Sed bienvenidos todos a la catedral de la Almudena. Gracias de verdad por vuestra participación. Y por esta plegaria compartida. Sabemos que agrada a Dios. Y que esta plegaria compartida es un signo de esperanza. No solo para nuestras iglesias, sino para nuestro mundo.
Este año, el lema que nos ha guiado para la oración, como nos decía el reverendo Ramiro, ha sido Amarás al Señor tu Dios… y al prójimo como a ti mismo (cf. Lc 10, 27). Y nos llega el eco de su predicación, que es el eco de aquella parábola donde Jesús decía: Vete, y haz tú lo mismo (Lc 10, 37), que es el último pasaje también que se nos propone.
Es curioso, pero, en este último día, y juntos, aquí, en esta catedral, y con el tesoro de la oración que compartimos, se nos invita a practicar la misericordia, a tener compasión, a mirar a los que están al borde del camino. A hacernos prójimos de tantos que hay a nuestro alrededor, parándonos y curando sus heridas, dejándolos en las posadas. Los Padres de la Iglesia interpretan que esta es la imagen de la Iglesia: la que acompaña al que está herido. Y hoy vemos que no estamos solos en esa misión.
El Evangelio practicado y hecho samaritano es un buen vínculo que nos puede ayudar a converger todas las confesiones cristianas, porque pone de relieve la centralidad del amor y la misión que Cristo nos encomienda.
Decía san Agustín que «solo el amor al prójimo purifica nuestros ojos para que podamos contemplar a Dios». Dios y el prójimo, Dios y los pobres son los ejes que aglutinan nuestra tarea, y nos ponen a mirar lo fundamental.
Parece que el Espíritu Santo sigue invitando a las diferentes Iglesias, a través de los que nos han preparado también esta Semana y estos materiales. Nos proponen algo muy concreto: el mundo necesita a los creyentes. El mundo necesitas nuestras Iglesias. Necesita sentir la acción de la fe. Y necesita ver a Jesucristo en lo que hacemos, para que entienda lo que significa el Evangelio del amor y de la esperanza.
Jesús, cuando le preguntan quién es el prójimo, como hemos oído, no da teorías. Simplemente muestra un rostro: a este que está al borde del camino. Cuando le preguntan quién es mi prójimo, Jesús no responde. Nos lanza una pregunta: qué haces tú por el prójimo. Este es el amor que poseemos. Este es el amor del que somos testigos. Este es el amor que necesita nuestro mundo. Porque, cuando se ayuda a un hermano herido, por la causa que sea, se está ayudando al mismo Cristo, que dice: a mi me lo hicisteis. Y, al mismo tiempo, estamos dando testimonio del amor de Cristo. Sin apellidos. Somos cristianos. Y ahí no se notan nuestras diferencias, al ser manos de Cristo.
Nadie da amor si no tiene amor. Si somos capaces de ser manos samaritanas, si somos capaces de bajar de nuestras ‘cabalgaduras’ para que el pobre y el herido sean nuestra preocupación, será porque dejamos que el amor de Dios nos traspase. Y esta es la trascendencia del amor. Que no es teórico ni interesado, sino real y samaritano. Cuando así sucede, la propia labor con los pobres nos evangeliza y acrecienta el amor entre nosotros. Entregar amor, y hacerlo juntos, hace que nos amemos. Porque el amor es de Dios.
Pero somos conscientes de que esta tarea es difícil: hay que bajarse de la cabalgadura, hay que ponerse de acuerdo, y eso a veces fatiga.
Pero solo, como dice el apóstol, hay un criterio que nos puede animar: no mirarnos a nosotros mismos ni a nuestros intereses, sino aprender como discípulos de la mirada samaritana del maestro. Y aprender a «apreciar a los demás más que a uno mismo». Seguramente, si conseguimos vivir esto, el camino hacia la unidad avanzará más rápido y seguro.
Queridos hermanos: gracias por el milagro de hoy. Gracias por reunirnos y abrir el corazón. Desde esta Iglesia en Madrid, os tenemos presentes porque tenemos una misión común delante. Mirando a la ciudad de Madrid, veo cómo necesita este testimonio de Cristo. Sin apellidos. Mirando a la ciudad de Madrid, debemos concentrarnos en anunciar a Cristo a los que no lo conocen, como en los inicios del movimiento ecuménico. Ese que estaba centrado en la misión. Anunciémosle no solo de palabra, sino con obras. Con la conciencia de que lo que yo hago, y lo que hace esa comunidad anglicana, o esa parroquia ortodoxa…, todo construye el Cuerpo de Cristo.
