Queridos hermanos obispos, don Juan Antonio, don José Antonio, don Vicente, don Adolfo, que nos acompañas. Queridos vicarios, sacerdotes, diáconos. Queridos amigos seminaristas, que estos días también nos ayudáis especialmente. Los consagrados y consagradas que estáis y todos los que os habéis acercado a este cenáculo esta tarde en esta catedral.

Hoy nos reunimos como cada año en este Jueves Santo para vivir en definitiva y ahondar en este misterio del amor hasta el extremo. Este día no es una representación simbólica, ni una escena litúrgica aislada, sino el corazón mismo de nuestra fe. Jesús, una vez más, nos entrega su alimento, su servicio y su cuerpo, y lo hace con una pedagogía que no olvida ningún gesto: una toalla ceñida, una jofaina y una mesa para los hermanos. Cada uno de estos signos están cargados de sentido, de vida y, en definitiva, de Evangelio.

Pero quizá hay una pregunta previa para venir hoy a la Eucaristía. Una pregunta que nos podemos hacer y es, en definitiva, por la vida, de qué nos alimentamos. Sí, en este mundo se nos proponen mil formas de alimentarnos física, emocional o ideológicamente. Hoy valdría la pena hacerme la pregunta de qué me alimento yo, qué es lo que sostiene realmente tu vida.

Vivimos ahora entre mil menús seleccionados, con gluten, sin gluten, con lactosa, sin lactosa, alimentos que engordan y que no engordan, que están frescos o que están en conserva. Y siempre elegimos lo que más nos conviene. Pero más allá de lo físico, también nos alimentamos de lo que vemos y lo que escuchamos. Nos alimentamos de las redes, de la televisión, de los medios, de lo que otros piensan de nosotros. A veces nos alimentamos de nosotros mismos, de nuestro bienestar, de nuestro éxito, de que nos reconozcan. Alimentamos muchas veces nuestra imagen, nuestra rutina o el deseo de agradar. Y muchas veces disfrazamos nuestra voluntad con el nombre de la voluntad de Dios.

Pero esta noche Jesús nos muestra el alimento y nos muestra cuál es su alimento: cumplir la voluntad del Padre entregándose por amor. Ya nos lo había dicho el evangelista: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió», como nos dijo Jesús. Esa voluntad se concreta, y hoy lo vemos, en la entrega total, en el lavatorio de los pies, en la institución de la Eucaristía, en ese «tomad y comed» que cada vez que Jesús lo dice nos desarma.

Jesús no se alimenta de sí mismo, no se protege, no busca quedar bien. Su alimento es entregar su vida, y por eso cuando llega su hora Él la reconoce. Es la hora de Dios. Esa hora que ata la voluntad del Padre con la necesidad de los hermanos. Su entrega entonces es el lazo que une el cielo y la tierra, el perdón y el pecado, la misericordia y la miseria.

Decía Agustín de Hipona al comentar esta noche, que «Jesús dejó sus vestiduras, Él que siendo Dios se anonadó a sí mismo. Él se ciñó con una toalla porque recibió forma de siervo, echó agua en la jofaina para lavar los pies de los discípulos, Él que derramó su sangre para lavar con ella las manchas del pecado».

Sí, esta tarde, esta noche, Jesús no da teorías. Nos deja tres regalos concretos, para que también nos los llevemos en el corazón. Una toalla ceñida es el primer regalo. Jesús se ciñe la toalla como los labradores, como los que levantan un peso, como los que están listos para servir. La toalla ceñida nos recuerda que la fe no se puede vivir sin servicio.

La fe se hace concreta, dice el papa Francisco, cuando ceñida con una toalla se pone de rodillas y lava los pies. Jesús, con la tolla se ata, sí, se ata a la voluntad del Padre y a la realidad de los discípulos. No a una nostalgia ni a una idea abstracta, no. Se ata a Pedro, a Judas, a cada uno de los discípulos con su nombre y apellidos. Y hoy se ata también a nosotros, a esta Iglesia concreta, con nuestras debilidades y con nuestras búsquedas.

La toalla no es un cleenex para usar y tirar; es una cuerda viva, un lazo firme entre Dios y el mundo. Hoy Jesús pone en cada una de nuestras manos también su toalla. ¿La pondrás en una vitrina o nos la ceñiremos también para servir? Y nos pregunta que a quién nos atamos nosotros, como él se ata.

