Querido don José, obispo auxiliar. Queridos vicarios: vicario general, vicarios episcopales. Queridos rectores de nuestros dos seminarios, el Seminario Conciliar y el Seminario Redemptoris Mater, misionero. Queridos sacerdotes todos. Hermanos y hermanas.
Comenzamos este tiempo de Cuaresma. Un tiempo y una oportunidad que nos da Nuestro Señor para dar la versión a la vida, a nuestra vida; la que Él desea y quiere que presentemos como testigos recorriendo este mundo, en los diversos lugares donde estamos y vivimos, y desde las responsabilidades que cada uno de nosotros tenemos.
Hemos escuchado al Señor. Nos invita una vez más, y nos dice: «Convertíos y creed en el Evangelio». Estas palabras, tomadas del Evangelio de san Marcos, se nos dicen hoy en el momento de recibir el signo de la ceniza. En este miércoles, con toda la Iglesia, comenzamos nuestro camino cuaresmal. Comenzamos un camino de conversión para llegar así a la alegría de la Pascua con un corazón renovado.
Quizá la pregunta nuestra, esta tarde y esta noche, sería esta: ¿Qué significa este gesto de la ceniza al comenzar la Cuaresma? El tomar la ceniza es un gesto de humildad. Quiere decir que reconozco lo que soy: criatura frágil, limitada, hecha de tierra. La ceniza nos recuerda que nuestra existencia humana está limitada por la muerte. Pero también nos recuerda que esto no agota la verdad de la celebración que escucharemos como una gran Buena Noticia que el Señor quiere que llevemos a todos los hombres: «Convertíos y creed en el Evangelio».
Son una invitación, estas palabras, a vivir plenamente. La ceniza nos está recordando que estamos marcados por la ineludible realidad de la muerte. Pero también nos recuerda que, más allá de la muerte, se nos abren las puertas de la resurrección y de la vida. Esto significa que no podemos vivir absolutizando esta vida y construyéndonos sobre falsos valores. La Cuaresma retorna nuestra vida a que vivamos el realismo de unos hombres y mujeres creados por Dios, sabiendo que Él nos acompaña y que nos alienta a vivir de cara a Él, de cara a sus promesas, de cara a sus mandatos.
Al comenzar esta Cuaresma, somos llamados a una profunda conversión. «Convertíos». «Creed en el Evangelio». No vayáis por la vida creyendo no sé cuántas otras cosas más, que no dan sentido a vuestra existencia. Acoged la Buena Noticia. Acojamos a Jesucristo, queridos hermanos. Que nos regala una manera de vivir y de estar en el mundo. Que nos regala su fuerza, su gracia y su amor. «Convertíos. Creed en el Evangelio», se nos dice a cada uno al tomar la ceniza. Se trata de una invitación a un cambio profundo de nuestra vida, y a una adhesión a Jesús, que es el Evangelio vivo de Dios.
Miremos por un instante, queridos hermanos, el mundo en el que vivimos y que nos rodea. Mirémoslo. Contemplemos lo que está sucediendo en el mundo: las situaciones duras en las que tantos y tantos hombres y mujeres, jóvenes y niños, viven en muchas partes de la tierra. Contemplemos. Contemplemos nuestra propia realidad. Es necesario un cambio en profundidad. La adhesión a Jesucristo, la adhesión a alguien que es más que nosotros pero que nos ha dicho las posibilidades que tenemos cada ser humano para tomar una dirección en la vida, nos las regala Nuestro Señor. El Evangelio vivo de Dios.
Dos palabras: convertíos y creed. Convertíos. Es decir, el Señor nos está invitando a cambiar de manera de pensar y de actuar. Dios no puede cambiar nuestra sociedad sin que nosotros cambiemos personalmente. Lo podría hacer, pero quiere contar con nosotros. Y quiere hacernos santos. Todos somos urgidos en este tiempo, y somos urgidos a una verdadera conversión personal. Queridos hermanos: nuestro mundo necesita convertirse a Dios. Nuestro mundo necesita del amor de Dios. Necesita de su perdón. Necesita de su gracia. Necesita, el mundo en el que vivimos, que entre en nuestra vida la revelación de una manera de ser humano, y de ser humanos, que nos ha regalado Dios mismo haciéndose hombre.
