Queridos obispos auxiliares, don José y don Jesús. Queridos vicarios episcopales. Deán de la catedral. Hermanos sacerdotes. Seminaristas.
Queridas comunidades de Santiago, Nuestra Señora de Valvanera y Nuestra Señora de las Nieves: gracias por vuestra presencia esta noche aquí, en esta celebración de la Pascua.
Queridos hermanos que os vais a bautizar esta noche: que el Señor os bendiga y os guarde en este momento sublime para vuestra vida, donde vais a recibir la vida misma de Cristo.
Queridos hermanos y hermanas: La Palabra que el Señor nos ha regalado esta noche tiene una significación especial.
En primer lugar, el Señor, con su resurrección, nos invita a que no permanezcamos prisioneros del pasado. Lo nuevo ha comenzado. Cristo vive. Cristo ha resucitado. Cristo nos da nueva vida. Y Cristo nos da nueva vida para que se la entreguemos a los hombres; para que hagamos de este mundo esa historia bella y nueva que proviene siempre de la vida que entrega Jesucristo a los hombres. Es vida siempre. No es muerte. Nosotros desterramos de nuestra existencia todo aquello que no haga crecer al ser humano en todas las dimensiones que el ser humano tiene: como hijo de Dios y como hermano de todos los hombres. El título que nos ha entregado Jesucristo: somos hijos en el Hijo, pero somos también, precisamente por eso, hijos de un mismo Padre, y con una capacidad singular y especial que nos ha entregado Jesucristo de ser hermanos de los demás, entregando siempre y viviendo con la vida de Nuestro Señor Jesucristo. Esta noche santa de Pascua nos invita precisamente, en primer lugar, como os decía, a no permanecer prisioneros del pasado. L nuestro es la novedad que trae Jesucristo.
En segundo lugar, hoy el Señor nos invita a tomar una decisión fundamental. Decídete por Jesucristo, y decídete por vivir con su amor. Sí. Por Jesucristo. No tienes una idea: tienes una persona que ha entrado en tu existencia, que ha entregado su vida a tu propia existencia. Como bautizado que eres, decídete por Él y decídete por vivir como Él. Durante toda esta semana pasada hemos estado celebrando los misterios más bellos de nuestra fe. Pero lo más grande, lo más sublime, ha sido ver cómo este Dios que se ha hecho hombre, no solamente nos ha regalado su amor, sino que nos enseña a vivir con su amor; nos enseña a descubrir que el arma que tenemos los seres humanos para establecer un mundo diferente, nuevo, distinto, con capacidad y que todos podamos sentirnos hermanos, es precisamente el amor mismo de Jesucristo.
No permanecer prisioneros del pasado. Decidirnos por Jesús. Por su amor. Y, en tercer lugar, llevemos la resurrección a la vida cotidiana. Sí, queridos hermanos: a la vida cotidiana. A nuestra familia, en nuestro trabajo, en nuestras relaciones; con obras de paz, con obras de reconciliación, con obras de compasión, con obras de amor; construyendo y no rompiendo la fraternidad, que es lo que ha venido a entregarnos también Nuestro Señor Jesucristo. Esto es llevar la resurrección. Esto es, queridos hermanos. La fuerza que tiene el Evangelio que hemos proclamado es precisamente que el sepulcro estaba vacío. No había muerte. Cristo había resucitado. Esto conmovió a todo: todo lo que existe. La novedad que ha traído Jesucristo a este mundo es tan bella, es tan grande, es tan hermosa, es tan fuerte que ojalá que la belleza que el Señor ha entregado a su Iglesia, la lleven los discípulos de Cristo por todos los caminos del mundo. Y la Iglesia no es un ente, queridos hermanos. Entre otros, somos nosotros, miembros de la Iglesia que tenemos que llevar precisamente esta noticia y esta vida de resucitados a la vida cotidiana. Con obras de paz, con obras de reconciliación, con obras de compasión, de amor, de fraternidad.
En un momento decisivo para la historia de la humanidad, es importante que empeñemos nuestra vida en regalar la paz de Jesucristo Nuestro Señor. El mundo, en todas las partes de la tierra, está en lucha. Hay situaciones de guerra; haay situaciones de violencia; hay situaciones de injusticia; hay situaciones en las que de verdad no podemos decir que ahí hay hermanos. No. Porque están luchando entre ellos; porque se están pegando; porque están perdiendo vidas. Obras de paz. Entreguemos los discípulos de Jesús la reconciliación. La que trajo Jesucristo. Sí. Eliminó el pecado, y trajo la gracia. Esta es la reconciliación que el Señor nos pide, en esta Pascua, que nosotros entreguemos. Hagamos obras de compasión. ¡Cuántas personas a nuestro alrededor tenemos en la vida que necesitan la pasión y la generosidad de nuestra existencia para salir de los atolladeros en los que en estos momentos viven y están! Vivir la compasión de Jesús. Vivir la pasión por la restauración del ser humano. Por sacarle de los atolladeros que le hacen ser menos persona. Eso es algo a lo que en esta Pascua el Señor nos está invitando.