El segundo regalo es una jofaina. La jofaina con agua. Jesús vierte agua y se arrodilla como lo hizo en el día de nuestro Bautismo con cada uno de nosotros. Lava los pies, se rebaja. Fijaos, el Hijo de Dios de rodillas. No es una metáfora, es escándalo y es misericordia al mismo tiempo. Por eso, no nos extraña que Pedro se indigne, nosotros también nos indignaríamos. Qué desconcertante es ver a Dios de rodillas delante de mí. Y, sin embargo, ahí lo tenemos. Es su modo de amar, no desde arriba, sino desde abajo, porque Dios está en quien lava los pies, no en quien se lava las manos.

Esta jofaina ahora es nuestra. Nos toca llenarla de agua, de servicio y de ternura. Es la jofaina de la Iglesia, la que hay en cada una de nuestras parroquias y comunidades, que sirve para lavar los pies del mundo. Cada vez que ayudamos, cada vez que nos ponemos de rodillas delante de alguien, cada vez que servimos, cada vez que acompañamos a alguien en la soledad, cada vez que respondemos con humildad, estamos usando esta jofaina. ¿Te dejas lavar hoy por Jesús? ¿Te dejas lavar de verdad? ¿Quisieras lavar tú también? Porque es la pregunta que hoy Jesús nos pone delante.

Y con la jofaina, con esa tolla ceñida, nos deja una mesa, una mesa para sentarnos todos. En esta noche contemplamos a Jesús como el verdadero Cordero Pascual. Él celebra la pascua ya sin cordero y sin templo, porque él era el Cordero que esperábamos, el verdadero. Por la cena entra en todo ese camino que veremos estos días de sacrificio en la Cruz, de cumplimiento de cuanto nos decía el Antiguo Testamento.

En Él encontramos la plena reconciliación con Dios a través de su vida. Por eso, en esta mesa Jesús nos deja su Cuerpo y su Sangre, no solo para los buenos, también a los que le traicionan, a los que le niegan y a los que le dudan. Porque su entrega es absoluta, «tomad y comed». No para uno mismo, no como un acto individual. Sino «tomad y comed», y seguid construyendo Iglesia. Por eso Jesús nos dice «haced esto en memoria mía», y no hablaba solo del rito, habla de la vida. «Haced esto». Al celebrarlo, «haced esto, lavad los pies; haced esto, compartid el pan; haced esto, amad como yo, construid así la comunidad». Es la tarea, haciendo esto. Al participar en la Eucaristía hoy, cada uno de nosotros y todos juntos, estamos llamado a unirnos a Cristo, a dejar que Él transforme desde dentro nuestras vidas con su amor, y a ser testigos juntos de su presencia en el mundo a través de los signos que nos da.

Por eso también al comulgar hoy nos vinculamos unos a otros construyendo Iglesia. Una comunión que hoy nos introduce en esta preciosa corriente de servicio, en esta corriente por la que fluye la Iglesia y que ofrece la comunión en medio de un mundo a veces dividido e individualista.

Al comulgar juntos hoy, queridos amigos, también, cómo no, ante esta mesa, recordamos el día del sacerdocio, y os pido que oremos y presentemos a Dios a nuestros sacerdotes, para que recuerden siempre que han sido ungidos para ungir al Pueblo de Dios y para que juntos nos unamos a Cristo y nos dejemos transformar por su amor. Para que juntos seamos toalla, jofaina y una mesa ante nuestro mundo. Rezamos por los sacerdotes, en concreto por nuestro presbiterio diocesano, por todos aquellos que sirven la Eucaristía y los sacramentos desde la humildad, la cercanía y la misericordia de Dios hacia su pueblo.

Queridos hermanos. Este es el cenáculo hoy, donde Jesús actualiza su servicio. Este es el cenáculo en el que celebramos y recibimos estos signos concretos: la toalla, la jofaina y la mesa. Y no solo son recuerdos, también es una tarea, una tarea para juntos renovar nuestro compromiso, para ceñirnos la toalla para los que no encuentran ayuda, para coger la jofaina para quienes necesitan el perdón y para poner la mesa a todo aquel que busque sentido.

