Esto lo ha unido Dios: lo que Dios ha unido queremos que no lo separemos nosotros. Jesús siempre apuesta por lo más, sin restricciones, por el amor. Gracias a todos los que habéis venido hoy. Especialmente quiero daros las gracias a aquellos que estáis aquí y que menos ganas teníais de venir, aquellos que os habéis dejado llevar por otros. Gracias a los que os han invitado. Gracias a todos los grupos, comunidades, consagrados y consagradas que estáis aquí, a los sacerdotes, vicarios, diáconos que nos acompañan. Esto lo ha unido Dios.
En un mundo donde la gente anda triste y desesperanzada, pocos se atreven a mirar a la esperanza y ese es el desafío de nuestra Iglesia. Por eso el Papa, en este año en el que celebramos un hito especial, un Jubileo, un año donde celebramos la encarnación de Jesucristo y recordamos lo importante que es para nosotros, se nos invita a caminar y a peregrinar en la esperanza.
Necesitamos lo primero, para enterarnos de este año y para ponernos adelante, escuchar al Espíritu de Dios que ya está caminando entre nosotros y está haciendo maravillas como esta noche y empuja unos a animarse a otros. Ese Espíritu que camina con nosotros en medio de un mundo muy relativista, pesimista, con muchas guerras detrás, muy enfrentado, con muchas ofensas de unos a otros, pero aquí se nos encarga dar al mundo una buena noticia: la esperanza está aquí.
Si celebramos la esperanza lo primero es tener conciencia y agradecer que no es que esperemos nosotros a Dios, sino que Dios nos espera a nosotros. En eso consiste la esperanza. En tener un año para darnos cuenta de que Dios espera de nosotros y cómo podemos abrirnos a esa esperanza y darnos cuenta de que Dios se fía de nosotros. La esperanza es que Jesús ha resucitado y ha pasado por lo mismo que hemos pasado cada uno de nosotros. No es una idea o un subidón de un momento, no es un sentimiento para andar bien y que otros anden mal. La esperanza es que Jesús nos abra los ojos y nos transforme en discípulos, amigos suyos, para hacernos felices y para incorporarnos a su proyecto que es la fuente de la felicidad plena. Este es el proyecto de Jesús y esto es lo que quiere, no solo para hoy, sino para llevarnos mucho más allá, hasta la vida eterna.
Para entrar y caminar en la esperanza queremos, en primer lugar, sentir que necesitamos a Dios. ¿Lo habéis pensado alguna vez? Si no la esperanza no entra; tenemos sed de Dios, necesitamos a Dios. A veces tenemos muchos vacíos, muchos pensamientos, muchas heridas, ¿por qué no se las presentamos a Dios? Esa es la primera fuente de esperanza y por allí empieza.
Lo segundo que necesitamos es afrontar las noches. No esta que es muy bonita, no esta que está llena de luces y de amigos, sino las otras noches. No tengáis miedo a la noche, antesala de la esperanza. No hay que ocultarlas ni evadirlas ni callarlas. Recuerda que Jesús nos regala la cena de noche, llora en el Getsemaní de noche, muere en la noche y en la oscuridad. Recuerda que siempre al alba llega la resurrección.
La noche para Jesús es lugar de prueba, pero en ella siente que Dios está con él y eso es lo que te quiere decir a ti: en cada noche Él está allí. Esta noche se puede perecer, puede ser un momento terrible, o puede hacernos crecer la esperanza de que Dios está ahí. La esperanza no está en la escapada ni en la impaciencia, es dejar que Dios nos acompañe en las noches. No tengáis miedo a las noches, son parte de nuestra peregrinación de la esperanza. Jesús las atraviesa y nosotros también.
Pero para entender la esperanza, si hay que tener sed o ser valientes y atravesar las noches, la esperanza hay que acogerla como un regalo. La esperanza la regala Jesús y os la quiere regalar, pero hay que pedirla y acogerla. Esperanza no es ser optimista, sino que va más allá.