Todos los esfuerzos hacia la unidad están llamados a desplazar nuestras ideas y nuestras pequeñas miras, para aprender a escuchar juntos la llamada del Señor, y dejar que su mirada sea la que nos guíe.
Tenemos el camino, hermanos. Y aquí estamos. Con nuestras pobrezas, pero también con el Señor. Tenemos el camino: caminar juntos. Amar y servir juntos, poniendo la oración como prioridad, como se nos ha dicho. Como dice el Papa Francisco: «En efecto, cuando los cristianos maduran en el servicio a Dios y al prójimo, crecen también en la comprensión recíproca».
Deseo de corazón que esta semana haya sembrados frutos de unidad, de misión y de deseo para ser samaritanos de nuestro mundo, y que nos haga seguir rezando y trabajando por la unidad durante todo el año.
Gracias a los que estáis todo el año rezando por ella. Y gracias a los que colaboramos para hacer este pequeño milagro, esta tarde, desde esta catedral.
Tomar partido por la vida de las personas más vulnerables forma parte del núcleo de la experiencia cristiana de cualquier persona bautizada. Aunque es una experiencia a descubrir y trabajar. Pocas cosas necesitan menos comentario que la evidencia de que la compasión ante el sufrimiento humano forma parte del ADN del seguimiento de Cristo.
Jesús mira y nos invita a mirar desde un punto especial de la vida humana. Lo entendemos si nos hacemos discípulos y en el seguimiento aprendemos de su mano cómo elige, cómo mira, hasta cómo organiza su tiempo y su agenda.
Celebramos una Eucaristía. Es el paso final de esta Semana de Teología Pastoral. No quiero que sea un lugar para decir cosas y verter palabras sobre los pobres. En la Iglesia tenemos una peligrosa tendencia a la retórica. La Eucaristía es acontecimiento y encuentro real de Jesucristo con su Pueblo, y quiere recoger cuanto aquí se siembra en nuestros corazones. Recoger los esfuerzos, las miradas y tantos deseos de ser instrumentos del reino de Dios. Por eso, la Palabra de Dios nos ayuda a corregir nuestras derivas, y centra la mirada y nuestro corazón ante lo esencial.
Hoy celebramos en la Iglesia la conversión de san Pablo. Curiosamente, el apóstol Pablo nos enseña a entender y renovar la centralidad de lo que es ser discípulo, y a mirar cómo Jesús nos propone. El aprendió a cambiar de rumbo y de perspectiva. La crisis, la caída del caballo, la caída a la tierra, hasta la ceguera, le lleva a tener ojos nuevos para ver la vida desde otra perspectiva. No era la que él se daba, sino la mirada de Cristo. Para ello le hizo falta pasar por el trago de estar a oscuras y de dejarse hacer por otros. Solo fiándonos y poniéndonos en las manos de otros, aprenderemos a mirar como Dios nos propone.
Los textos de la liturgia que habéis preparado no pueden ser más elocuentes y didácticos. Frente a la tendencia a espiritualizarlo todo, a olvidarnos de que nuestro Dios es un Dios encarnado, que sabe de nuestras penas y ha pasado por nuestros pesares, Santiago, en la primera lectura, confronta a una comunidad cristiana olvidadiza. Les recuerda, y nos recuerda que, además de la gracia y de la gratuidad, necesitamos también la responsabilidad personal y la necesaria traducción en obras. En el fondo, el mismo Pablo, después de haberse «caído del caballo», había intuido que «la fe actúa por la caridad» (Gal 5,6).
Por su parte, Jesús, en la sinagoga de Nazaret, en la inauguración de su vida pública, lo primero que destaca es la precedencia del espíritu, que es quien conduce y actúa. Anuncia la precedencia de la gracia y la gratuidad de la salvación retomando las palabras del profeta Isaías y descolgando de su mensaje lo que se refería al desquite y la venganza de Dios. Ese texto lo retira, dejando el anuncio de la gracia por delante. Pero no es una teoría: Jesús anuncia su misión tomando postura. La pobreza de Cristo es lo primero: la forma de pobreza no es material. Él inicia el sentido de toda pobreza: ponerse en manos de Dios.
Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista.
