La noche más santa del año, en la que la Iglesia universal celebra la victoria de Cristo sobre la muerte, cuando la historia de la salvación es iluminada personalmente en cada uno con la Luz del mundo representada en el cirio pascual, Ana y Juan tendrán la fortuna de recibir los sacramentos de la iniciación cristiana en la catedral de la Almudena junto a otros siete catecúmenos.
Son hermanos y para ellos la Semana Santa siempre ha sido muy especial. Nacieron ya en España, pero sus padres son de República Dominicana y mantienen la tradición. «En casa lo vivimos muy unidos», cuenta Ana (23 años), que desvela además el postre típico allí, que comen siempre aquí: las habichuelas con dulce. Por eso, se sienten «muy afortunados» de poder bautizarse durante la Vigilia Pascual, y además recibir también la Confirmación y la Eucaristía, de manos del cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid.
El camino de estos hermanos hacia el Bautismo empezó en realidad desde que nacieron. Su madre es muy religiosa; viene de una familia en la que «mis abuelos los levantaban a las 7 de la mañana para rezar». Pero «trabajaba de lunes a domingo, y de sol a sol», y pensó que les inculcaría la fe cristiana para que ellos, de mayores, decidieran. Y han decidido que sí.
Desde pequeños conocieron a Jesús, bendecían la mesa, se saludan con sus familiares con un «bendición, tío», o «bendición, tía», iban a Misa con su madre… «Siempre nos inculcó la religión y que tuviésemos amor por Dios». Por eso, la idea de bautizarse siempre les rondó por la cabeza.

Un salto de confianza
Qué les hizo decidirse a dar el paso —el salto más bien— fue distinto en ambos, pero hubo un hecho que ayudó, y mucho, porque cuando hay un deseo en el corazón, Dios lo hace posible: los horarios de estudios y trabajos encajaron para que pudieran acudir los miércoles a última hora de la tarde a su catequesis.
En el caso de Juan (28 años), fue la vida revuelta de la primera juventud la que le hizo recapacitar. Como al hijo pródigo, «volveré a la casa de mi padre»… «De más joven era más reacio a ir a la iglesia, pero con el tiempo vi que ir, rezar, pedir a Dios y ayudar al prójimo me hacía bien».
Juan había tenido relación con la Iglesia Evangélica por un grupo de amigos. Ahí fue dejando atrás «el mundo pagano», pero con la entrada en el mundo laboral «me fui enfriando» y se dijo que «antes de que me termine enfriando del todo», se bautizaba. «No fuera a ser que me echara para atrás».

La búsqueda de Ana, por su parte, se resume en las palabras de san Agustín: «Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Ella «sentía que me faltaba algo en la vida, como una chispa». «Quería entrar plenamente en esta religión». Quizá ayudó también su novio, Sergio, de Jerez de la Frontera (Cádiz), crecido en el Camino Neocatecumenal y de alma, cuerpo y espíritu cofrade. «Ella tenía muchas ganas desde hace mucho tiempo; estoy muy contento por ella», explica.
Así que Ana y Juan hablaron con Fernando Alcázar de Velasco, entonces vicario parroquial de Santa Catalina Mártir de Majadahonda, al que ya conocían porque han vivido allí toda la vida y porque esa era la parroquia a la que iban a Misa. «No sabíamos qué había que hacer, para nosotros era una novedad total».
Arrancan las catequesis
En enero de 2024 comenzaron la catequesis con el grupo de adultos y además se metieron en el grupo de jóvenes de la parroquia. «Conocimos a gente muy importante para nosotros hoy en día», señala Ana. Con los jóvenes, además, «cada uno tiene experiencias que nos aportan», y el poder compartir sus «mogollón de dudas» con gente de su edad es muy enriquecedor.
Fernando les ha inculcado «cómo es la convivencia dentro de la Iglesia», y a Juan estos meses le ha hecho «descubrir lo bonito que es juntarnos; a pesar de los tiempos que corren, sigue habiendo jóvenes con amor a Dios, que ya más que amigos son hermanos».

Acompañados de amigos y familiares
En las tres semanas previas, estos jóvenes catecúmenos han vivido los escrutinios, los pasos previos a recibir los sacramentos, en su parroquia, los sábados por la tarde en la Misa de 19:00. «La gente se acercaba para darnos la enhorabuena y para decirnos que podíamos ser ejemplo para otros jóvenes». Ejemplo, matiza Juan con máxima sencillez, de que «no tiene nada de malo la Iglesia, sino más bien todo lo contrario». «Venir ayuda; estar en Misa, escuchar la Palabra, es súper reconfortante; al rato ves que esa “mala vibra” que igual traías se va yendo».
Y Ana añade: «Para nosotros es muy importante ir un domingo a Misa, pero no solo se puede ir el domingo; cuando más he necesitado la cercanía a Dios y he venido a la iglesia he sentido paz, y esa paz no creo que la pueda aportar alguien externo, solo Dios».
Agradecen Ana y Juan poder dar este paso juntos, ellos que tienen una gran relación de hermanos. Los acompañarán sus padres, el novio de Ana y la novia de Juan, Carmen; y sus amigos, sobre todo los de la parroquia.

«Mis amigos siempre han sabido que yo tenía presente a Dios», observa Juan, y aunque algunos no son creyentes y otros, evangélicos, «siempre me han respetado».
Los hermanos compartirán padrino, Jorge, que es uno de los mejores amigos de Juan, y por seguirle a él, «aparte de a mi madre, estoy cerca de la Iglesia». En cuanto a las madrinas, en el caso de Juan será Marta, una catequista de la parroquia, y en el caso de Ana, aún está buscando.
Ana concluye que el Domingo de Resurrección «me sentiré plena». Y Juan afirma: «Este era uno de los objetivos más grandes de mi vida y por fin va a ser un hecho; va a ser espectacular». Y, además, vivirán como nunca la Quema del Judas, una de las tradiciones de la Semana Santa majariega más arraigadas. «Será la primera vez que lo vamos a disfrutar de verdad», ríen.

