifestada y expresada en Jesucristo nuestro Señor. Por eso, os decía: hagamos la composición de lugar. Yo quiero esta noche ser Juan bautista para vosotros: convertíos al reino, a Cristo, a quien os dice a vosotros como jóvenes que un mundo puede ser distinto.

La carta pastoral que esta semana os escribo la titulaba así: «Sed protagonistas de la esperanza en esta historia». Seamos protagonistas. Pero de esa esperanza, que el único que la trae y la da es Jesucristo. Convertíos. Demos una versión nueva, diferente, a nuestra vida. Porque dando una versión nueva a nuestra vida se la estamos dando al mundo, a los hombres. Cómo no invitaros yo, a vosotros, que sois jóvenes... A algunos de vosotros seguro que el Señor os llama y os dice: dedicad la vida entera a animar a los hombres a dar la versión. Lo mismo que yo estoy haciendo ahora con vosotros. ¿Por qué no sacerdotes?.

Cuando hay urgencias, cuando hay catástrofes, se piden voluntarios. Pues, queridos amigos: Cristo pide voluntarios para dar esperanza, Cristo pide hombres y mujeres que presten sus vidas para dar esperanza, para manifestar su reino. Es verdad que se puede hacer de muchas maneras, por supuesto siendo siempre discípulo como Él; pero hay circunstancias en las que se pide a personas concretas que radicalicen absolutamente la entrega a nuestro Señor en este mundo.

Segundo: Juan Bautista -soy yo, ahora- os dice «preparad el camino» Y ¿quién es el camino? Ahí lo tenéis: Cristo. ¿Y cómo es su camino?... Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y salieron unos ladrones; le molieron a palos, le dejaron medio muerto, y pasaron por allí muchos... Solo uno, que además no era judío, sino samaritano, se paró, se agachó, lo miró, le curó las heridas, lo vendó, lo puso en su cabalgadura y fue andando, y al otro le puso cómodo; no lo abandonó: lo llevó a una posada para que lo siguiesen curando y atendiendo, y además le dijo al posadero: no me olvido de él, te le dejo y gasta lo que sea, que yo volveré a pagar. Preparad el camino. Sí. Esto es encontrarse con el camino: ser Jesucristo. Porque el samaritano es Cristo. Jesucristo es el samaritano. Y el que está tirado ahí, en el suelo, es tanta y tanta gente como podríamos ver ahora, si salimos por las calles de Madrid. Esos que vemos... Pero cuánta gente está triste, sola, sin dar sentido a su vida; quizá tiene mucho pero está aburrida, tiene todo pero está tremendamente aburrida y vacía por dentro. No es feliz. Y otros no tienen nada: también están tirados, abandonados. Demos esperanza. Demos esperanza. Salgamos. Preparad el camino, queridos amigos.

Y, en tercer lugar: dad fruto. Nos decía el Evangelio: dad fruto. Si os habéis dado cuenta, ese fruto que pide es la conversión. No os hagáis ilusiones. ¿Cuál es el fruto? Pues ser rostros de Jesucristo, ser rostros de Jesús. ¿Y qué es ser rostro de Jesús? Pues mirad: una casa, vuestra casa, vuestra vida, se puede construir sobre roca o sobre arena; si se construye sobre arena, cualquier viento que venga te derrumba la casa, caéis: falsas ilusiones, ofertas que os pueden hacer... Mirad, que así sois felices, mirad... O de fiesta: vamos a... Mirad, amigos. Se puede construir la vida sobre roca, y la casa -venga lo que venga-, no se cae. Habrá momentos de dificultad, habrá momentos de lucha, pero la casa venga lo que venga no se cae: aguanta, resiste, no se tambalea, porque está construida en Cristo. Y así se da fruto. Así cambia este mundo. Si se entrega esperanza a esta tierra.

