Es maravilloso el comprobar que las cosas que dice la Palabra de Dios es tan verdadera que se sigue cumpliendo. Nos decían que los apóstoles vieron otra cosa: «Abrid bien los ojos y veréis lo que os digo. Me gustaría que mirarais a derecha e izquierda, que os dierais cuenta de lo que hay a vuestro alrededor ahora mismo. Nos damos cuenta de lo que hay porque hoy estamos acostumbrados a estar en nuestras comunidades, parroquias, a ver quizás siempre las mismas caras, pero hoy salimos para encontrarnos con otros.
Esto es mejor que ver una película de estreno o un espectáculo, porque lo que hoy se trata es de mirarnos unos a otros de otra manera. Nos reunimos para orar, abrir el corazón y dejarnos abrazar por María. Pero siempre mirándonos unos a otros y comprobando que tenemos cara y nombre, cada uno de los que hemos venido aquí. No venimos para mirar al cielo y ya está y ahí intentar encontrar a María.
Si venimos es para ser capaces de mirarnos entre nosotros. Esta es la asamblea que esta tarde nos hemos reunido, el grupo de los que, en medio de Madrid, caminamos como creyentes y como os digo no es un ente anónimo. Tenemos los nombres y apellidos y la historia de cada uno de los que estáis aquí. Somos como aquellos apóstoles que tenían nombre también a los que Jesús llamó y que «volvieron juntos a Jerusalén», hemos escuchado.
Así quería que estuvieran Jesús: juntos y caminando a Jerusalén. Hoy exactamente no vamos a Jerusalén, sino que vamos a nuestro Madrid: con sus historias y sus peculiaridades.
Cuando los cristianos - los primeros cristianos de Madrid - tuvieron que caminar juntos lo primero que notaron es que necesitaban a María y cuando notaron que caminaba con ellos, la pusieron un nombre y la llamaron con un nombre árabe. Almudena es un nombre femenino que proviene del árabe que significa “ciudad pequeña, fortaleza, castillo inexpugnable”. Esas condiciones, con la lengua que tenían en su paso, los cristianos de Madrid se la aplican a María. Con el nombre nos dan una idea de cómo nace la devoción de María en Madrid.
También la palabra Almudena significa la religiosa, la que sigue firme en la fe y ese es el nombre con el que hoy, después de muchos siglos, seguimos invocando a María y recogemos hoy también esas cualidades.
Pero ahora queridos amigos es nuestro turno: no simplemente de refugiarnos en el pasado ni ver una bonita historia sino es el turno de caminar juntos y de pedirle a la Virgen que nos explique cómo vivir esta fortaleza y cómo puede ser ella nuestro refugio y cómo ella es la que nos puede defender.
Lo primero que nos dice esta tarde es que en un mundo donde nos cuesta ver a Dios, María nos dice que Dios está y es cercano, pequeño y concreto. Para ella Dios no era una idea o un sentimiento, ella cambia su vida realmente y ofrece lo que Dios le da: un niño, un joven de Nazareth. Ella por lo tanto esta noche nos puede ayudar a reconocer a Jesús y ver que Él es real y se hace carne.
Ella esta noche llama a la puerta de cada uno de nosotros y nos deja escuchar a Dios que dice lo mismo que a ella: «¿Me dejas actuar en ti?» Dios siempre pide permiso y esta noche, que Dios te ha traído aquí, quiere hacerte una pregunta: «Me dejas realmente que yo actúe en ti o no me dejas? ¿Dejas que la esperanza y la alegría que necesita nuestro mundo entre a través tuyo?». ¿Me dejas que Dios, que está aquí, se muestre a través tuyo?
Sí, Dios esta noche nos pide permiso para entrar en Madrid, en tu casa, en tus problemas, como María que se deja llenar por Él y dice que sí y así Jesús entra en Madrid. Pero no te olvides, eres una pieza fundamental como lo fue María. ¿Te atreves a decirle que sí? ¿Te atreverías a pensar por un momento por dónde ha pasado Dios, pequeño, cercano y concreto últimamente en tu vida? Porque María lo tenía allí delante y lo aprendió a reconocer.
No olvidéis, en vuestras reuniones, grupos y oraciones, aprender a descubrir por dónde pasa Dios porque todo lo demás será ir a sitios que Dios no está interesado en llevarnos. Aprended a reconocer a Dios y en primer lugar con vuestro sí. María esta noche nos enseña a dar ese paso.
