Querido hermano Vicente, obispo de Ibiza. Vicario general. Vicarios episcopales. Queridos rector del Seminario Conciliar y rector del seminario Redemptoris Mater, misionero. Queridos hermanos sacerdotes. Diáconos. Queridas familias de quienes van a ser ordenados presbíteros. Queridos diáconos, que vais a ser ordenados dentro de unos momentos. Hermanos y hermanas todos.
Es un momento singular e importante en nuestra vida. Y por eso hemos invocado al Señor, y le hemos dicho: «Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti». Y al Señor le hemos gritado todos juntos, en este salmo 32: aclamadle; merece la alabanza; dad gracias; tocad en su nombre; la Palabra del Señor es sincera; las acciones de Dios implican una lealtad singular y especial para con todos los hombres; Él ama la justicia; Él ama el derecho; y la misericordia de Dios llega a la tierra.
Hoy, en esta ordenación que estamos celebrando, en el marco de la Eucaristía, es cierto que la misericordia de Dios llega a la tierra. Queridos César, Lucas, Álvaro, Javier, Carlos, Pedro, Severino, Daniel, Sergio, Miguel, Marcos, Fernando y Miguel Ángel, que vais a ser ordenados sacerdotes. Queridas familias de estos diáconos que van a ser ordenados. Queridos hermanos sacerdotes. Tres palabras pueden resumir lo que acabamos de escuchar y proclamar en la Palabra de Dios. Tres palabras singulares y especiales para nuestra vida: elegidos, servidores, y viviendo y caminando. Tres expresiones que resumen lo que el Señor nos ha dicho en esta Palabra que acabamos de proclamar.
Elegidos, sí, sois vosotros. Para una tarea singular. En un momento también importante de la historia de la humanidad. Desde hace tiempo estamos repitiendo que estamos ya en una nueva etapa de la historia. Y en una nueva etapa de la historia donde Dios no es un sobrante. Si se retira a Dios de esta historia, de la iluminación que Él puede entregar y dar, que se manifiesta sobre todo en la presencia real de la vida en esta historia de Jesucristo Nuestro Señor, esta historia marcará un rumbo muy distinto. Será menos humana. Porque el humanismo-verdad nos lo ha entregado Jesucristo Nuestro Señor. Él mismo nos ha descrito lo que de verdad es humano, aquello que enaltece y hace crecer al ser humano.
Habéis sido elegidos para una tarea singular, que no es más ni menos que ser el Señor en medio de los hombres. Que regalar su presencia. Que regalar su amor. Que regalar el alimento mismo del Señor a todos los hombres. Que incorporar a los hombres y mujeres de este mundo a la vida de la Iglesia. Elegidos para una tarea singular. La primera lectura que hemos escuchado del libro de los Hechos de los apóstoles es clara. Nosotros, decían los apóstoles, nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la Palabra; nos dedicaremos a hacer posible que el Dios en quien creemos, que el Dios que ha visitado este mundo haciéndose hombre como nosotros, que el Dios que ha mostrado la verdadera dignidad que tiene el ser humano, sea posible que vosotros seáis ese Jesús en medio de los hombres. Habéis sido llamados. Habéis sido preparados. El Señor os ha convencido de prestar vuestra vida para hacer esto posible en medio de la historia. Y el Señor ha hecho, como digo, una elección singular y particular para todos vosotros.
Queridos diáconos que vais a ser ordenados presbíteros: no olvidéis nunca esto. Habéis sido elegidos para una tarea singular. No adulteréis la tarea. No hagáis que la tarea que el Señor os regala se oscurezca y no se manifieste a todos los hombres. Sois, como nos decía la carta del apóstol Pedro, sacerdotes de Jesucristo. Como todos los cristianos, es verdad. Sois raza elegida. Sois sacerdocio real para servir y amar a la Iglesia, y proclamar las hazañas del Señor con vuestra vida. Y esto, que es verdad que lo tenemos que hacer todos los discípulos de Cristo, de una manera singular se ha de manifestar en vuestra propia existencia y en vuestra propia tarea. Servir a todos los hombres. Amar a la Iglesia. A esta gran familia de la que somos parte, y de la que el Señor os constituye, dentro de un momento, servidores singulares de la misma. Con vuestra vida, proclamad las hazañas del Señor. Con toda vuestra vida. No desechéis ningún momento de vuestra existencia para ser servidores del amor del Señor en medio de los hombres.