Pero, claro, os vuelvo a decir lo de antes: tiene que haber gente que nos anime a todo esto. Hombre, yo soy muy mal Juan Bautista, no acabo de ser como Juan Bautista, pero os estoy animando. Quizá en todo el día no hayáis escuchado estas palabras, ni siquiera en toda la semana... Convertíos a Cristo. Preparad el camino: sed samaritanos, como el gran samaritano que es Cristo. Dad fruto. Plantad vuestra vida en roca: no os caigáis. El Señor nos alienta siempre: yo os animo.

Este verano yo pensaba en vosotros. Y pensando en vosotros, los jóvenes de Madrid, se me ocurrió pasar las vacaciones haciendo un libro para vosotros que es interactivo: yo digo, pero tenéis que decir vosotros. Búscate en mí. Que tiene que ver con esto que os acabo de decir. Consiste fundamentalmente en tres grandes catequesis que fueron, dos de ellas, las grandes catequesis que se daban al inicio del cristianismo: el Padre nuestro y el Credo. Y he metido el Ave María, porque me parece que también es importante para nosotros. Tres capítulos que, si los leéis, exigen respuesta, de tal manera que en función de la respuesta yo podré escribir otro libro.

Buscaos en el Señor. Buscaos en Jesucristo. Búscate en mí es una palabra de Teresa de Jesús. Es una palabra que ella oía cuando no sabía qué hacer. Búscate en mí. Convertíos, preparad el camino, dad fruto. Junto a Jesucristo, vamos a pensar esto unos momentos.

Media

Querido señor cardenal, don Carlos Amigo; querido señor Nuncio de Su Santidad en España; querido don Antonio, obispo emérito de Ciudad Real; vicario general de la diócesis; vicarios episcopales; querido cabildo catedral; hermanos sacerdotes; queridos seminaristas, querido diácono. Queridas autoridades y representaciones de la Comunidad de Madrid que os habéis querido hacer hoy presentes en esta fiesta de la Familia. Permitidme que tenga una alusión especial al delegado de Familia de nuestra diócesis, Fernando, también a la Casa de la Familia. Hermanos y hermanas todos en Jesucristo Nuestro Señor.

Si os habéis dado cuenta, el Evangelio nos ha hablado con muchísima claridad de cómo Dios quiso cuidar no solamente a la familia representada en la Sagrada Familia, cuando peligraba la vida de Cristo, sino cómo Dios nos enseña a cuidar la vida, que es Jesucristo. Es como si fuese la introducción de este día y de esta fiesta, de esta palabra que acabamos de proclamar. Esa expresión en aquel sueño donde el Señor se aparece a José y le dice: levántate, coge al niño y a su madre y huye a Egipto. Marcha. Cuida de la familia; cuida de esta familia que yo he querido mostrar, que es la belleza más grande y la institución más bella que se ha presentado en este mundo y en la historia de los hombres. En este caso, era Herodes el que quería buscar al niño para matarle, a quien sostiene de verdad esa familia, a quien ha hecho posible también que se mantuviese esa familia.

Recordad aquel sueño en el que se aparece el ángel a José, en sueños, para decirle: no temas, el niño que nace, que tiene en el vientre María, es Hijo de Dios. José quita el miedo, quita los miedos. Los miedos en general dividen, nos rompen, a veces nos atenazan, no nos dejan libertad... Y, desde aquel instante, José asume también esta misión que el Señor le entrega: mostrar en medio de este mundo esa familia que es la que esta noche nos reúne a nosotros aquí, en esta fiesta de la Sagrada Familia, donde se nos muestra la belleza más grande, la más importante.

Yo quisiera deciros, fundamentalmente:

En primer lugar, que hagamos verdad en nuestra vida lo que nos ha dicho la primera lectura del Libro del Eclesiástico: honra a padre y madre.

Queridos hermanos, hay dos laderas que son imprescindibles para que cada uno de los que estamos aquí estemos precisamente aquí: padre y madre. Sin estas laderas, no existimos, no venimos a este mundo.

