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Viernes, 09 enero 2026 10:45

«La vida del hombre es la visión de Dios»: el legado espiritual de don Eugenio Romero Pose, obispo auxiliar de Madrid

«La vida del hombre es la visión de Dios»: el legado espiritual de don Eugenio Romero Pose, obispo auxiliar de Madrid

En el camino hacia CONVIVIUM – Asamblea presbiteral (9 y 10 de febrero), la archidiócesis de Madrid continúa haciendo memoria agradecida de pastores que, con su vida y su ministerio, han sido referencia luminosa para sacerdotes y fieles. Entre ellos se encuentra don Eugenio Romero Pose, obispo auxiliar de Madrid durante diez años, teólogo y profundo conocedor de los Padres de la Iglesia, cuya herencia espiritual e intelectual sigue viva en la Iglesia diocesana.

El testimonio de Patricio de Navascués, sacerdote diocesano de Madrid y profesor en la Universidad Eclesiástica San Dámaso, y de Andrés Sáez Gutiérrez, sacerdote diocesano y también vicerrector de Investigación y director de la oficina de Investigación y Relaciones Institucionales en San Dámaso, permite acercarnos a la figura de un obispo profundamente creyente y entregado a custodiar la fe del pueblo de Dios.

«Soy cristiano»

Si a don Eugenio se le preguntaba quién era, probablemente habría respondido con sencillez: «Soy cristiano». Tomando prestadas las palabras de un mártir del siglo II, no habría considerado necesario añadir nada más. Esa identidad marcó toda su vida y su ministerio. No era un hombre extrovertido, pero cuando percibía sinceridad en el trato y en la conversación, se abría con naturalidad.

«Era un hombre trabajador. Más de una vez hablábamos por la noche y él seguía estudiando después de un día largo. Nunca era erudición fría; era una sabiduría vital», recuerda Patricio de Navascués. 

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Amor a Jesucristo y pasión por la fe

Para Andrés Sáez, la clave de su vida intelectual y pastoral estaba en su amor a Jesucristo: «Precisamente porque amaba a Jesús, porque amaba profundamente la fe y a la Iglesia —no solo la de ahora, sino la de todos los siglos—, tuvo una gran inquietud por conocer la fe en profundidad». Ese amor le llevó a un estudio riguroso y exigente de los contenidos de la fe, siempre al servicio de la Iglesia y nunca como un fin en sí mismo.

Vivir como peregrino

Don Eugenio entendía la vida cristiana como un camino. Patricio de Navascués lo expresa así: «Era un hombre que en la conversación siempre te abría horizontes. Vivía caminando, vivía peregrinando, muy consciente de que Dios va haciendo al hombre y que el hombre tiene la gozosa tarea de dejarse hacer». Su reflexión estaba profundamente marcada por la espiritualidad de los Padres de la Iglesia, especialmente por la imagen del peregrinar hacia la ciudad de Dios, hacia la Jerusalén celeste.

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Formación en Roma y pasión por la patrística

Don Eugenio pasó un tiempo decisivo en Roma, donde estudió en la Universidad Gregoriana y realizó su doctorado bajo la dirección del padre Orbe, uno de los grandes patrólogos del siglo XX. «Allí se entusiasmó todavía más por los Padres de la Iglesia», explica Andrés Sáez.

Su tesis doctoral tuvo un recorrido académico excepcional. No solo fue defendida en la Gregoriana, sino publicada por la Academia Nacional de los Linces, una de las instituciones culturales más prestigiosas de Italia y de ámbito civil. El objeto de su investigación fue la reconstrucción del comentario al Apocalipsis de Ticonio, un autor cristiano antiguo poco conocido pero influyente, citado por san Agustín y con una notable recepción en la península ibérica. «Don Eugenio trató de recuperar, hasta donde fue posible, ese comentario perdido», explica Patricio de Navascués.

Transmitir lo recibido

Tras su regreso a España, primero en Santiago de Compostela y después en Madrid, don Eugenio se dedicó a transmitir lo que había vivido y aprendido: «Transmitió a sus discípulos lo que él mismo había recibido, y eso nos ha llegado también a nosotros», señala Andrés Sáez. Para él, la transmisión de la fe no era meramente académica: «La Palabra de Dios no se transmite de un manuscrito a otro, sino de un creyente a otro creyente», afirma Patricio de Navascués.

Desde los Padres de la Iglesia aprendió que la fe se encarna en la liturgia, en la vida eclesial, en el discernimiento cultural y en la capacidad de inculturarse sin perder la esencia del Evangelio. 

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Obispo auxiliar de Madrid: custodiar la fe

Cuando fue nombrado obispo auxiliar de Madrid, don Eugenio entendió su misión con una imagen clara: «Que nadie ensucie el agua de la que bebe el pueblo fiel de Dios». No se trataba de una fe teórica o abstracta, sino de una fe viva, capaz de saciar la sed profunda del ser humano.

Desde este espíritu impulsó los estudios patrísticos y mantuvo un vínculo muy estrecho con la actual Facultad de Literatura Cristiana y Clásica de la Universidad San Dámaso San Justino, a cuya biblioteca donó sus fondos personales.

«Deus facit, homo fit»: una clave de vida

Don Eugenio eligió como lema episcopal una célebre frase de san Ireneo de Lyon: Deus facit, homo fit —«Dios hace y el hombre se va haciendo». En ella encontró una clave para vivir su ministerio sin protagonismos, dejando a Dios la iniciativa y poniéndose humildemente a su servicio. Este principio espiritual se hizo especialmente visible en el tiempo de su enfermedad. Don Eugenio escribió entonces un breve comentario a un versículo del salmo: «Tu gracia vale más que la vida».

Cuando comunicó a un amigo cercano la noticia de su cáncer, expresó otra frase de san Ireneo que había marcado su existencia: «La vida del hombre es la visión de Dios». Aquella certeza alimentó en él el deseo de la vida plena, la que consiste en ver a Dios cara a cara.

El recuerdo de don Eugenio Romero Pose se inscribe hoy, en el camino hacia CONVIVIUM, como una llamada a vivir el ministerio sacerdotal y episcopal desde la fe viva, la tradición recibida y la humildad del que sabe que es Dios quien obra. Un obispo que quiso decirlo todo con una sola palabra: cristiano.

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