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Lunes, 07 febrero 2022 11:46

Así se vivió Luces en la Ciudad en la comunidad de las hermanas de la Sagrada Familia de Urgel

Así se vivió Luces en la Ciudad en la comunidad de las hermanas de la Sagrada Familia de Urgel

Hace ya unos cuantos años que David dejó el colegio. Antiguo alumno del Sagrada Familia de Urgel, en Palomeras –igual que su madre–, hasta que estalló la pandemia volvía cada año a una chocolatada que las hermanas de la congregación Sagrada Familia de Urgel organizaban para los que ya habían dejado las aulas. Pero nunca las había conocido como hasta el pasado viernes, 4 de enero, cuando se celebró en la diócesis Luces en la Ciudad.

Porque gracias a este proyecto, impulsado por el Secretariado de Pastoral Vocacional de la Delegación Episcopal de Jóvenes para que los chicos conozcan la vida consagrada, pudo escuchar las vocaciones de las monjas que forman la comunidad, y además compartir con ellas una tarde en su casa. Junto a él participaron otros siete jóvenes de la unidad parroquial Buen Pastor y Nuestra Señora del Consuelo y las parroquias Nuestra Señora de la Peña y San Felipe Neri, y Santa Irene (todas de la Vicaría IV), además del padre Marcos Weinzettel y el seminarista Javier Pastor.

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La congregación fue fundada por Ana María Janer (Lérida, 1800-1885), beatificada en 2011. Inició su vida religiosa en las Hermanas de la Caridad hasta que en 1860 se instaló en el Hospital de Seo de Urgel, a petición de la dirección del centro y por impulso del obispo de la diócesis, con dos objetivos: la atención de los pobres y enfermos y la enseñanza de las niñas. Nació así la nueva congregación de la Sagrada Familia de Ugel, ampliada gracias a la labor de la madre Janer, que fundó escuelas, casas de acogida y hospitales. A día de hoy, la familia janeriana está presente en España, Italia, Guinea Ecuatorial, México, Colombia, Perú, Argentina, Chile, Uruguay y Paraguay.

La opción por los más pobres es la esencia de su carisma. «La caridad hecha servicio viendo a Jesús en cada hermano», explican las religiosas. Así despliegan su labor en Puente de Vallecas, uno de los barrios de Madrid con más personas en situación de vulnerabilidad y que más migrantes acoge –en 2009 suponían el 20 % del total del barrio–. Aún se mantiene frente al colegio la hilera de casas bajas que ya aparecen en las fotografías de cuando se construyó. Abrió sus puertas en 1962 para 350 alumnas, que recibían enseñanza gratuita, más un internado apostólico. Superados los 50 años de vida, las hermanas atienden a alumnos –el centro es mixto desde 1984– desde Infantil a Bachillerato con concierto en todos los niveles.

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Atención integral a las familias

Los invitados de Luces en la Ciudad iniciaron la tarde en uno de los centros que gestionan las hermanas, a escasos metros del colegio, porque además de la enseñanza hacen un trabajo asistencial y de intervención integral con las familias. En el centro Amani –que significa paz en suajili– ofrecen refuerzo escolar y merienda-cena para los niños, hijos de las familias más vulnerables: monoparentales, sin trabajo, algunas que viven de okupas e incluso una familia cristiana católica pakistaní, refugiada en España.

Los viernes hacen actividades lúdicas, favoreciendo así lo que la hermana Griselda llama, en palabras del Papa Francisco, «fraternidad universal»: la integración entre las diferentes culturas, que son unas cuantas en Vallecas. «Algo nos tiene que diferenciar de la pública –comenta–, y eso es la acogida y la escucha de las familias, que sea un colegio en clave pastoral».

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De vuelta al colegio, los jóvenes de la Vicaría IV pudieron ver a algunos de estos niños en sus actividades y las aulas, todas ellas presididas por una imagen de la Sagrada Familia diseñada por unas hermanas benedictinas. Nos lo explica la hermana Judith, polaca que conoció a las janerianas en Argentina y ahora ha acabado, sin ella ni imaginárselo, en Madrid tras un breve paso por Cataluña. «Soy del Barça», aunque reconoce que también del Rayo Vallecano para no levantar suspicacias en el barrio.

La declaración futbolera la hizo estando ya todos reunidos en la sala de la comunidad, que es el momento clave de Luces en la Ciudad. Como destaca sor Cristina Calleja, responsable de Pastoral Vocacional de la Vicaría IV, que también acompañó la visita, «una parte importante es que conozcan, además de la misión, el ser, que es el carisma recibido» y lo que da fundamento a esa misión. «Lo que son es la esencia de la vida consagrada». Y eso se ve de puertas para adentro, en la vida de la comunidad, algo que, reconoce David, el antiguo alumno, nunca había compartido. «Esto era clausura», bromea.

