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Lunes, 26 abril 2021 11:39

«Aquí estamos, Señor, para construir y ser tus pies, tus brazos, tus manos, tus ojos, tu boca»

«Aquí estamos, Señor, para construir y ser tus pies, tus brazos, tus manos, tus ojos, tu boca»

La diócesis de Madrid ha vivido un fin de semana de oración por las vocaciones y por las vocaciones nativas, unida a la Iglesia universal, que arrancó con una vigilia en la catedral de la Almudena. «El cristiano está llamado a mucho más que a un trabajo o a una simple ocupación; está llamado a ser para alguien, para quien es capaz de llenar el corazón y la vida, para Dios», se leyó al comienzo de la celebración, que  estuvo presidida por el arzobispo de Madrid, cardenal Carlos Osoro.

Los asistentes pudieron escuchar los testimonios de personas que respondieron a Dios en una vocación concreta. Así, Alejandro y Alicia, casados desde hace once años, con «cinco hijos en la tierra, uno en el cielo y otra en camino», respondieron al lema de este año ¿Para quién soy yo? indicando la «certeza grande» de estar hechos para Dios. Y desde ahí, el uno para el otro; para sus hijos, «en la medida en que somos padres aprendemos también a ser hijos de Dios, y a redescubrir el tesoro de nuestros padres con nosotros»; para la comunidad, para la Iglesia, porque «es un matrimonio fecundo, no solo fértil»; y para la sociedad, con su respuesta al Señor: «Aquí estamos para construir y ser tus pies, tus brazos, tus manos, tus ojos, tu boca».

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«Soy de todos y para todos»

Arsenio, diácono de 31 que será ordenado sacerdote dentro de dos semanas, explicó que esta llamada al sacerdocio «es lo más grande que me ha ocurrido». A él, que tenía la vida resuelta antes de entrar en el seminario, le faltaba algo, «había algo en mi interior que me gritaba un vacío», que era justo lo que sentía «que podía dar sentido» a todo lo que vivía. Como san Agustín, su corazón dejó de estar inquieto cuando descansó en Él.

En su camino le han acompañado su familia, la parroquia, el sufrimiento y un sacerdote que «se atrevió» a plantearle la pregunta de si había pensado en ser sacerdote. Una pregunta «que yo rechacé inmediatamente, pero que no se me borró de mi alma». Y el inicial «Señor, ¿por qué a mí?» se transformó en «con tu ayuda, con tu gracia, ¿por qué no yo?». En estos años de seminario, el joven ha aprendido que «el sacerdote tiene que ser el hombre de todos y para todos». Espera que el día de la ordenación «no sea el día más feliz de mi vida; yo estoy convenido de que lo mejor está por venir».

Familia joven misionera

Los jóvenes Juan y Paula, casados desde hace nueve meses y que en septiembre se irán de misión a Sierra Leona, se conocieron en Ceuta en un campo de trabajo con inmigrantes que habían cruzado la valla. Tras un proceso de discernimiento, contó Paula, «nos dimos cuenta de que además de la vocación al matrimonio, el Señor nos llamaba a la misión ad gentes como familia». Fue la Delegación de Misiones la que les propuso ir a Sierra Leona. Cuando ya tenían fecha de boda, habían dejado sus trabajos y estaba todo listo, llegó la pandemia y todo se paró. Pero la opción de estos jóvenes fue, como indicó Juan, «seguir confiando en Dios», y por eso todo siguió su curso. Ya casados, irán «a dar a conocer a Cristo a los demás, que es lo que nos ha cambiado la vida», explicó Juan. «Queremos ser para Cristo, el uno en el otro, hacia los demás».

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La vida como don para otros

En el caso de María Yanet , argentina de 31 años y misionera eucarística de Nazaret, desde su adolescencia le perseguía la pregunta de «para qué estaba en este mundo». La vivía en parte vivía con angustia, pero a su vez con un gran deseo de búsqueda. «Todas las mañanas, cuando llegaba al colegio, iba a la capilla y descubrí la Eucaristía». Allí Dios dejó de ser para ella una idea y se convirtió en una persona real. Una catequista que le enseñó a rezar con la Palabra haciendo lectio divina le ayudó a seguir caminando en esta búsqueda. «He descubierto que mi vida es para Dios y para los hermanos», que «puede ser un don para otros». En esto tuvo que ver también su padre, que en una visita a Argentina le dijo que, aunque la echaba de menos, «si yo te retengo conmigo, privo a otras personas de lo que Dios les quiere dar a través de tu vida».

El arzobispo de Madrid recordó en su meditación que todos los discípulos de Jesús pastorean, «tenemos que cuidarnos los unos a los otros»; misionan, «porque Él nos envía», y regalan, «tenemos que regalar su vida». «Pastoreamos cuando damos la vida –dijo–, cuando no abandonamos a nadie, cuando lo que nos importa es buscar lo mejor para los demás». «Todo discípulo de Jesús, en los diversos modos de vivir ese discipulado, tenemos que dar la vida». E invitó a pedirle al Señor: «Hazme la concreción de mi vida […]. Que busquemos dónde encajamos mejor, pero que nunca lo hagamos por comodidad; se trata de construir al otro, y eso no es cómodo, hay que dar algo, hay que dar la vida […] y eso cuesta siempre». Pero si se hace «con la fuerza de Nuestro Señor y busca en Él, será capaz de hacer cosas grandes».

Ya en la Eucaristía del domingo, el cardenal Osoro comenzó su homilía dando gracia a Dios por la jornada, en la que los jóvenes «habéis sido unos protagonistas especiales». La vida cristiana, aseguró, es una vocación, una llamada a pertenecer a la Iglesia y a hacerse presente en el mundo «cada uno del modo singular en que el Señor nos llama»: «a vivir como laico, unos en la vida del matrimonio, otros de otras maneras, otros radicalizando el misterio de la encarnación y viviendo en una entrega absoluta y total como laicos a Jesucristo Nuestro Señor, otros desde un carisma determinado […], otros al ministerio sacerdotal». «Es una llamada –insistió– a protagonizar la vida permaneciendo en esta pregunta: ¿para quién soy yo?».

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