Sábado, 08 julio 2023 13:32

Madrid ya tiene nuevo arzobispo

Allá por el siglo IV, Gregorio de Nisa hablaba de «ir de comienzo en comienzo, mediante comienzos que no tienen fin». La Iglesia necesita siempre, en cada momento y en cada etapa, emprender nuevos caminos; porque precisa considerar su adhesión a Cristo, renovar con humildad su ser «sierva» del Señor y aprender a ser levadura en medio de la masa para anunciar que el reino de Dios ya está entre nosotros. En esta lógica de conversión caminamos en cada momento.

Hoy es un día singular en el que nos abrimos a un comienzo. Un comienzo que se apoya en comienzos de otros que han sembrado antes. Un comienzo que, como todo lo que viene del amor de Dios, no tiene fin y a todos nos abraza.

Gracias a cuantos formáis parte de este comienzo.

Ante todo, a la comunidad cristiana de Madrid. A todos cuantos me acogéis con tantas muestras de afecto y de corresponsabilidad eclesial.

Gracias, señor nuncio. Gracias, amigos cardenales, especialmente don Antonio y don Carlos, Y a los hermanos obispos que nos arropan. Y, cómo no, a mis hermanos Juan Antonio y Jesús. Hermanos sacerdotes, diáconos, laicos, consagrados y consagradas. Gracias.

Un abrazo cordial a los hermanos de otras iglesias y comunidades islámicas. Y mi agradecimiento a todas las autoridades que se han querido hacer presentes en este día. Y a tantos y tantos amigos de aquí y de muchos rincones que habéis venido a participar de esta Eucaristía que nos abraza a todos.

1.- Hoy se cumple esta escritura que acabamos de escuchar:

En un día de comienzos, como el de hoy, Jesús se presentó en la sinagoga de Nazaret, plenamente consciente de quién era y de qué misión le desafiaba de parte del Padre. Se siente Hijo, amado, ungido por el Espíritu Santo y sostenido por el amor de su Padre.

Había sed de sentido y de vida plena en su pueblo. Como la que siglos antes había apuntado el profeta Ezequiel, después de la destrucción del templo. Con ojos de profeta, contempla que no pocos perdieron la fe; recibe la misión de predicar la esperanza y animar al pueblo a descubrir que Dios estaba presente, no donde todos pensaban, sino en los procesos y en la búsqueda de las ovejas perdidas, regalando esperanza en medio de los secarrales y contagiando vida en un valle repleto de huesos resecos.

Siglos después, en tiempos no menos complicados, el mismo Jesús, el hijo del carpintero, hace suya la voz de otro profeta, pero no la repite sin más: la hace nueva. La articula injertando en la palabra recibida su propia entrega, su muerte y su resurrección. Es esa misma voz, viva y sostenida por la fe, la que nos llega hoy hasta esta catedral. Nos alcanza al ser proclamada por la vida de tantas personas que la han reverberado hasta hacerla presente hoy, aquí y ahora. Una imponente cadena sagrada a la que quiero incorporar mi servicio episcopal, y en la que podemos engarzarnos todos, fraternalmente unidos, para dar voz, de manera creíble, a la única importante: la Voz del Señor. Se trata de ser juntos voz de la Voz con mayúsculas.

2.- Jesús comenzó su ministerio en un día concreto y ante unos discípulos muy concretos. Se levantó ante los vecinos y desveló el misterio: «Yo soy el ungido, el enviado para anunciar la salvación y el año de gracia y perdón del Señor». Eso significa Cristo: el ungido. Y en eso consiste ser cristiano: ser ungido. Ser cristiano es dejar que lo que el Espíritu hace en Jesús lo haga en todos nosotros, en su cuerpo, en su Iglesia. Somos sus ungidos y sus cristianos por el don del bautismo.

Tendremos que cambiar lenguajes y ajustar fórmulas pastorales a este momento. Es verdad. No vale lo de siempre. El cambio de época lo reclama para anunciar la fascinación del Evangelio a una ciudad y a unos pueblos y unas gentes sedientas de él.

Por eso, para ofrecerlo con coherencia y sin atajos, os invito primero a ahondar en la base: profundizar, celebrar y centrarnos en torno a nuestra común condición de bautizados. Es la que nos identifica a todos, y nos entrega una misión especial en la Iglesia a cada uno y cada una. Contemplar nuestro bautismo será nuestro eje.