«Convertíos». El Señor nos está llamando, y nos está diciendo: «Mirad. Que el mundo en el que vivís necesita de mi amor, y del perdón que yo os entrego». «Creed en el Evangelio». Necesitamos como nunca acoger la Buena Noticia del Evangelio de Jesús. Necesitamos creer en el poder transformador del Evangelio. Queridos hermanos: no estamos solos. Dios sostiene nuestra vida. El clamor de todos los que sufren, que están en una situación difícil, por la que atravesamos, nos está llamando a un cambio de vida.
El Evangelio de Jesús, el que acabamos de proclamar. nos propone tres medios para combatir el mal del mundo: la limosna, la oración y el ayuno. Eran las tres prácticas religiosas que había en el mundo que Jesús encontró cuando se hizo hombre.
En el Evangelio, Jesús descubre tres aspectos de la vida de un creyente que, se puede decir, abarcan todas las direcciones que están en el ser humano: para con Dios, a través de la oración, dejarnos y dejar que Dios nos llame; para con el prójimo, la limosna, ayudar al otro, con lo que somos y con lo que tenemos; y para con uno mismo, el ayuno. En estas tres direcciones, el discípulo de Jesús tiene que profundizar. El discípulo de Jesús no puede quedarse en lo exterior, sino situarse delante de Dios, que es el que nos conoce hasta lo más profundo de nuestro ser, sin buscar premios ni aplausos aquí abajo. Pero tiene que situarse, dejando que el Señor entre en estas tres direcciones de las que os acabo de hablar: con Dios, en el diálogo con Él, en la oración; con el prójimo, en la ayuda que podemos prestarle; y para con uno mismo, en ese ayuno que nos invita a descubrir lo grande que es Dios. En estas tres direcciones, se nos invita a situar nuestra vida.
Hoy, Dios nos invita a reconocer nuestra debilidad y la distancia que hay entre nosotros y el Evangelio, entre nosotros y la vida de fidelidad. Nos invita a contemplar a Jesús. Hoy, Dios nos invita a ser sinceros; a no quedarnos encerrados en nuestras faltas o en nuestra infidelidad al Evangelio, porque si nos quedamos ahí, quedaríamos atrapados con toda seguridad, y prisioneros de nosotros mismos. Por eso, el Señor nos invita a estas cosas. Tú, en cambio, cuando hagas limosna… Queridos hermanos: la limosna a la que se nos invita es la solidaridad con los hermanos. Es el compartir lo que tengamos en un mundo donde está creciendo el hambre; donde está creciendo la injusticia; donde está creciendo la idolatría de los bienes, que nos creemos que hace al hombre más feliz, y es mentira: le hace infeliz, lo engaña, lo defrauda, porque no realiza lo que promete, porque sitúa las cosas materiales en lugar de Dios, que es la única fuente de felicidad y de vida. Tener lo necesario es importante. Y eso lo hemos de buscar también, en nuestra conversión, para todos los hombres.
«Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto». Es la oración que Jesús nos invita a retirarnos y a vivir desde lo más profundo de nuestro ser. Desde el interior. «Retirarnos a nuestro cuarto», en el original, era el local de la casa inaccesible a los extraños. El cuarto. Retírate a tu cuarto. Se trata de entrar en una profunda relación con Dios. Y mirar la vida desde ahí, con los ojos del Padre, como lo hizo Jesús. Ha llegado el momento de cerrar con cuidado la puerta, y de acoger esa mirada del Padre que vela sobre cada uno de nosotros; de hacer silencio para escuchar a Dios, que nos llama a una verdadera conversión.
Cuando ayunéis, no pongáis cara triste. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara. Que el ayuno cuaresmal no es para estar en forma; no es para reducir el peso; no es para es mejorar la imagen. El ayuno cuaresmal es una crítica a una sociedad de consumo, en la que estamos inmersos. Es un ayuno para compartir. Y para ir al encuentro de los que más necesitan.
Queridos hermanos y hermanas. ¿Veis qué bien suenan en nuestro corazón estas palabras a las que nos llama Jesús: «convertíos y creed en el Evangelio»? Al comenzar nuestra Cuaresma, los 40 días, hasta llegar a vivir y festejar la alegría de la Pascua, nos vamos a volver al Señor con las mismas palabras del salmo que hemos recitado hace un instante: oh Dios, crea en mí un corazón puro. Renuévame por dentro. Renuévame con espíritu firme. Devuélveme la alegría de tu salvación.