Y todo esto, como nos ha dicho la Palabra del Señor, sabiéndonos elegidos. Sabiéndonos servidores del amor de Dios. Todo esto, viviendo y caminando con la fuerza que nos da la fe, como nos decía esta página del Evangelio que acabamos de proclamar. Hombres viviendo y caminando con la fuerza de la fe. Sin temblar. Creyentes. Radicales. En la fuerza y el amor de Jesucristo. Y en la fuerza y el amor de este Jesús que os regala su propio misterio para que se lo regaléis y lo hagáis presente en medio de los hombres. Sin temblar. Haciendo el camino de Jesús. Sabiendo que Jesús nos dice: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida». No busquéis el modo de ser, de caminar y de existir en alguien distinto a Jesucristo Nuestro Señor. Contemplando siempre al Señor.
«Muéstranos al Padre» nos decía el Evangelio que acabamos de proclamar hace un momento. «No se turbe vuestro corazón. Creed en Dios. Creed también en mí» nos acaba de decir el Señor. Estas palabras son dichas por Jesús en la última cena. En el momento de despedida. Y estas palabras son una invitación a la confianza. Los primeros discípulos están nerviosos, y no saben cómo va a acabar todo aquello. Jesús lee en sus rostros una turbación, y Jesús les invita a la confianza. A permanecer en la confianza. Se os da una tarea singular: hacer presente a Jesucristo Nuestro Señor en medio de los hombres. Una tarea en la que no valen nuestras fuerzas. Es la fuerza del Señor. La que os da el Señor. La originalidad que os va a entregar el Señor por la ordenación. No se turbe vuestro corazón. Creed en Dios. «Creed en mí», les decía Jesús a los apóstoles. Y os lo dice a vosotros también. La turbación es una sensación previa a las lágrimas, cuando uno siente que se remueve lo más sólido de sí mismo. En esta situación, Jesús invita a los discípulos a vivir en lo esencial. Y esta es la invitación que os hace Jesucristo Nuestro Señor. Porque, ¿qué quiere decir Jesús cuando nos dice y os ha dicho -nos lo ha dicho a todos, pero muy especialmente esta tarde a vosotros- que no se turbe vuestro corazón? «Creed en Dios y creed tambien en mí». Lo que Jesús quiere es invitaros a una confianza radical en el amor de Dios, que es más fuerte que todos los poderes de este mundo que amenazan nuestra vida. Jesús invita a los suyos, nos invita a nosotros, a no perder la calma; a superar la inquietud; a no dejar que nuestro corazón se turbe; a disipar los miedos que nos paralizan. Vais a salir al mundo, y se os da una misión que os regala el Señor para estar en medio de los hombres. Y no tenéis más fuerza ni más títulos que el que os da Jesucristo Nuestro Señor: su propia vida. Que manifestéis con vuestra vida el amor a todos los hombres.
Vivimos, queridos diáconos aún, y lo sabéis vosotros queridos hermanos, en un mundo roto por profundas divisiones. De todo tipo: sociales, personales... En nuestras sociedades desarrolladas aumenta el cansancio, el estrés, la depresión, las rupturas afectivas... Se diluye la falta de sentido. Es verdad. Hoy lo reconocen así todos los que analizan nuestra sociedad: vivimos una crisis de sentido. Son muchos los que viven enfrascados en sentidos parciales de la vida. Necesitamos descubrir el sentido global que tiene nuestra existencia en nuestra vida. Y el que lo da de verdad es Jesucristo. Y lo vais a dar vosotros también, porque os da lo necesario para que regaléis el profundo sentido global que tiene la vida. La confianza en Dios que tenéis, que llena de sentido vuestra existencia humana, es esencial. Dios es una realidad de primera necesidad. No os dejéis engañar. Dios no ha pasado de moda, Dios está en la necesidad más honda y profunda del corazón del ser humano.
