El cardenal arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, compartió el pasado domingo, 8 de abril, la Eucaristía con los miembros de CECO (Ciegos Españoles Católicos Organizados), que celebraron –durante el fin de semana– los 25 años de su creación.
Este 2018 se cumplen 25 años desde que Luis García fundase CECO, efeméride que más de un centenar de sus miembros celebraron con una jornada en la delegación de la ONCE de Madrid y el broche de la Eucaristía el domingo en la catedral, presidida por el cardenal Osoro y con la participación del orfeón Fermín Gurbindo, integrado por personas con discapacidad visual. «Pudimos mostrar desde CECO cómo la fe ayuda en las dificultades, y cómo se puede ver a Dios no solo a través de los ojos sino, además, con el corazón», define como resumen de las celebraciones Mariano Fresnillo, periodista invidente y miembro activo de CECO.
«Podéis tocar, como Jesús, las heridas de los hombres»
El arzobispo de Madrid recordó a los presentes en su homilía que las personas ciegas tienen el reto de «enseñarnos a todos a decir lo mismo que Tomás, “Señor mío y Dios mío”, porque vosotros veis más profundamente que los que tenemos la vista para ver». Vosotros, señaló, «podéis tocar, como Jesús: tocáis las situaciones, las heridas, las circunstancias de los hombres… Y, cuando eso se toca, no hay más remedio que decir lo que dijo Tomás ante tan evidente presencia de Dios: “Señor mío y Dios mío”».
Además, el prelado se mostró agradecido con los presentes «por haberme hecho entender mejor que esa incredulidad de Tomás se quita cuando se toca y se palpa la realidad de Nuestro Señor Jesucristo como Él lo hizo». En esta misma línea, les animó a dar testimonio de la Resurrección de Cristo, a «pensar y sentir como Jesús» y a «poner la vida al servicio de todos los hombres, incondicionalmente», porque «eso es lo que nos enseña el encuentro con el Resucitado». Y hacerlo, siempre y en todo momento, sin miedo… «La oscuridad es el anochecer, el miedo envuelve y desilusiona», y «cuando hay miedo se cierran puertas, se las cerramos a todos los hombres». El miedo, incidió, «nos cierra a la vida, a Jesús Resucitado, a ofrecer la experiencia de Jesús; es el mayor enemigo de la vida, porque paraliza y nos cierra a la verdadera transformación».
Liberar al mundo de los miedos y del desamor
El cardenal subrayó que Jesús nos despierta la alegría: «La alegría del Evangelio, que llena la vida y el corazón de todos los que se encuentran con Él, la da Él». Su alegría «permanece siempre». Y, en esa promesa, el nacimiento de un eterno sentir: «Dios me quiere, me abraza, me ama, cuenta conmigo y yo le puedo decir “Señor mío y Dios mío”».
La misión de todo discípulo, concluyó, «es ser presencia de Jesús en el mundo y liberar al mundo en el que vivimos de los miedos y del desamor».
Crónica de las celebraciones en el Informativo Diocesano de TRECE