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«Fui feliz haciéndoles felices»

La sala de la comunidad es donde las hermanas, nueve en total, ven las noticias y tienen sus momentos de encuentro y tertulia. Allí, sentados todos en círculo, fueron contando sus vidas a los jóvenes. Está la hermana Juani, desde el año 80 en el colegio, ahora «jubilosa estando jubilada» y haciendo la acogida en la parroquia Patrocinio de San José, en la que colabora la comunidad. «Hay mucho que atender, mucho que escuchar...». También la hermana Adosinda, asturiana de 90 años, a la que «mandaron a quitarle la vocación a una prima» y resulta que acabó ella de monja. «Si todas los jóvenes de mi pueblo –le decía a su formadora– se dieran cuenta de lo feliz que soy, vendrían aquí». «¡Pero no todas tienen vocación!», le respondía su tutora.

La tercera, la hermana Antonia, que «recién entrada me quería ir, pero sabía que era la voluntad de Dios», y que se ha encargado de la administración del colegio. «La gente piensa que es solo temas de dinero, pero se puede hacer mucho bien» por el contacto con las familias. La hermana Anais les contó que está a punto de sus votos perpetuos, y por eso «les pido oración», igual que Javi el seminarista, que se ordena en unos meses y también pidió oración. Y la hermana Blanca, la más joven, 37 años y ya de votos perpetuos, que es «de Madrid, del barrio y antigua alumna del colegio». Y por último, la hermana Celsa, la mayor de todas, 93 años, de Palencia, la mediana de 14 hermanos. «Siempre quise ser monja, pero tuve que aguantar en casa hasta los 28 años» por ayudar a su madre, y después estuvo en Bélgica «veintitantos años con niños de familias destrozadas». «Fui feliz haciéndoles felices».

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Ante estas edades, los jóvenes les preguntan por su pócima… «El amor de Dios, que nos mantiene». Coincidencia que justo al lado de la hermana Celsa, la mayor del encuentro, se sentó Andrea, monitora de la parroquia de Santa Irene, que con sus 18 años era la más joven de la tarde y para quien la religiosa podía ser perfectamente su bisabuela. Andrea salió encantada, como todos, por haber visto la vida religiosa «desde otra perspectiva».

Beatriz, Jorge, Belén, Iván, Gema... Junto a las hermanas, disfrutaron de una merienda en el comedor de su casa y, para terminar, de un rato de oración en la capilla. «Para nosotras son un testimonio; ustedes son esa luz, son el Señor que nos ha visitado hoy», les dijo la hermana Griselda al terminar. Y los animó, «sobre todo en este proceso sinodal», a caminar juntos. «Nos necesitamos», dijo, de ahí que insistiera en la oración de unos por otros.

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Vigilia en la catedral

En total, de la Vicaría IV participaron en Luces en la Ciudad 40 jóvenes, que visitaron otras dos casas de vida consagrada además de Sagrada Familia de Urgel. A las 21:00 horas, junto con el resto de vicarías, se dieron cita en la catedral de la Almudena para tener el encuentro de adoración habitual de los primeros viernes de mes. Presidido por el arzobispo de Madrid, cardenal Carlos Osoro, y en un templo repleto de jóvenes como nunca se había visto en pandemia, el encuentro contó con el testimonio de una religiosa ursulina y de un hermano de San Juan de Dios.

En su meditación, el también vicepresidente de la Conferencia Episcopal deseó que esa noche «fuera como una renovación de nuestra confianza [en Jesús], a pesar de las dificultades que tengamos personales, incluso de nuestra falta de fe». Lo que Jesús le dijo a Pedro en aquella ocasión en el lago de Genesaret, que se leía en el Evangelio del domingo, «rema mar adentro», es lo mismo que dice actualmente a cada uno, indicó: «Volved hacia lo profundo», que quiere decir «que solo a nivel profundo podemos encontrar lo mejor de nosotros mismos».

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Para eso, hay que poner algo «de nuestra parte», esto es, echar las redes, como pidió Jesús a Pedro. Aunque nada hacía pensar que fuera a pescar algo, el apóstol confió en Él; su reacción, dijo el purpurado, «tiene que ser la nuestra», de «confianza total y absoluta». Y cuando las redes salen llenas de peces, que es «imagen de la abundancia cuando confiamos en Jesús», Él anima a Pedro a no tener miedo, porque el miedo «paraliza, te impide tomar cualquier decisión auténtica». Y le dice que será pescador de hombres, es decir, «cuidarás la vida de los otros».

«Esto es lo que significa la vida consagrada», subrayó el purpurado. «Jesús nos quiere libres», añadió, «y nos invita a dejarlo todo», a dejar «todo lo que obstaculiza la misión». Jesucristo, concluyó el cardenal Osoro, «nos sigue diciendo: “Sígueme, vive con mi amor, regala mi amor”».

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