Madrid

Viernes, 16 noviembre 2018 12:36

Monseñor Cobo anima a los catequistas a acoger a María para transformarse en discípulos

El pasado jueves, 15 de noviembre, el salón de actos del Arzobispado de Madrid acogió la primera sesión del tercer curso de catequética. Con el tema María y la mujer en la fe y la vida de la Iglesia, constará de 18 sesiones impartidas por diez mujeres y nueve hombres entre sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos expertos en cada uno de los temas tratados.

Monseñor José Cobo, obispo auxiliar de Madrid, impartió la sesión inaugural con la ponencia Con María, discípulos misioneros de Jesucristo. «No os voy a dar respuestas para nada, sino muchas preguntas; para que, al menos, nos vayamos con la inquietud de emprender un camino –el del discipulado–, pero preguntando continuamente a alguien que lo ha recorrido antes, a María». Con estas palabras, mostró las credenciales de un encuentro cargado de detalles dedicados a la Madre de Dios.

El prelado desarrolló su presentación en torno a «tres perchas» sobre las que «colgaremos los rasgos del catequista, del discípulo, del agente de pastoral», de aquel que «está empeñado en seguir a Jesús» porque ha recibido una llamada para ello: «Hágase en mí», «Haced lo que os diga» y una tercera que «no tiene palabras, solo silencio», porque «María no solo invita con la palabra, sino que es la mujer del silencio».

«María es la mujer de la esperanza»

En cuanto a la primera, «cuando María tiene que responder y decir “Hágase en mí”», lo hace «a través de un montón de esperas». La vida, reconoció, «se caracteriza por esperas o por esperanzas» y «la espera son lugares donde intentamos acomodar el futuro a mis necesidades». Los discípulos, como María, «están llenos de esperas». Sin embargo, eso no es la esperanza… «La esperanza tiene un ámbito más grande: se conjuga siempre con lo pobre, lo vulnerable, lo paciente; porque la esperanza nunca está cerrada, siempre está abierta y siempre se confía a otro». Mientras que «la espera se confía en mí mismo».

De lo que se trata, por tanto, incidió monseñor Cobo a los catequistas presentes, «es de insertar lo que yo espero delante de lo que Dios espera, para decirle todos los días al Señor: "Yo espero esto, ¿pero Tú, Señor, qué esperas?"». Y siempre con María –«la mujer de la esperanza»– en el centro, quien «sintoniza con la promesa de Dios y renuncia a sus esperas –casarse, estar en un pueblo, tener una casa, nietos, etc.– porque se ha apoyado en la esperanza».

«Estamos aquí porque Dios nos ha llamado»

Después de animar a los presentes a «echar raíces, con María, en la pequeñez del día a día», y a ser como Ella, «a quien le duele el dolor de la humanidad y de los pobres», monseñor Cobo destacó la importancia de la segunda percha: «Haced lo que os diga». Todo empieza en el relato de la Anunciación, «porque lo de ser discípulo no es que yo me apunte, sino que el Señor me llama». Una clave que resume el recuperar la experiencia de la vocación, porque «si estamos aquí no es porque lo hemos elegido nosotros», sino «porque Dios nos ha llamado». Y esa experiencia, que es también la de María, fue la de los primeros discípulos.

«Necesitamos una llamada», destacó, «que es el principio de un camino», y en ese camino «Dios va haciendo todo un proceso con nosotros, como hace con María». Por tanto, el proceso de un discípulo «tiene sus fases» y, en el transcurso del sendero, «hay que dejarse hacer por Dios».

Y en un instante de silencio, el prelado dejó caer la clave principal del acompañante: «El catequista, como María, tiene que poner nombre a Dios». María, destacó, «es la que nombra a Dios: Jesús, el que salva». Y esa «es la función del discípulo: enseñar, como María, a Dios a hablar, enseñar a decir el nombre de Dios».

«El paso del discípulo es en la sombra»

Asimismo, se refirió a la tercera parte que «no tiene palabras». El discípulo, destacó, «es el hombre o la mujer que, a veces, no tiene palabras». Y «lo que vemos en el silencio de Dios es la sombra». María, dijo, «aprendió a caminar en sombras». Y «el paso del discípulo es en sombra, bajo la sombra». Un camino, destacó, «que a veces supone no comprender, aceptar que una espada de dolor te traspase el alma, afrontar las contradicciones que hay en el corazón, ponerse delante de una Cruz y decir: ¿esto es lo que Dios me había prometido?».

Sin embargo, en el corazón de estas grandes preguntas, «se cuaja el seguimiento», aseveró. María «nos invita a que Cristo crezca en nosotros, y emprender un camino de oscuridad», donde «todas las cosas no están escritas, donde no entendemos todo, donde lo que diga mi grupo a veces no es lo mejor, donde lo que yo pienso no es lo único… Y solo el Hijo es el que marca el camino, y no nosotros».

María: la primera que despierta el discipulado

María, «junto a la Cruz, nos quiere dejar una lección: ahí queda la fe, y nada más». Ella «llega hasta el final, y cómo llega… obedeciendo y llorando». Jesús «deja este mundo delante de María. Y Ella pierde todo, hasta el hijo… María ha perdido el que le llame madre, ha ido siguiendo a Jesús como el discípulo, ha ido perdiendo cercanía carnal y ahora pierde carnalmente al hijo, se le muere el hijo…». Ante esto, «solo le queda la fe pura, y el abandono total en la voluntad del Padre».

Finalmente, ante un público emocionado, el obispo auxiliar contó cómo María, al pie de la Cruz, «podría estar pensando en su desgracia» y, sin embargo, «Jesús le dice: “Ahí tienes a tu hijo"», y en ese momento María recibe su misión: tú eres madre de este, eres discípulo de estos y todo aquel que quiera seguirme tiene que estar al lado de la Cruz y con mi hermano al lado». María es, por tanto, «la primera que despierta el discipulado con el otro», manifestó. Así animo a los catequistas de Madrid a hacer como Juan, que la llevó a su casa: «Aquel que lleva a María a casa», insistió, «acoge al discípulo»; y «aquel que acoge al discípulo, se transforma en discípulo». Por tanto, «haced lo que Él os diga», concluyó.

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