Cuenta la tradición además que María, cuando fue escondida en una vieja muralla, estuvo encerrada en un muro muchos años fue la protección que los fieles católicos de Madrid, cuando peligraba la integridad de la imagen, la que plantearon. Dicen que cuando las generaciones posteriores ya buscaron a María no la encontraron y no sabían dónde la habían dejado. Y nos dicen que cuando el grupo de cristianos la buscaban y hacían oraciones para ellos, en un día de inundaciones y tormenta, se cayó parte de la muralla y allí abajo, en ese desastre, apareció la imagen de la Almudena, iluminada para dar luz a los madrileños desde entonces hasta ahora.
Sí, necesitamos ahora más que nunca, como aquellos, gente que busque a María, peregrinos de esperanza, y necesitamos convertir nuestras comunidades, parroquias, grupos, ámbitos de reflexión y de vida cristiana, en lugares que no tengan murallas porque a María no le gustan y no se le reconoce cuando la muralla está subida.
María nos llama a construir grupos y comunidades que tiren murallas, que nuestros grupos se abran a todos los que están cerca y lejos. Que nunca nos cerremos. Así no se ve a María ni la tendremos cerca. Ella vendrá si la buscamos juntos, no en grupos, juntos, como estamos ahora. Porque ella es creadora de Iglesia y comunidad. Ella encontró una comunidad fraccionada, como la de los discípulos perdidos y desilusionados, y como Madre fue aglutinándolos y animándolos.
Ella se hace visible en cuanto hemos roto muros y hemos venido aquí. Ella se hace visible a todos nosotros y como Madre se hace hogar como esta Iglesia y catedral. Se hace hogar para que la reconozcamos: María quiere que vengamos a su casa y María quiere que a vuestros amigos la traigáis a casa. Está esperando vuestro sí para traer a vuestra gente a casa. Sí, a su hogar, que es este y es la Iglesia. Traedlos a casa. Traed a casa a la gente que puede estar perdida, a vuestros amigos que pueden estar desilusionados.
Y cuando estéis vosotros pasando una mala racha, dejad que otros os traigan a casa, como posiblemente haya pasado esta noche. Porque María quiere que sus hijos estén en casa. Madrid necesita jóvenes creyentes que digan que sí y no simplemente se queden mirándose el ombligo, sino que traigan otros a casa.
Las parroquias, los arciprestazgos, la Iglesia, necesita que nos ayudéis vosotros a hacernos fuertes, no en nuestros muros, sino en tirar murallas, en crear espacios nuevos. Ayudadnos por favor. Por vuestro sí, ayudar a la Iglesia de Madrid a caminar juntos. A no edificar muros, ni siquiera entre nosotros. Ayudadnos a visibilizar este encuentro que tenéis esta tarde.
Con María aprendemos también algo especial: ella necesita que, a este Madrid, que todavía la busca, que derribemos enfados, polarizaciones, enfados, descalificaciones y nuestras pequeñas o grandes batallas. Ella, que tiene un nombre árabe, nos ayuda a valorar la diversidad y nos recuerda que cada hijo suyo es distinto y que nuestro mundo, nuestros barrios, vuestros amigos están llenos de semillas de Dios.
La diversidad no es mala, es necesaria, y María lo sabe bien. Rompamos los muros de las ideologías, de las diferencias que nos separan, las polarizaciones y vivamos, como lo habéis hechos en tantos momentos de la vida diocesana, con una única misión. Y si lo vivimos así, María hoy nos coloca en un momento especial y nos dice “ahora sí, id con mi Hijo”. Si vamos juntos, iremos detrás de Jesús, pero donde Él nos lleve, no donde queramos ir nosotros.
En estos días estamos viviendo el doloroso recuerdo de todos los que han sufrido esta catástrofe natural y nos recuerda que no lo controlamos todo y que no dominamos la naturaleza. Una catástrofe que ha dejado muertos, familias y mucho dolor. Ver la fuerza devastadora del agua nos tiene que llamar la atención e interrogarnos sobre muchas cosas, pero también nos hace ver, en medio del desastre, el valor de la generosidad, de la entrega, de la oración y nos dice que solo se sale de estas cosas juntos y de forma solidaria.
Muchas veces sois vosotros los jóvenes los que lleváis la batuta de la solidaridad y que tendréis que enseñar muchas cosas a nuestra sociedad. No lo controlamos todo, pero sí podemos solucionar las catástrofes a golpe de solidaridad y amor.