Es la de los padres que acogen a un hijo en el matrimonio y ven en Dios su fuerza, aun sin ver nada en el futuro, sin más pruebas que el amor y la fe. Esperanza es la de los novios que se lanzan a confiar en uno y en el otro para toda la vida sin más horizonte que el amor y la fe. La esperanza es la aventura del seminarista o de la consagrada que se lanza a cambiar de vida sin más ruta que el amor, el calor de los amigos y la fe. La esperanza es la de aquel que se fía de un amigo o una amiga y le confía su vida y el corazón sin más recompensa ni seguridad que el amor y la fe. La esperanza es la fe de alguien que viene a esta vigilia y se fía de lo que dice Dios y le abra el corazón sin más recompensa que el amor y la fe. La esperanza es la de María, que es la primera que nos lo enseña, que cree que lo que ha dicho Dios se va a cumplir, aunque no lo ve. Solo ve a un niño y un crucificado.
Pero María sabe ver algo que nos invita a ver a nosotros. Sabe ver que ahí está la semilla de lo que Dios está haciendo y es lo que nos invita a nosotros como peregrinos de la esperanza, a descubrir dónde están las semillas por donde Dios va creciendo. Aun cuando no hay razones o pruebas, la esperanza siempre crece, aunque a veces no se ve. La esperanza existe porque merece la pena vivir así, merece la pena saber que vamos a otra orilla y que no se acaba todo en dos días.
San Agustín decía: «De que sirve vivir bien, si no se da vivir para siempre». Nosotros sabemos que viviremos para siempre y sabemos que Dios nos creó para la vida y nunca para la muerte. Que Jesús vino a darnos una vida mucho más grande y mucho más honda, aunque a veces nos enredamos con el día a día.
Nosotros miramos hoy a la resurrección que es la que da sentido a cada paso y nos dice dónde están las cosas importantes. Os invito esta noche a dar un salto a la esperanza. Coged las semillas que haya y creed que lo que ha dicho Dios se cumple. Os lo prometo. Lo que ha dicho Dios se va cumpliendo. La Palabra de Dios, los amigos, la Iglesia, los sacramentos os van diciendo cómo enfocar la esperanza.
Por eso, queridos peregrinos de la esperanza, permitidme que termine pidiendo tres cosas al calor de este encuentro. Lo primero que os pido, como peregrinos de la esperanza, quizás para renovarla es que este año subrayemos la importancia de nuestra vocación. Atrévete a preguntar qué intención tiene Dios sobre ti porque es la intención de la felicidad. Háblalo en tu grupo, con los tuyos, ¿qué espera Dios de ti? Es la mayor felicidad que vas a conseguir. Será amplia y fecunda, no lo dejéis este año.
Lo segundo que os pido es que en todo este camino nos ayudéis a la Iglesia a ser sinodal. ¿Qué significa esto? Que podamos caminar juntos. Madrid es muy grande y a veces nos encerramos en nuestros grupos, en nuestras parroquias, en los que piensan como nosotros. La esperanza y los peregrinos de la esperanza nos dicen que necesitamos puentes y que necesitamos de vosotros para que nos enseñéis, como esta noche, a caminar juntos. Tomad la iniciativa sinodal, enseñadnos, id por delante. No os cortéis. Id por delante. El camino sinodal en el que está la Iglesia también depende de vosotros y nunca será sin vosotros.
Y, en tercer lugar, lo que os pido en esta peregrinación de la esperanza es que celebréis lo importante que es ser cristiano. No os dé vergüenza. Celebrad. Estad orgullosos de ser cristiano. Estad orgullosos de que Dios ha depositado en ti la esperanza Dios se fía de ti y se fía de todos nosotros. Por eso no dejéis de buscar signos de esperanza que están a nuestro lado. Hay mucha gente, matrimonios que nos están diciendo que el Evangelio merece la pena en el amor, gente entregada que apuesta por la vida en todas sus dimensiones, gente que está buscando alianzas sociales y ante este mundo que se pega está intentando rezar por la paz.