Bautizados para señalar a Dios. San Juan XXIII decía que «no es el Evangelio el que cambia, sino nosotros quienes lo entendemos mejor en cada momento». Con el Evangelio orado y meditado en el corazón tendremos entonces el gran reto: señalar, como hacéis tantos de vosotros, lugares concretos por donde habita Dios en Madrid. Esa es la sed que necesita ser saciada a nuestro alrededor.

3.- Hoy se cumple esta escritura si atinamos a ser testigos de la voz de Cristo, pero no individualista y fragmentariamente, sino de manera comunitaria. No podemos ser parcelarios, sino integradores. Aprendiendo a empastar las diferencias. Solo el esfuerzo en «ser uno para que el mundo crea» hará que sonemos de verdad a Cristo.

Para lograrlo, hemos de recuperar «el amor primero». Tal y como lo palpamos hoy. Hoy se nos abre una ocasión especial para re-enamorarnos de esta porción de la Iglesia particular y de toda la Iglesia en ella. Comenzar hoy es buscar la belleza y la vitalidad que, a pesar de sus arrugas, Cristo le da al habitarla y dar la vida por ella. Por ello, os convoco no solo a «ser» Iglesia sino a amar «estar» en esta Iglesia.

Se trata de amarla, no por lo que queremos que sea, sino por lo que es. Y amarla desde dentro, sabiendo que su barro es nuestro barro y que su luz es la del Espíritu. «Amar a la Iglesia tal y como es significa aceptarla con sus imperfecciones y trabajar para mejorarla desde adentro» nos dice el Papa Francisco. Si no despertamos este enamoramiento y esta pasión, nuestro testimonio cristiano será un aburrido eco de nosotros mismos.

4.- Hoy, queridos hermanos, se cumple este Evangelio. Y se cumple cuando todos nosotros, en esta celebración, nos atrevemos a responder; cada uno con su tono, pero todos en esa sinfonía maravillosa que solo se puede tejer en el Espíritu. Acoger a un obispo remite a la apostolicidad de la fe. Jesús constituye la  Iglesia poniendo como pilar al colegio apostólico. Por eso, hoy es un buen momento para que reavivemos nuestra conciencia diocesana, inserta en la Iglesia universal, tal y como expresáis todos los hermanos obispos que hoy nos acompañáis.

Sonar juntos a Cristo, por tanto, es dejar que cada paso particular lleve la semilla católica, la universal, antes que la de nuestras particulares seguridades. Es la clave eucarística que siempre celebramos. Como a los apóstoles en Pentecostés, hermanos, Madrid necesita escucharnos, cada uno en su propia lengua, pero unidos.

Por eso nos empeñaremos en dialogar y en entendernos, no solo con los que pensamos de manera similar, sino también con los que ven las cosas de manera diferente. Solo así podremos discernir lo que «el Espíritu dice a la Iglesia» de Madrid. Se trata, en suma, de escuchar primero y hablar después bajo el cantus firmus de la participación, la comunión y la misión.

Y no podemos dejar de valorar la tremenda vida de nuestras comunidades. Ya decía nuestro amigo y maestro, Juan de Dios Martín Velasco, que el futuro de la Iglesia en Madrid vendría dado, no por los grandes números, sino por el testimonio concreto y capilar de sus comunidades cristianas que fuesen realmente «significativas» para sus vecinos. Esa es la clave.

Por eso tenemos el reto de impulsar comunidades, nuestras parroquias, las realidades eclesiales de todo tipo alrededor de la misión. Comunidades abiertas, familiares pero, sobre todo, que remitan a Dios. Que proclamen con obras, palabras y celebraciones la fuerza seductora del Evangelio.

5.- Hoy, hermanos, se cumple este Evangelio, como hemos escuchado, también entre los pobres. Esta es la buena noticia.