Cuando vemos a personas anegadas por el agua o el barro nos recuerda aquello que se vivió el hombre con el diluvio, que no fue una condena de Dios, sino una oportunidad para estrechar las raíces y el destino comunes de la humanidad. Cuantos jóvenes manchados de barro y cuanta gente buena como María acuden ahora a ayudar y a consolar a los que lo han perdido todo.
Igual tú seguro que estos días has rezado y has hecho ayuda. María, Virgen de la Almudena, danos un corazón nuevo que aprenda a dar lo que nuestro mundo necesita, que no nos encerremos en nosotros mismos ni en nuestros muros. Que seamos capaces de tirar murallas y de mostrar lo mejor que tenemos, el estar juntos. La Palabra de Dios se cumple: esa que hemos escuchado no es un estreno ni es un texto antiguo, se cumple aquí esta tarde porque estáis aquí vosotros. Hoy Dios se hace cercano, concreto y pequeño por el sí de cada uno de vosotros.
Gracias a la Virgen de la Almudena y a cada uno de vosotros. Gracias porque de verdad hacéis posible que Dios siga entre nosotros. María os sigue necesitando , seguid adelante y dejaos ayudar por el Espíritu que es lo que esta noche, como ella, nos ayuda a decir que sí.
¿Qué es lo que tú, o tu comunidad, ofrecéis y ofrecemos para que la Iglesia sea Iglesia? Dios no espera recibir lo que son sobra, sino aquello que nos falta.
Por eso hoy, en concreto la Palabra de Dios, nos pone un modelo que coincide en dos mujeres desprovistas de todo: de dinero, de honor y de defensa. Las viudas de las lecturas de hoy además de su pobreza tienen algo en común. Ninguna de ellas ha perdido la fe y ninguna de ellas ha perdido la confianza en Dios. Precisamente eso es lo único que les queda.
Cuando el mundo, lo material, nuestros intereses particulares, y cuando muchas cosas te dan la espalda, lo único que queda es Dios. Ellas lo saben y son un modelo para ir a Dios para todos nosotros. Son grandes maestras porque ellas lo que ofrecen es su pobreza. Lo que tienen es poco y en ese poco ponen su confianza en Dios, se fían de Él y se fían de que Dios tiene la última palabra, no sus cálculos o lo que ellas pensaban. Y no lo hacen teóricamente, como al apuntarse a un partido, a una ideología o a una forma de pensar. Lo hacen concretamente, cuando tienen que dar la talla que es dando la limosna o fiándose de la voz del profeta.
Allí, la confianza en Dios demuestra que lo han hecho un estilo de vida, en lo concreto, en el donativo concreto, en la generosidad concreta. Jesús es el que mira esta entrega. Es una suerte y una bendición saber que Jesús está ahí y que abraza con su mirada la entrega de esta mujer, no le dice nada más, simplemente que la ha mirado porque en esta entrega, fijaos, el hijo de Dios descubre la presencia de Dios.
En la entrega de la pobreza de una pobre mujer Jesús descubre esa entrega. ¿Sabéis por qué? Como nos decía la Segunda Lectura, Jesús es el que se entrega totalmente. Jesús entiende, y por eso es tan sensible a aquel que entrega cualquier cosa, porque él ha sido el que primero ha entrado en la vida de Dios entregándolo todo y haciéndolo todo para que la voluntad de Dios se reluzca.
Frente a los que a todos les va bien, las viudas, los empobrecidos y los heridos se presentan hoy como maestros y modelos para aprender a cómo construir la Iglesia y para aprender que solo Dios es quién nos sostiene y solo Él es el guardián del futuro. Celebramos la Iglesia Diocesana que no es nuestra obra, sino la obra de Dios. Él es el dueño de la Iglesia. Hoy reconocemos que somos Iglesia porque Jesucristo se ha roto por nosotros. Reconocemos que somos Iglesia porque él se ha roto y partido, para que nosotros seamos su único cuerpo.
Hoy celebramos teniendo como modelos a estas mujeres que somos católicos, que vivimos en comunión yque todos necesitamos construir este cuerpo roto que el mundo a veces presenta. Esto lo hacemos cada uno en nuestras comunidades. Hoy es una llamada a mirar un poquito más allá. Es un momento para tomar el pulso a nuestras comunidades y para preguntarnos cómo construimos, no solo mi comunidad, sino esta Iglesia por la que Cristo se ha roto. Hoy sabemos que somos más que nuestra experiencia.