Hay signos de esperanza porque hay gente que está luchando para que la paz y la justicia reine en este mundo y necesitamos que vosotros los detectéis y que seáis de esa gente. No os repleguéis. Contamos con vosotros para ser peregrinos de la esperanza este año y para apostar por la mayor, que es el amor de Dios que se nos entrega y de un Dios que hoy nos dice: «Me fío de vosotros, os estoy esperando, venid a mí». Juntos, con esta eucaristía, nos ponemos en camino.
«Escucha mi voz Señor». Es lo que hemos dicho en una de estas oraciones pidiendo juntos y subrayo lo de juntos, desde cada una de nuestras tradiciones, a Dios, la paz. Escucha Señor nuestra voz en esta noche. Escucha nuestra voz y la de nuestro mundo. Especialmente desde el clamor de las víctimas, de lo que mueren, de los pobres y de quienes sufren infiernos infinitos porque vivimos en tiempos difíciles y por eso tenemos este momento de oración. Tiempos complejos y muy delicados. Tiempos de oscuridad que especialmente necesitamos la luz de tu amor, de tu compasión y de tu misericordia.
Los creyentes, desde cada una de nuestras tradiciones, no queremos vivir ciegos ni insensibles ante el llanto de tus hijos y, por eso, necesitamos en medio de la noche la luz del Resucitado ante tantos calvarios que hay en nuestro mundo. Los múltiples conflictos armados, en diversas regiones del mundo, son parte de una realidad global de violencia extendida. Aunque no aparecen como una guerra mundial única, como se daba en las del siglo XX, los conflictos en Tierra Santa, Siria, Yemen, Ucrania, África, y en tantas partes del mundo, forman un mosaico de violencia que afecta a millones de personas y son conflictos no solo bélicos, sino también económicos, sociales y ambientales.
Una guerra continúa alimentada por una carrera armamentística que crece a expensas del sufrimiento humano. Hambre, pobreza y desigualdad es un círculo maléfico que se retroalimenta, pues muchas guerras son la consecuencia de una desigualdad y una injusticia social donde los recursos se utilizan para la guerra en lugar de para el desarrollo humano.
«La guerra siempre es una derrota dondequiera que se combata. Las poblaciones están exhaustas, cansadas de la guerra que siempre es inútil, solo lleva muerte y destrucción y no traerá nunca la solución del problema», es lo que no se cansa de decir el Papa Francisco. Las guerras son siempre un fracaso de la humanidad. En lugar de construir puentes, los conflictos arman barreras entre las personas y destruyen la fraternidad universal que debe caracterizar la relación entre los pueblos.
Señor, sabemos que nuestra debilidad tú eres la luz y nuestro sustento. Con el llanto de los pobres esta noche, juntos, no sabemos más que orar. Orar por la paz. Porque ante la violencia, a un cristiano le sobran razones para hacerlo. Oramos ante ti Señor por la paz, para manifestar nuestra fe. Fe en el Dios de la vida, en el Dios trino, todo amor, que crea, sostiene y cuida la vida.
La oración siempre es eficaz en el plano del amor de Dios. En esta oración nos abrimos a los demás. En esta oración, en el plano del amor, se nos concede el don de encontrar caminos creativos de reconciliación y de paz. Oramos por la paz porque creemos en Jesucristo, el Príncipe de la Paz, que pasó por el mundo haciendo el bien, perdonando a quienes le crucificaban y atravesando cualquier calvario de violencia e injusticia.
La guerra es uno de esos terribles clavos que laceran la carne y el alma de Nuestro Señor en la cruz y como cristianos nos sentimos llamados y convocados, juntos, esta tarde a quitar clavos, a bajar de la cruz a multitudes de gentes crucificada por las guerras y que están muy cerca de nosotros. Familias rotas, muertos, heridos, mutilados, desplazados, muy cerca de nuestras tranquilidades. Oramos por la paz porque queremos y necesitamos estar cerca de quienes están cerca de ti, Señor.
