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Viernes, 09 diciembre 2016 11:22

Cercanía y oración del Papa con Indonesia

Hermanos y hermanas:

¡Qué día más grande y más importante para los cristianos! Hoy hacemos memoria del ser humano al que Dios mismo adornó con la belleza más grande. ¿Dónde está esa belleza? En haberla llenado Dios de plenitud; en haber dispuesto un ser humano que, limpio de todo pecado, lo acogiese en este mundo y le diese rostro humano. No podía ser de otra manera. Por eso, Ella es la «llena de gracia», la que vive la plenitud que un ser humano puede y debe tener. En Ella y a través de Ella la humanidad descubre cómo decir «sí» a Dios. Trae una manera nueva, absolutamente nueva de construir este mundo, de relacionarnos los hombres, de mostrar la belleza verdadera de todo ser humano: ser imagen y semejanza de Dios. María es la mujer que muestra con su vida que podemos hacer de la misma un «cántico nuevo», donde descubrimos la Verdad que busca todo ser humano, el Camino que todos deseamos encontrar y que nos lleve a buen puerto, donde tenemos la Vida que todos necesitamos. Y todo ello lo tenemos en Jesucristo, su Hijo, Nuestro Señor. Aquel que nació en Belén, cuyo nacimiento celebramos ahora en Navidad y recordamos que va a volver.

En María vemos las maravillas que hace Dios con la criatura humana, la victoria que alcanza el ser humano cuando se pone en manos del Señor. En Ella se revela la justicia de Dios que va más allá de toda justicia humana, pues la sobrepasa con su misericordia y su fidelidad. Dios nos quiere incondicionalmente y mantiene su fidelidad eternamente. No es extraño que la vida de la Santísima Virgen María, en esta advocación de la Inmaculada Concepción, se convierta en un himno que es preciso que contemplen todos los hombres para ver las consecuencias que tiene acoger a Dios en la vida y en la historia. María es muestra viva de la victoria de Dios, propuesta de aclamación, grito de salvación, llamada a vitorear y tocar la presencia de Dios entre los hombres (cfr. Sal 97).

Después de escuchar la Palabra de Dios, ¿qué es lo que el Señor nos quiere decir a través de la Inmaculada Concepción?:

1. Nos hace una pregunta: ¿dónde estás y que es lo que has hecho? Es la misma pregunta que hizo a Adán y Eva. Observemos su respuesta después de haber abandonado el proyecto de Dios: viven desde sí mismos y por sí mismos, desnudos, a la intemperie, al arbitrio de sí mismos, y con miedos tremendos. Pero esta pregunta se la hizo Dios a María y tuvo otra respuesta. Ella se ha abierto totalmente a Dios, es para Él. Quiere ser recipiente que contenga y dé a conocer lo que Dios quiere del hombre. Hoy vamos a atrevernos a que Dios nos haga esta pregunta y a dejarnos iluminar por la Inmaculada Concepción. ¿Dónde estás? ¿Qué haces? Contemplemos la vida y el mundo. Vivimos cambios profundos y acelerados, un desarrollo científico que, en estos últimos cincuenta años, ha llegado a cotas que en siglos no se habían alcanzado, pero también se da al mismo tiempo un desprecio a la vida. No hace falta ir muy lejos para verlo, pensemos que en la última guerra mundial hubo unos 50 millones de muertos y 50 millones de desplazados. Observemos que, en este siglo que hemos comenzado, como dice el Papa Francisco, vivimos una tercera guerra mundial por partes: matanzas, masacres administrativas, desplazamientos, violaciones de los derechos humanos... ¡Qué bueno que esta mujer, Madre de quien nos ha revelado el Camino del hombre, su verdadera Verdad, nos provoque en días previos a la Navidad! Sí, a que nos hagamos las preguntas que Dios hizo a nuestros primeros padres. ¿Dónde estás como persona y como responsable de una familia, de los destinos del pueblo, de la cultura, de la enseñanza, del bien de los demás, de salvaguarda de todos los derechos humanos? ¿Qué has hecho con los niños, con los jóvenes, con las familias, con los ancianos?

2. Nos conquista el corazón: ¿para qué estás en el mundo? Atrévete a mejorarlo, ¿por qué no lo haces como María? ¡Cuánto nos quiere Dios! En el Hijo de María e Hijo de Dios, nos ha bendecido. Es la persona de Cristo la que nos ha llenado de bienes que podemos regalar a los hombres. ¿Eres consciente de que has sido elegido, conquistado y destinado a ser santo, es decir, a dar rostro humano a Dios? En la persona de Cristo nuestro destino es ser y vivir como hijos de Dios, y, por ello, como hermanos. ¿Qué nos pasa para no saber lo que nos pasa? ¿Qué nos pasa para no ser capaces de vivir como hermanos? ¿Qué nos sucede para no construir la fraternidad? ¿Qué medidas han entrado a nuestra vida que no respetamos los derechos humanos más elementales que además hemos reconocido? Tiene que llenarse esta tierra de la gloria de la gracia de Dios. Y la llena de gracia nos ayuda, siempre está a nuestro lado. Es nuestra Madre.