Construyamos, queridos hermanos, la fraternidad. ¡Qué frágil a veces es la fraternidad! Cerca de nosotros estamos viendo la guerra, la lucha, la división, la muerte... Los discípulos de Jesús no somos hombres y mujeres para implantar esto en el mundo. Lo nuestro es construir la fraternidad. Y ello requiere fundamentalmente que vivamos del amor de Cristo. Sí. De ese amor que, durante estos días pasados, hemos descubierto cómo era. Es el amor que le llevó a la cruz, a dar la vida por nosotros. Es el amor que Él daba sin pedir a cambio nada. Daba aquello que siempre da vida. Aquello que construye, no que divide y rompe. Lo nuestro es construir la fraternidad desde el amor.
¿Os imagináis, queridos hermanos, hoy, a la Iglesia de Jesucristo, extendida por toda la tierra? En todos los lugares del mundo hay discípulos de Cristo. La belleza de este pueblo del que somos parte, de la iglesia, que va caminando por todos los caminos del mundo, y va regalando el amor de Jesucristo. Va construyendo la fraternidad. Va regalando aquello que más necesita el ser humano hoy. Esta es nuestra tarea y esta es nuestra misión.
Gracias, queridos hermanos que vais a ser bautizados, porque con el bautismo os incorporáis también vosotros a dar belleza a la Iglesia de Cristo y a caminar por este mundo regalando aquello que el Señor hoy os regala a vosotros: la vida suya. La vida que todos los discípulos de Cristo tenemos.
Queridos hermanos: hemos escuchado hace un momento, en el Evangelio, que el primer día de la semana, de madrugada, las mujeres fueron al sepulcro llevando los aromas. Las mujeres van al sepulcro guiadas por el amor. Los aromas representan precisamente ese amor. Pero la sorpresa fue grande: la piedra estaba corrida. El sepulcro estaba vacío. El Señor nos invita a abandonar los sepulcros. Son lugares de muerte. Son lugares vacíos. En esta noche de Pascua, el Señor nos invita a la vida; a la verdad; a la justicia; a la libertad; a la fraternidad; a no buscar al difunto, sino a vivir del viviente: de Jesús, del resucitado. No busquéis entre los muertos al que vive, queridos hermanos. No. No. Ha resucitado. Hay que buscarlo en la vida; donde hay vida; no en lo que ya está muerto. Hay que hacer posible que los sepulcros, vacíos de sentido, adquieran sentido en la vida. Hay muchas formas de vivir y de funcionar que están muertas, que no llevan a la vida. Lo nuestro no es entrar en esas formas: lo nuestro es entrar con la vida de resucitados. No tenemos que buscarlo en una fe vacía de una experiencia de Jesús, sino todo lo contrario. Buscarlo en este Jesús que vive. Esta noche, nosotros, de formas diversas, con las luces, con los cantos, estamos manifestando que no estamos reunidos aquí en nombre de un muerto que vivió hace 21 siglos, sino en nombre de alguien que vive, que os ha dado vida, que nos ha dado vida para que la regalemos a los demás.
No busquemos entre los muertos al que vive. No nos instalemos en la tristeza frente al futuro. La muerte está vencida. Ha resucitado. Esta es la palabra central de la historia para todos los cristianos, y es la noticia que tenemos que dar a todos los hombres. En el comienzo, en el inicio del cristianismo, esta fue la gran revolución que fueron instalando y metiendo en la historia de los hombres los discípulos de Cristo. Vivían y entregaban la vida de alguien que había resucitado; de un Dios que había bajado a este mundo; que se había hecho compañero del hombre; que se había hecho compañero para entregar vida, y que había hecho compañeros, entre los cuales estamos nosotros hoy. Compañeros de Jesucristo para seguir mostrando, a través de la Iglesia, en los lugares en los que estamos, la vida misma de Cristo.
Al Cristo resucitado. Al que hace maravillas y obra maravillas entre los hombres. Porque elimina las rupturas. Elimina las envidias. Eimina los rencores. El resucitado nos hace vivir una vida nueva. Acojámosla, queridos hermanos. Porque no solamente seremos felices nosotros. Haremos felices a los demás. Y haremos un mundo nuevo, un mundo distinto. Esto es lo que extrañó en el inicio del cristianismo: aquello que traían, la novedad que traían aquellos hombres y mujeres que, saliendo del solar de Palestina, iniciaron la misión por todas las partes de la tierra. Gracias a ellos, hoy, nosotros estamos aquí. Pero no para guardarnos a Jesucristo, sino para lanzarnos a la misión en los lugares donde estamos o donde vayamos.