El sentirnos Iglesia nos enriquece y hace que nuestras comunidades siempre tengan las puertas abiertas y sepan que están incompletas, necesitan de los demás. Hoy es un día para mirar a la Iglesia no solo en la aportación económica, sino también en cómo estamos vinculados interiormente a esta Iglesia que es más grande que nosotros. Cristo quiere a su Iglesia, a toda su Iglesia, y da la vida por ella y a todos nos da una misión común.Somos Iglesia, antes que parroquias, movimientos y hermandades.
Por eso celebramos hoy un milagro y es que, en un mundo de ideologías, donde la desigualdad crece y donde cada vez tenemos más fronteras, nosotros somos capaces que en cada lugar ahí está toda la Iglesia. No solo mi Iglesia, sino toda la Iglesia. En cada lugar podemos decir al mundo que la fe nos une por encima de las planificaciones, de las ideologías y de los mismos carismas que hemos recibido.
Hoy podemos decir al mundo que nuestra forma de vivir la fraternidad no es cerrada, ni en comunidades que se miran hacia adentro, sino que podemos anunciar que nos queremos vinculados los unos a los otros, católicamente, universalmente. Hoy podemos dar al mundo una buena noticia: allí donde hay un lugar de Iglesia, no estamos cerrados. Nuestra sociedad de Madrid necesita a la Iglesia como vacuna contra el individualismo y la división. Necesita nuestra diócesis, no solo aquí desde la Catedral, sino que necesita esta forma de vivir la Iglesia en cada lugar donde haya una presencia de Iglesia para anunciar a este Cristo que se ha roto para que seamos uno.
Por eso, hoy se nos pregunta cómo construimos no solo mi iglesia, sino cómo construimos esta iglesia que es diocesana, apostólica y es la de Jesús. Y por eso hoy quizás estas viudas lo primero que nos dicen es que para construir la Iglesia tendremos que salir de nosotros, escuchar al peregrino que viene y entrar en diálogo con otros. Es tiempo de mirar a la misión común que tenemos con la Iglesia. Es tiempo de ver que cada carisma que hemos recibido en cada parroquia, movimiento no es para nosotros, es para salir y ponerlo en común. Es tiempo para escuchar también lo que la Iglesia diocesana tiene que aportarnos a cada uno de nosotros. Es tiempo de dialogar, de abrir puertas y de crear redes de comunión y apoyar a todos los que en nuestra diócesis trabajan por esa comunión y quieren ser puentes entre cada una de las parroquias, movimientos, comunidades y esta común red que es la Iglesia diocesana.
Las mujeres viudas nos enseñan a ofrecer, antes que negociar. Las mujeres ofrecen, antes que nada, sabiendo que todos somos del mismo barro y que nos necesitamos y estamos interrelacionados. La Iglesia necesita nuestras pobrezas y la vida de los pobres para que nos sigan ayudando como las conferencias vicencianas hoy nos recordáis. La Iglesia necesita aprender de los pobres para que ellos nos evangelicen.
¿Qué podemos ofrecer a la Iglesia? Lo mejor que pudo ofrecer aquellas viudas: dejarnos mirar por Jesús. Lo que hacemos por la Iglesia no es para que figure en un currículum ni para que otros se enteren. Lo mejor es saber que Jesús nos mira, aunque creamos que no nos mira nadie. Que todo lo que ofrecemos por la Iglesia y por la unidad de la Iglesia, aunque parezca que nadie nos mira, como le debió parecer a aquella viuda, hoy sabemos que Jesús siempre nos mira.
Hoy os invito a implorar la mirada de Dios para responder cómo construyes la Iglesia. No tu Iglesia, sino la Iglesia de todos. Jesús te sigue esperando para que en cada comunidad esté presente la Iglesia por la que Él se ha roto y a la que Él sigue dando una misión común.
Gracias, queridos hermanos y hermanas, por vuestra entrega. Gracias, queridos hermanos y hermanas, por vuestra ofrenda, no solo por vuestras comunidades, sino por la Iglesia de Jesucristo. Dios sigue esperando recibir no aquello que nos sobra, sino nuestras pobrezas y nuestro corazón para unirlos al de su Hijo y seguir, como en esta Eucaristía, ofreciendo la vida como motor de ofrenda para construir la Iglesia.
