Querido don Juan Antonio, obispo. Excelentísimo Cabildo catedral. Vicarios episcopales. Queridos seminaristas. Hermanos y hermanas todos en Nuestro Señor Jesucristo.
La Iglesia hoy comunica a la humanidad algo excepcional: un tiempo nuevo. Comenzó con la resurrección de Jesucristo, con el triunfo de Cristo, con rostros vivos, con la vida del Señor. Como la que tenéis vosotros, queridos hermanos y hermanas. Con rostros vivos y llenos de misericordia en el amor mismo de Dios. Esta es la gran revolución y la gran manifestación que Dios nos hace a todos nosotros.
Qué fuerza tienen las palabras del Evangelio que acabamos de escuchar. Primero, María Magdalena, que ve la losa quitada del sepulcro. Después, Simón Pedro y el discípulo a quien tanto quería Jesús, Juan, van al sepulcro y vieron ciertamente lo que les dijo María Magdalena. Pero habéis visto lo que sucede... Entran, y nos dice el Evangelio: «vieron y creyeron». Allí estaban las vendas tiradas por el suelo, y el sudario con el que habían cubierto la cabeza del Señor enrollado en un sitio aparte. Este sudario, hermanos, me recuerda a mí siete años vividos como arzobispo de Oviedo y que se conserva en la Cámara Santa, según la tradición y según los estudios que se han hecho. Este sudario que cubrió el rostro del Señor, en el que durante siete años pude bendecir a quienes se acercaban, en los momentos en los que se podía realizar esta bendición.
Hermanos: qué maravilla. «Este es el día en que actuó el Señor», hemos cantado hace un momento, «esta es nuestra alegría». Este es nuestro gozo. El gozo del triunfo de Cristo, el gozo de la resurrección, el gozo de algo nuevo que ha venido a este mundo y a esta historia, el gozo de la misericordia, el gozo incondicional del amor que Dios nos tiene a todos los hombres, el gozo de que la fuerza y el poder son de Jesucristo. El Señor tiende su mano excelsa y no morimos, vivimos, porque deseamos contar las hazañas del Señor.
Esto es, queridos hermanos, lo que hemos cantado. Y mirad esta experiencia que tienen los discípulos del Señor. Nos decía hace un momento el libro de los Hechos de los Apóstoles, el texto que hemos proclamado, cómo los apóstoles salieron diciendo a todos los hombres, y a nosotros también, y por ellos estamos nosotros aquí: nosotros somos testigos de todo lo que hizo Jesús en Judea y en Jerusalén, somos testigos de su muerte, y somos testigos de su triunfo, de su resurrección; y nos ha encargado predicar al pueblo dando testimonio de que Dios ha nombrado a Jesús juez de vivos y muertos. Y de ese grupo, hermanos, somos todos nosotros.
Como nos decía hace un instante, también, el apóstol Pablo en la Carta a los Colosenses: «habéis resucitado con Cristo». Tenemos la vida de Cristo, queridos hermanos. Hemos muerto, pero nuestra vida es la de Cristo. Hemos resucitado. Aspiremos, como nos dice el Señor, a entregar los bienes de arriba: la bondad, la misericordia, la paz, la entrega, la libertad verdadera que comienza con la libertad religiosa de poder vivir esa experiencia que tiene todo ser humano en lo más profundo de su corazón, esa dimensión trascendente que no se puede ocultar, que busca permanentemente, y que nadie puede impedir que se viva esta experiencia, hermanos, porque es el signo mayor de la libertad del ser humano.
La vida cristiana tiene su origen en la Pascua, en el triunfo de Cristo. La resurrección de Cristo funda la fe cristiana; en ella está la base del anuncio del Evangelio, hace nacer a la Iglesia. Queridos hermanos: la Iglesia hoy sigue comunicando a la humanidad lo que anoche, en la Vigilia Pascual, también escuchábamos en el Evangelio cuando nos decía: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?». ¿Por qué buscáis la felicidad, por qué buscáis el estar a gusto en la vida de una manera que nunca, nunca, va a llegar? Buscadla en Cristo. Hermanos: anunciemos esto a todos los hombres, no con palabras, sino con nuestra vida, buscando y viviendo, como nos decía el apóstol hace un instante, los bienes de arriba.
Os invito a asumir un modo pascual de vivir.
En primer lugar, salgamos de nosotros mismos. Ser cristiano, hermanos, significa recorrer los caminos de nuestra vida permaneciendo con el Señor, compartiendo su camino y su misión, hablando a todos los que nos encontremos por el camino sin distinción: a los pequeños y a los grandes, a los ricos y a los pobres, a los poderosos y a los débiles, a los pequeños y a los grandes; pero siempre, hermanos, curando, sanando, consolando, entregando la vida de nuestro Señor Jesucristo.