Queridos hermanos: estad alegres. No estamos reunidos aquí en nombre de un muerto. Estamos reunidos en nombre del resucitado. Que nos da la vida. Que se hace presente entre nosotros. Que quiere entrar en comunión con nosotros, para que ya nunca más vivamos de nosotros mismos, sino de Él. Y, con Él, haremos posible un mundo diferente: el que a menudo soñamos y tenemos necesidad de hacer vida desde nuestra fe y desde nuestra adhesión a Jesucristo Nuestro Señor. Esto es lo que vais a recibir también por el Bautismo. Y os incorporáis a esta Iglesia de Jesús, extendida por toda la tierra.
Que el Señor nos bendiga a todos, queridos hermanos. Y Feliz Pascua.
Queridos hermanos obispos auxiliares, don José y don Jesús. Querido rector de nuestro Seminario metropolitano Queridos vicarios episcopales. Hermanos sacerdotes. Deán de la catedral. Hermanos y hermanas.
«E, Inclinando la cabeza, entregó el Espíritu». Vamos a contemplar, aunque sea por unos instantes, hoy, en silencio, a Jesús muerto en la cruz. A este Jesús. En esta contemplación, descubrimos el gran amor de Dios al mundo. Un Dios que se hace solidario del sufrimiento de todos los seres humanos.
Jesús, lo hemos escuchado, se encuentra absolutamente solo, agonizando en la cruz. El evangelista Juan escribe diciéndolo así: «Sabiendo que todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, exclamó: tengo sed». Y no se refería a la sed indecible de su cuerpo desangrado, cubierto de heridas, abrasadas, y expuesto al sol implacable de un mediodía de Oriente. La sed de Jesús revela el deseo de Dios de derribar los muros que nos separan de Él. Que nos encierra en nosotros mismos. Queridos hermanos: qué actualidad tiene para todos los hombres, y para esta humanidad, esta sed de Jesús. Sí: no podemos encerrarnos en nosotros mismos, o en nuestros propios intereses, sin importarnos los de los demás. Nosotros también tenemos sed de vida y de sentido. Y esta sed viene a quitarla Jesucristo Nuestro Señor. Jesús dijo: «tengo sed». Este grito se dirige a cada uno de nosotros. Sí, queridos hermanos: Jesús tiene sed del amor que no tenemos, cuando estamos ebrios de tantas aguas suicidas que matan, que eliminan a los que tenemos a nuestro lado.
El Señor ha sufrido la sed de nuestro amor y de nuestra vida. A la sed física de Jesús en la cruz, por la deshidratación, hay que añadir siempre esta otra sed todavía mayor: la sed de su gran deseo de dar la vida al mundo. Jesús tiene sed de agua. Sí. Pero tiene sed de justicia, de paz, de reconciliación, de amor. Tiene sed de ti, querido hermano. Tiene sed de nosotros. «Tengo sed. Quiero que regaléis mi paz. Que regaléis mi amor. Que regaléis mi reconciliación».
Había, lo hemos escuchado, un jarro lleno de vinagre. Y Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido». Porque tomar vinagre simbolizaba la aceptación de su muerte causada por el odio. No por el amor: por el odio. Y, aún así, Jesús muestra su amor hasta el extremo. Está cumplido. Sí. Es el fin: el fin de tu vida, de tu misión, de tu lucha, de tus fatigas. ¿Qué es lo que está cumplido? Está cumplido el amor incondicional y definitivo de Dios; el amor sin cálculo ni medida. Se ha cumplido el amor hasta el extremo. Todo ha terminado. Jesús lleva a cabo su misión hasta el final. Está cumplido. Está cumplido de tu parte, Señor. Pero, ¿y de nuestra parte? Nos falta aún ese día a día de cada historia humana, de toda la historia de la humanidad. Está cumplido tu amor. Pero no está cumplida la respuesta que nosotros tenemos que dar al amor mismo de Dios. Y, nos dice el Evangelio, lo hemos escuchado: «E, inclinando la cabeza, entregó su Espíritu». Sus ojos se cerraron, su cabeza se inclinó hacia delante, y su último acto fue entregarnos su Espíritu: el aliento de la vida, para la vida del mundo.