Es un tiempo oportuno para vivir también la celebración del sacramento del perdón. Ese sacramento que nos devuelve la identidad real. Con el que, a pesar de lo que tengamos, el Señor nos devuelve a la originalidad de nuestro ser. Un corazón puro. Una renovación por dentro. Un espíritu firme. Una alegría. La alegría de sabernos queridos por el Señor, y transformados por Él.
Queridos hermanos: os invito a todos, y me invito a mí mismo, a vivir este camino de conversión para así, en este tiempo, prepararnos para llegar a esa alegría pascual con un corazón totalmente renovado, más unidos a Jesucristo, más unidos a la Santa Madre Iglesia de la que somos parte, más convencidos de la tarea que tenemos que realizar en nuestro mundo para vivir identificados con el Señor. Lo absoluto de nuestra vida no es construirnos falsos valores. Lo absoluto de nuestra vida es Dios mismo, que se acerca a nosotros siempre que le dejamos entrar en nuestra vida.
Hoy también se acerca. No solamente en la Palabra, que nos abre a un tiempo de gracia impresionante. Se acerca a este altar, y se hace presente entre nosotros. Haciéndose presente, nos habla al corazón. Cuando hagas limosna, tú, no la hagas para hacer bien. Cuando ores, no lo hagas para que te vean. Cuando hagas limosna, repartes lo que tú tienes con otro que no tiene nada. Cuando oras, te abres a Dios plenamente. Y también ayuna, porque eso te recordará que lo que tienes que limpiar es tu corazón y tu vida.
Hermanos y hermanas: unidos a nuestro Señor Jesucristo, nos abrimos a este horizonte de conversión y de gracia que nos abre este día del Miércoles de Ceniza en este tiempo de Cuaresma que vamos a vivir, y que yo deseo que nuestra Iglesia que camina en Madrid lo viva plenamente, de tal manera, que en ese vivir plenamente la Cuaresma lleguemos necesitados de abrazarnos al Cristo que triunfa en la Resurrección. Que así hoy nos encontremos con Jesucristo.
Amén.
Querido deán. Hermanos sacerdotes. Queridos delegados de la diócesis de Matrimonio y Familia, de la Delegación de la Familia. Queridos hermanos y hermanas.
Un día singular y especial el que estamos celebrando todos nosotros, con un recuerdo para algo que para todos los que estamos aquí tiene una importancia especial. Hemos nacido en una familia, hemos tenido unos padres, hermanos... Para todos nosotros, la singularidad que tiene la familia es especial. Y especial también cuando se configura la familia cristiana. La familia cristiana es un hogar donde el amor nos une, y donde el amor formula las vidas de todos los que pertenecemos a ella. Y no cualquier amor, sino ese amor que nos describe Nuestro Señor cuando miramos a la cruz, entregando la vida los unos por los otros, con todas las consecuencias. Por eso, este día, para nosotros, es un día especial. Nos lo ha dicho el Señor en el salmo que hemos recitado: «Él es compasivo y misericordioso». Tiene pasión por nosotros, y tiene misericordia. Es un Dios que nos bendice; es un Dios que nos regala todo lo que somos; que nos perdona; que nos cura; que nos rescata siempre, y nos hace ver dónde está el fundamento de la vida; que nos colma de gracia y de ternura; que tiene compasión por todos los hombres. Ningún ser humano, haga lo que haga, está exento del amor de un Dios que nunca se aleja de nosotros, sino que, como Padre que es, siente ternura por todos los hombres, como nos decía el salmo que hemos recitado.
Queridos hermanos. En este día en que la Iglesia quiere reconocer con más fuerza la significación del matrimonio cristiano y de la familia, hemos escuchado esta Palabra de Dios que llena nuestra vida y nuestro corazón. En primer lugar, el Señor nos hace una afirmación: seréis santos, porque yo soy santo. Y la santidad no va a depender de vosotros, ni de vuestras fuerzas, sino de la capacidad que tengáis, y que tengamos todos, para ponernos bajo la mirada de Dios y para poder dejar entrar a Dios en nuestra existencia. «Yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo y os hago santos». Es más, nos ha hecho mucho más. Como nos decía hace un instante el apóstol Pablo en esta primera carta a los Corintios que hemos escuchado, somos templo de Dios; contenemos a Dios; contenemos la vida de Dios, que se nos ha regalado por el Bautismo, y que es esa vida que queremos dar y entregar en los lugares donde estamos: en la familia, en el trabajo, en la vida social.