Ponerse en manos de Dios le lleva a Jesús a apostar, sentir y mirar anunciando. Llevando Evangelio, libertad y vista. Jesús vive lo que dice, y lo expresa con los publicanos, los pobres y los pecadores. Apostó por vivir en malas compañías y hasta por perdonar lo imperdonable.
Como expresión de esto se reclama la solidaridad, la fraternidad y, en palabras del Papa Francisco, «la amistad con los pobres». Nos introduce de este modo en la dinámica de la bidireccionalidad del amor: somos amados incondicionalmente por Dios, y nuestra respuesta no puede ser otra que el amor. Del mismo modo, ese amor de Dios lo volcamos en los demás, especialmente en quienes más carecen de amor. Al ponernos en ese movimiento, acogemos también la riqueza que sin duda nos ofrecen.
Evangelizamos y somos evangelizados. Fe y obras van unidas. Se complementan. Ciertamente, es lo que nos propone Santiago: su defensa de las obras no se opone a la fe y a la experiencia de salvación gratuita. Más bien, al contrario: considera que ambas juntas expresan una fe viva y verdadera.
En realidad, el día del juicio final, en nuestro cara a cara con Dios, no nos va a preguntar cuánto discurseamos sobre los pobres o qué sesudas reflexiones hicimos sobre el Evangelio de lo social. Sospecho que, más bien, nos preguntará por cómo hemos sido concretos y cómo hemos aprendido a dar misericordia en nombres concretos. Nos cuestionará acerca de lo que hicimos mal con las personas más heridas y vulnerables y probablemente, sobre todo, por el bien que dejamos de hacer, por nuestra complicidad silenciosa con el mal, por nuestros pecados de omisión y por el tiempo que perdimos en nuestra querida Iglesia en pelearnos por cuestiones no esenciales.
Necesitamos, como Pablo, ojos nuevos para, de la mano de nuestra iglesia, juntos y sinodalmente, aprendamos a mirar desde el suelo de este Evangelio. En nuestra diócesis nos duele la migración que está llegando, dejando miles de indocumentados. Lugares como Cañada Real. Y nos duele la falta de reconocimiento y de derechos de tantas personas en situación de precariedad, y el olvido de la cultura del cuidado de la vida. Y si cabe, aún más esa insufrible indiferencia moral en la que va cayendo nuestra sociedad, y que nos amenaza también a nosotros. ¡No podemos naturalizar el dolor de nuestros hermanos! ¡No podemos acostumbrarnos a que la injusticia se instale entre nosotros, dejando por doquier un rastro de sufrimiento infinito!
No tenemos como Iglesia soluciones para todos los problemas. Es también cierto que la Iglesia tiene que reivindicar con claridad, y desde la caridad política, que los poderes públicos tienen la responsabilidad de dar respuestas a estas situaciones. Pero también es verdad, antes que nada, que los pobres son criterio de discernimiento de cuanto hacemos. Lo que hagamos con ellos juzgará cada uno de nuestros pasos, como dijo Cristo. Sin ellos no hay camino. Sin su inclusión social y eclesial, la alegría del Evangelio sería un imposible.
Sin el Evangelio de lo social, la humanidad no tiene salida. La Iglesia sería otra cosa bien distinta de la Iglesia de Jesús. Por eso, os agradezco, queridos amigos y amigas del Instituto de Pastoral, vuestro trabajo. Necesitamos que la reflexión pastoral no sea colofón de lo que ya han reflexionado y determinado previamente otras disciplinas. Necesitamos una teología pastoral que constituya un momento primero que proponga una lectura creyente de la realidad, que desvele por dónde pasa Dios y donde se le oculta. Cada generación, en cada momento, tenemos que responder de forma nueva a aquella pregunta que hacían a los cristianos de los hechos de los apóstoles: «¿Qué hemos de hacer, hermanos?» (Hch 2,37).
No estamos solos en esta misión. Hoy concluye la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. El Evangelio de lo social es un buen vínculo que nos puede ayudar a converger con otras confesiones cristianas, incluso con otras tradiciones religiosas y, sin duda, con muchos hombres y mujeres de buena voluntad con los que compartimos muchas cosas.
Decía san Agustín que «solo el amor al prójimo purifica nuestros ojos para que podamos contemplar a Dios». Dios y el prójimo. Dios y los pobres. No solo son realidades que no compiten, sino que se reclaman mutuamente. Así lo estáis mostrando durante estas jornadas. Así lo expresáis en vuestros momentos de oración, en las ponencias y en los grupos de trabajo.