Jesús añade estas palabras que hemos acabado de oir hace un momento: «En la casa del Padre hay muchas moradas. Me voy a prepararos un lugar». Es como si nos dijera el Señor: en la casa de todos los hijos, de todos los seres humanos, hay sitio para todos. Los que no caben en la casa de este mundo, los que no caben en este mundo; los que son expulsados de todas las casas, pueden entrar de balde en la casa y en la vida de Jesús. Y esto lo vais a anunciar vosotros de una forma singular y especial por el ministerio y por la ordenación; por la singularidad que tiene este momento para todos vosotros. Los que no caben en la casa de este mundo, los que son expulsados de todas las casas, pueden entrar de balde en la casa y en la vida de Jesús. Un día estaremos de nuevo juntos si cuando nos hacemos conscientes de que tenemos un lugar en la casa del Padre, de que somos amados, encontramos la calma verdadera. Y esto es lo que vais a anunciar en este mundo vosotros.
«Adonde voy yo —nos ha dicho el Señor— ya sabéis el camino». Tomás reacciona. Reacciona desconcertado. Y le pregunta: «Señor, no sabemos a dónde vas. ¿Cómo podremos saber el camino?». Tenía razón Tomás cuando decía: «No sabemos el camino». Tampoco nosotros a veces sabemos el camino. Estamos también a veces desorientados. A veces el ser humano está como en un callejón sin salida. Hay gente que vive sin encontrar el camino. Su vida transcurre sin dirección. Van añadiendo años a su vida, pero no saben infundir Vida a esos años. No conocen la alegría de renovarse y de estar en camino. ¿Quién abrirá un camino de vida a tanta gente desorientada en este mundo? ¿Quién dará respuesta a tantos jóvenes que desean vivir de verdad y no encuentran caminos de Vida? La respuesta de Jesús a Tomás, si os habéis dado cuenta, es única. Es excepcional. Es insólita. Jesús le dice: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida». No se conoce en las religiones una afirmación tan atrevida. Jesús dando respuesta a las preguntas radicales que nos hacemos los hombres; que en este momento de la historia se están haciendo tantos y tantos hombres. Gracias a vosotros por prestar la vida para decir a los hombres la respuesta misma de Jesucristo. Y hacerlo con vuestra propia vida. Con vuestro propio testimonio. También con vuestras palabras. Remitiendo siempre a Jesucristo Nuestro Señor. Porque Él es la respuesta a las aspiraciones profundas que lleva el ser humano en su corazón. Jesús está diciendo a los discípulos, y nos dice a todos nosotros, que Él es la única seguridad. La única solidez. La única luz para avanzar.
Estamos confiándonos a Él. Queremos seguirle a Él. Y eso es lo que habéis hecho vosotros. Casi todos habéis dejado vuestra profesión, vuestro trabajo, la dirección que tenía vuestra vida, para hacer presente al Señor en medio de este mundo. Y esto desorienta, queridos hermanos. Que un grupo, como estamos viendo, grande, de jóvenes sacerdotes, presten la vida para algo diferente: para dar respuesta a las preguntas radicales que se hace el ser humano; para acercar a Jesús y dar respuesta a las aspiraciones profundas que llevamos en nuestro corazón. Vais a hacer cosas insólitas. Cuando se acerquen a vosotros, y alguien quiera pedir perdón a Dios, y vosotros podáis decir: «yo te absuelvo de tus pecados». Pero tú no eres tú: es Jesucristo que está en ti. Que ha ocupado tu vida. Que hace posible que tú llegues al corazón de los hombres. Sí. Jesús resucitado. En Jesús encontramos todas las orientaciones que el ser humano necesita para vivir plenamente. Gracias por entregar vuestra vida y creer de verdad. Habéis dejado muchas cosas: vuestra profesión, vuestra carrera. Pero, sin embargo, sabéis que en Jesús resucitado encontramos las orientaciones que el ser humano necesita para vivir plenamente. Y habéis prestado la vida para que Jesús se haga presente en vosotros. Gracias de corazón.