Nuestra voz armónica como Iglesia no será la de tener la razón en todo, ni la de presumir del poder de los números, ni mucho menos de identificarnos con una u otra ideología política o cultural. Nuestra voz no aspira al monopolio del poder en nuestra sociedad. Tampoco queremos quedarnos añorando el pasado. Ni nos entretendremos en multiplicar condenas o lanzar reproches. Queremos no despistarnos demasiado por el camino. No pretendemos entretenernos con disputas estériles que distraen de lo principal. Queremos caminar siempre al ritmo ágil y libre de Jesús, el Cristo; siempre atentos a quienes quedan descartados al borde del camino.

Las migraciones, la desigualdad, la soledad, la violencia y el sinsentido son los rincones donde las personas desplazadas, los pobres, los cautivos, los ciegos y oprimidos esperan a nosotros, los seguidores de Cristo, unidos, para ser rescatados y reconocidos como hijos de Dios.

No olvidamos que somos una Iglesia samaritana. Cada pesebre y cada cruz de hoy es nuestra matriz de siempre. Por eso, los pobres son uno de nuestros más serios criterios de discernimiento en todo lo que hacemos. Lo que hagamos con ellos juzgará cada uno de nuestros pasos, como nos dijo Cristo. Por eso, sin ellos no hay camino. Sin su inclusión social y eclesial, la alegría del Evangelio sería un imposible.

6.- Y por último, también, aspiramos a que nuestra voz hoy llegue a toda la ciudad. A cuantos hombres y mujeres de buena voluntad quieran escucharla.

Queridas autoridades y responsables de la vida social de Madrid: Contad con la sincera voz y ayuda de la Iglesia para trabajar por el bien común y para impulsar una cultura del encuentro.

Vivimos una vertiginosa transformación en todos los sentidos. Eso supone enormes desafíos para todos. Como cristianos y ciudadanos, queremos aportar nuestra voz y nuestra visión al desarrollo humano integral.

No vais a encontrar a la Iglesia de Madrid en los vagones de cola. El Evangelio es una potentísima locomotora capaz de ir en vanguardia aportando trascendencia, valores y una concepción del ser humano que nos ayuda a ser más felices, sabiendo que somos regalo de Dios con una doble nacionalidad: peregrinos en la tierra y convocados a ser ciudadanos del cielo. Como dice el apóstol, nada nos gustaría más que, desde ahí, ser vínculo de reconciliación y centinelas de los brotes de la vida de Dios.

7.- Hoy se cumple este Evangelio también con este pobre obispo que comienza junto a vosotros. Llego con una misión nueva y con la vida recorrida a las espaldas. Quiero incorporar mi voz como obispo a la de toda la Iglesia como un humilde servicio al pueblo de Dios, vinculado a Pedro y a todos mis hermanos obispos. Quiero que mi guía sea la de Cristo pastor, el que acoge, desde la caridad pastoral, prioritariamente a los heridos y perdidos.

Así quiero presentarme ante vosotros y pedir vuestra oración, vuestra bendición y vuestra ayuda.

Cada vez que celebramos la Eucaristía, sacramentalizamos la ofrenda del pueblo de Dios por Jesucristo. Cuando hoy elevemos el cuerpo y la sangre de Cristo, presente y vivificante, os invito a ponernos y amasarnos juntos como ofrenda al Padre por nuestro mundo, por esta diócesis, por nuestra gente. Para que este Evangelio siga resonando en nuestro viejo y querido Madrid. Y que suene a ofrenda, a oblación y a servicio.

Que los entrañables brazos maternales de la Virgen de la Almudena sostengan nuestra ofrenda y, con la intercesión de San Isidro Labrador, Santa María de la Cabeza y todos los santos y mártires madrileños que nos acompañan, nos introduzcan en el misterio de la misericordia de nuestros Dios, para saborear esta escritura cumplida. Seguro que Cristo es quien hoy «toma posesión» de nuestra diócesis y habita más y siempre en nosotros. Amén.

Media

Queridos hermanos obispos, don Adolfo, don José. Queridos vicario general, vicarios episcopales. Seminaristas. Excelentísimas autoridades civiles y militares. Queridos hermanos y hermanas.

«Glorifica al Señor, Jerusalén» hemos recitado todos juntos en este salmo responsorial que acabamos de decir. Glorifica. Porque Él no solamente ha reforzado tus puertas y te ha bendecido, sino que pone paz, y te sacia ,y envía su mensaje a la tierra, y te pide que lo anuncies, porque con nadie ha obrado como obra en ti y te da a conocer sus mandatos.