«Templo santo de Dios sois vosotros», nos decía el apóstol san Pablo. Que nadie se gloríe en los hombres. Lo presente. Lo futuro. Todo lo vuestro. Vosotros sois de Cristo, y Cristo de Dios. ¡Qué maravilla, queridos hermanos! Oiréis muchas palabras hoy, pero ninguna como esta: somos de Cristo, y Cristo es de Dios. Somos miembros vivos de una Iglesia que peregrina en este mundo y en esta tierra; de una Iglesia que quiere hacer noticiable a este Dios que ha venido a este mundo, a esta tierra; que se ha hecho hombre, y que nos ha dado una manera de vivir y de ser. Por eso, el Evangelio tiene una fuerza excepcional: «Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto». Pero añade algo desde el inicio, como habéis escuchado: «Amad a vuestros enemigos». Estas palabras de Jesús al final del sermón de la Montaña tienen una novedad asombrosa: no hay ninguna que tenga esta novedad, no ha habido en este mundo nadie que entregue esta novedad. Resultan desconcertantes, es verdad. Es más, son provocativas. Porque rompen con lo convencional. Rompen con lo que comúnmente está establecido. Por eso, en nosotros, al escucharlas, surgen preguntas como esta: ¿hasta qué punto estas palabras son razonables? «Amad a vuestros enemigos»? ¿Acaso estas palabras están dichas realmente para este mundo en el que vivimos?
Lo primero que aparece en el Antiguo Testamento es la ley del Talión: ojo por ojo y diente por diente. La ley del Talión pertenecía al derecho penal, y consistía en hacer sufrir al delincuente un daño igual al causado por él. En el mundo de hace más de 2.000 años, esta ley no era una ley de venganza salvaje. Era una forma de frenar la violencia y poner límite a la venganza, y de hacer posible la convivencia. De alguna manera, era una ley progresista en la cultura primitiva. Pero, ¡qué maravilla, queridos hermanos! Jesús viene a decir que, con la llegada del Reino, se hace presente el amor de Dios. Este que tenéis vosotros en vuestro corazón y en vuestra vida. Un amor comprensivo; un amor sin medida; un amor que rompe las leyes de la correspondencia, porque Dios nos ama sin medida, hagamos lo que hagamos. Nunca nos abandona. Por eso el atrevimiento de Jesús, cuando dice estas palabras: «no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra».
Recordad que un día Jesús fue abofeteado en la mejilla; no puso la otra, pero sí que preguntó por qué a quien le había golpeado. «¿Por qué me golpeas?». Quiso ponerlo ante la verdad, y ante la responsabilidad. ¿Qué quería decir Jesús? Jesús quiere decir que no recurramos a la violencia. Y esta actitud de no violencia la explica con ejemplos gráficos. Jesús nos invita a la no violencia. Cuando devolvemos mal por mal, entramos en un círculo infernal de violencia y de destrucción. Sin embargo, el Señor, como habéis escuchado, nos dice: «Amarás a tu prójimo». «Habéis oído: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Sin embargo —continúa Jesús—, yo os digo: amad a vuestro enemigo».
Los esenios tenían el principio de aborrecer a los enemigos. Está en el Levítico. Pero la alternativa que Jesús propone es la de superación de ver a ese otro como enemigo, y verle como hermano. «Amad a vuestros enemigos. Rezad por los que os persiguen para que seáis hijos de Nuestro Padre celestial». Queridos hermanos. Este es el distintivo de los discípulos de Jesús: el amor universal que no hace diferencias. El inicio de la evangelización fue este: los apóstoles salieron del solar de Palestina a un mundo desconocido para ellos. Amar a los hombres. Y esto es lo que ponía en ascuas a quienes se encontraban con ellos. Este distintivo, el amor universal que no hace diferencias, es el nuestro. Queridos hermanos, ¿no creéis que este momento histórico que estamos viviendo, donde se formulan diferencias grandes, los cristianos tenemos que hacer algo? Los discípulos de Cristo estamos llamados.