Tomad y comed, ceñíos la toalla, llenad la jofaina, servid con alegría, porque Jesús se nos da hoy de verdad y sin maquillajes. Comeremos de Él, y nos pondremos a servir como Él nos sirve a cada uno de nosotros. Así, así y solo de esta manera, triunfará el amor del Padre en el mundo. Ya se lo había dicho a los discípulos, y hoy nos lo recuerda a nosotros. Pero en aquel momento, eso de que triunfe el amor en el mundo… Los discípulos no entendían este lenguaje, no comprendían bien, pero les fue necesario ver y entrar en este gesto que luego germinó.

Hoy esa vida que se sembró en el corazón de los discípulos se siembra en nosotros, para que germine y en la Pascua se convierta en amor fraterno. Es el triunfo, sí, el triunfo del amor, el triunfo de Cristo, porque Uno ha triunfado y todos triunfaremos con Él haciendo de su vida nuestro alimento.

Media

Solo morir replantea la vida para darle sentido. La muerte de Jesús no es un suceso aislado, es un proceso, el resultado de un largo camino. Nos recuerda que nuestra vida, la de cada uno de nosotros, es un camino lleno de pasión, de resurrección, de cruz, de cirineos. En definitiva, de cada una de las estaciones que hemos recorrido.

Agradeciendo a todos los que habéis presentado este itinerario con el arte, con la palabra, con la música, con la vida de nuestras delegaciones y nuestra pastoral, me gustaría que hoy no saliéramos de esta catedral sin quedarnos con algo.

Yo plantearía a cada uno que en un momento, con la vida que llevamos, tal y como estamos, nos quedáramos con una estación del Vía Crucis. Pensadlo ahora mismo, una estación de todas las que hemos pasado. Y con una estación, hoy también os invitaría a que nos quedáramos con una de las obras que están aquí. Sí, alguna que nos haya impactado más, alguna con la que sintonicemos más o en la que más difícil veamos entrañar su sentido.

Y después, que nos lleváramos un sentimiento, porque Dios ha hablado también. Cada vez que nos juntamos a recorrer el camino de la Cruz Dios siempre toca silenciosamente algún hilo, algún sentimiento. Algo que la música, que la palabra, que la poesía haya despertado en nosotros, aunque sea incipiente. Me gustaría que paráramos ahora mismo y nos quedáramos con algún sentimiento, alguna música, algo que nos ha suscitado este Vía Crucis.

Digo que todo esto es importante, lo que Dios mueve en nuestro interior cuando hacemos oración, como esta tarde, no solo para dejarlo pasar o que cuando volvamos a casa a los nuestros digamos «¡qué bonito!». No. Entrar en el Vía Crucis es un compromiso muy serio, porque supone mirar, contemplar y caminar. Y eso, nos demos más o menos cuenta, esta tarde es lo que hemos hecho, y es lo que haremos esta semana Santa si nos dejamos comprometer por Dios.

Miramos la Pasión a través de lo que tenemos alrededor, del arte, de la música, de la palabra. Porque el arte que vemos es un lenguaje del alma, y muchas veces la belleza no distrae, sino que nos ayuda a entrar en este misterio tan hondo que es el misterio de la Cruz. A veces la música, el sentimiento, lo que vemos en el arte nos hace ver el misterio de lo invisible, eso que en estos días de Semana Santa queremos entrever, y nos hace mirarlo de forma nueva.

Cada imagen que vemos estos días, cada lectura, cada estación del Vía Crucis, es un espejo. Sí, porque seguro que en esto que hemos parado, nos dice algo de nosotros. Si nos quedamos ahora en una imagen o en una estación del Vía Crucis, se nos está diciendo algo de nosotros. Algo tuyo se refleja en cada estación, en cada obra, en cada sentimiento.

Pero al tiempo de ser un espejo, también es una ventana. Porque esa imagen, ese sentimiento o esa palabra, lo que hace es abrirnos al misterio de la luz y de la Cruz. A lo que Dios está empeñado en decirnos en este momento, y no nos lo va a decir con grandes apariciones, sino a través de las palabras, las personas, el arte, las oraciones que se van poniendo en nuestro camino. Por eso, la primera invitación que nos hace este Vía Crucis es abrir los ojos para ver la realidad y la belleza, y a veces también la dureza de la vida que Dios nos plantea alrededor.

Pero si es mirar, la segunda acción importante de este Vía Crucis que nos abre a la Semana Santa es contemplar. Contemplar con el corazón disponible, dejarnos interpelar por la mirada de Jesús en el huerto, por su cuerpo herido en la columna, por la ternura de las mujeres, por el gesto de compasión de los Simones de Cirene, por el silencio estremecedor de María al pie de la Cruz.