Jesús es la Verdad. Y la Verdad es alguien que jamás nos traiciona. Alguien del que siempre podemos fiarnos. Haced presente a Jesús con vuestra vida. Que recordéis que Él es la vida. Y que con Él podemos lograr una reconstrucción en profundidad, no ilusoria, que llena de sentido pleno nuestra vida y es capaz de transformar la existencia. Si os habéis dado cuenta en el Evangelio, los discípulos no comprendieron aún quién era Jesús. Lo único que quieren es ver realmente al Padre. Por eso, Felipe dice al Señor: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». La respuesta de Jesús no puede ser más convincente: «Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre». Pero esta respuesta, queridos ordenandos que vais a serlo de presbíteros, es una respuesta para cada uno de nosotros. «Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre».
Jesús nos desvela el rostro de Dios. Jesús es el rostro del amor y de la ternura del Padre vuelto hacia nosotros. Sed eso. En donde estéis. En la misión que como obispo se os confíe, sed esto: dadores del rostro del amor y de la ternura de Dios hacia los hombres. La vida de Jesús, su bondad, su misericordia, su libertad, su perdón, su amor a los que más necesitan... Esto es lo que hace visible a Dios. La vida de Jesús nos revela que en lo más hondo de la realidad hay un misterio último de bondad y de amor que necesitamos tener todos los hombres en nuestra vida. La última realidad no es la nada: es el misterio del amor de Dios. Presentar este misterio que sostiene vuestra vida y que ha hecho posible, con este misterio que acogéis en vuestra existencia, que hoy estéis aquí para que yo os pueda ordenar como sacerdotes.
Queridos hermanos y hermanas: vamos a vivir un momento singular y especial. Pero es un momento de Dios. Solo desde Dios se puede entender esto. Solo desde la fuerza de Dios. Hoy, dirigiendo nuestra mirada al Resucitado, le podemos decir: «Señor, este grupo de diáconos que se va a ordenar, a veces andamos inquietos, preocupados, por algo muy personal, e incluso por todo el mal que hay en el mundo. Concédenos reconocer tu presencia en lo íntimo de nuestro corazón. Y regalar y acercar tu presencia a todos los hombres. Porque ciertamente solo Tú eres el camino que nos orienta, la verdad que nos hace libres, la vida que nos llena de alegría».
Gracias por vuestra alegría. Gracias porque habéis dejado muchas cosas. Pero es verdad que lo habéis dejado por un tesoro especial e importante que es prestar vuestra vida para que Jesús a través vuestro se haga presente en medio de todos los hombres. Los discípulos, Felipe, le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Hoy, queridos hermanos, a todos nosotros Dios Nuestro Señor nos muestra que sigue actuando en la vida de los hombres. Este grupo de jóvenes sacerdotes no son un grupo de locos. Han dejado su profesión, han dejado muchas cosas en la vida, pero han encontrado un tesoro auténtico, que es dejar y prestar la vida para que Jesús pasee en medio de este mundo a través de ellos. Hacedlo con la fuerza y con la gracia de Dios. Para uno es imposible: para Dios todo es posible. Y, en las manos de Dios, todo es posible. Que el Señor os bendiga y os guarde.
Y a vosotros, queridas familias, queridos padres, que a veces os ha costado entender la decisión de vuestros hijos, os voy a decir una cosa: vais a ser los padres más felices teniendo a vuestros hijos como sacerdotes. Aunque ahora no lo entendamos. Seréis los más felices. Porque descubriréis que cuando un ser humano entrega lo mejor de sí mismo, que es la vida, para los demás, es lo más grande que puede acontecer en ese ser humano y en la familia que le dio vida a ese ser humano.
