No es bueno estar solo. La soledad no deseada es uno de los males que aflige a nuestra sociedad. No es bueno dividir aquello que Dios se ha esforzado por unir. Este domingo, desde la iniciativa de la Comisión Diocesana de la Comunión, ponemos delante de todos algo precioso que como Iglesia anunciamos en cada paso: el gozo y la realidad de poder vivir la comunión.
Es un gozo complejo, muchas veces, de vivir en medio de la diversidad en la que vivimos. Es la artesanía que vivimos en la Iglesia que hace y nos hace ser una verdadera familia con los vínculos firmes en Dios y entre nosotros.
Entre las primeras palabras del libro del Génesis, pone en boca de Dios esta que hemos escuchado hoy y que expresa que somos personas con vocación a la comunión, al encuentro y a la relación. No es bueno que el hombre esté solo. Por eso, mientras los fariseos se empeñan en dividir, separar, repudiar a la mujer en el Evangelio de hoy, Jesús les hace mirar en otra dirección, se sitúa en otro horizonte y Jesús va a la mayor. Por eso, no elige las rebajas, sino la apuesta total de la vida. Ya sabéis que en tiempo de Jesús era realmente fácil para el hombre repudiar a la mujer, pero en absoluto al revés.
Jesús no resuelve este conflicto enfrentado al hombre y a la mujer sino cogiendo a los dos y subiéndolos un escalón, llevándolos más allá, a una auténtica comunión en el amor. Ese amor, si es verdadero, no pone nunca límites ni plazos, respecta con delicadez las diferencias y se empeña en cultivar lo que aproxima, lo que nos complementa.
El lema escogido este Domingo para la Comunión ha sido, ‘Un solo corazón’, recordando los inicios de las primeras comunidades cristianas. Así debe ser la diócesis, así deben ser nuestras iglesias. Cada iglesia con un solo corazón, grande y fraterno. Hoy presentamos la llamada y el sueño de Dios a no separar lo que Él ha unido.
Se trata de ponernos una vez más a la escucha del Espíritu para que nos saque de nuestras particularidades, de nuestros grupos o pequeños espacios, para dejar que nos vertebre en torno a una misión que tenemos en común. Una misión que es más grande que cada uno de nosotros y nuestras comunidades, más grande que nuestros carismas o dones particulares. Por eso la comunión, lejos de uniformar, armoniza la pluralidad que embellece la unidad de la Iglesia haciéndonos sonar a todos armónicamente.
Frente a las heridas de las divisiones estamos juntos llamados a dar testimonio de unidad, testimonio profético en medio de nuestro mundo. El problema viene cuando Adán se viene arriba y se olvida que comparte la misma dignidad con quien Dios le ha puesto al lado.
Hemos sido creados por Dios Padre que no se avergüenza de llamarnos hermanos como hemos escuchado en la Carta a los Hebreos. Por eso, si Dios nos creó para vivir unidos, si nos envió a su Hijo para reconciliarnos con Dios y entre nosotros, tiene sentido pleno el deseo de Cristo que proclama el Evangelio de Marcos: «Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre». En la familia, en la Iglesia y en la humanidad.
Dios nos ha unido y eso es una llamada a toda la humanidad para vivir la comunión de todos los hombres y mujeres, entre ellos y con Dios. «Todos, todos, todos», como dice el Papa Francisco. Al servicio de esta comunión universal estamos nosotros, está la Iglesia que, como dice el Concilio, es «sacramento, signo e instrumento de la íntima comunión con Dios y de la humanidad de todo el género humano».
Pero vivir la comunión no es solo fruto de nuestro esfuerzo y nuestra voluntad. Es sobre todo un don que se nos regala y que pide ser acogido en humildad y en obediencia al Espíritu Santo. Vivir la comunión es aprender diariamente a vivir el amor mutuo y descubrir la presencia de Jesús que nos asegura que «donde dos o más están unidos en su nombre, Él se queda en medio de ellos».
