Jesús fue a su pueblo, se reunió la asamblea, pero sus amigos y sus parientes se perdieron a Jesús. Se encuentra con los conocidos, con quienes ha compartido con ellos lo pequeño y el día a día, pero allí no pudo hacer ningún milagro, a diferencia de otros lugares, porque faltaba fe. Rezaban, acudían a la sinagoga, ellos decían creer, pero no acababan de confiar en el Dios de Jesús. Les parecía imposible que un Dios hablara mediante las personas, mediante los vecinos, que alguien conocido les hablara de cosas importantes de Dios. Les faltaba fe en las personas y eso entorpecía la fe en Dios. No creían que los cercanos son también cauce y lugar de Dios, que cuanto vivimos y caminamos es un espacio sagrado por donde Dios habla, nos abraza y nos interpela.

Podría haber llegado Jesús con grandes medios, como un líder político o como un gran influencer, pero llega como era, como un vecino, sencillo compañero que se presenta con voz de profeta y anuncia a Dios por encima de otras cosas y hablando de la vida, y de la presencia de Dios en la vida, y con una autoridad que no le viene por los grandes gestos, sino con la autoridad del quién encarna la Palabra y la hace paso, día y diálogo. Pero no quieren que Dios sea así, por eso Jesús se aleja, quizás decepcionado, respeta la libertad de sus paisanos y los deja allí, rezando, cerrados en la novedad del Dios de lo diario, un Dios que se hace carne, debilidad y buena noticia.

Queridos hermanos, no dejemos que Jesús se aleje. Enfoquemos la mirada para poder reconocerle y no perdernos a quien, hasta como un vecino, pasa anunciando el Reino de Dios y hablando de la sencillez del corazón. Es una llamada, desde esta Eucaristía en este domingo, a reconocer a Cristo concreto en los caminos de la vida, porque nada de los que nos pasa y nada de lo que nos ocurre queda fuera de este anuncio. Y así, de este modo, entramos en un periodo de vacaciones, de idas y venidas, donde también la Iglesia, dentro de las cosas cotidianas, nos pone un foco concreto en nuestra responsabilidad en la movilidad.

La Pastoral del Tráfico hoy nos hace caer en la cuenta de que en las carreteras y en los desplazamientos también está sometido a la mirada de Jesús. Los traslados son fuente de felicidad, y lo vemos estos días, pero también son un lugar de muerte y sufrimiento. Por eso se nos anima a escuchar también a este Jesús, buen vecino, a escucharle en este ámbito y a no dejar que se marche o deje de bendecir este espacio por el que tantos transitamos.

Como conducimos, como usamos los transportes, como acogemos a los profesionales del transporte y a los que velan por nuestra seguridad, ¿entra Jesús en todo eso o le dejamos escapar y que se vaya a otro lugar?

‘Yo soy el camino, la verdad y la vida’, es el lema de este año y todo un proyecto para evangelizar y dejar que Cristo no se marche de este ámbito de la vida. La vida es el mayor tesoro que hemos recibido por parte de Dios y sucede que en las carreteras y en las calles nos reflejamos como somos, expresamos nuestro carácter, hacemos la vida más fácil o más difícil a los otros y hasta es un espacio donde se pierde la vida, unas veces la propia y otras la del prójimo. El siniestro de tráfico no distingue de razas, credos o condiciones sociales. Atendiendo a esta petición de prudencia, de responsabilidad, de atención y cuidado, los cristianos no solo estamos atendiendo a un elemental llamamiento a la responsabilidad, sino que estamos acogiendo también la voluntad del mismo Dios para que seamos sensibles al respeto, a la integridad y a la seguridad de los demás.

Muchos también son los que caminan junto a nosotros, son los profesionales de la circulación del transporte de personas o mercancías. A ello dedican muchas horas y muchos días, merecen también ser tratados con respeto, dignidad y agradecimiento. A veces están sometidos a jornadas muy prolongadas y a premuras en los servicios. Ser responsable es también salvaguardar su dignidad laboral y su integridad.

