Domingo, 29 diciembre 2024 11:49

La Almudena se abre a la esperanza

«Alegraos, alegraos porque Cristo ha nacido». ¡Feliz Navidad!. Para nosotros no es una frase hecha o de cortesía, es un deseo que estos días lanzamos y que parte de una constatación: la verdadera Navidad, nuestra Navidad, es una propuesta de felicidad auténtica, no de temporada, no eufórica y superficial. Es la posibilidad de acoger sencillamente una Palabra activa, el Verbo que viene del mismo Dios y que da respuesta a nuestras preguntas más profundas, a nuestros anhelos más hondos, a nuestras esperas más complicadas.

Mucha gente, cuando llegan estas fechas, se siente sola, herida, triste, y lo único que desean es que pase pronto. Estas fechas sacan a la luz soledades, tristezas o amarguras, y lo que quieren es que pase. Mucha gente, ante nuestro deseo de feliz Navidad, nos presenta el desasosiego, el malestar que percibe porque el imperativo de felicidad al que hipotéticamente queremos llegar, ven que ellos no llegan.

Por eso, especialmente hoy, me gustaría saludar a esas personas que están más tristes en estos días. Desde lo que hoy celebramos quisiera deciros que la felicidad que trae este Niño Dios sí está al alcance de todos, también al alcance de los que sufrís y mostráis vuestro portal de Belén. El nacimiento de Cristo no es una dicha solo conseguible por los triunfadores o la gente que está en un momento dulce o los que viven en la cara amable de la vida. La promesa que trae Jesús, como anunciaba el salmo, «llega a los confines de la Tierra». Llega a los confines geográficos, pero también a los margines existenciales, a los confines más duros, a miles de realidades que se conforman como aquel, primer y sencillo portal de Belén.

Esta promesa lleva y llega a los belenes del mundo y a ese belén que cada uno de nosotros llevamos dentro. Muchas imágenes describirán a Jesús, muchas intuiciones: Maestro, amigo, Pastor, Señor, Hijo del Hombre. De todas ellas quizás la que hoy se nos ha proclamado es uno de las más bellas: es el Verbo, la Palabra Activa de Dios. Jesús es la Palabra con la que Dios viene a despertarnos, a removernos y a reconciliar este mundo en guerra. En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los profetas, pero al final su palabra última tiene un nombre, es Jesús. Cuando Dios quiso hablarnos de sí mismo y lo quiso hacer con claridad, con cercanía y de una manera definitiva nos da su Palabra, el Verbo: la Palabra se hizo carne, se hizo hombre y plantó su tienda entre nosotros.

La Palabra se hizo carne y no cualquiera: es la de un niño para que todos podamos entender y para que todos palpitemos con ella. Palabra que luego se proclamará en la vida y en los signos de Jesús, en sus palabras concretas, en su enseñanza, en su forma de ser maestro, en sus parábolas que nos siguen describiendo de manera acertada cómo es nuestro mundo. Y también palabra que se hace vida en los diálogos con los pecadores, con los enfermos y con las autoridades de su tiempo. Pero, sobre todo, y más aún, la Palabra de Dios se rebela en Jesús y se proclama cuando lo contemplamos en su vida, en sus obras, en obediencia a la voluntad del Padre y a su pasar por este mundo haciendo el bien, amando hasta el extremo y confiando en la vida plena más allá de la muerte.

Por eso en nuestro mundo lleno de palabras y palabrería, palabras parciales, violentas y vacías, Jesús es la Palabra que nos ayudará a entender quién es Dios. Jesús es la Palabra que nos ayudará a ver cómo ha de ser el mundo si se deja alumbrar por esa luz que brilla en las tinieblas. Jesús es la Palabra que nos da la clave de a qué estamos llamados a ser y a vivir cada uno de nosotros.