Hay que llevar la presencia viva de Jesús; hay que llevar su misericordia, como nos invita el papa Francisco durante este regalo que nos ha hecho a la iglesia en este Año de la Misericordia. Misericordia que no es un absurdo, que no está reñida con la verdad; al contrario, hace verdad cuando la recibe el ser humano. Cuando recibimos la misericordia de Dios nos situamos en la verdad, porque el abrazo de Dios nos sitúa en la verdad de nuestra vida, y cambia nuestra vida. Salgamos de nosotros. Esta es una primera manera de vivir a modo pascual, como nos regala el Señor.
En segundo lugar, vamos a caminar. Salgamos a donde están los hombres, evangelicemos queridos hermanos. No seamos una iglesia que está encerrada en sí misma, que se guarda para sí misma. La Iglesia del Señor camina por la historia. Lo hace junto al Señor, sabe que la acompaña nuestro Señor, no tiene miedo a nada porque el Señor siempre está con nosotros.
Hermanos: no somos islas, no caminamos solos. Nos ha acogido Cristo, y Él mueve nuestra vida. Su vida está en nuestra vida. Se nos ha regalado el día de nuestro Bautismo. Caminemos juntos, colaboremos unos con otros, ayudémonos todos mutuamente, sepamos pedir disculpas, reconocer también nuestros errores; no provoquemos divisiones, no hagamos un pueblo que se rompa; sepamos pedir perdón, utilicemos y vivamos esta palabra que hemos olvidado, queridos hermanos. Esta cultura ha olvidado la palabra perdón. Y por eso nos cuesta unirnos. Hay incapacidad por nuestras propias fuerzas.
Y mientras caminamos por el camino de los hombres, conoceremos y nos conocerán, podemos contar que Cristo ha resucitado, podremos compartir la vida de Cristo, crearemos esa gran familia de los hijos de Dios de la que tiene necesidad este mundo. ¿Qué hago yo para caminar juntos?. En esta Pascua es importante que nos lo preguntemos: ¿qué hago yo para caminar juntos como familia? ¿Qué hago yo para caminar juntos en mi ciudad, en mi barrio en mi pueblo, entre mis amigos? ¿Qué hago yo? ¿Qué hago yo para caminar juntos con otros que no son igual que yo? ¿Lo retiro de mi vida? ¿Es que eso es lo que hace Dios? ¿Es que eso es lo que ha hecho Jesucristo?, ¿Es que eso es lo que nos ha enseñado Jesucristo?. No, hermanos. Él nos pide que miremos a todos, que veamos las heridas de todos los hombres, que llevemos su vida en nosotros, para curar, para sanar. Caminemos en los caminos donde están los hombres, pero evangelizando, entregando la noticia de la Resurrección.
Y, en tercer lugar, hermanos, caminemos con la fe y con la alegría de nuestra Madre Santísima la Virgen María, la que vivió esta Pascua con fuerza, la que acompañó a los apóstoles hasta que el Señor resucitó, la que les acompañó también hasta que vino el Espíritu Santo y les hizo salir del solar de Palestina para anunciar el Evangelio a todos los pueblos. La fe de María desató el nudo. El pecado hace nudos, queridos hermanos, y esos nudos los hizo Eva con su falta de fe, pero María desató el nudo con su fe cuando dijo a Dios: «aquí me tienes, Señor. Hágase en mí según tu Palabra». Tengamos esta fe de María.
Conocemos y nos hemos encontrado con Cristo, que es la verdadera alegría, por la fe de María. La fe, hermanos, siempre, siempre, lleva alegría, en todos los momentos, aún en más duros y difíciles. La fe nos dice que no está nada perdido, que al ser humano lo salva Jesucristo.
Nos acogemos a la intercesión de María, y a la alegría de María, queridos hermanos. Nos acogemos a aquellas palabras del Señor: yo hago todas las cosas nuevas. Acojamos al Señor. Se hace realmente presente ahora en el misterio de la Eucaristía. El Resucitado está con nosotros. Acojámoslo como lo acogió nuestra Madre: con fe, con alegría, y sabiendo que Él pone todo lo necesario en nuestra vida para que, como los primeros, salgamos diciendo lo que en este día hemos de decir: Cristo ha resucitado. Aleluya. El triunfo del hombre está en Cristo, y el triunfo nuestro está en Cristo. Y lo que reúne hoy nuestras vidas, y lo que nos reúne en comunidad es Cristo nuestro Señor. No es una idea. Es una persona que realmente se hace presente entre nosotros ahora. Amén.
La Iglesia comunica hoy a toda la humanidad lo mismo que hicieran hace XXI siglos los primeros discípulos del Señor: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?» (cfr. Lc 24, 1-11), y la experiencia vivida por María Magdalena cuando fue al sepulcro y vio la losa quitada y echó a correr, a donde estaba Pedro y el otro discípulo a quien tanto quería Jesús, para decirles: «Se han llevado del sepulcro al Señor». Ellos salieron camino del sepulcro y, entrando Pedro, vio las vendas en el suelo y el sudario con el que le habían cubierto la cabeza enrollado en un sitio aparte; y después entró Juan y «vio y creyó». Desde entonces, la Iglesia canta y anuncia con todas sus fuerzas, en todos los lugares de la tierra, con obras y palabras, así: «¡Cristo ha resucitado, aleluya!». Que este clima festivo, esta realidad y estos sentimientos abarquen el arco de nuestra existencia.