De nuevo las palabras de la Primera Lectura - «Te hagan caso o no te hagan caso» - como Iglesia itinerante de Jesús tenemos que invitar siempre a lo esencial, volver el corazón hacia Dios como una forma más eficaz de responsabilizarnos de la suerte de los demás.

En efecto, Dios se revela plenamente en Jesús y se manifiesta, y hoy así aparece, como camino, verdad y vida. Solo le encontraremos, si en medio de nuestros afanes, como el salmista, alzamos la mirada al cielo y fijamos nuestros ojos en el Señor, elevando la mirada más allá del asfalto para mirar a lo alto. Por eso, agradezco vivamente a quienes, en este ámbito de la movilidad humana, cada día vivís y trabajáis en él y dais testimonio allí del Evangelio. No solo circulando responsablemente, sino también mostrando solidaridad al volante y testimoniando la fe mediante símbolos sencillos que nos dicen que somos creyentes y también allí dejamos nuestro sesgo.

Tratemos todos de ser y vivir en el mundo del tráfico de una forma segura, amable y responsable, como peatones, conductores o como pasajeros. En esta eucaristía queridos hermanos, como vecinos, como aquellos que escuchan a Jesús, os ponemos a todos en el altar. Gracias a quienes tenéis conciencia de que al volante y en la carretera sois instrumentos, también allí, de la bondad de Dios. Gracias a quienes circuláis por las carreteras como medio de trabajo y contribuís al bienestar común. Gracias a quienes desde la Guardia Civil de tráfico y las fuerzas y cuerpos de seguridad os empeñáis en hacer que el tránsito sea más seguro y gracias, de verdad, por estar siempre dispuestos a ser ángeles guardianes que nos auxiliáis en la carretera.

Como dicen los obispos de la Subcomisión de Migraciones y Movilidad Humana, «en las calles y en las carreteras hay mucha buena gente, más de la que imaginamos».

Queridos hermanos y hermanas, conductores, peatones, transportistas, que Santa María de la Prudencia y san Cristóbal os protejan. Seamos extremadamente prudentes en este tiempo de vacaciones para muchos en el que se multiplican los desplazamientos. Tenemos que volver todos sanos y salvos. Tenemos que hacer también de este tiempo, un tiempo especial y un tiempo de Evangelio. Desde nuestra fragilidad recordemos lo que nos decía san Pablo: «Te basta mi gracia, la fuerza se realiza en la debilidad». Sabiéndonos débiles y responsables acojamos hoy a Jesús: no dejemos que se vaya y dejémosle que nos hable de lo cotidiano y de este Padre Dios que camina y viaja con nosotros.

Queridos José Antonio y Vicente:

Veo que aún no se os ha pasado el susto. Todos los que hemos pasado por este trance sabemos que hay llamadas del Señor Nuncio que cambian definitivamente la vida. Es tal la desmesura del servicio al que se nos convoca que, os lo aseguro, el susto no se pasa nunca.

Ahora estrenamos una jornada preciosa, una jornada de fiesta, un día lleno de luz y agradecimiento al Señor: Él os ha llamado por vuestro nombre a través del sucesor de Pedro. Vosotros habéis escuchado sus palabras: sé pastor. Son unas palabras que resuenan hoy aquí en el eco de este buen número de hermanos obispos que os reciben con alegría. Palabras que reverberan en el seno de esta querida comunidad diocesana a la que se os llama como sucesores de los apóstoles para pastorear, en comunión con el colegio episcopal y el Papa, al santo pueblo fiel de Dios.