Hoy es bueno que recojamos la llamada a reconocer a Jesús donde hay comunión. ¿Dónde descubrís que Jesús está presente uniendo y haciendo uno hoy? En un mundo dividido, polarizado y desarraigado es un buen ejercicio para la iglesia ir reconociendo a Jesús como signo de comunión.
Primero reconocemos que Jesús nos une en cada familia: es el primer lugar de anuncio de la comunión. Escuela y semillero de comunión, con todos los sufrimientos, luchas, alegría y la vida cotidiana. Pero también, en segundo lugar, reconocemos esta presencia de Jesús que nos une en nuestra Iglesia. San Juan Pablo II nos propuso para la Iglesia del Siglo XXI un lema, ‘Una espiritualidad de comunión’. Trabajar así intensamente y solo lo lograremos si nos convertimos a una forma de participación en la vida de la Iglesia que sea realmente sinodal. La sinodalidad, queridos hermanos, es la forma de tejer la comunión.
Además de acompañar desde la oración y la esperanza este tiempo de gracia que durante este mes de octubre vive la Iglesia con el Sínodo de la sinodalidad, estamos llamados hoy a renovar nuestras comunidades para que sean expresión real de una Iglesia sinodal por la comunión desde la participación y hacia la misión. Nuestra Iglesia solo será posible si como dice el lema de hoy, cuidamos el latir con un solo corazón, el de Cristo. Allí se encuentra cada uno de nuestros corazones, latiendo a su ritmo, y no al nuestro, y siempre desde el corazón de los más necesitados, los más vulnerables y sufrientes como primer hogar de comunión.
Sí, vivimos guerras peligrosas. Hoy las divisiones matan y siembran muertes. El lunes por la tarde, en la Catedral, hemos convocado una oración por la paz en Tierra Santa y en todo el mundo siguiendo el llamamiento del Papa. Ante la guerra que desangra la tierra que pisó el Señor y sus aledaños, ante tantas guerras abiertas, pedimos paz.
Pero también nos sentimos urgidos y urgimos a todas las instituciones religiosas, por eso os animo a ellos, para que una vez más podamos compartir la capacidad de nuestras instalaciones al servicio que las guerras y las catástrofes humanitarias están desplazando. Necesitamos con urgencia espacios nuevos de acogida a los que huyen de la guerra.
Pero no solo eso: vivimos polarizaciones que deshumanizan y se cuelan en la Iglesia dividiendo y agrediendo a veces con violencia sofisticada. Vivimos entre malentendidos y enfrentamientos hasta en nombre de no sé qué razones que rompen el corazón del mismo Cristo. Pidamos hoy juntos el don de la comunión que transita la caridad, el diálogo, el sacrificio y el servicio. Solo así lo haremos posible poniendo cada uno su singularidad, pero en el corazón de Dios.
Que todos los bautizados seamos uno para que el mundo crea y que lo que Dios quiere unido, no nos empeñemos en enfrentarlo y separarlos con partidismos, ideologizaciones o no querer mirar al corazón.
Y no olvidemos la segunda parte del Evangelio: nada hace estar más en comunión que sentir que compartimos una misma misión y que somos partícipes de un mismo bautismo. Caminar sinodalmente y como destaca el Evangelio poner nuestras fragilidades y divisiones no en el centro, sino secundariamente. Lo que Dios une, que no lo separemos. Demos gracias a Dios hoy por todo lo que une, por nuestra oración y por esta Eucaristía que realiza la unidad y el plan de Dios.
«Nos toca conocer los tiempos que el Padre ha establecido»: esta es la desconcertante línea de acción del Señor. Nos toca conocer los tiempos: es un mandato y una promesa. La promesa es que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo. El mandato es exigente: ser sus testigos hasta el confín de la tierra. Así de sintético y contundente. Así fueron las últimas palabras de despedida del Señor cuando tiene que dejar a sus discípulos.