3. Nos propone un modo de vivir: ¡Vive dándome la mano! ¡Deja que te acompañe! ¿Qué modo de vivir nos regala María? Es una manera de vivir singular, única. Haz la prueba de dejarte guiar por María. ¿Qué hijo no se deja guiar por su Madre? Esta propuesta tiene tres etapas: 3.1) Permiso: Como María da permiso a Dios para que pueda entrar en tu vida. Dios no entra sin más, pide permiso. María te enseña a ver cómo dio Ella permiso a Dios para entrar en su vida. El ángel, en nombre de Dios, la visita y le dice: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Y María dio permiso para que Dios entrase en su vida. Lo mismo tú. Dios te quiere, te ama. Déjale entrar, alégrate del amor que te tiene, prueba a abrir tu vida a Dios. Él no atormenta ni impone, pide permiso. 3.2) Conversación: no te impongas un silencio a tu vida que es dañino; el ser humano es diálogo, es encuentro. Deja que te pregunte, conversa, no temas, no te roba; al contrario, te enriquece, acepta su regalo que es su persona. La Virgen te manifiesta por propia experiencia que «nada es imposible para Dios». 3.3) Rostro: sé rostro de Dios en este mundo. Los rostros que damos los hombres ya sabemos lo que traen: son impositivos, crean distancias, dividen, discriminan, crean y hacen descartes. Atrévete a cambiar esta historia de verdad. Por ti mismo no podrás y te cansarás. Con Dios lo puedes todo. María te impulsa a regalar y poner la vida a disposición de Quien la da, la mantiene y crea comunión entre los hombres. Ella dijo: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Haz lo mismo, seamos valientes y audaces. ¿O es que la propuesta de ser hermanos y de hacer una casa común para todos no merece la pena? Ello solamente se puede hacer siguiendo a una Persona: Cristo. Él no es una idea. Síguelo.

El mismo que nació en Belén de María Virgen, el mismo que murió y resucitó, ahora en este altar se hace presente realmente en el misterio de la Eucaristía. Demos siempre de Él y a Él. Amén.

Miércoles, 07 diciembre 2016 15:16

Arranca la XX edición de Expoclausura

Homilía Carlos Osoro Vigilia Oración jóvenes catedral Almudena (4-11-2016)

...Discípulo a quien tanto quería. Un muchacho joven, muy joven, además, el Señor tuvo una confianza total con él. La prueba de esa confianza fue que le dijo «Ahí tienes a tu madre, a lo que más quiero». Y a la madre le dijo « Ahí tienes a tu hijo».

Yo quiero querer a los hombres, pero les quiero en quien me ha manifestado, también, durante la vida, un cariño y una fidelidad total y absoluta.

Cuando esta tarde llovía, pensaba para que mí en quienes habrá esta noche... Pero antes de comentaros la palabra del Señor, quiero deciros gracias porque el Señor se vale de signos para que me siga fiando de vosotros, de los jóvenes. Entre otras cosas porque así lo hizo el Señor y porque vosotros demostráis y mostráis esa fidelidad a Jesucristo, e incluso a pesar del tiempo. Gracias.

Acabamos de escuchar esta palabra que el Señor nos regala, que quizá seria de esas paginas que pasamos de largo, porque aparentemente habla de resurrección, de vida... Pero os quiero dar tres palabras para que entendamos lo que hemos dicho: morir, resucitar y anunciar. Esto es lo que nos ha dicho el Señor en lo que nos acaba de decir a través de su Palabra. El gran fracaso del hombre es morir, el gran drama del ser humano es que se crea y crea, como los saduceos –que no creían en la resurrección–, que su fin termina el día que dejan de respirar en este mundo. Que nadie puede hacer nada por ellos. Es un drama tremendo del ser humano. Lo que ha querido uno a las personas que ha tenido a su alrededor, lo que ha luchado por ellas, lo que ha participado en su vida, en la construcción de su vida... que esto sea un fracaso y termine, y sea un absurdo la vida... Vivir desde sí mismo es lo que nos lleva siempre el morir.

Pero esta noche el Señor nos reúne aquí, a todos nosotros, Él presente realmente en el misterio de la Eucaristía, para decirnos que el hombre no tiene fracaso, que ha triunfado el hombre; este Dios se hizo hombre y venció a lo que es el fracaso del hombre, que es la muerte. Él resucitó y, frente a los saduceos que hacían esas preguntas absurdas, en definitiva para entretenerse y no entrar de lleno en lo que es el problema y el drama del ser humano cuando no está abierto a Dios, Jesús, frente a ellos, les responde con otras palabras que no tienen nada que ver con la muerte: con la palabra resucitar, resurrección.