Queridos amigos:
Nos volvemos a encontrar, un año más, a los pies de nuestra madre María, bajo la advocación de la Almudena. Venimos a pedir que, bajo su manto, ella acoja nuestra historia, nuestro presente y nuestro futuro. Lo hacemos sintiéndonos hoy especialmente un pueblo, miembros de ese pueblo del que habla el Apocalipsis, que busca el consuelo, la fe y la bendición del Dios que todo lo hace bueno.
María aparece un año más como Madre del Encuentro. Nos hace sentirnos parte de una historia común que hoy saboreamos. Pero, además, tiene la capacidad, como madre, de hacer que, como con Juan al pie de la cruz, nos sintamos aceptados tal y como somos.
Sí, hermanos. María enseña ese rayo del Evangelio que hoy necesitamos más que nunca, pues provoca, enseña y facilita “el encuentro”. Madre del Encuentro, que nos enseña a evangelizar lo que nos une y lo que nos distingue.
Precisamente porque vivimos en una sociedad de muchos desencuentros y, aún más, de muchísimas soledades, creo no ser muy catastrofista si señalo que nuestra convivencia está amenazada hoy en día por la incomunicación. O quizá, más bien, por los excesos de una comunicación marcada por la confrontación y la tentación de polemizar con todo o de herir con lo que sea para parecer mejor que el otro.
Esto ocurre en ámbitos religiosos y ocurre en ámbitos civiles. Parece que nos cuesta asumir que la diferencia no tiene por qué ser enemistad. También nos cuesta entender que aceptar dicha diferencia tampoco significa asumir que “todo vale” por el mero hecho de que alguien lo defienda.
¿No estamos cansados de polémicas? ¿No nos hartamos de guerras y de visiones excluyentes? ¿No anhelamos algo más que tanta violencia o tantas batallas internas?
Hemos escuchado al profeta Zacarías anunciar un día de alegría y júbilo. En él se unirán muchos pueblos para hacerse un solo Pueblo. He ahí la clave: diferencia y unidad, ambas en armonía. Muchos pueblos confluyendo hacia uno solo.
Hoy, que venimos juntos a mirar a María y a la historia que ha sembrado entre nosotros, quisiera proponeros una doble mirada a nuestra Madre, que nos permita entender cómo diferencia y unidad son dos caras de la vida compartida y plena que el Evangelio nos propone.
La diferencia es valiosa. Ser diferentes es un don. La diferencia no debería llevarnos a considerarnos enemigos por el mero hecho de ser distintos.
¿Imagináis un mundo monolítico donde todos estuviéramos cortados por el mismo patrón? Es posible que en ese mundo no hubiera conflictos, pero sería una paz anodina, una sociedad de pensamiento único que, al final, solo puede ser la antesala de una falta de pensamiento crítico.
En cambio, la diferencia, como don del Espíritu, aporta matices, colores, tensión y cambio. Engendra dones diversos y diálogo; propicia el debate y nos lleva a una búsqueda más profunda de la verdad. La diferencia nos invita, una y otra vez, a revisar nuestras propias certidumbres a la vista de otras sensibilidades, y nos conduce a hacernos una de las preguntas esenciales y más difíciles de responder: “¿Quién soy yo?”
María enseña a vivir en la diferencia. Hoy celebramos a Nuestra Señora de la Almudena. Es cierto que la Virgen de tu barrio, la de tu hermandad o la de tu colegio es la que llamamos “la mía”, con esa mezcla de devoción y afecto. Hay muchas advocaciones, y cada una nos habla de una tierra, de una época, de una historia y de una tradición. Cada imagen, cada memoria, cada advocación nos habla de nuestra propia raíz, distinta y única, y eso es algo muy valioso.
Pero la unidad también es valiosa. Más bien, es imprescindible, porque la diferencia no lo es todo. El mismo Espíritu Santo, que propicia la diversidad, conduce inexorablemente a la unidad.
Hay algo que nos une por encima de las diferencias. Cuando nos despojamos de los roles, de las ambiciones, urgencias y tareas; cuando somos capaces de aparcar por un momento miradas ideológicas que fragmentan y dividen, todos resultamos ser muchísimo más parecidos de lo que a veces intuimos.
Lo hemos visto estos días cuando la terrible DANA ha golpeado a tantos pueblos, y la gente buena ha dejado de lado todas las diferencias para ayudar, rezar y auxiliar de cualquier modo a los afectados.