La Palabra habitó entre nosotros, el Verbo sigue habitando porque una vez vivida y encarnada ya no hay marcha atrás. La Revelación de Dios en Jesús es definitiva y para siempre. Esa Palabra queda grabada a fuego en nuestra historia y hoy, nosotros que venimos a Misa en este día de Navidad, tenemos una responsabilidad porque hemos tenido la bendición y la suerte de acogerla. Esta responsabilidad es la de hacer que se escuche la Palabra también hoy, que suene en medio de nuestras voces: unas veces solitariamente, en nuestros ambientes, pero otras veces haced que esta Palabra suene también como Pueblo de Dios que somos. La Palabra, que se hace Verbo activo, nos hace, a todos nosotros, comprometidos para que seamos voceros de su contenido. Porque no solo en aquella Navidad hubo quien no acogió la Palabra, no solo entonces hubo gente que prefirió las tinieblas a la luz. También hoy sigue ocurriendo. A veces de manera consciente, otras veces de manera inconsciente porque vivimos distraídos entre tanto ruido, entre tanta palabra vacía o entre tanto discurso que ofrece verdades de saldo, eslóganes ideológicos o recetas sobre lo que ha de ser la vida o la sociedad. Incluso cuando tantas veces se manipula la Palabra de Dios para ponerla al servicio de ideologías o de miradas torpes de la realidad. Acoger la Palabra no es manipularla, es escucharla, respetarla y dejar que actúe en el Pueblo de Dios.

La Palabra que es Jesús es una palabra que suene con tres timbres, tres formas especiales de escucharlas. En primer lugar, esta Palabra es palabra de la verdad: la verdad sobre el ser humano, la creación, la historia y sobre tu destino y nuestro destino. La verdad sobre quién y cómo es el Dios con nosotros, de nuestros limites como criaturas. En un mundo como el nuestro, dónde tanto se acepta y se jalea la mentira o el relativismo, nosotros, como aquellos pastores de Belén, estamos llamados a escuchar la Palabra verdadera que nos enseña a comprender a Dios, al mundo y nuestro sitio en él.

En segundo lugar, igual que suene a verdad, la Palabra es una palabra de justicia y misericordia de Dios. Son las dos caras de la misma moneda: la justicia de Dios no es una exigencia de cumplir alguna ley, sino una propuesta que da sentido, un horizonte en el que vivir y la compasión para saber que, aunque por el camino muchas veces no estamos a la altura, sin embargo, Dios seguirá llamándonos y tirando de nosotros y diciéndonos que es posible construir su Reino. Si eso es la justicia, la misericordia no es trivializarlo todo, no es decir que da lo mismo hacer y no hacer, no es el conformarnos con la mediocridad. La misericordia es la confianza de que con el barro que somos, si le dejamos, Dios puede hacer del mundo un lugar bello, justo y pleno. La justicia, por su parte, es denunciar a todo lo que adultera el plan de Dios y en muchas ocasiones el grito que pide justicia tendrá que ser palabra profética y exigente, que denuncie el mal y las guerras. Desgraciadamente, hay muchas personas que necesitan hoy en día que alce la voz de justicia sobre ellos, porque ya no les queda ni voz. La justicia de Dios, como palabra de Dios, es la denuncia del mal que sigue atropellando tantas vidas y es el anuncio de que Dios hará el bien. Hemos de ser eco, no lo olvidemos, de esta Palabra, de la justicia y la misericordia también en Navidad.

Y, por último, queridos hermanos, esta Palabra y este Verbo suena a amor. Se usa mucho el amor, se adultera y se trivializa, pero tendremos que mirar a Jesús hoy. Jesús es la Palabra de amor de Dios al mundo y viene a decirnos que Dios, pase lo que pase, recordarlo bien, paseo lo que pase, no abandona. Que, aunque muchos de nosotros nos rindamos, Dios no se rinde y su voluntad de salvarnos va mucho más allá de nuestra disposición a buscar la salvación. El amor de Jesús revela que es un amor primero, incondicional y asimétrico porque Dios siempre nos amará más. Es un amor que se vuelve entrega, atento a la fragilidad, a la debilidad y a la flaqueza. La mejor forma de entenderlo no es narrarlo, es contemplarlo en el pesebre y en los ojos de los primeros testigos que desde los márgenes dice: os ha nacido un Salvador.

En su encíclica, ‘Dilexit Nos’, lo dice el Papa Francisco con convicción cuando habla de amor: todo lo dicho, si se mira superficialmente, puede parecer mero romanticismo religioso. Sin embargo, en lo más serio y en lo más decisivo encuentra su máxima expresión este amor en Cristo clavado en la cruz.

Me atrevo a añadir hoy que también en un niño nacido en un establo, acunado en un pesebre, cuyos maderos ya configuraban aquella cruz.