Amar al enemigo no significa tolerar sus injusticias. No significa retirarse cómodamente de la lucha contra el mal. Amar al enemigo significa aceptarlo, respetarlo y mirarlo con misericordia. Jesús insiste en que liberemos nuestra capacidad de amor incluso ante quienes nos rechazan. «Si amáis a los que aman, ¿qué premio tendréis?». Si vivimos contra el amor, nos destruimos recíprocamente y destruimos el mundo en el que vivimos. Cristo ha revelado en su vida el amor más grande. Y esto, queridos hermanos, donde más se manifiesta es en el matrimonio. En la familia. La familia cristiana tiene un distintivo especial: el amor de dos personas que se quieren; que se perdonan permanentemente; que amplían el círculo de ese amor con los hijos; que construyen la vida, no desde otras fuerzas, sino desde el amor, desde el respeto, desde la entrega del uno al otro. «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto». Cristo ha revelado en su vida el amor más grande. Jesús ha entregado su vida por todos, superando las divisiones ratificadas por una ley que separaba entre malos y buenos. «Sed perfectos».
Queridos hermanos: la propuesta de Jesús es extraordinaria. Es verdad que a veces resulta difícil. Es verdad. Pero todos hemos vivido en una familia donde hemos experimentado el amor más grande: el amor incondicional. Los cristianos, los discípulos de Jesús, tenemos necesidad hoy más que nunca de presentar el modelo de la familia cristiana como lugar de construcción de la vida; de visibilizar lo más grande que un ser humano puede tener para vivir: rodearse del amor de quienes tienes al lado, que expresan de alguna manera el amor mismo de Dios. Ciertamente, ante una sociedad en la que a veces lo que surgen son violencias, que es cada vez más violenta, más competitiva; ante la violencia de la guerra, del terrorismo, de las injusticias; ante la violencia de cada día, la que a veces se sufre en casa, en el trabajo, la que nosotros practicamos... Qué maravilla hoy, queridos hermanos, en este día en que recordamos el matrimonio y la familia; maravilla, porque el Evangelio nos propone otra alternativa distinta: desarma tu corazón. Ten la paz interior que Dios te entrega. Ten su amor. Ten su perdón. Oferta este perdón. Es una invitación a liberarnos, queridos hermanos, de la trampa de la violencia; de la trampa de la competitividad; de la trampa del rencor, que desgasta y mata. Todo el mensaje del Evangelio de este domingo, el que acabamos de escuchar, es como un retrato robot del corazón de Cristo, al que queremos seguir cada día.
En este día en el que la Iglesia, de una forma especial, celebra y vive lo que es el matrimonio cristiano y la familia, seamos capaces los discípulos de Cristo de ofertar en esta sociedad, donde se discute, el amor entre dos personas: entre un hombre y una mujer; un amor que a veces se parcializa, y que no es para toda la vida. Descubramos el corazón de Cristo, que nos dice que Él nos revela el amor más grande. El amor que es capaz del perdón también. De empezar siempre de nuevo. De regalar lo más grande que un ser humano puede tener. Hoy nosotros, vueltos a nuestro interior, podemos decirle al Señor: «Señor, deseamos ser tus discípulos. Deseamos aprender de tus labios. Deseamos tener el gozo renovado en nuestra vida. Deseamos tener el amor del Padre: ese amor que manifestamos en los más próximos, pero que se lo queremos dar a todos los seres humanos».
Queridos hermanos: la alegría, la liberación, la luz, el asombro viene con el amor de Dios. Ojalá los cristianos sepamos llevar esto al matrimonio, a la familia. La gran novedad que los discípulos de Cristo entregaron en el mundo pagano cuando comenzó a predicarse el Evangelio fue precisamente este amor de Dios. Y las familias que se convertían eran lugares de experiencia del amor de Dios. En este momento de la historia, lo primero que aparece no es la ley del Talión; lo primero que aparece es lo que nos dice Jesús: «Amad». Amad. Rezad por los que tenéis al lado. Vivid en el amor incondicional que Dios nos tiene a nosotros. Y que una vez más se manifiesta, queridos hermanos, porque se va a hacer presente realmente en el misterio de la Eucaristía Jesucristo Nuestro Señor. Es incondicional. Pues ese amor incondicional que tiene para todos nosotros es el que nos pide que tengamos nosotros para los demás y, muy especialmente, en el matrimonio y en la familia. Hoy, el desarrollo de una sociedad libre, auténtica, con futuro y con presente, parte también de buscar y de meter, de vivir, el matrimonio y la familia como un lugar singular de experiencia del amor, y de regalar ese amor en el entorno donde cada uno de nosotros vivimos.
Que el Señor nos bendiga, y que el Señor nos guarde. Y sintamos el gozo de recibir a Jesucristo en nuestra vida en estos momentos. Amén.
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