Necesitamos seguir reflexionando. Necesitamos del pensamiento teológico y de la perspectiva pastoral que nos abra nuevos caminos, y nos ayude a profundizar en el precioso legado que hemos recibido sin quedar prisioneros del formato en el que lo acogemos.
El futuro es tiempo de Dios. Por eso es tiempo de esperanza. Queridos hermanos y hermanas: hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír. No os puedo desear otra cosa. Ojalá que hoy, aquí, en medio de vosotros, y en comunión con los pobres, se cumpla la Escritura que hemos proclamado. Que esta Eucaristía aliente nuestro camino.
El día de nuestro bautismo, igual que hoy, intervino Dios, y ese día empezó una historia de toda la Iglesia con cada uno de nosotros. Ese día se reunió la Iglesia entera con mucha gente que rezó por cada uno de nosotros. Y no solo la Iglesia que vemos, sino también la que no vemos. Allí, en ese día, igual que hoy, estaban todos rezando por nosotros y pidiéndole a Dios que interviniese en ese momento. Porque los sacramentos son momentos donde Dios interviene. Pero, claro, Dios no es Harry Potter, que va con una varita. No. Dios interviene siempre en el corazón, llamando. A veces silencioso. Pero interviene como interviene hoy.
Por eso, no olvidéis celebrar vuestro bautismo –Javier va a celebrarlo todos los años, seguro–, no olvidemos celebrar ese día tan especial donde todo empezó. Y en casa haced algo especial, porque ese día entrásteis a formar parte de esta familia de la Iglesia.
Hoy esta parroquia se convierte en la catedral. Cuando un adulto se bautiza, cuando alguien se hace cristiano, se le recibe en la catedral; pero vuestro párroco, junto con el vicario, me convenció, y nos traemos la catedral a esta parroquia. Nos la traemos aquí por la importancia que tiene para todos el que redescubramos también nuestro bautismo.
El bautismo tiene fuerza de apertura para poder escuchar de una forma especial, a través de la Palabra de Dios y los sacramentos, la voz de Dios. Dios, el propio Jesús, nos ha ido llamando muchas veces en la vida, a cada uno en un momento determinado: Javier, a ti ahora; a otros, más pequeños. A cada uno le ha ido llamando, pero a veces se nos olvida y nos vamos olvidando. Pero si algo tenemos claro es que Jesús nos llama uno a uno. A ti te ha llamado también Jesús, y te sigue llamando. Como a Jonás, como a Pedro, como a Andrés, como a Santiago: lo hemos escuchado. A cada uno de una forma muy especial y muy peculiar, y es una llamada que Jesús va repitiendo poco a poco en la vida.
Podéis decirme: «¿y esta llamada a qué es? ¿a ser muy buenos?». Pues a lo mejor no. «¿Es una llamada a esforzarnos? Al principio, no. «¿Y a qué llama?». Solo llama a una cosa, fijaos lo importante que es para Jesús: llama a estar con Él. Nada más. ¿Verdad que hay gente con la que os gusta estar? ¿Verdad que cuando tenemos miedo nos gusta estar con alguien, y con alguien de confianza? ¿Verdad que nos gusta estar con la gente a la que amamos? Y no nos dicen primero «pues tienes que hacer…». No. Cuando tenemos miedo, cuando estamos muy contentos, cuando estamos a gusto, queremos estar con los que queremos. Eso es a lo que llama Jesús: a estar con Él. Nada más. Y esto es lo que tendremos que hablar. No es decir «¿qué es ser cristiano: hacer cosas o pensar de alguna manera como si fuéramos un partido político?». No. Ser cristiano es escuchar la llamada de Jesús a estar con Él. Como estamos hoy. Como seguro que os ha pasado muchas veces –y a ti, Javier, a partir de ahora te va a pasar muchísimas veces– que vas a notar que Jesús te dice: «estoy contigo, te entiendo perfectamente». No necesitáis más.
También hemos escuchado hoy que cuando queremos estar con Jesús, cuando Jesús quiere estar con nosotros, inmediatamente cambiamos. Y Jesús lo que nos va pidiendo no es que siempre demos la talla –porque a veces metemos la pata–, lo que Jesús nos pide es la conversión. ¿Qué es la conversión?: continuamente escucharle a Él y estar dispuestos a cambiar también nosotros. ¿A que somos un poco cabezones? Y, según vamos creciendo, somos un poco más. Decimos: «esto es así, y no hay quien me cambie».