Es también, os lo confieso, un día de inmensa alegría y gran consolación para mí. El Santo Padre os ha puesto para que colaboréis conmigo en el encargo que he recibido de servir a la Iglesia que peregrina en Madrid por ese camino que conduce al Buen Pastor. Vosotros sois enviados a ser pastores en comunión íntima con Cristo, Buen Pastor, y al servicio de nuestro presbiterio y de este querido pueblo de Dios, gastando la vida en lo esencial: anunciar juntos y de manera creíble a Jesucristo como el Salvador y Señor de nuestra vida, pues solo él regala la vida eterna, la vida más plena.

1 - ¡Tú lo sabes todo, tú sabes que te amo!

Aquí nace todo. En este diálogo misterioso surge y se fundamenta el don que, por la imposición de manos, vais a recibir del Espíritu Santo: ¿Me amas? Tú sabes que te amo; sé que Tú me has amado primero. Tú lo sabes todo: conoces y amas también nuestra debilidad; conoces y amas nuestro corazón frágil, pero apasionado por tu Reino y por tu Iglesia. Apoyados solo en tu amor, experimentando nuestra debilidad, nos atrevemos a acoger el peso y la responsabilidad de servir en esta Iglesia que peregrina en Madrid. Todo ministerio pastoral nace del amor.

Esta fe, enraizada en el amor, nos permitirá asumir un gran reto: mirar juntos el futuro. Tenemos la promesa de que el Señor nos acompañará siempre. Dejaremos de lado los miedos y las nostalgias de tiempos pasados que acaban paralizando y bloquean el acceso a la esperanza. Por eso, quisiera pedir y pedirnos que nos centremos en la contemplación de la realidad de nuestro mundo, esta realidad que tanto ama el Señor y que es el lugar en el que se revela y salva. A este mundo, tal cual es, somos enviados por Dios para que nosotros le amemos a Él también en él, y para que lo transformemos según el sueño de Dios. Somos enviados, no desde un irreal pretendido “grupo de perfectos”, sino desde una Iglesia que se sabe, al mismo tiempo, santa y pecadora.

Esta es la realidad que Dios pone en manos de su Iglesia en Madrid. Eso conlleva responder en amor, sintiéndonos amados por Dios para amar del mismo modo a su Iglesia, a la Iglesia tal y como es. No es tarea fácil. En el santo Pueblo de Dios hay muchas ovejas en muy diversas situaciones: rebeldes, cansadas, enfermas... Unas son colaboradoras, entusiastas, generosas, diligentes... Otras están cansadas, desilusionadas, hasta resentidas... Queredlas, por favor, a todas. Miradlas como las mira Dios, con corazón de misericordia.

Decía Madeleine Delbrêl, curtida en la espiritualidad vivida en el corazón de la ciudad, que "amar a la Iglesia es aceptar sus heridas, sus imperfecciones y su humanidad, porque en ella habita el Espíritu Santo que la santifica. Tarea nuestra es ser testigos del amor de Dios en el mundo, a reflejar su luz en medio de la oscuridad, a ser sal y luz dondequiera que estemos." En efecto, para ser pastores es necesario despertar el amor apasionado por la Iglesia. Esto es ayudar a caminar a ritmo evangélico y en clave diocesana a esta comunidad grande y diversa, reconociendo que todos somos parte del único Cuerpo de Cristo, con nuestras fortalezas y debilidades. Sois ungidos por el Espíritu para una misión que no elegisteis vosotros, sino que os viene dada. Es la misión única que compartiremos sinodalmente y a la que servimos junto con todo el pueblo de Dios. Ungidos para trabajar desde la humildad y el amor mutuo, y para sostener siempre una mirada especial y compasiva sobre los más vulnerables.

Misión que no puede llevarse a término sin desinstalaros cada mañana, acompañados y acompañando al presbiterio, y en medio de este pueblo, ungido también en el bautismo y convertido en pueblo sacerdotal que, como dice el Papa Francisco, “el rebaño mismo tiene su olfato para encontrar nuevos caminos” (EG 31). Hemos de estar cerca de este olfato. Como dice San Juan Crisóstomo: “Porque mientras somos ovejas, vencemos; aun cuando nos rodeen por todas partes manadas de lobos, los superamos y dominamos. Pero si nos hacemos lobos, quedamos derrotados, pues nos falta al punto mismo la ayuda del pastor. Como quiera que Él apacienta ovejas y no lobos” (San Juan Crisóstomo, Homilía 33 sobre el Evangelio de Mateo).

