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Sábado, 06 febrero 2021 09:00

Los milagros de la Virgen de la Almudena

Los milagros de la Virgen de la Almudena

En el diario político y literario La Nación del jueves 13 de noviembre de 1873, se podía leer: «Año 1620. Cae de un balcón, Gregorio Meliton, de la servidumbre de Felipe III, y atribuyese a un milagro de la virgen de la Almudena, el que saliera ileso». 

Esta efeméride se hacía eco de un antiguo relato del siglo XVII, sobre un tal Gregorio Melchor, hombre especialmente devoto de Nuestra Señora de la Almudena, cuya estampa llevaba siempre consigo. Estando un día asomado a un mirador, que cae sobre el muro de la puerta de la Vega, se le desvaneció la cabeza, y cayó sobre unas piedras que había en el suelo. Al caer, tuvo tiempo, y devoción, de encomendarse a esta santa imagen, y aunque del gran golpe quedó atónito, se vio luego libre, sano y sin herida alguna, y así pudo por sí mismo entrar en la iglesia de Santa María a dar las debidas gracias a su Libertadora, por tan insigne beneficio.

Numerosos son los testimonios que durante siglos han recogido la intercesión y la protección de la Santa María la Real de la Almudena para con los madrileños. Así, el célebre milagro del trigo, acaecido en el reinado de Alfonso IX, cuando los musulmanes intentaron de nuevo conquistar Madrid, asediándola y privándola de alimentos. El cronista Vera Tassis en su Historia de la Almudena narró este acontecimiento, con el título: «Socorre a Madrid su celestial Patrona en otro cerco de moros, abasteciendo la Villa con el milagroso trigo de su iglesia».

Apurados estuvieron los madrileños por el asedio de Aben-Jucet Miramolin, y hubieran perecido de hambre, si no hubiera venido a su favor la Santísima Virgen. Terriblemente preocupados los ánimos de todos los habitantes de la villa, por la gran escasez de víveres que en ella se advertía, no sabían cómo hacer frente a los horrores del hambre que les amenazaba cuando, jugando unos niños en la parroquia de Santa María, hicieron un agujero en uno de sus pilares. Uno de los muchachos notó que había allí alguna cosa, y dio parte a los demás, que ahondando el agujero encontraron un montón de trigo. Informando a sus padres de tan agradable noticia, fueron varias personas a la iglesia, y echando a tierra un trozo de pared, descubrieron un gran depósito de trigo. Y era tanto el que allí había almacenado, que no solo remedió las apremiantes necesidades de los sitiados, sino que éstos, cobrando bríos con el milagro obrado por el Señor, sin duda por intercesión de María Santísima, quisieron hacer ver a sus enemigos que no se morían de hambre, arrojándoles a puñados el trigo desde las murallas.

Los sitiadores, que esperaban hacerles capitular por el hambre, al ver que se hallaban tan provistos de alimentos, levantaron sus tiendas, quitaron el cerco y dejaron libre a la villa, que se apresuró a dar gracias a su protectora, la Virgen de la Almudena, por el prodigio que a su favor había obrado. Un gran cuadro colocado en el pórtico de la iglesia de Santa María certificaba este gran prodigio. Ese mismo lienzo se encuentra hoy en día expuesto en la catedral de la Almudena.

No queremos dejar de referir otro extraordinario episodio que se obró en esta Villa y Corte. Ya en época del rey Felipe II existía la leyenda de que la sonriente expresión de la patrona de Madrid no era siempre la misma, pues en todos los tiempos se habían procurado hacer copias que tuvieran semejanza con la santa imagen, pero jamás se había conseguido. Al parecer, cuando el pintor la volvía a mirar, para perfeccionar su retrato, la Almudena cambiaba el rostro.

También la infanta Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe II, muy devota de la Virgen de la Almudena, cuando iba a marchar a los Países Bajos, por su boda con el archiduque Alberto, encargó a los afamados pintores de la Corte que le hicieran un cuadro copiándola, para llevarlo consigo. Fueron traídas todas las pinturas a palacio, y revisadas despacio por la infanta, reconociendo que ninguna se le parecía. Y aunque apenada de no haber conseguido su piadoso deseo, determinó llevar consigo todos los cuadros, para que le sirviesen de consuelo en su larga ausencia de España. 

Los lienzos fueron colgados por las paredes de sus habitaciones de palacio, donde concurrían muchos señores españoles y flamencos, quienes numerosas veces habían venerado en Madrid la prodigiosa imagen en su templo de Santa María de la Almudena. Al observar las pinturas, todos a una voz decían, que ninguna de ellas se parecía a la talla original. Disgustada la infanta de oír estos comentarios, se atrevió a pedir a su padre la original, aunque bien sabía que se negaría a privar a los madrileños de su tan querida Virgen.

A la negativa de don Felipe, su hija con nuevas ansias de poseer un perfecto retrato de la tan venerada imagen, envió a Madrid a un famoso artista flamenco para que le trajera una copia exacta, «encargóle al pintor que pusiese el mayor cuidado en retratar la santa imagen con propiedad y semejanza». Llegó a la Corte el célebre pintor, y habiendo dado orden el rey don Felipe de que se llevara la imagen de la Virgen al pórtico de la iglesia, a fin de que con todas luces y con la mayor comodidad pudiera retratarla, se hizo así empezando el pintor su obra, que le salió perfecta, imitando con gran propiedad el ropaje; pero hubo de arrojar desanimado los pinceles cuando, queriendo copiar el divino rostro de la Señora, vio que no acertaba, por más que hacía, a sacarlo semejante al de la imagen.

Vera Tassis, que también recoge este suceso, concluye su relato afirmando que de aquellos cuadros se hicieron numerosas estampas, que curaron milagrosamente muchas enfermedades. Con tales testimonios se confirmaba cómo la Virgen de la Almudena siempre ha sido abogada y protectora y ha escuchado con clemencia los ruegos de los madrileños, en Madrid y más allá de sus viejos muros.

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