Nosotros pretendemos tener todo agendado, planificado, ordenadamente colocado en las agendas, tanto las académicas como las pastorales. Hacemos planificaciones, plantillas, pero al final Jesús siempre nos sorprende haciéndonos regalos inesperados, nos implica y nos saca de eso que se llama nuestras zonas de confort.
Desde el principio, el Maestro ha caminado en las periferias de nuestro mundo y a la intemperie haciendo que los discípulos aprendan a desenvolverse allí. Es allí donde el Maestro quiere que estén.
Por eso, no es de extrañar que, ante unos discípulos desconcertados por su muerte prematura y violenta, en la intemperie de la vida, el Señor les conduzca de nuevo al lugar donde quiere que permanezca.
El libro de los Hechos de los Apóstoles nos da hoy los detalles: «Se presentó a los apóstoles, les aportó numerosas pruebas de que estaba vivo, se le apareció durante 40 días y les habló del Reino de Dios». Y aun así a los discípulos les cuesta confiar. No sé si nosotros lo tenemos más fácil.
Por eso, al inicio de este curso, no hay que como rezar con intensidad el Salmo que hemos cantado todos: «Envía tu Espíritu Señor y repuebla la faz de la Tierra». Solo la atención a las indicaciones que nos da el Espíritu Santo nos puede sacar de nuestras vacilaciones, de nuestras perplejidades y de nuestros despistes para, ahora al principio, saber donde todos tendremos que colocarlos.
Al hilo del Evangelio que hemos proclamado, la primera asistencia que hoy le pedimos al Señor como comunidad universitaria es el don de saber desde el primer día, qué es lo fundamental. Dónde estamos todos. Lo que se pide de nosotros. Y no es otra cosa que es saber amar a Dios con todo el corazón y con todo el ser. Se lo pedimos también para esta archidiócesis, para todas nuestras diócesis y para toda la Iglesia. Si no comenzamos por el amor, perdemos el norte y todo lo demás se caerá porque es efímero.
El segundo auxilio que le pedimos al Espíritu es el regalo de la docilidad para acoger y guardar su Palabra. Las dos cosas son igualmente importantes: acoger y guardar. En nuestra diócesis hemos tenido la oportunidad de acoger la Semana de la Palabra: creímos que es la mejor manera de iniciar eclesialmente un nuevo curso. Juntos, a la escucha, pues la Palabra necesita ser acogida, contextualizada y rezada personal y comunitariamente. Del mismo modo, no busca la Palabra ser depositada en un archivo como si un documento más se tratara. Guardar significa llevarla a término, obedecerla, hacerla vida y eso es lo que se nos pide.
La tercera súplica que le pedimos al Espíritu es que nos dejemos habitar. Sí, habitar por la Palabra. Solo así la haremos visible en nuestra vida y solo así, habitados por ella, seremos creíbles. Hablar y enseñar. Recordar lo que se olvida y volver a pasar por el corazón. De eso nos habla hoy el Evangelio explícitamente, aunque seguro que san Juan no tenía en la cabeza las universidades, pero sí podemos aprovechar a su hilo algunas enseñanzas sencillas que hoy os propongo.
La primera es pedir al Espíritu Santo, al hilo de la Palabra, el regalo de la sabiduría y de la pasión por la verdad. Los discípulos querían arraigarse fielmente en el Señor, pero con duda, y a veces por si no le salían bien las cosas, no se habían enterado bien. Pero el reinado de Dios tiene más que ver con Dios y con su Gracia que con nuestros empeños voluntaristas, por muy buenos que sean.
Por otra parte, en poco o en nada se parece a los reinados humanos. Esto, aplicado a nuestra comunidad universitaria, podemos añadir un matiz que tiene que ver con lo que hace muy poco pedía el Papa a los profesores de la Universidad Católica de Lovaina: «Se trata de ensanchar las fronteras del conocimiento». Acentuando que no se trata de aumentar nociones o teorías, sino hacer de la formación académica un espacio vital que abrace la vida y las intemperies de nuestro mundo.