Que el Señor nos bendiga a todos. Que sintamos esta tarde todos el gozo de esta ordenación de este grupo de diáconos que dentro de unos momentos van a ser presbíteros, y concelebrarán conmigo y con los demás sacerdotes en el marco de esta Eucaristía que estamos viviendo. Gracias a vosotros de corazón en nombre de todos los que están aquí, que seguro que admiran este momento de vuestra vida.
Querido consiliario de Hermandades. Queridos hermanos sacerdotes. Queridos hermanos y hermanas de Hermandades. Querido don José David, presidente.
«Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios». Para todos nosotros, reunidos aquí, en esta capilla de Hermandades, escuchar este salmo supone toda una tarea que el Señor nos invita a seguir realizando. «Cantad un cántico nuevo». Ese cántico nuevo que nos hace hacer una lectura del mundo del trabajo con una hondura y con una densidad absolutamente nueva desde la mirada que Jesucristo Nuestro Señor, trabajador también en este mundo, realizó. Y nos ha regalado a la Iglesia para que nosotros lo comuniquemos a los demás.
Pero no solamente tenemos que hacer este cántico nuevo, sino dar a conocer la victoria de Dios. La victoria del Señor, su misericordia y su fidelidad, que alcanza también a este mundo tan importante y tan necesario, y mandado por Dios hacia los hombres, como es el trabajo.
Contemplemos, como nos decía el salmo 97, la situación de este mundo. La victoria que Dios quiere que se cumpla en esta tierra. Aclamemos al Señor. Demos lectura de este mundo del trabajo. Y gritemos y vitoreemos la presencia del Señor también, y la necesidad de Él en este mundo en el que nosotros vivimos.
Quizá la Palabra que el Señor nos ha regalado en este sábado de mayo podría resumirse en tres palabras importantes: anunciar, conocer y orar. Tres palabras que resumen de alguna manera lo que el Señor nos ha comunicado en la Palabra de Dios que hemos proclamado.
Se trata, en primer lugar, de llevar la salvación hasta los extremos de la tierra. De anunciar a Jesucristo en todas las situaciones, para todos los hombres, y en las situaciones reales en las que el ser humano vive. Y una de ellas, fundamental, es la que el Señor le pidió al hombre: «Trabajarás con el sudor de tu frente».
Hemos escuchado la primera lectura del Libro de los Hechos. Se nos invita a llevar la salvación a todos los extremos de la tierra, en el mundo del trabajo, y llenos de la alegría del Espíritu Santo. Pablo y Bernabé fueron muy claros hacia los creyentes a los que hablaban, tal y como nos ha dicho la primera lectura que hemos proclamado. «Teníamos que anunciaros la Palabra del Señor. Lo que Dios quiere de los hombres». Si vosotros no nos escucháis, dijeron Pablo y Bernabé a los israelitas, iremos a los gentiles. Porque lo que el Señor quiere es llenar de luz a los hombres. De la luz que viene de Dios. De la salvación que Él ofrece. Y también a este mundo del trabajo, Dios ofrece luz y ofrece salvación.
Nos dice el Evangelio que, fruto de la predicación que hicieron Pablo y Bernabé, los gentiles alababan al Señor, y la Palabra de Dios se difundía por todas las partes de la tierra. Ojalá también nosotros hoy, desde esta celebración de la Eucaristía, y en esta sede de Hermandades del Trabajo, tengamos la capacidad para escuchar al Señor que nos habla, y nos invita a entregar luz a este mundo que también la necesita. No son los años 40. Ni los 60. Es otro momento histórico que estamos viviendo. Pero un momento histórico donde, ciertamente, hay que dar luz a este mundo del trabajo, donde a veces también se da una explotación diferente a lo que se daba en los años 40, pero sin embargo una explotación por no hacer llegar todas las dimensiones que tiene este mundo a las que tiene que alcanzar la profundidad del corazón del ser humano. Cuando Pablo y Bernabé predicaron, nos dice esta lectura primera que hemos proclamado, los gentiles se alegraron y alababan la Palabra del Señor. Es decir, los que no habían conocido al Señor, los que estaban fuera del pueblo de Israel, se alegraron. Se alegraron. Es verdad que les trajo complicaciones a Pablo y Bernabé, y los expulsaron de aquel territorio. Pero lo que sí es verdad también es que los discípulos estaban llenos de alegría y de la fuerza del Espíritu Santo.