2 - “Apacienta”. Jesús expresa con este verbo el amor que desea de Pedro.

Al reconocimiento de la debilidad, la respuesta de Jesús es un encargo que hoy os hace y que ahora podemos renovar los hermanos obispos que estamos aquí: “Apacienta”. Es sencillo y breve. El resto es confianza mutua. La unción del Espíritu nos hace “servidores” del pueblo; esa es la más alta autoridad evangélica. Por eso Jesús se prodiga lavando tantos pies, acogiendo a muchas personas y enjugando tantísimas lágrimas. Así reconocieron su autoridad.

Ahora vais a ser enraizados en este suelo concreto, en esta tierra, en estas losas de este presbiterio. Cualquier otro modo de ejercer la autoridad en la Iglesia que no hunda sus raíces en este suelo y en el pueblo de Dios, es una planta extraña que no pertenece al Evangelio. Deberá ser podada y arrojada fuera, como los sarmientos secos de la parábola.

Enraizados, pero no en solitario. El encargo que esta mañana os hace el único Buen Pastor es invitar a todos a un renovado encuentro personal con el Señor Jesús (EG, 3) y animar la fraternidad en las comunidades cristianas y en las relaciones humanas, posibilitando que todo bautizado se abra a la participación y la responsabilidad. No dejemos de posibilitar vínculos y puentes entre las diversas realidades eclesiales.

Queridos José Antonio y Vicente, seamos, junto con nuestros hermanos Juan Antonio y Jesús, rostro del único Buen Pastor en medio de esta querida archidiócesis. Caminemos juntos, en sinodalidad, promoviendo la comunión en la diversidad y pluralidad tan rica de nuestro clero, de la vida consagrada y de nuestro pueblo. No pretendamos imponer la uniformidad. Seamos signo y estímulo de comunión eclesial. Seguramente unas veces acertaremos y otras nos equivocaremos, es cierto, porque para esto no hay recetas.

Querida comunidad diocesana: ayudadnos a ser pastores. Necesitamos aprender con vosotros el arte del discernimiento comunitario. Ayudadnos a reconocer con gozo la abundancia de carismas, vocaciones y ministerios que sirven al bien común en toda la Iglesia diocesana. Sabemos que no somos sus dueños, sino que pertenecen al Espíritu que los regala “para crecimiento de toda la Iglesia”.

3 - Sé pastor.

A ser pastor se aprende. Seréis los custodios de la fe, del servicio y de la caridad en la Iglesia. Para ello debéis estar cerca. Pensad que la cercanía es el rasgo más típico de Dios. Es el pueblo de Dios quien enseña. No dejéis de aprender del Pueblo de Dios, especialmente de los más pobres y necesitados de la misericordia de Dios.

En efecto, son los pobres quienes más enseñan. Como le gusta decir al Papa Francisco, la posición del discípulo misionero no es una posición de centro sino de periferias. Recordad que, cuando la Iglesia o sus ministros se erigen en “centro”, el discipulado se funcionaliza y nos convertimos en administradores y controladores de la fe, en lugar de ser sus servidores y facilitadores.

Y sabed que sois obispos de todos, de unos y de otros, de los que se confiesan católicos y de los que no lo son tanto. Estad siempre muy pendientes, porque siempre habrá otras ovejas que no están, porque nunca estuvieron o porque estuvieron y se marcharon; a ellas somos también enviados. Para ellas tendremos siempre los brazos abiertos a la acogida, sin preguntar por qué se marcharon ni qué sendas recorrieron; tendremos siempre las puertas de nuestra casa de par en par abiertas, siempre esperando. Queremos estar de guardia permanente.

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