Descubrimos que hay algo común: todos queremos amar y ser amados. Todos queremos tener un sitio al que llamar hogar. Todos queremos que nuestros seres queridos estén bien. Queremos ser felices y encontrar sentido cuando la vida nos hace pasar por el sufrimiento. Queremos vivir en paz. Queremos encontrar a Dios y dejarnos encontrar por Dios (me atrevo a decir que, aunque hay quien no lo llama así, sin embargo, el ansia de trascendencia está ahí). Todos queremos un mundo justo donde la dignidad humana no sea violentada por el egoísmo o el pecado. Queremos tener motivos y condiciones de vida dignas para vivir.
Quizás diferimos en los modos de lograrlo, pero me atrevo a decir que las aspiraciones más hondas del ser humano están ahí, sembradas en la entraña más profunda de cada persona. Al final, son compartidas, comunes, universales, hermanadas.
Y ahí tenemos a María: ella nos da la clave de cómo acoger la diferencia. Ella es madre de los diferentes, madre de todos. Si os decía antes que en ella entendemos la diferencia, aún más os digo ahora que en ella comprendemos la unidad.
¿Por qué tantos pueblos tan diferentes se vuelven hacia ella? ¿Por qué termina suscitando respeto, veneración, devoción y afecto? ¿Por qué tantas veces ella es, para muchos, el camino hacia Cristo?
Porque en ella encontramos esos rasgos que anhelamos y que nos unen. Ella es la madre. La amiga. La primera creyente.
Ella es la que consuela cuando nos acercamos con nuestras vidas hechas jirones. Es la que, al pie de la cruz, acoge al hijo que nunca dejamos de ser. Es la que crea la familia que todos necesitamos y nos entrega al Hijo de Dios para que lo acojamos como misión única y común.
Ahora, que venimos heridos por la tragedia de tantos pueblos que viven la dureza de la DANA; ahora, que experimentamos la vulnerabilidad del ser humano ante las fuerzas de la naturaleza; ahora, que nos reconocemos pequeños y experimentamos que no podemos controlarlo todo… ¡nos sabemos diversos y tenemos un ejemplo de cómo vivir unidos a lo fundamental!
Con María, que supo permanecer al pie de la cruz, hoy experimentamos que la debilidad y la tragedia también unen a nuestros pueblos y a la gente buena. La diversidad también se afronta a los pies de todas las cruces, aprendiendo desde la fragilidad y la vulnerabilidad. Sabiendo que allí se queda Dios. Sí, allí permanece, discreto y silencioso, pero actuante; muere con los que mueren y vela, como María, esperando impaciente al lado de los crucificados una ayuda que tarda en llegar. Ella, enlutada, muestra también el rostro consolador del buen Dios y lo hace visible a través de tantas personas que, con gestos de solidaridad y entrega, se esfuerzan por enjugar las lágrimas de quienes lloran tantas pérdidas incomprensibles.
Por eso, vivir la diversidad es aprender de María a estar junto a las cruces de quienes sufren la devastación, permanecer junto a las cruces de nuestras propias familias o las de los jóvenes que no pueden hacer proyectos de vida por no tener vivienda. Son también las cruces de quienes, incluso trabajando, no llegan ni a fin de mes; las de los que están solos y deprimidos; las de quienes vinieron de muy lejos y siguen sin tener papeles; las de los que lloran sin que nadie les enjugue las lágrimas; las de quienes sufren tantas guerras abiertas en cualquier parte.
Necesitamos unas manos marianas que nos enseñen a valorar lo precioso del respeto a la diversidad y al pluralismo, vivido como una cualidad del Dios Trinidad y no como agresión. Políticos de todos los colores y ciudadanos de todas las procedencias: necesitamos, hoy más que nunca, construir entre todos una vida pública más humana y una convivencia más amable. Precisamos con urgencia recrear una diversidad humanizada, donde prime el diálogo, el sosiego y el respeto mutuo.
Que María, Nuestra Señora de la Almudena, nos ayude a caminar juntos sin negar las diferencias en este Madrid complejo y plural. Que nos enseñe a converger hacia el Evangelio por los distintos caminos que forman parte de nuestro origen y de nuestra historia. Que María siga siendo, para nosotros, madre de la paz y madre de los que están al pie de cada cruz.
Santa María de la Almudena, Madre buena: ¡ruega por nosotros!
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