Porque mirar una cruz, y una cruz como esta que nos preside cada celebración, nos revela que el amor es más grande que la muerte. Por eso, venir a este Vía Crucis es contemplar y dejar que a través de nuestros lenguajes Dios nos diga lo que quiere en este momento.

Dios se deja mirar, esa es la gran noticia. Dios se deja mirara a través de las obras de arte; Dios se deja mirar a través de su Palabra, a través de la música, pero también a través de la gente que compartimos y a través de nuestras heridas, y a través de las realidades que tenemos. La Cruz no se impone, la Cruz se deja mirar; la Cruz y el Vía Crucis no aplasta, sostiene; la Cruz y el Vía Crucis no humilla, siempre nos levanta porque en ella no solo vemos lo feo del dolor, sino nos ayuda a ver lo más hondo, que es la entrega. A un Dios que no huye del sufrimiento, sino que entra hasta el fondo del él para decir «aquí estoy yo, vayas a donde vayas».

Por eso, contemplar el Vía Crucis es poder contemplar algo que no ha visto nadie, y que nosotros podemos ver: el amor extremo. No os perdáis esta Semana Santa, no os perdáis cada estación del Vía Crucis, no os perdáis cada retazo de música, de poesía, cada obra de arte, no os perdáis a cada una de las personas que están a nuestro alrededor, para contemplar en qué consiste el amor extremo de Dios. Porque esta Semana Santa Dios se va a aparecer, se sigue apareciendo para que contemplemos de forma nueva el amor extremo.

Y por eso, si hay que mirar, si hay que contemplar, el Vía Crucis a través del arte, de la música, de la poesía y de nuestra gente, nos sirve para caminar. No solo para decir «¡qué bonito!», sino para caminar, para ver la esperanza y para ir hacia delante.

Porque también nosotros tenemos noches, y tenemos cruz, y tenemos dificultades, y tenemos silencios, y tenemos lágrimas. También nosotros las tenemos. Pero ahí, al contemplar, vemos que Cristo se hace presente y que curiosamente nuestro Dios no es un Dios desde lo grandilocuente, sino que Dios nos da la mano en nuestras vulnerabilidades, en nuestras fragilidades y en nuestras heridas. Y que Dios nos dice su grandeza cuando hemos tocado fondo y cuando sentimos que necesitamos de Él.

Hoy es un buen día para abrirnos a la esperanza, sabiendo que la Cruz, su cruz y nuestras cruces, no son un fracaso. Aprendemos a ver la belleza de contemplar en la cruz y en las heridas de la vida la semilla de la vida, la auténtica semilla de la vida, para que nadie se sienta solo en la noche.

La cruz no es un castigo, la cruz es la forma en que Dios se hace uno de nosotros. Por eso, queridos amigos, en este Vía Crucis que nos abre también a este Triduo Santo, yo os invito que miremos el rostro de Cristo, y que aprendamos a ver el rostro de Cristo entre lo que tenemos alrededor. Que el arte, que estas obras de arte, que la acción pastoral de nuestra diócesis que lo ha preparado, sean las gafas para poder ver el rostro de Cristo.

Que contemplemos el rostro de Cristo, no ahí arriba, sino que entremos en la profundidad de lo que tenemos delante, para aprender a dejar entrever un Dios que se deja mirar. No dejéis de mirar más allá, y de dejar que Dios os mire. Y, por tanto, en este Vía Crucis y en esta Semana Santa no dejéis de caminar. Que todo lo que descubramos sea para ir al futuro, para mirar en la esperanza, sabiendo que nunca iremos solos. Que necesitamos unos de otros, de lo que unos componen, pintan, esculpen, cantan, tocan. Que necesitamos de unos y otros para caminar en esperanza.

Gracias por estas estaciones, queridos hermanos. Después de estas estaciones tendríamos una última estación. Me gustaría ponerla. La de cada uno de vosotros. Y esta última estación, que es la de cada uno de nosotros, tiene una estación de este Vía Crucis, tiene una obra de arte, tiene un sentimiento y, en definitiva, una tecla que Dios ha tocado esta tarde en nuestra vida para que esta Semana Santa sea especial y nos dejemos mirar por Cristo.

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