Por eso, en esta fiesta de la Sagrada Familia, os invito en primer lugar a sentir un agradecimiento profundo por aquellos que hicieron posible que nosotros, esta noche, estemos celebrando esta fiesta de la Sagrada Familia; aquellos que hicieron posible que tengamos, hayamos tenido rostro humano, y estemos en estos momentos aquí; porque nos cuidaron, guardaron nuestra vida, sintieron predilección también por la vida, no nos abandonaron.

En segundo lugar, queridos hermanos, hay otra realidad que el Señor nos pide. Mirad: vestíos con este uniforme, con esta vestimenta. Y es una maravilla, queridos hermanos, lo que hemos escuchado de san Pablo en la carta a los Colosenses: vuestra vestimenta, vuestro uniforme, que sea la misericordia entrañable, el mirar a los demás con el mismo amor de Dios, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión. ¿Vosotros creéis que es posible la ruptura entre nosotros, los hombres, si vestimos este uniforme, si nos sobrellevamos mutuamente, si nos perdonamos?

Queridos hermanos: el perdón cura siempre. La memoria, sin el perdón, al contrario: hace más grande la herida. Y eso es especialmente importante en el mundo en el que vivimos. Solo haciendo memorias, si no damos perdón, no hay curación de heridas. Vistamos este uniforme; sed agradecidos; sed agradecidos con Dios, que nos da siempre la gracia de podernos vestir con este uniforme. Hagamos ese cántico nuevo que Dios quiere que hagamos los hombres, ese cántico y esa acción de gracias tan profunda, tan grande, que se convierte precisamente en una manera de existir y de vivir con los demás. Amándoles, sí. A pesar a veces de las oscuridades, de las deficiencias que puedan tener. Pero eso no lo podemos hacer con un amor que nazca solo de nosotros, sino con un amor que acogemos de Dios mismo; que es un amor capaz incluso de penetrar por las deficiencias y regalar humildad, y dulzura, y comprensión, y perdón, y misericordia. Por eso, lo que os decía: en primer lugar, honremos a padre y madre, a las laderas que nos hacen estar hoy aquí celebrando esta fiesta. Y en segundo lugar vistámonos este uniforme: este uniforme que nos lo da Dios, no es necesario que lo compremos en ningún lugar, se nos regala, basta simple y llanamente que dejemos penetrar en nuestra vida y en nuestro corazón al Señor.

En tercer lugar, queridos hermanos: con esta honra, con este uniforme, descubramos la belleza de la familia junto a Jesucristo. Os invito a que os trasladéis un momento al primer milagro que hace Nuestro Señor en esta tierra y en este mundo, que expresa también la importancia que Cristo da al matrimonio y a la familia. El primer milagro que hace el Señor es en las bodas de Caná. Queridos hermanos: qué mal lo estaban pasando aquellas gentes... Aquella familia, aquellos que iban a contraer matrimonio, aquellos que lo habían preparado todo... ¡Qué mal lo estaban pasando! ¿No os dais cuenta que, de alguna manera, esto es representativo de muchas situaciones que hoy estamos viviendo en esta historia y en este mundo?

En la exhortación apostólica Amoris Laetitia, el Papa nos habla de las diversas situaciones fruto de esa reflexión que hicieron en el Sínodo los obispos y que el Santo Padre recoge, el Papa Francisco. Y nos habla de muchas situaciones que viven los hombres. Pero, queridos hermanos, el Papa no escamotea esas situaciones. El Papa no solamente nos dice: con eso no hay que celebra. Al contrario: nos invita a entrar en las situaciones reales en las que están viviendo los hombres. Pero no de cualquier manera: nos invita a hacer verdad lo que hizo Jesucristo en las bodas de Caná. Él entregó la alegría, entregó la belleza que tiene que estar presente en el corazón y en la vida de los hombres para tener fiesta. Quizá por eso, que quien sabía que el único que puede entregar esa fiesta y esa alegría es Dios mismo, interviniese su madre para decirle: «mira cómo están, haz algo». El Señor lo hizo: no había vino, y Él convirtió el agua en vino.

