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Miércoles, 16 junio 2021 10:30

Jóvenes con experiencias misioneras: «Hay que ir abiertos a lo que surja, totalmente a lo que el Señor quiera»

Jóvenes con experiencias misioneras: «Hay que ir abiertos a lo que surja, totalmente a lo que el Señor quiera»

«¡Tenéis que venir a verme!», les dijo Pablo Escrivá de Romaní a los jóvenes de la parroquia Santa Teresa de Jesús en enero de 2020, cuando el arzobispo de Madrid, cardenal Carlos Osoro, lo envió en misión a Costa Rica. Sacerdote diocesano, Pablo hizo toda su etapa de pastoral en esta parroquia de Tres Cantos, y allí vivió su ordenación diaconal, su ordenación presbiteral y sus primeros tiempos como cura. Hasta que Dios lo llamó a la misión, algo que terminó de concretar durante una visita a Ucrania, su destino previo a Costa Rica.

La invitación del sacerdote a ir a Costa Rica tuvo su eco en un grupo que el próximo 10 de agosto partirá hacia el país centroamericano. Pensaron ir el verano pasado, pero no pudo ser por la pandemia. Ahora, estarán allí tres semanas, en la diócesis de Limón, «la zona más pobre de Costa Rica», en misión, «ayudando al obispo en lo que necesite: catequesis, Eucaristías, reparto de alimentos...». Lo cuenta Miriam Blanco, 31 años, desde su adolescencia en Santa Teresa de Jesús y coordinadora del grupo de misioneros.

En realidad, dice, estarán «haciendo presente a Cristo y a la Iglesia allí, compartiendo lo que nosotros vivimos aquí». Es lo único que pidió Pablo: «Quien venga, que sepa que viene a un misión; esto no es una ONG». El grupo lo forman 15 jóvenes, algunos de los cuales nunca han tenido una experiencia misionera previa y quizá por eso están más emocionados, aunque lo cierto es que la emoción nunca se va. «Seguro que recibimos más de lo que llevamos».

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Vida misionera

Miriam lo sabe bien. En 2009 ya participó en un misión popular en España; en 2012 repitió, esa ocasión en un pueblo de Cáceres, ayudando al párroco. En 2016 fue a Tetuán (Marruecos), «la primera misión como tal» y realmente la que marcó su rumbo. Allí, esta joven que había estudiado Traducción e Interpretación y que ahora trabaja en la Delegación Episcopal de Jóvenes, tuvo la certeza de que el Señor le decía que «esto es lo que quiero para ti».

En 2017 voló a Argentina, a un orfanato para niños con discapacidad intelectual. «La misión no es solo lo que tú creías» durante la planificación, cuenta. Ella se percató de que con los niños había que, «simplemente, amarlos». Al final, «la misión fue la de ellos conmigo, y la mía, fundamentalmente, con los trabajadores del centro». En 2018 regresó a Tetuán, y en 2019 estuvo en Benín con los enfermos mentales atendidos por el proyecto Los olvidados de los olvidados. Lo inició Grégoire Ahongbonon, un reparador de neumáticos de Benín, para rescatar, curar y reinsertar en la sociedad a estas personas a las que, por supersticiones ancestrales ligadas al vudú, sus familias abandonan a su suerte, encadenadas.

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Por todo lo vivido, Miriam ha aprendido que en misión «hay que ir abiertos a lo que surja, totalmente a lo que el Señor quiera». Y con esa ilusión asistirá el equipo de Costa Rica a la Misa de envío de misioneros que el cardenal Carlos Osoro presidirá en la catedral de la Almudena este domingo, 20 de junio. «Estamos todos a la expectativa de ver lo que nos va a regalar el Señor». Y Miriam, en concreto, siendo fiel a ese «¡entrégate!» propuesto por Dios, que ella vive muy en presente: «Que no perdamos las oportunidades de amar cada día».

«Padre, por favor, no se olvide de nosotros»

Los jóvenes de Santa Teresa de Jesús aterrizarán en la ciudad portuaria de Limón, en la costa este de Costa Rica. Allí estableció la misión el sacerdote Pablo Escrivá cuando pidió ir a la zona de mayor necesidad del país. El primer foco importante de atención alli son los jóvenes, que sufren una tasa de desempleo muy alto. «La mayoría de la gente se gana dinero con el tráfico de drogas». No es una ciudad peligrosa, puntualiza, pero hay «bastante pobreza» y desesperanza.

La segunda rama de la misión es la zona indígena a la que se había referido Miriam. «Subimos una o dos veces por semana mínimo a visitar los poblados. Algunos tardamos dos horas; otros dos horas en llegar, y desde ahí ocho horas andando…». El sacerdote cuenta que el más alto es el territorio de Telire; tanto, que al obispo de la diócesis, monseñor Javier Román, «un fuera de serie en todos los aspectos», lo suben en helicóptero, y de ahí tarda tres días en llegar. Un camino duro, y prueba de ello es la foto que nos envía del obispo exhausto en una de esas incursiones.