Nuestra fe nos dice que la oración lo puede todo, especialmente cuando se une al llanto y al clamor de los pobres y sencillos. Con ellos rezamos esta noche. Las víctimas son esta noche nuestros maestros de oración para nosotros porque ellos nos enseñan que la oración es la única fuerza del humilde que confía solo en Dios y solo se apoya en su paz. A su oración, a la oración de los pobres, nos unimos esta noche porque allí nos convocas Señor, allí te quieres quedar. Tú eres el Dios de los que sufren y sabemos que estás ahí, llorando con los niños, sufriendo entre los bombardeos en el bloque ante las insensateces del ser humano.
Oramos juntos esta noche porque necesitamos el don de la conversión para poder perdonarnos y aprender a pedir perdón y amar al enemigo como camino para la paz. Sí, reconciliarnos para poder construir el deseo de la fraternidad que brota del misterio de comunión en el amor que es el Dios, uno y trino. Necesitamos convertirnos de esos egoísmos, de intereses espurios, de la tentación de hacer caso a los halcones de la guerra y del terrorismo que sacan ventajas personales de la muerte y la destrucción.
Oramos para que Dios arranque de nuestros corazones todo sentimiento cainita por sofisticado que sea. Por eso, nuestra oración esta noche va unida al compromiso del ayuno. Ayunamos de cuanto ánima la violencia, toda violencia. Ayunamos del insulto y de la agresión. La oración es el primer paso para abrir el corazón a la paz y sensibilizarse ante el sufrimiento. Pero también nos abre al compromiso personal y social para construir esa paz en el mundo, una paz entre nuestras iglesias y en nuestras iglesias, en la familia, en los barrios y en cada espacio.
Oramos, pues, acogiendo la llamada del Señor para ser constructores eficaces de su paz. Él cuenta con nosotros, juntos, sin violentarnos, como enamorado, y nos llama cada día a construir su Reino, Reino de justicia y de paz, de amor y de vida. Reino que tenemos que hacer especialmente presente en medio de aquellos que necesitan nuestra oración, nuestra solidaridad y nuestra acogida. Hagamos presentes, hoy y aquí, en nuestra oración, entre el replicar de las campanas, a los miles de refugiados que son víctimas de las guerras. Que cuando llamen a nuestras puertas no las encuentren cerradas.
Por eso, quiero aprovechar para hacer un nuevo llamamiento, sobre todo a las instituciones religiosas para poner en disposición de acogida sobre todo espacios de media y alta capacidad durante un tiempo determinado. La diócesis será la primera en hacerlo. Con seguridad, estas guerras terribles, van a provocar nuevos desplazamientos forzosos que demandarán aumentar nuestra capacidad de acogida y nuestra fraternidad.
Oramos por la paz, porque al ver la Tierra Santa, la tierra que pisó el Maestro, la tierra que escuchó su Palabra de vida empapada en sangre, se nos rompe el alma porque estamos llamados a construir una tierra donde el hermano siempre sea objeto de nuestra preocupación y cuidado. Oramos para no olvidar a los hijos de Dios, lo peor es olvidar o vivir anestesiados ante el drama de las guerras que tenemos tan cerca.
Hoy en esta catedral hay muchas luces, pero solo una es indispensable e insustituible, la de Cristo Resucitado que vence a la muerte a todas las muertes. Señor, ilumina el corazón de los violentos, toca la muerte de los halcones de la violencia, libranos de la oscuridad de nuestros corazones que con frecuencia se dejan llevar de sentimientos de ira y de rencor. Ayúdanos a ser testigos de tu paz, comunidades, iglesias que transmitan tu paz. Subrayo testigo de tu paz, no la del mundo, no de la que nace de nuestra lógica, sino la que nos das por medio de tu Hijo que nos amó hasta el extremo.
Desde nuestras Iglesias, junto te pedimos Señor, que donde haya odio, pongamos fraternidad, donde haya violencia, pongamos perdón. Señor haznos instrumentos de tu paz, porque con la guerra se pierde todo, y con la paz podemos ganar todo, lo primero a ti, el Príncipe de la Paz.
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