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Sábado, 22 octubre 2022 12:50

Cardenal Semeraro en la beatificación de doce redentoristas mártires en Madrid: «La vida del Resucitado está en el cristiano»

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«Concedemos que los venerables siervos de Dios Vicente Nicasio Renuncio Toribio y once compañeros, de la Congregación del Santísimo Redentor, mártires, humildes misioneros del Evangelio, fieles siervos del Señor hasta el derramamiento de sangre, de ahora en adelante sean llamados beatos y el día 6 de noviembre puedan ser celebrados cada año en los lugares y modos establecidos por derecho». Así lo recoge la carta apostólica que ha leído —por mandato del Papa Francisco— el prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, cardenal Marcello Semeraro, este sábado, 2 de octubre, en la catedral de Santa María la Real de la Almudena.

Una vez inscritos en el libro de los beatos, se ha descubierto un tapiz con la imagen de los doce redentoristas, víctimas de la persecución religiosa de los años 30 en España, y se han llevado sus reliquias en procesión al presbiterio. Ellos, como ha subrayado después en su homilía el cardenal Semeraro, se vieron «atribulados, pero no aplastados; apurados, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; privados, pero no aniquilados», y llevaron «siempre» a todas partes el Cuerpo de Jesús y su vida.

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Aludiendo a la primera lectura, la segunda carta del apóstol san Pablo a los corintios, el purpurado ha remarcado que «pone de relieve nuestra condición de fragilidad», así como «el poder de la vida de Cristo que habita entre nosotros». «La vida del Crucificado resucitado está en el cristiano», ha abundado, y este es «punto central» del texto y el recordatorio principal de la beatificación de este sábado.

En esta línea, con la vista en el «no tengáis miedo» del Evangelio proclamado, el prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos ha destacado que «lo que es muerte se convierte en nosotros en vida». Y ha apelado a ser «fieles a Dios» como lo fueron los nuevos beatos, con «seguridad y confianza», con «la certeza de la Providencia del Padre» también expresada en el salmo —«A tus manos, encomiendo mi espíritu»—. «Esta es nuestra fe. “No temeré ningún mal”, explica san Agustín. […] Ahora Tú estás conmigo para que, después de la sombra de la muerte, también yo este contigo para siempre», ha concluido.

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«Somos Buena Noticia»

Al final de la ceremonia de beatificación, en nombre de la Congregación del Santísimo Redentor, el superior provincial de España, Francisco Javier Caballero, CSsR, ha querido dar gracias, que es un palabra que está en la «raíz más profunda» de unos religiosos que «somos por vocación Buena Noticia para el débil» y que quieren llevar «esperanza» a otros. «Estos doce nuevos beatos —ha proseguido— son la expresión clara del compromiso misionero con la reconciliación, con el encuentro» de los hijos de san Alfonso María de Ligorio.

El arzobispo de Madrid, cardenal Carlos Osoro, por su parte, ha dado gracias a Dios por la celebración, al Santo Padre y a la familia redentorista en un día de «gozo» en el que sentir «la cercanía de unos hombres que fruto de su fe, de su adhesión Cristo y a su Iglesia, dieron la vida».

A su lado también han concelebrado el arzobispo emérito de Madrid, cardenal Antonio María Rouco Varela; el arzobispo de Pamplona y Tudela y administrador apostólico de San Sebastián, Francisco Pérez González; el obispo emérito de Chachapoyas (Perú), José Ignacio Alemany, CSsR; los obispos auxiliares de Madrid José Cobo y Juan Antonio Martínez Camino, SJ; el superior general de la Congregación del Santísimo Redentor, Rogério Gomes, CSsR; el vicario general de los redentoristas, François Stanula, CSsR; el consultor general de los redentoristas, Nicolás Ayouba, CSsR, y el consejero de la nunciatura Renato Kucic.

