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Jueves, 22 enero 2026 08:51

Daniel Escobar, delegado episcopal de Liturgia, reflexiona sobre el Domingo de la Palabra de Dios: «Uno de los elementos que favorecen la acogida de la Palabra es el silencio»

Daniel Escobar, delegado episcopal de Liturgia, reflexiona sobre el Domingo de la Palabra de Dios: «Uno de los elementos que favorecen la acogida de la Palabra es el silencio»

La Iglesia celebra el tercer domingo del Tiempo Ordinario el domingo de la Palabra de Dios, una ocasión para ser más conscientes de la importancia de esa proclamación y de cómo, fieles al mandato del Señor y en continuidad con ese anuncio, la Iglesia sigue difundiendo, a través de la Palabra, que «se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios».

Dios nos habla a través de su Palabra, de modo especial cuando esta es proclamada en las celebraciones litúrgicas. Por eso la Iglesia tiene el cometido particular, no solo de comprender, sino también de hacer accesibles los contenidos de la Biblia con la predicación y la enseñanza, de modo que, aquello que Dios ha querido manifestar dé fruto abundante en nosotros. Puesto que Dios se revela contando con nuestra naturaleza humana inserta en la temporalidad, uno de los elementos que favorecen la acogida de la Palabra, voz de Dios a los hombres, es el silencio.

Así, entre las diversas recomendaciones para este día, la Iglesia nos recuerda la importancia del silencio sagrado, puesto que en ciertas partes de la Eucaristía, especialmente al concluir la homilía, al fomentar la meditación se propicia que la Palabra de Dios sea recibida interiormente por quienes la escuchan, colaborando con la acción del Espíritu Santo, con quien se vincula también el silencio en las celebraciones.

Reconocer la centralidad de la Palabra divina en la vida cristiana no parte simplemente de varias iniciativas magisteriales, impulsadas sobre todo a partir del Concilio Vaticano II. Toda la historia de la salvación encierra una dinámica a través de la cual Dios habla y el hombre responde. La importancia de esta Palabra no reside ni en los datos históricos proporcionados ni en la sabiduría humana, ni siquiera en el conocimiento que a través de los relatos evangélicos podemos adquirir sobre las acciones o las palabras del Señor. Lo determinante es que la Palabra de Dios es eficaz aquí y ahora. Y todo aquello que nos es presentado en ella guarda relación con la obra que Dios sigue llevando a cabo en su pueblo, la Iglesia, y en cada uno de nosotros, como miembros de ella.

Puede sernos útil para cuidar la liturgia de la Palabra:

  • Uso del Evangeliario, que puede llevarse en la procesión de entrada y colocarse sobre el altar hasta el Aleluya, resaltando la unidad entre liturgia de la Palabra y liturgia eucarística.
  • El canto del salmo responsorial y de la introducción y aclamación del Evangelio.
  • Uso de cirios e incienso durante la proclamación del Evangelio. Subrayamos que es el Señor el que está presente y nos habla.
  • Valoración del silencio tras cada lectura y al finalizar la homilía. Permitimos que la Palabra de Dios sea acogida interiormente.

Algunas ideas para la homilía

«Venid en pos de mí»

El inicio de la misión del Señor está indisolublemente asociado a la llamada a la conversión y a la elección de los primeros apóstoles. Tras escuchar los pasajes de la infancia de Jesús durante el tiempo de Adviento y Navidad, retomamos las lecturas de San Mateo, que marcarán la Palabra de Dios de los domingos de este año.

Tenemos ante nosotros un pasaje en el que se leen distintas escenas que, aunque aparentemente desligadas entre sí, nos dan las coordenadas de la vida de Jesús y las implicaciones que tienen para nuestra vida.

«Para que se cumpliera lo dicho»

Desde el punto de vista geográfico, el texto comienza situando al Señor en Galilea; en concreto ahora se dirige a Cafarnaún y a un grupo de pueblos ubicados en la zona noroeste del lago de Tiberíades, «junto al mar (de Galilea)», como precisa Mateo. La misión desarrollada por Jesús en este lugar corresponde a una de las ideas clave del evangelista que lo narra: «para que se cumpliera lo dicho».

La acción de Jesucristo ha de ser leída siempre como la realización de cuanto desde antiguo se había anunciado al pueblo de Dios. Por eso se cita aquí al profeta Isaías, íntimamente asociado a las promesas mesiánicas. Se trata precisamente de una cita de la Primera Lectura de este domingo. Aunque en este tercer domingo del tiempo ordinario se percibe con mayor claridad, la Primera Lectura suele ser una preparación a cuanto se escucha en el Evangelio, la palabra del mismo Señor. La zona de Galilea «de los gentiles» era llamada así debido a que estaba poblada por habitantes de raza, cultura y costumbres heterogéneas, y en gran mayoría paganos. Se conocía como una zona no solo alejada físicamente de Jerusalén, el centro religioso judío, sino también despreciada por ser una región desfavorecida y periférica. Así se entiende que Isaías dijera de sus habitantes que «habitaban en tinieblas y sombras de muerte». Frente a la oscuridad y la tristeza nos encontramos con una promesa estrechamente unida a la Navidad: la luz que brilla y que es perceptible, conforme se destaca en los verbos «ver» y «brillar».

La novedad de la salvación

La llamada a la conversión tiene una motivación explícita: la cercanía del reino de los cielos. De nuevo se retoma, ahora ya como una invitación precisa a un cambio de vida, la temática de la cercanía de Dios con el hombre, especialmente con el más pobre y desfavorecido, ampliamente celebrada en el período navideño. Descubrimos, por una parte, que no es posible separar de modo absoluto los distintos tiempos litúrgicos, ya que «luz» y «admirable intercambio», expresiones tradicionalmente asociadas a las pasadas fiestas, son retomadas. Por otra parte, lo que está sucediendo tiene unas consecuencias claras en los testigos inmediatos de esta presencia de Dios entre los hombres: la conversión y el seguimiento. Sabemos sobradamente el significado del término «Evangelio».

A través de esta página advertimos que esa «buena noticia» no ha de quedar sin respuesta por parte del hombre que se encuentra con ella. La llamada de los primeros apóstoles revela varias verdades: la iniciativa de Dios en la elección; la respuesta libre y rápida a la misma por parte de los discípulos; la transformación que se realiza en ellos, sin, por otra parte, renunciar a su propio ser –pues siguen siendo pescadores, ahora de hombres­–. Pero, precisamente en estas fechas, en las que se reza por la unidad de los cristianos, puede vincularse este pasaje con la atracción de Jesús hacia él. Toda la obra de la salvación tiene como finalidad la búsqueda de la unidad en torno a Jesucristo.

Por lo tanto, el anuncio del reino de los cielos ha de ser llevado a cabo sin jamás sembrar división; las rencillas y desconfianzas, originadas a menudo por el afán de brillo propio, siempre impedirán lo que nos anuncia el Evangelio: que brille la luz de Dios y que el hombre sienta a Dios cercano a él. Librar a quien se encuentra en tinieblas solo se consigue si los cristianos somos capaces de mostrar la genuina luz, que no es nuestra propia persona.

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