Ante tantas situaciones que vive la familia, en tantos lugares de este mundo... Queridos hermanos: familias que tienen que emigrar, familias que están sin trabajo y eso crea rupturas y situaciones difíciles, incomprensiones porque no sabemos perdonarnos, o situaciones reales que han sido mal hechas desde el principio... Qué maravilla dejar entrar a Jesús, dejarle entrar para que entregue la alegría del Evangelio, la fuerza renovadora que hace posible que podamos vivir en fiesta y que este mundo tenga la belleza que necesita la institución más hermosa, más grande, hecha por Dios mismo; que nos recuerda precisamente los primeros momentos de la creación, donde Dios creó hombre y mujer y los puso al frente de todo lo que había creado. Y que el Señor entrega precisamente, da plenitud, a lo que solo con la fuerza de los hombres nosotros, a veces, estropeamos.

Queridos hermanos: Cristo. Él nos habla con su vida: honró padre y madre. Él nos habla con su vida. Utilizó un uniforme para entrar por este mundo y pasear por esta tierra. Y Él nos habla con su vida: se acercó a la familia. Y nos hace ver que solo cuando Cristo entra en esa institución se abren tales horizontes, se abre tal capacidad en quienes inician la familia, el matrimonio, y tal capacidad en quienes se van agregando, fruto de la generación que el amor crea en los hijos que vienen de ese matrimonio, que se crea una belleza singular en este mundo.

Hagamos todo lo posible por construir familia. Familias cristianas, verdaderas iglesias domesticas; iglesias que son expresión en las que se manifiesta de verdad lo que el Señor quiere que tengamos: comunión de vida y de amor, y que eso sea también trasladado a toda la Iglesia. Lo que estamos viviendo nosotros aquí, ahora, todos juntos, siendo diferentes, distintos, viniendo de lugares diferentes. ¿Quién nos une aquí a nosotros? Jesucristo, hermanos. ¿Quién nos ha hablado a nosotros? Jesucristo, el Señor. ¿Quién nos está indicando el camino? Jesucristo. Y esto crea una comunión. Pero esto hay que hacerlo en las familias.

Bendito sea el Señor, que hoy, en esta fiesta de la Sagrada familia, nos alienta a vivir y a construir siempre la familia cristiana, cuya expresión más bella es esta que en el relato del Evangelio hemos escuchado: José cogió al niño y a su madre, y marchó a Egipto. Pero construyeron la Sagrada Familia. Y después volvieron otra vez, cuando llegó el momento. Y así cumplieron lo que dijeron los profetas.

Pero se tiene que seguir cumpliendo lo que nos dice el Señor a nosotros: hombre y mujer los creó. Hombre y mujer los creó por amor, para amar, para engendrar vida, que construya este mundo en el amor.

Hermanos y hermanas: Jesucristo se hace presente aquí. El mismo que estuvo en las bodas de Caná, hoy, en el día de la fiesta de la Sagrada Familia, se hace presente. Y Él nos habla al corazón. Y Él nos dice dónde está la fuerza de una familia cristiana, y de un matrimonio: en acoger de verdad a Jesucristo, en descubrir dónde está la verdadera belleza y la alegría verdadera. En ese Jesús que ahora, juntos, vamos a recibir. Proclamemos la belleza de la familia en nuestra Iglesia diocesana, en los lugares donde estamos, donde trabajamos, donde vivimos... Hagamos todo lo que sea necesario para hacer ver, en este mundo, la belleza que tienen el matrimonio cristiano y la familia cristiana. Y en eso, hermanos, no valen teorías. Valen familias que viven, y viven según Cristo. Esto es lo que sucedió en el inicio mismo de la Iglesia: hogares, familias domésticas que, cuando otros las veían, decían: «Yo como esos, yo quiero ser como esos». Construyamos esta belleza. Que así sea.

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