La vida cristiana tiene su origen en la Pascua. La Resurrección de Cristo funda la fe cristiana, está en la base del anuncio del Evangelio y hace nacer a la Iglesia. ¡Qué fuerza tienen las palabras de Pedro! «Nosotros somos testigos de todo lo que hizo [...] lo mataron [...] Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver [...] Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio» (cfr. Hch 10, 34a. 37-43). ¡Qué hondura adquiere, para esta humanidad, el saber que la vida verdadera tiene su origen en la Pascua, en la Resurrección de Cristo, que nos incorpora a su Muerte y Resurrección!
La Resurrección de Cristo, nos hace ver los siete días de la creación de una manera absolutamente nueva:
Ser cristianos significa vivir de modo pascual. Significa que tenemos que entrar con todas las consecuencias, implicándonos en el dinamismo originado por el Bautismo, que lleva a morir al pecado para vivir con Dios. ¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón! Toda nuestra fe se basa en la transmisión constante y fiel de esta buena nueva, que requiere la labor de testigos entusiastas y valientes, con vidas vivas y activas. Cristo es quien nos vivifica y nos hace hacer lo mismo que a los primeros: «Salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con señales que la acompañaban» (cfr. Mc 16,20).
Os invito a asumir el vivir este modo pascual, que tiene como centro a Cristo en tres manifestaciones:
1. Salir de nosotros mismos: Ser cristiano significa seguir a Jesús, recorrer los caminos de nuestra vida permaneciendo con Él, compartiendo su camino y su misión. Hablando a todos los que nos encontremos por el camino sin distinción, a los pequeños y a los grandes, a los ricos y a los pobres, a los poderosos y a los débiles, pero siempre curando, consolando, dando esperanza. En Cristo descubrimos que Dios no esperó que fuéramos a Él, fue Él quien vino a nosotros sin cálculos, ni medidas. Todos los hombres pueden decir «me amó y se entregó por mí». Sí, «por mí», pero para que fuésemos como Él, saliendo a todas las periferias existenciales, hacia los más olvidados y necesitados. Hay que llevar la presencia viva de Jesús misericordioso y rico en amor. Entremos en la lógica de la Resurrección. Por el Bautismo hemos entrado en esta lógica.
2. Caminar y evangelizar: Formamos parte de un pueblo en camino; camina por la historia y lo hace junto al Señor y con la vida del Señor. No somos islas, no caminamos solos, vamos con todos los que han acogido a Cristo y mueven su vida con su Vida. No puede haber cerrazón de unos a otros, sino la apertura a Dios que nos abre a todos. Caminamos juntos, colaboramos unos con otros, nos ayudamos mutuamente, sabemos pedir disculpas, reconocemos nuestros errores y las divisiones que provocamos y hacemos que el pueblo se rompa, pero sabemos pedir perdón. Somos un pueblo que caminamos unidos, sin evasiones hacia delante o hacia atrás, sin nostalgias del pasado. Y mientras caminamos nos conocemos, nos conocen, nos contamos, compartimos, crecemos como una gran familia. ¿Cómo caminamos? ¿Qué hago para caminar juntos? En el camino no estéis tristes, ni desanimados. Tomad conciencia de la presencia del Señor, va con nosotros. Nos pide que miremos a todos y que veamos las heridas, que llevemos su vida en nosotros para curar a todos. Él y su Vida en nosotros, nos hace abrazar con amor a todos.
3. Con la fe, la alegría y la intercesión de María: La fe de María desató el nudo del pecado: «Hágase en mi según tu Palabra». Lo que ató a Eva por su falta de fe, lo desata María con su fe. La fe de María trae a la Alegría, trae a Jesucristo verdadera Alegría, le da rostro humano. Conocemos y nos hemos encontrado con Jesucristo, verdadera Alegría, por la fe de María. La fe siempre lleva a la alegría, por eso María es la Madre de la Alegría, nos hace ver dónde está el triunfo del hombre. Nos acogemos a la intercesión de María, deseamos caminar con quien convierte aquella cueva de Belén en hacer ver a los hombres el inicio de la ternura y de la misericordia que culmina en la Resurrección de Cristo. Tengamos el estilo mariano de salir de nosotros, de caminar y de vivir la fe y la alegría.
Quien dijo: «Yo hago todas las cosas nuevas», se hace realmente presente ahora en el Misterio de la Eucaristía. El Resucitado entre nosotros. Acogedlo hermanos. Amén.
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