Mirar a Javier: tenía la vida hecha y, de repente, nota la llamada de Jesús y cambia todo. «Me quedo». Ese ejemplo que nos da hoy es lo que tendremos que hacer continuamente. Jesús me llama. ¿Y tú, estarías dispuesto a cambiar de rumbo, a cambiar de forma de pensar, a cambiar de…? Porque hay cosas que no cambiamos nunca. Sin embargo, cuando estamos con Jesús, cuando escuchamos su Palabra –hoy es un día muy especial, porque la Iglesia celebra la importancia que tiene la Palabra– y escuchamos a los otros cristianos, inmediatamente estamos dispuestos a cambiar de rumbo. Una cosa es meter a Jesús con calzador en mi vida diciendo: «yo estoy así, yo pienso esto de la economía, yo pienso esto de la política, yo pienso… y ahora a Jesús vamos a meterle con calzador, pero no cambia nada». Pues a lo mejor no. Cuando uno se hace cristiano y está con Jesús todos los días, Jesús va diciendo: «para estar conmigo escucha mi Palabra, para estar conmigo mira este amigo que tienes al lado que te necesita, para estar conmigo mira a ese que parece que está sufriendo, para estar conmigo ¿has visto que a veces hay que sufrir?...». Inmediatamente, cuando nos lo dice Jesús, podemos ir aprendiendo a cambiar de rumbo, porque ser cristiano es dejar que Jesús siga trabajando en nosotros.
Y Él trabaja en nosotros. Lo hemos visto. Yo, si no fuera cristiano, no sería la persona que soy. Me apuesto a que todos los que estáis aquí, si no fuéramos cristianos, seríamos de otra manera. Y seguiremos cambiando, porque Jesús sigue trabajando. Hemos escuchado en el evangelio que Jesús cogió a unos pescadores y les dijo: «¿tú qué sabes hacer?», «pescar», y les dice: «sigue pescando, pero ahora te voy a dar un destino más grande: no solo pesques peces, sé pescador de hombres y para otros». Y Jesús nos pregunta: «¿tú qué sabes hacer?». Tú dices: «yo sé cantar»; y Jesús te dice: «canta, canta para Jesús, y te doy un destino más grande: canta para otros», y te apuntas al coro. Y Jesús te dice: «¿tú qué sabes hacer?». «Yo sé estudiar». Y Él te dice: «estudia para Jesús. No solo para ti: estudia para Jesús. E, inmediatamente, estudia para otros». «Yo sé hacer paellas». Y Jesús te dice: «cocina para Jesús. E, inmediatamente, cocina para otros». Jesús nos cambia el destino de las cosas que hacemos, pero no nos hace hacer cosas raras. ¿Para qué vales? Hazlo para Jesús. Convierte tu vida para que lo tú vales sea para Jesús, e inmediatamente Jesús te dará un destino más grande.
El Reino de Dios está cerca –dice Jesús–, y yo añado: más cerca de lo que pensáis. Hoy nos vamos a dar cuenta de que ya está aquí: esto es el Reino de Dios. El Reino de Dios está en esta parroquia. El Reino de Dios está en tu casa, porque hoy te has bautizado y porque dejas y quieres estar con nosotros, y porque te llevas a Jesús a casa. El Reino de Dios está aquí: lo único que necesita es gente como Javier que sea capaz de recordarnos a todos que podemos ver a Jesús, y que podemos reconocerlo porque estamos juntos; que podemos estar con Jesús, que podemos escuchar y que podemos movilizar nuestra vida.
No os olvidéis de recordar vuestro bautismo, porque hoy lo vamos a renovar. No os olvidéis de recordar vuestra confirmación, porque hoy vamos a renovarla todos y vamos a prepararnos algunos para ella. Y no os olvidéis de vuestra primera eucaristía, porque hoy la renovamos todos, porque Dios interviene y nos dice que así el Reino de Dios está presente y así seguiremos estando con Jesús. No lo olvidéis. Estad con Él e iremos cambiando y dando un destino nuevo a nuestra vida. Ese destino que necesita. Vamos a celebrarlo con esta eucaristía, este bautismo y esta confirmación.
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