El triunfo del hombre está en el triunfo de este Dios que hoy adoramos en el misterio de la Eucaristía y que se ha hecho hombre, igual que nosotros, que ha pasado entre nosotros como uno de tantos, por todas las situaciones que un ser humano puede pasar; desde nacer en la pobreza más grande, no le dejaban sitio en este mundo, y nació en Belén de Judá. Se enteraron en principio solamente unos pobres que vivían a cielo raso, no tenían casa pero, al enterarse, vinieron a adorarlo.

Este Dios que se ha hecho hombre, que ha sido maltratado, que ha sido descartado por muchos; y, sin embargo, Él ha muerto por amor a todos. La fuerza del Dios en quien creemos y que nos reúne aquí, a nosotros, esta noche, es la fuerza de un Dios que ama a todos, sin excepción. Un Dios que no quiere cambiar este mundo matando o muriendo, y un Dios que desea cambiar esta tierra y este mundo con vosotros, resucitando y regalándonos a nosotros su vida, su resurrección.

Los que estamos aquí no somos unos fracasados, no somos unos hombres y mujeres que queremos vivir desde nosotros mismos y por nosotros mismos. Somos unos hombres y mujeres que queremos vivir en comunión de vida con Aquel que nos ha dado la vida verdadera, el triunfo del hombre, y decírselo a todos los hombres: que este mundo se cambia, no muriendo, sino viviendo, resucitando; no matando, sino dando vida; haciendo posible que los hombres todos experimenten en su corazón la resurrección. Vivir desde Dios, sí, desde su amor, de su entrega, de su fidelidad, de su servicio, de su perdón, de la fuerza contagiosa que tiene, el crear fraternidad, el crear y dar esperanza en este mundo. Morir primero, resucitar, esto es lo que nos entrega Jesucristo.

En tercer lugar, nos invita a anunciar, a anunciar a un Dios que es de vivos y no de muertos, a un Dios que vive y que nos hace vivir. Porque, ¿qué es vivir, queridos amigos? No solamente respirar es dar posibilidades de que otros respiren, es dar posibilidades de que otros tengan, incluso más de lo que yo tengo. Es hacer posible que los otros que están a mi lado experimenten que se les ama, que se les quiere, que se les da vida. No os podéis imaginar todo lo que significa esto.

El día de los difuntos después de celebrar la misa aquí en la catedral, me fui a celebrar la misa con la gente que está por el centro de Madrid, que viven en la calle, que no tienen lugar donde asentarse, para rezar por aquellos, les decía yo, que nadie se acuerda de ellos, que murieron solos, que murieron a veces a la intemperie, que ni el que estaba a su lado se daba cuenta de que moría. No os podéis imaginar lo que agradecen esos de los que nadie se acuerdan, el que se rece por ellos. No os podéis imaginar lo que son vuestras vidas y lo que serán vuestras vidas, de hombres y mujeres que participáis en la resurrección de Cristo, regalando la presencia del Dios vivo, de ese Dios que se acerca a los hombres, que les entrega aliento, amor, cariño, posibilidades de ser más, que les da la mano para levantarse, que les da incluso su asiento para que se asienten, que les hace un hueco en su casa, que les hace un camino en este mundo para que puedan vivir.

Anunciar, queridos amigos, anunciemos a Jesucristo, a este Jesús que esta noche se acerca a nosotros, a este Jesús que hace un instante, nos decía el Evangelio que acabamos de proclamar, se acercaron a Jesús unos saduceos que niegan la resurrección. Negar la resurrección es negar la verdad del ser humano, es negar la realidad viva de que todo ser humano es imagen y semejanza de Dios, Cristo resucitado para hacernos ver a nosotros que somos su imagen, teniendo obras también en la vida, entre los demás. Anunciemos a este Dios que vive y nos hace vivir.

Queridos jóvenes, en este mes de noviembre, que la Iglesia recuerda a los fieles difuntos, en este mes que nosotros celebraremos dentro de unos días la fiesta de Nuestra Señora de la Almudena, de nuestra Madre, en este mes de noviembre, el Señor en esta oración del primer viernes de mes nos invita a desterrar el fracaso del hombre, a acoger el triunfo del hombre que tenéis vosotros. Sois bautizados, tenéis la vida del Señor, tenéis en propiedad la resurrección de Cristo, pero vivid según la propiedad que tenéis y la riqueza que tenéis. Vividla, en la entrega, en el servicio, en la donación, en el poner la vida a disposición de los demás. Esto es anunciar a Cristo, esto es querer lo que esta noche todos vosotros creéis, en el Dios vivo y verdadero que se nos ha manifestado en Jesucristo.

Adoremos a este Dios, dejemos que entre en nuestro corazón, que ocupe nuestra vida; hagamos la revolución no de la muerte, que es fácil hacerla, sino de la vida, de la resurrección, en la que todos cuentan, todos los hombres sin excepción. Y si encontramos por el camino a alguien que no tiene experiencia de esa vida, que por la nuestra, por el modo de vivir que tenemos, le contagiemos las ganas de vivir en la resurrección. Vivid este mes así.

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