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Miércoles, 18 febrero 2026 20:00

El cardenal José Cobo, en la Eucaristía en el Miércoles de Ceniza: «La Cuaresma no es un lugar de tristeza, sino un camino hacia la vida nueva, hacia una Luz que no se apaga»

El cardenal José Cobo, en la Eucaristía en el Miércoles de Ceniza: «La Cuaresma no es un lugar de tristeza, sino un camino hacia la vida nueva, hacia una Luz que no se apaga»

En la tarde de este miércoles 18 de enero, la catedral de Santa María la Real de la Almudena ha acogido la celebración de la Eucaristía en este Miércoles de Ceniza, presidida por el cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid, con la presencia de vicarios, sacerdotes, diáconos, seminaristas, religiosos y fieles laicos. La celebración ha contado además con la participación del coro de la JMJ, que ha puesto voz a los cantos litúrgicos de esta tarde.

Con esperanza —ha dicho el cardenal José Cobo— nos reunimos. No ha sido una fórmula de cortesía, sino la declaración de un punto de partida: «Hacia la Pascua nos encaminamos». 

Porque, según ha recordado en la homilía, no es una tradición la que ha salido a nuestro encuentro, sino la Pascua misma. No un recuerdo lejano, sino el Señor que pasa y llama a la puerta del corazón, «estemos como estemos». La Cuaresma ha sido presentada así no como paréntesis sombrío, sino como providencia: el tiempo que Dios ha ofrecido cada año para volver a Él «con todo el corazón y con toda la vida, sin bajas».

cobo ceniza 1

El cardenal ha descrito el paisaje interior de nuestro tiempo. Vivimos —ha afirmado— en una cultura que nos transmite la idea de que cambiar es imposible, que lo sensato es conformarse, que «ya somos así». Nos hemos acostumbrado a leer solo lo que nos ha dado la razón, a escuchar únicamente a quienes han pensado como nosotros, a reforzar nuestras propias trincheras.

Y en ese encierro sutil, ha advertido, corremos el riesgo de dejar de oír la voz de Dios y también la de los hermanos.

Por eso, al inicio de la Cuaresma, se nos plantea una pregunta incómoda y urgente: ¿Estás dispuesto, tal y como estás hoy, a cambiar? ¿Estás dispuesto a dejarte interrogar por Dios en la manera en la que Él lo quiera? La conversión —ha subrayado— no es «maquillaje espiritual» ni ajuste cosmético. Es permitir que Dios «nos descoloque, nos ponga en crisis y entre allí donde hemos cerrado con doble llave». Se trata de iniciar un proceso, no de transformarse de golpe, porque «Dios hace procesos, inicia caminos largos y tiene paciencia con nosotros».

El gesto de la ceniza no es un símbolo vacío. Se impone en la frente, allí donde un día fuimos ungidos en el bautismo, donde el Padre pronunció nuestro nombre y fuimos marcados con la cruz de Cristo.

La ceniza recuerda quiénes hemos sido: criaturas frágiles. Pero también quiénes somos llamados a ser: «hijos en el Hijo, incluso a pesar de nuestros barros». Una invitación a volver al amor primero, al don bautismal que a veces hemos cubierto con las brasas apagadas de la soberbia, el egoísmo o la indiferencia. «Cambiar duele —ha reconocido—. Duele reconocer errores, duele pedir perdón. Pero estancarse duele más».

cobo cuaresma

Cambiar duele —ha reconocido el arzobispo—duele soltar seguridades, pedir perdón, admitir errores. Pero duele más el estancamiento, el corazón endurecido, la vida anestesiada. «Desde nuestras atalayas, hemos olvidado a veces mirar a los ojos de los pobres y de quienes necesitan nuestra ayuda».

La conversión, sin embargo, no es instantánea. «Dios —ha recordado— trabaja en procesos largos, tiene paciencia y acompaña paso a paso».

Ese itinerario interior ha tenido un rostro concreto: Jesucristo. La Cuaresma no es un ejercicio de perfeccionismo ni una colección de austeridades para sentirnos mejores. Es, ha insistido, «un camino para mirar más a Jesús y dejar que Él haya dicho cómo hemos vivido y cómo debemos vivir. La fe no es una idea, sino la decisión de caminar detrás de una Persona». En un mundo tentado por el aislamiento, el cardenal ha subrayado la dimensión comunitaria del camino.

En procesión —todos iguales, compartiendo la misma ceniza— como signo de que nadie ha caminado solo. La fe, vivida sin misericordia concreta, se ha vuelto estéril. La conversión es también salida de la indiferencia.

catedral

Oración, limosna y ayuno reaparecen no como obligaciones formales, sino como ejes  concretos y «medicinas», «pedagogías del corazón». Y, tal y como dice el Papa León XIV en su mensaje de Cuaresma, este tiempo ha sido ocasión para dejarnos mirar por Dios en lo secreto, allí donde no cuentan las apariencias ni el aplauso, sino la verdad desnuda del corazón. La oración desenmascara, la limosna recuerda quiénes son los hermanos y el ayuno desarma el ego y la autosuficiencia.

Lejos de un tono sombrío, la celebración ha tenido un pulso de esperanza. La Cuaresma no es un lugar de tristeza, sino un camino hacia la vida nueva, hacia una luz que no se apaga. «Estamos disponibles», ha sido, en el fondo, la respuesta que ha resonado en la catedral: disponibles para caminar, para cambiar, para hacerlo con los hermanos.

Y así, bajo la cúpula de la Almudena, este miércoles 18 de enero ha comenzado un tiempo de gracia.

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