Fe en Dios, que es el objeto y el sujeto de esta virtud, y también confianza en los hermanos y en el dejarnos sorprender por ellos. Sí, lo más apasionante de la vida es lo que nos sorprende, lo inverificable, lo misteriosamente seductor. Aquello que nos provoca asombro y rompe con todo lo previsible y lo rutinario.
Por eso, también pedimos al Señor ser capaces de superar la otra tentación de nuestra época: la renuncia a hacer preguntas, especialmente cuando son incómodas o cuando no tienen una respuesta simplona o maniquea. La universidad debe ser portador de búsquedas, debe ser conciencia crítica, debe iluminar con su reflexión a quienes se enfrentan a la problemática de la sociedad moderna o posmoderna, debe ser el crisol donde se debatan en profundidad diversas tendencias y donde se propongan soluciones.
Nunca la universidad puede ser refugio de tal o cual corriente, sino un espacio de búsqueda común siempre en camino. Nosotros discípulos, misioneros del siglo XXI, enviados por el mismo Señor, tenemos que afrontar la realidad de andar en la intemperie de una cultura instalada en la vaciedad, de un racionalismo que deja la secuela de la insatisfacción y en el reinado de la posverdad. La ausencia de grandes preguntas y la proliferación de falsas respuestas y fake news. Este es nuestro campo.
Ante ello, como dice San Agustín, repetimos en este inicio de curso: «Nos hiciste para ti Señor y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Aunque a veces, más que santamente inquietos, parecemos adormecidos o estresados o excesivamente ansiosos.
Impresiona la cantidad de gente que hay a nuestro lado que anda desnortada, deprimida con ideas acción suicida, con vidas desdichadas. Ese es un desafío para nuestra Iglesia y habla de la pertinencia y la sed que tiene nuestro mundo de acoger la Buena Noticia que nos ha encargado contagiar el Señor.
Por eso, queridos amigos, seguimos necesitando del Espíritu del Señor Resucitado para que camine a nuestro lado, para que nos enseñe presentar las verdades de la fe de una manera seductora y comprensible para nuestros vecinos en una cultura cambiante y relativista donde Dios ya no es el centro y nosotros vivimos siendo periféricos y colocados a la intemperie, tal y como nos colocaba Jesús al principio, pero sabemos bien de quién nos hemos fiado y quién es el constructor del Reino de Dios. Nosotros, como aquellos discípulos, somos testigos.
La teología tiene que dar cuenta de este testimonio: de en quién creemos y por qué creemos. Con todo, además de dar buenas razones, tenemos que mover a la experiencia personal hacia el encuentro de Dios que es el motor de todo cambio.
Para ello, ayer, hoy y siempre no hay mejor instrumento de la evangelización que el testimonio de la propia vida, fuera y dentro de las aulas. «Necesitamos más testigos que maestros», exclamaba el Papa Pablo VI. Por eso, los santos y los mártires no necesitan demasiadas cartas de presentación. Ellos son la carta de presentación de Dios.
Hoy tomamos conciencia honda de que el que se hizo Palabra y que acampó entre nosotros, el que fue Resucitado con el Padre, nos sigue entregando, en este inicio de curso, su Espíritu Santo para que despleguemos el Evangelio hasta los confines del orbe. Promesa y mandato: los dos términos del Evangelio.
Sin la promesa el mandato sería una orden sin posibilidades de ser cumplido. Y sin el mandato la Iglesia sería un club o un grupo estufa en el que sentirnos protegidos frente a tantas inclemencias.
Hermanos y hermanas, que el Espíritu Santo que invocamos en esta Eucaristía de inicio de curso, nos ayude, primero a amar, que nos ayude a guardar la Palabra y nos regale la coherencia para ser testigos creíbles del amor de Cristo con obras y palabras. «Recibiréis el Espíritu Santo»: acojamos hoy esta promesa.
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