La Palabra que el Señor nos ha entregado en este día nos ha hablado... precisamente, el mismo Jesús, cuando nos dice: «Yo soy el Pan vivo que ha bajado del cielo. El que come de este pan vivirá para siempre». En el Evangelio, se presenta Jesús como el pan vivo bajado del cielo. Sí. Jesús afirma que Él es el pan de la vida. El pan bajado del cielo. Pan que se entrega para dar vida al mundo. Para que todos nosotros vivamos. Ciertamente, queridos hermanos y hermanas, Jesús alimenta nuestra vida.

En el lenguaje coloquial, el pan es símbolo de todo el alimento que el ser humano necesita para vivir. Esto era algo que aquella gente a la que hablaba Jesús podía comprender fácilmente. Quienes escuchaban a Jesús podían comprender que el pan del que Jesús hablaba era el pan de la Palabra de Dios. Pero Jesús les hace ir aún mucho más lejos. Quiere que vayamos más lejos. Él no es tan solo la Palabra de Dios que ilumina los corazones, sino que es la Palabra hecha carne, deseosa de entregarse totalmente. Por eso, Él añade: «el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».

Jesús habla ahora de mi carne, ¿Qué nos quiere decir Jesús? Quiere decir que el Espíritu no se da fuera de la realidad humana. La carne de Jesús no es solo el lugar donde Dios se hace presente, sino que se convierte en la expresión del amor del Padre a la humanidad. Dios no está en el más allá. Se ha hecho presente en Jesús. Dios da su Espíritu, pero es su carne lo que lo expresa. Es decir, la persona de Jesús hace presente a Dios en esta historia. Los judíos disputaban entre sí: ¿cómo puede éste darnos de comer su carne? Las palabras de Jesús no provocan ahora una crítica, sino una pelea entre los mismos judíos. No entienden su lenguaje. La mención de su carne les desorienta, y a la vez les ha quitado la seguridad. Mientras Jesús se mantuvo en la metáfora del pan, podían interpretar que se trataba de un maestro de sabiduría enviado por Dios. Pero Jesús ha precisado bien: que ese pan es su misma realidad humana. No es una doctrina. Ellos no entienden qué puede significar comer su carne. Buscan una explicación, pero no la encuentran.

También nosotros, queridos hermanos, como aquellos oyentes judíos, estamos turbados ante esta afirmación ¿Cómo es posible que un hombre nos de su carne como comida? Esto es una locura. Sin embargo, Jesús no tiene miedo de escandalizar con una afirmación tan fuerte. Pero, ¿qué significar comer su carne? Para los judíos, la carne de una persona significa la persona entera, con todo su ser. Jesús estaba ofreciéndonos a todos una relación personal e íntima con Él, que nos llevará a la vida plena. Comer su carne equivale asimilarse a Él: a sus actitudes, a su estilo de vida. Y eso es lograr la Vida Definitiva.

No podemos seguir comulgando y permaneciendo siendo egoístas, violentos, intolerantes e indiferentes. Necesitamos tomar conciencia de que comulgar la carne de Jesús nos lleva a ser generosos, pacientes, comprensivos, comprometidos como el Jesús que ha venido para la vida del mundo.

Queridos hermanos: retengamos las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy. Tengámoslas siempre en nuestro corazón: «si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros». Ciertamente, en la Eucaristía podemos experimentar en qué consiste la verdadera vida. Una vida que sacia nuestro deseo más hondo y más profundo, ciertamente. Vida eterna no se refiere en primer lugar a la vida después de la muerte, sino que designa una nueva calidad de vida. Algo que podemos experimentar aquí y ahora

Hermanos: la Eucaristía nos impulsa a entregar nuestra vida. La Eucaristía es una fuerza de transformación del mundo. El que participa en la Eucaristía está llamado a ser fermento de solidaridad. Si partimos el pan es para que todos podamos compartir y repartir nuestra vida. La Eucaristía es banquete festivo y, al mismo tiempo, es una manifestación profética contra el hambre que existe en el mundo. De verdad, ¿nos dejamos transformar por la Eucaristía cuando la celebramos cada domingo?