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Biografías

Los nuevos beatos «unieron su entrega a la de Cristo Redentor, perseveraron en su vocación misionera, y no dudaron en aceptar la muerte antes que renunciar a su fe y a su condición se consagrados» —como ha leído el cardenal Osoro al principio—, y así queda recogido en sus biografías, leídas por el postulador de la causa, Antonio Marrazzo:

  • Padre Vicente Renuncio Toribio. Nació en Villayuda (Burgos) el 11 de septiembre de 1876. Ingresó en la congregación y emitió los votos el 8 de septiembre de 1895. Ordenado sacerdote el 23 de marzo de 1901, se dedicó a la actividad misionera, la formación y la docencia en el seminario menor. Desde 1912 a 1923, en la comunidad del Perpetuo Socorro de Madrid, fue consultor provincial y director de la revista Santuario. Tras una breve ausencia, regresó como prefecto del santuario hasta julio de 1936. Al inicio de la persecución se refugió en casa de familias amigas. Detenido el 17 de septiembre, permaneció en prisión hasta el 7 de noviembre, fecha en la que fue asesinado. Al salir de su celda se le oyó exclamar: «Ofrezco mi vida por mis hermanos en España, por toda la congregación y por la desdichada España».
  • Padre Crescencio Severo Ortiz Bianco. Nació en Pamplona el 10 de marzo de 1881. Profesó el 24 de septiembre de 1900, y fue ordenado sacerdote el 28 de diciembre de 1905. Activo en las misiones populares y en la enseñanza de la filosofía, residió en las comunidades de Astorga, Cuenca, Valencia y Barcelona. Trasladado a la comunidad de San Miguel, de Madrid, el 13 de julio de 1936, fue capturado el 20 de julio y asesinado junto a sus hermanos Ángel Martínez Miquélez y Bernardo (Gabriel) Saiz Gutiérrez.
  • Padre Ángel Martínez Miquélez. Nació en Funes (Navarra) el 2 de marzo de 1907. Hizo su profesión el 24 de agosto de 1925. Ordenado sacerdote el 20 de septiembre de 1930, se dedicó a la docencia y al apostolado misionero, viviendo en varias comunidades. El 10 de julio de 1936 fue trasladado desde el Perpetuo Socorro a San Miguel Arcángel. El 20 de julio, salió de la casa con el padre Crescencio y fray Bernardo en busca de un refugio seguro. En el camino fueron capturados y asesinados por milicianos. Estos tres primeros asesinados del grupo de futuros beatos fueron detenido al grito de «¡a por ellos, que son fascistas!». Su respuesta fue contundente: «No somos fascistas, somo religiosos redentoristas». El vicepostulador, Antonio Manuel Quesada, CSsR, insiste: «Es importante esta visión: nuestra identidad es la de ser sacerdotes».
  • Hermano Bernardo (Gabriel) Saiz Gutiérrez. Nació en Melgosa (Burgos) el 23 de julio de 1896. El 12 de noviembre de 1919 vestía el hábito redentorista, y profesaba el 13 de noviembre del año siguiente. Desde la comunidad de Pamplona fue trasladado, en 1925, a la de San Miguel, en Madrid. Religioso ejemplar por su disponibilidad constante y una vida de oración, siempre se dedicó al servicio de las cocinas. Con los padres Crescencio Ortiz y Ángel Martínez, sufrió el martirio el 20 de julio de 1936.
  • Hermano Nicesio Pérez del Palomar Quincoces. Nació en Tuesta (Álava) el 2 de abril de 1859. Ingresó en la congregación e hizo su profesión el 30 de marzo de 1891. De carácter decidido y tenaz, corroborado por una fe sólida y una espiritualidad nutrida, vivió en varias comunidades, desempeñando las funciones de carpintero, horticultor, apicultor, albañil y director de carpintería. En 1934 llegó a la del Perpetuo Socorro. A los 77 años y casi ciego, junto con hermano Gregorio Zugasti Fernández de Esquide, buscó la hospitalidad de familias amigas. Capturado la tarde del 14 de agosto de 1936, fue asesinado dos días después.
  • Hermano Gregorio Zugasti Fernández de Esquide. Nació en Murillo de Yerri (Navarra) el 12 de marzo de 1884. Habiendo profesado los votos el 25 de diciembre de 1912, vivió siempre en Madrid en la comunidad del Perpetuo Socorro trabajando en la editorial. Considerado un religioso piadoso, trabajador confiable y obediente, dio testimonio de su caridad evangélica al no abandonar al hermano Nicesio Pérez durante la persecución, compartiendo su martirio el 16 de agosto de 1936. «Consagró su futuro al hermano Nicesio», destaca el vicepostulador.