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Con los indígenas, los sacerdotes celebran Misas, Bautizos, confiesan –a veces incluso con traductor por los dialectos propios–. En la selva remota «hay zonas que se celebra la Misa una vez al año; otra cada seis meses, otras cada tres, cada uno…». Las gentes los esperan con muchísimo «agradecimiento». «Padre, por favor, no se olvide de nosotros», le dicen cuando se despiden, quizá hasta dentro de meses. Les llevan alimentos, comparten con ellos... Son personas, añade, con mucho respeto por la figura del sacerdote: «Yo muchas veces me pregunto qué les darían los misioneros cuando llegaban para que tengan un respeto tan fuerte».

Cuenta el padre Pablo que en una ocasión que subieron con monseñor Román, con todas las penurias del camino, durmiendo en el poblado con una comunidad de 30 personas máximo, el obispo les interpeló: «Me preguntaréis por qué venimos hasta aquí; primero, porque soy el obispo y tengo que visitar todas las pastorales de mi diócesis; y segundo, aquí muchas veces no tienen la oportunidad de comulgar y confesarse, pero me han pedido que venga, y durante la Misa, hay un momento que el sacerdote dice: “Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, y ellos lo ven. Solo por esto ya merece la pena todo el viaje, por mostrarles a Jesús». Y el sacerdote madrileño apostilla: «Esto es lo que nos mueve aquí; lo más importante es la fe, y esto es el mayor acto de caridad que uno puede dar».

Un sed de fe auténtica

La gente de la misión «tiene una fe bastante fuerte, porque están acostumbrados a creer en Dios sin prejuicios, pero es verdad que hay algo de desorientación» y por eso «es especialmente importante cuidar esta fe» porque es un pueblo «muy sediento de fe auténtica, es bestial». La clave de la misión, explica el sacerdote, es «dar a conocer a Dios Padre». Antiguamente, explica Escrivá, el gran desconocido era el Espíritu Santo; «hoy en día gracias a los carismáticos esto ha cambiado mucho», pero no se da el «sueño de Jesús», que es conocer al Padre y hablar con Él. «La idea es empezar a introducir, a través de Cristo y de la Virgen, lo que es el amor del Padre, lo que significa el Padre, qué significa esa paternidad – con una paternidad tan difuminada hoy en día en la sociedad– y pertenecer a esta familia que es la Iglesia».

Le preguntamos al sacerdote sobre las dificultades. Una, bromea, «que por ahora Dios no me ha dado el don de la bilocación» en un territorio tan extenso, en el que 25 sacerdotes para una población de 450.000 habitantes. Cada parroquia cuenta con 30 filiales, «que son como capillitas» a las que hay que llegar en coche, con dificultades. «Es un sacerdocio muy humilde el de aquí», con presbíteros «que trabajan mucho y muy unidos». Y después, el coronavirus, «que nos hemos tenido que reinventar completamente».

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Vivir agradecidos desde Madrid

Los jóvenes de Santa Teresa vivirán este agosto una experiencia con los jóvenes de Limón e irán subiendo a las distintas zonas indígenas «para misionar, que significa que vamos a ir básicamente a celebrar la Misa y a estar con ellos». También tendrán contacto en la zona indígena con distintas realidades de la Iglesia «muy bonitas«, como los paúles, las misioneras lauritas y los sacerdotes diocesanos.

Pero los cristianos que se quedan en Madrid también pueden hacer mucho por la misión. Para empezar, indica el padre Pablo, siendo agradecidos por el «privilegio» de las Eucaristías diarias, las confesiones, las adoraciones… «Esto nos ayuda muchísimo aquí porque es mantener la fe». En segundo lugar, «ayudando; hace falta gente que quiera entregar la vida aquí. Si uno quiere venir a misionar, el que más va a recibir es uno mismo. Cuando uno intenta evangelizar, se da cuenta de que acaba evangelizado».

«Yo quiero dejarme la vida aquí –añade–, pero necesito ayudas de personas, ya sea a través de una cadena de oración, de una aportación económica...». Por ejemplo, ahora mismo el proyecto es rehabilitar una antigua iglesia y casa de combonianos –«pero no tengo ni un duro»– para catequesis de jóvenes, de matrimonios, para «acoger a sacerdotes que a lo mejor están en crisis y necesitan descansar del mundo y darle un nuevo aire a su sacerdocio». Porque, asegura, «yo estoy feliz de ser su sacerdote inútil, de estar aquí a su lado [de Dios], pero si Él quiere que todo este proyecto vaya tomando forma de una manera más tangible, ¡a esto estamos!». Y concluye: «Es un privilegio el poder dar la vida aquí».

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