Y, queridos hermanos, ante la muerte de Jesús, nosotros, ante esa muerte, guardamos silencio. Contemplamos. Oramos. Hoy recordamos que la Pasión y la muerte del Señor continua en los millones de seres humanos que padecen hambre, pobreza; que no sienten que tienen hermanos; guerra, enfrentamientos, luchas... La mayor tragedia de la humanidad, queridos hermanos, sigue siendo esta: la incapacidad que tenemos para regalar el amor de Dios y sentir o hacer sentir que el otro es mi hermano. ¡Cuánto sufrimiento, en este último tiempo, con tantos enfermos de coronavirus que han fallecido solos, y con tantas personas que viven con ausencia de amor!
Hoy, Viernes Santo, todos nosotros nos acercamos a los crucificados de la humanidad. Nos sentimos llamados a recordar países enteros, donde hay tantos relatos de cruz por hambre, guerra, injusticias... Falta de Dios, queridos hermanos. Falta de Dios. Porque podremos tener muchas cosas, pero la ausencia en la vida de Dios es tremenda. Pasamos por nuestra vista las imágenes de las víctimas, de la gente mutilada por bombas, de las mujeres que han sido atacadas violentamente o niños atrapados en redes comerciales. Queremos escuchar hoy, en este Viernes Santo, la voz de los sin voz; el ruido de los pies de tantos inmigrantes y refugiados. Sí, queridos hermanos: refugiados ucranianos, iraquíes, afganos, africanos; hombres y mujeres, niños, ancianos, enfermos... aquellos que huyen de un terrible conflicto bélico que ha generado millones de refugiados. A algunos refugiados hasta les hemos cerrado las fronteras: se les echa fuera. Como a Jesús, que murió fuera de Jerusalén, fuera de las murallas, como un maldito.
En este Viernes Santo, queridos hermanos, se nos invita a mirar la cruz. «Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo». Y la respuesta es: «Venid a adorarlo». Que significa: vayamos hacia Él. Vamos a besarlo. Vamos a abrazarlo. Besando la cruz de Cristo, se besan todas las heridas del mundo; todas las heridas de la humanidad. Besando a Cristo en la cruz, entregamos al Señor nuestras propias heridas, nuestras penas íntimas, nuestros deseos frustrados. Todo lo que nos agobia. Todo lo que nos pesa. Hoy, al besar la cruz, al besar hoy a Cristo crucificado, acogemos su beso: el beso de su amor, que nos reconcilia, que nos hace vivir. Hoy, Jesucristo nos dice a todos nosotros, queridos hermanos, desde la cruz, nos está diciendo con fuerza: entrégame todo lo que te esclaviza, dame todo lo que te agobia, ofréceme todo lo que te entristece, entrégame tu sed de vida y de sentido. Vamos a hacer un segundo de silencio. Entreguemos esto a Jesús. Pongamos todo esto, lo que agobia, esclaviza, entristece..., al lado de Jesús. El sentido de la vida.
El beso de su amor nos reconcilia con nosotros mismos y con los demás. Y nos hace revivir. Pero, además, fijaos en esto, hermanos: junto a la cruz de Jesús, estaba su madre. Tal vez sollozando. Tal vez diciendo: ¿qué te han hecho? Tú, que has curado a tantos con tus manos, te han taladrado: Tú que has devuelto la vida a tantos, te han quitado la tuya; Tú, que pasaste por la vida haciendo el bien, mira el mal que te han causado. Pero has cumplido la voluntad del Padre, y has mantenido la fidelidad hasta el fin. Enséñanos, diría su madre; enséñanos a nosotros a mantenernos en la fidelidad hasta el final de nuestra vida.
Queridos hermanos: ante la cruz, a veces solo hay que estar en silencio, mirar al Señor, y dejarse mirar por Él; dejarnos abrazar por Él. Porque en su muerte, queridos hermanos, nosotros hemos alcanzado la vida. Por su muerte y por su resurrección. Enséñanos a mantenernos en la fidelidad. Cristo crucificado: Tú eres el rostro de la bondad y de la misericordia. Tú eres el rostro de la ternura de Dios; esa ternura que se manifiesta en cada uno de nosotros; que se manifiesta en toda criatura humana. En este Viernes Santo, nos acercamos a ti. Y acercamos a todos los hombres. Queremos que Tú invadas nuestra vida de tu amor. Y que nosotros regalemos lo que Tú nos regalas a cada uno de nosotros, que es tu mismo amor.
Esta humanidad, hermanos, está necesitada del amor de Dios. Y los discípulos de Cristo, la Iglesia de Jesús, extendida por toda la tierra, tiene la misión de regalar este amor; de hacer entrega de este amor del Señor en las familias, entre los vecinos, en los lugares de trabajo, en esta sociedad que estamos construyendo... Que no se construya desde relativismos que destruyen la identidad del ser humano, sino que construyamos la vida desde la identidad que Dios nos ha ofrecido en Jesucristo Nuestro Señor.
Amén.
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