Hoy pedimos para nosotros, para Hermandades del Trabajo, que tengamos la capacidad para abrirnos de tal manera a la acción del Espíritu Santo que sintamos el gozo también de poder penetrar en la profundidad a la que tiene que entrar Dios para que veamos también nosotros el presente y el futuro de las Hermandades del Trabajo. Es necesario repensar, entrando en las raíces mismas de lo que ha sido y es Hermandades del Trabajo en la vida de la Iglesia. Pero repensar una manera de entregar esta salvación y esta buena noticia a este mundo por todos los lugares, y llenos de la alegría del Espíritu Santo.
Anunciemos. Pero, para ello, es necesario conocer a Jesús. Jesús es el que nos da a conocer lo que Dios quiere de nosotros. Lo acabamos de escuchar en el Evangelio que hemos proclamado: «Si me conocéis a mi, conoceréis también a mi Padre». Si me conocéis a mi. Conocer a Jesús nos da a conocer a Dios y nos da a conocer lo que Dios quiere de nosotros. Por tanto, no hay anuncio verdadero sin conocimiento de Jesucristo Nuestro Señor. No hay anuncio verdadero sin conocimiento de lo que el Señor quiere en este momento histórico en el que estamos viviendo. Lo que nos pide a todos nosotros.
Anunciar. Conocer. Y, en tercer lugar, orar. Como nos decía el Evangelio, «el que cree en Jesús hará las obras de Él». Hermandades del Trabajo nace fruto de la profundización en la vida del Evangelio, y de lo que significa esa profundización precisamente en este mundo del trabajo. Obrar como Jesús supone el haber conocido al Señor, el creer de verdad en Jesús, y el creer que las obras de Jesús pueden llevarse a cabo también por todos nosotros.
Queridos hermanos, hay algo en la vida de Jesucristo que a mi siempre me hizo ver lo que con tanta hondura dijo el Papa san Juan Pablo II: «De la primacía del valor ético del trabajo se derivan otras prioridades. Entre otras, la primacía del hombre sobre el trabajo mismo. También la primacía del trabajo sobre el capital. Y, por supuesto, el destino universal de los bienes sobre el derecho a la propiedad privada». Nos lo decía el Papa san Juan Pablo II en la encíclica Laborem Exercens. ¡Qué maravilla descubrir la primacía del hombre! ¿Es esto lo que mueve la vida, los proyectos, las búsquedas del hombre? ¿Es esto lo que mueve? Queridos hermanos: a veces nos lo creemos. Pero no es esto lo que mueve... No. La primacía del hombre. Tenemos que hacer grandes esfuerzos en esta humanidad, que llegó a alcanzar grandes metas, pero grandes esfuerzos para que nunca olvide al hombre. Fue el hombre al que Dios le dio el poder de cuidar todo lo que existe. Y, para no olvidar al hombre, urge, queridos hermanos, no olvidar a Dios que lo creó y lo hizo semejante a Él.
