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Domingo, 04 octubre 2026 11:45

Cardenal José Cobo: «El arma de Francisco fue creer en el poder de la fragilidad»

Cardenal José Cobo: «El arma de Francisco fue creer en el poder de la fragilidad»

En el octavo centenario de la muerte de San Francisco de Asís, la Familia Franciscana se ha reunido en la Iglesia de Santa Clara de Madrid para celebrar una Eucaristía de Acción de Gracias, presidida por el arzobispo de Madrid, cardenal José Cobo.

Aprender a despojarse

Una celebración para recordar a uno de los santos más importantes en la historia de la Iglesia. A sus 44 años, cuando «su cuerpo se va agotando por la enfermedad y marcado por los estigmas sabe que va a morir y pide que lo lleven a la Porciúncula, allí donde había comenzado todo», recordó el arzobispo. Allí se despoja de su ropa, pues «después de toda una vida aprendiendo a despojarse, solo le queda una cosa que entregar, su propia vida».

En el día en que se hace memoria de los 800 años del Tránsito de San Francisco, «celebramos el culmen de un proceso que hizo de aprendizaje del Evangelio». Ahí se entienden las palabras de San Pablo tan presentes en la vida del santo de Asís: «Dios me libre de gloriarme si no es en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo». En los estigmas de Francisco se hacen presentes las marcas de Jesús, expresión de su empeño en «parecerse cada vez más a Cristo».

«Antes que cambiar la iglesia, antes que abrazar al leproso, antes que vivir la pobreza, antes que hablar de paz y fraternidad, Francisco se deja mirar por Cristo crucificado. Y ahí comienza todo», subrayó el cardenal Cobo. Algo que hoy nos hace ver que más allá de nuestras actividades, «la iglesia solo se renueva, cada uno de nosotros solo nos renovaremos, cuando somos capaces de ponernos delante de Cristo, y nos dejamos mirar por él. Francisco no quiso inventar un cristianismo, quiso vivir el Evangelio, no empezó haciendo estrategias, simplemente volvió a Cristo y desde Cristo empezó a mirar de otra manera al pobre, al hermano, a la Iglesia y al mundo, aprendió a mirar a todos con los ojos de Cristo», resaltó el arzobispo de Madrid.

Mirar al mundo con los ojos de Cristo

Desde ahí, el cardenal Cobo hizo ver que «quizá, nuestra Iglesia de hoy también sigue estando llamada a recorrer este camino y a mirar nuestro mundo con esos ojos». Algo que debe llevar a preguntarse: ¿Y hoy de qué necesitaríamos despojarnos? ¿Con qué ojos miramos los problemas de nuestro mundo? ¿Con los ojos de la ideología, de los intereses o los miedos, o con los ojos de este Cristo que Francisco mira y se deja mirar? ¿Cómo vivir en esta sociedad marcada por la competición y el prestigio? ¿Cómo hacer que las comunidades sean verdaderas fraternidades? ¿Cómo está cerca de los leprosos y los que están en los márgenes? ¿Cómo ofrecer la fraternidad y la reconciliación en nuestra sociedad?».

El arzobispo de Madrid apeló al carisma franciscano, que «sigue siendo profundamente actual y la Iglesia necesita de este carisma para responder a nuestro mundo». Francisco tuvo como arma, «la fragilidad y la humildad, el creer en el poder de la fragilidad. Francisco fue aprendiendo a hacerse pequeño, no pequeño de horizontes ni de corazón, todo lo contrario. Precisamente porque dejó de ponerse en el centro, pudo crear vínculos y descubrir un mundo inmenso de hermanos. El leproso dejó de ser alguien de quien tenemos que huir, el pobre se convirtió en hermano, El musulmán pudo ser alguien con el que se puede uno encontrar. El sol, el agua, el fuego y la tierra pudieron ser llamados hermanos y hermanas».

A partir de San Francisco se entiende que «cuando Dios es Padre cambia nuestra forma de situarnos ante los demás. El otro ya no es un adversario, es una hermana o un hermano, tiene una dignidad que nadie le concede y que nadie puede quitarle, venga de donde venga, esté en el momento de la vida que esté», algo que en palabras del cardenal Cobo podemos aprender mirando a Francisco. Y desde el él mirar realidades concretas de nuestro tiempo: el problema de la vivienda que vuelve a ocupar estos días ese debate público y que condiciona la vida de tantos jóvenes y familias».

¿Dónde está el hermano?

El cardenal Cobo llamó a «más allá de polarizaciones, vemos que necesitamos diálogo, acuerdos y pactos amplios. Actos consensuados capaces de mantenerse en el tiempo ante un problema tan serio». También recordó la soledad de «tantos jóvenes que viven permanentemente conectados y, sin embargo, experimentan una profunda falta de vínculos, de pertenencia y muchas veces de esperanza». Desde el santo de Asís llamó a «ofrecer comunidades donde quien llegue pueda sentirse acogido». No solo jóvenes, también migrantes, personas mayores que viven solas, aquellos que están descartados por el mercado laboral o las víctimas de las guerras.

Una coyuntura social que tiene que llevar a preguntarse: ¿Dónde está aquí el hermano? ¿Cómo mira Cristo la realidad? Más que soluciones, Francisco «nos da la manera evangélica de mirar a cada persona y de entrar en el mundo», en palabras del arzobispo. Es alguien que nos lleva a Jesús, «no con el currículum, sino con nuestras pobrezas y debilidades, con la mansedumbre como estandarte». Algo que muestra el secreto de toda la vida, «ofrecer la pobreza y ofrecer la fragilidad».

«Por eso, Francisco puede hacer algo todavía más provocativo al final de su vida, y es llamar hermana a la muerte. Y así el tránsito nos sitúa en el horizonte verdadero nuestro, el de la esperanza cristiana». La última palabra sobre la existencia la tiene el Padre, y Francisco nos lleva a preguntarnos: «¿qué necesitamos ahora dejar para poder vivir más el Evangelio y caminar hacia Jesús, ir hacia él,ir hacia la vida eterna?»

Y es que «Francisco comenzó el camino dejándose mirar por el crucificado y lo terminó desnudo sobre la tierra», recordó el cardenal. Una actitud que nos desafía a «volver a Cristo para poder mirar el mundo con sus ojos y atrevernos a entrar en sus heridas con la luz del Evangelio».

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