Queridos hermanos, si somos capaces de acoger la Palabra y de escucharla, de apartarnos de los griteríos entonces pasarán dos cosas: primero que comprendernos en qué consiste la felicidad prometida y descubriremos que esa felicidad está al alcance de todos. Porque no es un Jubileo facilón, sino que es una viva vida llena de sentido, que encuentra su sentido en Belén.

Y segundo, si acogemos esta Palabra entenderemos que hoy estamos llamados a ser Palabra de la Palabra, testigos y transmisores y ecos del Verbo a través de lo que hacemos y decimos. ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncian la Paz! Aquí están los mensajeros que anunciamos la paz, hablaba de nosotros, hoy y aquí, hombres y mujeres tocados por este Niño que nace en el suelo, llamados a defender la Verdad, a clamar por loa justicia y a mostrar el amor eterno e incondicional de quien ha decidido plantar su tienda entre nosotros y hoy contemplamos su Gloria.

Feliz Navidad, alegraos porque Cristo ha nacido.

Media

Quizás es porque un poco tarde, pero os veo un poco serios. Es porque es tarde, por la noche o por la solemnidad de este portal de Belén que ha cambiado mucho desde el primero. Quizás esta noche es una noche en la que nos podemos permitir estar menos serios y quizás es una noche en la que nos podemos permitir que el propio Dios nos arrebate una sonrisa, hasta una broma o una carantoña como siempre hacen los niños. Cada vez que nos acercamos a un niño nos abajamos y nos volvemos nosotros un poco niños.

Esa es la virtud que tiene el niño y esa es la virtud que tiene Dios. Todo el mundo andaba con una idea de Dios: el esperado, el todopoderoso, el innombrable, el guerrero. Pero de repente, en una noche como esta, donde la gente iba a rezar, a casa, estaba de turismo, en un día concreto, Dios se define y nos dice quién es, en la periferia de la humanidad y cuando todos estaban cada uno a lo suyo.

Pero cuando Dios se define lo hace en medio de un lugar y una fragilidad que solo unos pocos saben descubrirlo. Esta noche, por lo tanto, es un recuerdo de lo esencial. En un mundo que corre deprisa, donde no llegamos y siempre vamos con la lengua fuera, en un mundo triste donde cada vez que entramos se nos pone cara de funeral, Dios nos dice de pararse: está con nosotros como un niño, sacándote sonrisas, está en lo cotidiano y en esas cosas que no nos parecen importantes.

El pesebre no es solamente una historia bonita para recordar: es un espejo donde esta noche podemos mirar todos si queremos y a eso os invito. Que seamos capaces de mirarnos en el pesebre como en un espejo. ¿Qué pesebres hay en tu vida? ¿Cuáles son tus pesebres? ¿Qué lugares te parecen vacíos, oscuros, rotos, pero donde Dios quiere nacer si le dejas? Quizás esta noche es una primera invitación a mirarnos en el pesebre como un espejo, a mirar de otra manera nuestros pesebres y los de nuestras familias y los que llevamos en el corazón en nuestra sociedad.

Nadie queda indiferente ante este Dios que llora, que se abaja y que así se define. Esta noche los pastores se definen y van a Belén, la estrella y la creación se define e indica por dónde va el Salvador, los posadores y los vecinos se definen y van a lo suyo, están lleno de cosas. Herodes y los poderes se definen y se inquietan. ¿Y nosotros? Evidentemente, a venir hoy aquí a Misa ya nos hemos definido y nos definimos delante de Dios, pero podemos dar un paso especial.

Él se define, no es un Dios fuera de la vida, mágico, que da cosas, no es un Dios evidente, pide mirar, acoger, llorar, abrazarle. Es un Dios de pañales y de lo cotidiano y es un Dios que pide un compromiso. Así, en este espejo, venimos esta noche. No se trata de una conmemoración ni un cumpleaños, por muy enternecedor que nos parezca. No se trata de una evocación de un mito que ya sucedió.

Después de 2025 años de cristianismo, en el tercer milenio de nuestra era, la Iglesia y esta noche de forma especial recuerda al mundo, firme y gozosamente, que en esta noche no venimos a proclamar algo teórico, sino que venimos a confesar nuestra fe y a renovar, delante de este espejo, nuestra y a proclamar que Cristo nació y que sigue actuando y sigue creciendo y naciendo en medio de nosotros. Si esta noche Dios se define nos dice cómo es y nos invita a escuchar su palabra, esta noche también nos definimos nosotros en un acto de fe que renueva nuestra vida y saca lo más humano de nosotros.