Es de una hondura y de una belleza extraordinaria que al comenzar este encuentro en Hermandades tengamos, en primer lugar, el encuentro con Jesucristo en la celebración de la Eucaristía. Es verdad que hoy surgen tareas importantes que afectan la hondura desde la que tenemos que hablar siempre de la cuestión social, relacionadas con la defensa de la vida, con los derechos fundamentales del hombre... Vivimos tiempos en los que la ciencia y la técnica nos brindan posibilidades extraordinarias para mejorar la existencia de todos los hombres si es que sabemos usar correctamente los descubrimientos que se vienen haciendo. Pero siempre es bueno recordar esas palabras del Papa san Juan Pablo II, cuando nos invitaba a ver en la vida la nueva frontera de la cuestión social. En la vida misma. Sí. En la Evangelium Vitae, nos dice el Papa, nunca olvidemos esto: la vida tal y como Dios nos la ha dado a los hombres. ¡Qué belleza adquiere la existencia de Hermandades cuando vemos que el trabajo pertenece a la condición originaria del hombre!. Sí. Leámosla con detención, llegando a la hondura con que se describe lo que supone que el creador plasmase al hombre a su imagen y semejanza, y nos invitó a trabajar esta tierra. Como nos dice la Biblia, «a causa del pecado el trabajo se transformó en fatiga y sudor». Pero el proyecto de Dios sobre el trabajo mantiene su valor inalterable: baste contemplar a Jesucristo semejante a nosotros, que dedicó años de su vida al trabajo. Necesitamos el trabajo para realizar, para hacer posible el desarrollo de la sociedad. El verdadero bien de la humanidad. Pero siempre sabiendo que el trabajo está en función del hombre, y no el hombre en función del trabajo. Y esto es lo que Hermandades nunca olvidó. Y, siempre que volvemos a los orígenes, nunca podremos olvidar.
Queridos hermanos: por eso, la Palabra de Dios que acabamos de proclamar nos ayuda a todos nosotros, por una parte, a descubrir que tenemos que anunciar la buena noticia del trabajo, de lo que es el trabajo, según la liberación que nos ha dado el Señor. Para ello, conozcamos a Jesús, porque en Jesús se nos ha mostrado lo que Dios quiere de nosotros. Pero también, para ello, obremos con Jesús. Y, para obrar con Jesús tenemos que entrar en una comunión viva con el Señor, como lo estamos intentando hacer esta mañana en esta celebración de la Eucaristía, donde el Señor se hace presente entre nosotros.
Que el Señor siempre nos bendiga, nos guarde y nos haga entender todo lo que... la belleza que adquieren esas páginas de la vida. Necesitamos el trabajo para realizarnos. Necesitamos el trabajo para hacer posible el desarrollo de la sociedad. Necesitamos el trabajo, que es un verdadero bien de la humanidad. Pero siempre, como nos decía el Papa san Juan Pablo II, sabiendo que el trabajo está en función del hombre, y no el hombre en función del trabajo. Y Hermandades supo hacerlo, ya desde el inicio. Y en este momento que vivimos, es necesario que volvamos a recuperar las raíces esenciales y fundamentales para poder hablar a este mundo del trabajo con credibilidad por nuestra parte.
Es verdad que toda renovación a veces requiere movimientos. Y movernos de la silla nos cuesta a todos, empezando por mi. Nos cuesta a todos. Pero sin movimientos no es posible la renovación. Haciéndolo con sensatez. Pero es necesaria la renovación. Entre otras cosas, porque el mundo en el que estamos ha cambiado. No es el mismo que cuando se inician las Hermandades del Trabajo. Y no se trata de cambiar lo fundamental: el origen, las dimensiones fundamentales... Sino de atender también a la realidad en la que está viviendo hoy este mundo del trabajo. Seremos fieles a quienes hicieron posible Hermandades si somos capaces de ser fieles al momento histórico que está viviendo el trabajo.
Que Jesucristo Nuestro Señor, que se hace presente aquí, en el altar, dentro de unos momentos, nos ayude a todos nosotros a redescubrir este mundo del trabajo, las necesidades que tiene, lo que en este momento se nos pide a todos nosotros, pero hacerlo desde la fuerza y la hondura que nos da Jesucristo Nuestro Señor, como se lo dio a Hermandades en el inicio de su trabajo como Hermandades del Trabajo en esta historia. Que el Señor nos bendiga y nos guarde a todos. Amén.
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