  • Hermano Aniceto Lizasoain Lizaso. Nació el 17 de abril de 1877 en Irañeta (Navarra). Convertido en redentorista profeso el 15 de octubre de 1896, vivió en diversas comunidades, desempeñando tareas domésticas y los oficios de sacristán, portero y tesorero. Aunque deseaba ser sacerdote, para no dejar la congregación prefirió permanecer como hermano coadjutor. Con el inicio de la persecución, abandonó la casa del Perpetuo Socorro para buscar hospitalidad con amigos. Recibido en una pensión, a raíz de una denuncia, el 18 de agosto de 1936 fue capturado y asesinado.
  • Padre José María Urruchi Ortiz. Nació en Miranda de Ebro (Burgos) el 17 de febrero de 1909. Tras la profesión religiosa, el 24 de agosto de 1926, prosiguió sus estudios con tenacidad y considerable esfuerzo en Astorga. Ordenado sacerdote el 20 de octubre de 1932, fue trasladado a Nava del Rey y en los años 1934-1935 a Coruña, Cuenca y Vigo. En octubre de 1935 se incorporó a la comunidad madrileña del Perpetuo Socorro, donde permaneció hasta el 20 de julio de 1936 cuando, por la persecución, salió de casa para ser acogido por una familia amiga. Tras un registro, el 22 de agosto de 1936 fue capturado junto al hermano José Joaquín Erviti Insausti y asesinado durante la noche. Tenía 27 años.
  • Hermano José Joaquín (Pascual) Erviti Insausti. Nació en Imotz (Navarra) el 15 de noviembre de 1902. Habiendo hecho su profesión el 24 de febrero de 1930, fue enviado a la comunidad de Astorga. Transferido a la comunidad del Perpetuo Socorro el 24 de febrero de 1935, permaneció en ella hasta julio de 1936, trabajando como ayudante de cocina. Obligado a huir, se refugió con el padre Urruchi Ortiz con una familia amiga. Considerado un religioso prudente, piadoso y de absoluta confianza, pasó el último período en constante oración. Capturado y asesinado por los milicianos con el padre Urruchi, su cuerpo fue encontrado el 22 de agosto de 1936 en la carretera de Andalucía.
  • Padre Antonio Girón González. Nació en Ponferrada (León) el 11 de diciembre de 1871. Tras su profesión, el 15 de agosto de 1889, recibió el sacerdocio el 19 de mayo de 1894. Vivió en diversas comunidades, dedicándose a la docencia, la formación y como consultor provincial. Religioso ejemplar, con notables dotes intelectuales y una profunda vida interior, fue testigo de su devoción a la Virgen hasta el final con el constante rezo del rosario. Desde junio de 1936 era miembro de la comunidad del Perpetuo Socorro. Se refugió primero en una casa particular, después en un convento de religiosos y, finalmente, en un hospicio. Fue descubierto y apresado por los milicianos, que lo asesinaron el 30 de agosto de 1936. «De ser un hombre timorato y miedoso, cuando confesó que era sacerdote se liberó de sus miedos y dio un paso al frente», apunta el padre Antonio Manuel Quesada.
  • Padre Donato Jiménez Viviano. Nació en Alaejos (Valladolid) el 21 de marzo de 1873. Después de profesar los votos el 8 de septiembre de 1893, fue ordenado sacerdote el 27 de mayo de 1899. En las diversas comunidades donde vivió, casi siempre tuvo el papel de superior, sin descuidar la actividad misionera y la promoción vocacional también para las religiosas. Residente en la comunidad de San Miguel Arcángel, desde el 23 de junio de 1936 encontró hospitalidad con familias amigas. Capturado el 13 de septiembre, fue encarcelado y asesinado, probablemente la noche del 17 de septiembre de 1936.
  • Hermano Rafael (Máximo) Perea Pinedo. Nació en Villalba de Losa (Burgos) el 24 de octubre de 1903. Tras su profesión religiosa, el 27 de febrero de 1926, residió en las comunidades de Astorga, Santander, llegando a Madrid el 28 de junio ​​de 1933. De carácter bueno y alegre, con generoso espíritu de servicio, desempeñó las funciones de portero, sacristán, ecónomo y cocinero. Al salir de la casa religiosa el 20 de julio de 1936, encontró refugio con familiares y amigos, y en una pensión, donde el 2 de noviembre fue capturado y asesinado.

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