Madrid

Sábado, 24 octubre 2020 09:01

La reina Isabel de Borbón hace que no se olvide a la Virgen de la Almudena

La reina Isabel de Borbón hace que no se olvide a la Virgen de la Almudena

La devoción y el culto a la Virgen de la Almudena alcanzaron un gran aumento bajo el reinado de Felipe IV y su primera esposa, Isabel de Borbón. La reina fue una gran devota de la Almudena, como manifestaron tanto las visitas que, casi a diario, hacía a la parroquia de Santa María, como las ayudas y regalos que otorgó a la iglesia.

Así lo recoge el propio Lope de Vega, pues su poema histórico de la Virgen de la Almudena (del que hablamos anteriormente) comienza con una dedicatoria a la mismísima reina, a quien concede el mérito de haber revivido la devoción a la patrona de Madrid (canto I, vv. 25-40): 

Vos, heroica Isabel, a quien se debe
de esta imagen divina la memoria,
venciendo aquel olvido que se atreve
con tanto eclipse al rayo de su gloria,
pues tanta devoción despierta y mueve
vuestro pecho católico, su historia
benigna oíd, que si hasta ahora oculta,
su claridad de vuestra luz resulta.

pues ya, reina de España, a la del cielo
hacéis en esta imagen honra tanta
que admira la piedad, provoca el celo,
mueve el ejemplo y el cuidado espanta,
cuanto pura verdad correr el velo
puede al olvido en su memoria santa
por tantos siglos mudo, en breve suma
más os presenta el alma que la pluma

Además, es sabido, que fue la propia Isabel de Borbón, junto con el apoyo del conde duque de Olivares, quien volvió a impulsar la construcción de una catedral en Madrid. Se llegó incluso a designar una junta de obras, con la participación del corregidor de la Villa, representantes de la reina, prelados y máximos representes del Ayuntamiento y la nobleza. Y el arquitecto Juan Gómez de Mora, maestro mayor de las obras de Felipe IV, y su aparejador Pedro Lizargárate fueron los encargados del proyecto. Se concibió un templo al estilo italiano, con tres naves, cimborrio, dos torres y grandioso claustro.

Por deseo de la reina, el conde duque escribió una carta al corregidor de la Villa, rogándole le informara con que medios contaba el Ayuntamiento para apoyar el inicio de las futuras obras. Y en el año 1623, Felipe IV firmó una real cédula donde se establecían los medios para hacer frente a las obras, a las que el Ayuntamiento contribuiría con 200.000 ducados y se cedió como solar, las casas que fueron de D. Pedro González de Mendoza, situadas junto a la parroquia de Santa María.

Sin embargo, este proyecto no avanzaría más allá de la ceremonia de colocación de la primera piedra. Dicha ceremonia tuvo lugar el 15 de noviembre de 1623, como relata Lope de Vega en su poema y también recogió León Pinelo en sus Anales de Madrid: una suntuosa procesión presidida por los reyes, el nuncio y diversas personalidades eclesiásticas y civiles de la Villa y Corte recorrieron las calles de la ciudad, para depositar la primera piedra de lo que se suponía iba a ser un nuevo templo digno de la patrona. Sin duda un sueño que aún tuvo que esperar para verse hecho realidad. 

Día de san Eufemio, la reina doña Isabel de Borbón, que deseaba fundar iglesia colegial a la Virgen Santísima y a su milagrosa imagen de la Almudena por la devoción particular que le tuvo, gustó que se pusiese la primera piedra en el edificio. (…) Para esto salieron de Palacio, a pie, el Rey, la Reina y los infantes Carlos y Fernando, acompañados de todas la Casa Real y de los Grandes y Señores de la Corte, yendo el nuncio Máximo Inocencia con otros prelados y personas eclesiásticas, y llegados todos al sitio, y precediendo las ceremonias de la Iglesia, se puso la primera piedra, echando debajo medallas de oro y plata, sobre que se puso una hermosa cruz verde y se empezó a cercar el sitio; después no pareció que esta obra se prosiguiese, contentándose con pasar la santa imagen de una capilla en que estaba al altar mayor, donde hoy se venera con el adorno, grandeza y concurso que vemos. 

A esta acción escribió Lope de Vega Carpio «La virgen de la Almudena», poema histórico, en tres cantos, de elegantes octavas, que imprimió en octavo, dirigido a la Reina.

Antonio León Pinelo, Anales de Madrid, p. 255

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