En esta fiesta del Corpus, que es también Día de la Caridad, y tenemos presente de manera especial el drama que atormenta a millones de seres humanos. Queridos hermanos: drama de hambre, drama de falta de trabajo, drama de soledad, drama de adversidades que afronta tanta gente que tiene que realizar la emigración y tantas personas que necesitan nuestro apoyo, nuestro servicio, nuestra solidaridad...

Hoy es la fiesta del Cuerpo de Cristo. «Yo soy el pan que ha bajado del cielo. El que come de este pan, vivirá para siempre». Formamos un solo cuerpo, como nos decía la palabra que el Señor nos ha regalado en este día, queridos hermanos, a través del apóstol Pablo. El Seño nos ha dicho que no nos olvidemos de Él. Así nos lo ha recordado la primera lectura del libro del Deuteronomio: «Recuerda el camino que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer. Conoce Él tus intenciones. Guarda sus preceptos. Él te enseña que no solo vive el hombre de pan, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios. No te olvides del Señor» nos ha dicho la palabra que hemos proclamado. Formamos un solo cuerpo, nos ha dicho el apóstol Pablo. Y, además, cuando nos alimentamos del mismo pan, expresamos también con nuestra vida, ese ser parte del mismo cuerpo.

Alimentarnos del Señor para vivir para siempre es lo que hoy el Señor, en esta fiesta del Corpus, nos ha pedido a todos nosotros. Queridos hermanos, retengamos las palabras de Jesús que hoy nos dice el Evangelio: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros». En la Eucaristía podemos experimentar en qué consiste la verdadera vida. Una vida que sacia el deseo más profundo que existe en neustra vida. No se refiere solamente a esa vida después de la muerte, sino que designa la calidad de vida que podemos tener en este mundo y, viviendo junto a los demás, acogiendo en nuestra vida la Eucaristía.

La Eucaristía nos está impulsando a entregar nuestra vida. Es una fuerza que transforma el mundo. El que participa de la Eucaristía está llamado a ser fermento de vida, de solidaridad, de fraternidad. Si partimos el pan, es para que todos podamos compartir y repartir nuestra vida. Es un banquete festivo. Es, de alguna manera, una protesta profética contra el hambre en el mundo. Contra la falta de fraternidad. De verdad ¿nos dejamos transformar cada domingo por la Eucaristía que celebramos?

Queridos hermanos: en esta fiesta del Corpus Christi, Día de la Caridad, tenemos presente de manera especial el drama de tantos hombres y mujeres, niños y jóvenes, de seres humanos que tienen soledad, que no tienen ingreso ninguno, que viven una ancianidad solos. Recordamos las adversidades que afrontan los inmigrantes y tantas personas que necesitan nuestro apoyo, nuestro servicio y nuestra solidaridad. Hoy, queridos hermanos, en la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, celebramos el gran sacramento que Jesús dejó a su Iglesia: el Misterio de su presencia y de su amor entregado por nosotros. Cristo está presente en el pan de cada una de las Eucaristías. Su presencia es la de la persona irresistiblemente atractiva que fue con lo que hizo: su vida entregada por nosotros, para que nosotros también entreguemos la nuestra por los demás.

El amor se ha hecho carne. Y se nos muestra en el corazón abierto de Jesús. Esto, hoy, nos llena de confianza y alegría. Y, por eso, todos nosotros hoy podemos decirle al Señor: «Señor, tú eres el Pan vivo que ha bajado del cielo. Sabemos que el que come de ti vivirá para siempre y dará vida a los demás». Que nosotros podamos entregarnos siempre para dar vida a este mundo. Entonces sí estaremos haciendo verdad lo que hace un instante juntos proclamábamos: «Glorifica Señor, Jerusalén. Glorifica, Señor». Que la Iglesia entrega a este mundo lo que sacia de verdad: tu mensaje, tu amor, tu entrega, tu fidelidad. Todos los que estamos hoy celebrando la Eucaristía, aquí, en la catedral, no queremos olvidar Señor que Tú eres nuestro Dios, que formamos un solo cuerpo porque nos alimentamos del mismo pan. Y queremos regalar de aquello de lo que nos alimentamos, porque queremos que Tú seas el que vivas y des vida a todos los hombres. Amén.

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