La liturgia de esta noche, en los mil lugares donde se celebra, renueva nuestra forma de situarnos ante Dios. No es la misma forma que ayer. Esta noche, delante de Dios, damos un salto fundamental. Esta noche despertamos el pastor que hay en cada uno de nosotros y descubrimos que Dios, seamos como seamos, tengamos las heridas que tengamos, se pone delante. No necesita tu imagen, solo quiere lo que eres, tus periferias y tus heridas, tus manos desgastadas y tantas veces vacías. Él es el que da sentido, no lo bien que nos salen las cosas. Esta noche, por tanto, tenemos una posibilidad única: renacer.

Renacer delante de Belén: un nuevo comienzo de nuestra vida y de nuestra fe. Un nuevo comienzo que hacemos con toda la Iglesia porque Dios ha descendido a dónde estemos nosotros, a lo que tengamos entre manos, Dios desciende para sacar lo mejor de nosotros y decirnos en qué consiste lo divino. No importa ni la pobreza ni la desnudez, no importa todo lo que tengamos en la cabeza, hoy Dios te pide que saques una sonrisa, una carantoña, lo mejor que tengas y que tomes postura ante un Dios que lleva y llega haciéndote belén y que llega a hacerte parte de este belén.

Este Belén, al definirnos y renovarnos, eres tú, es esta catedral, es en tantos lugares donde hoy se renueva la fe. Belén son los rincones que conocemos y por los que pasamos cada día. Belén es lo que aparentemente no tiene poder y nos parece insignificante, pero es donde hoy renovamos nuestra fe. Para eso solo necesitamos una cosa que os pido esta noche: la humildad. Sí, para entender esto y ponernos delante de Belén como un espejo, necesitamos los ojos de la humildad. Es el camino para renacer y acoger esta noche: es el camino que nos conduce a Dios y al mismo tiempo nos lleva a lo esencial de la vida, a su significado más verdadero, a lo que vale la pena ser vivido. Esta noche vemos que la humildad es la única forma para entender de qué va la vida. Sin humildad estamos aislados y nunca entenderemos a Dios. La humildad es el espejo de esta noche y nos dice que para entenderlo es necesario abajarse y así nos entenderemos a nosotros mismos. Allí tenemos a los pastores, a todos los que se mueven alrededor de Belén. Todo hombre y mujer está buscando a Dios, todos sabemos esa inquietud de buscar. Esta noche lo encontramos en la humanidad de Dios y cualquier que es capaz de ponerse delante de un niño entiende a Dios y puede sacar la sonrisa de Dios.

Esta noche, por lo tanto, queridos amigos, al ser un espejo también es un envío. No nos ponemos solos delante de Dios. Cuando nos ponemos delante de él y renovamos la fe, vemos que este es un Dios que nos envía como Iglesia. Sí, aquel que se pone delante de Belén y renueva la fe, recibe la misión que recibimos toda la Iglesia. Desde ahora, al verle a Él, somos enviados a anunciar la paz y la salvación a todo el mundo. Esta noche nos acordamos especialmente de toda la gente que está en guerra, de todos aquellos lugares que rechazan aún al Príncipe de la Paz porque la violencia es más importante que la humanidad. Esta noche nos acordamos de la Iglesia y de la parte que tú tienes en ella porque todo el que pasa por Belén acoge el envío de toda la Iglesia.

La Iglesia de Madrid, cada uno de vosotros, estemos donde estemos, quiere anunciar a Cristo a nuestros vecinos con este estilo tan especial. Queremos juntos comunicarles la gloria que ha aparecido en esta noche de Navidad. Queremos decirles que hay esperanza para el futuro, queremos hacer creer a todos, en medio de los sufrimientos, que la paz y la gloria que anunciaron los ángeles de Belén y ese amor es posible porque lo hemos visto nosotros y lo hemos renovado hoy.

Queridos amigos, que esta noche saque de nosotros una sonrisa, una carantoña, una gota de ternura, para participar con ella en esta misión que juntos tenemos: la misión de la Iglesia de anunciar que la Gloria de Dios está muy cerca, en cada portal de Belén y nace en este portal de Belén que esta noche creamos alrededor esta Eucaristía.

Gracias por formar parte de él.

Media

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