Dimas tiene 96 años. La primera vez que vio a un papa fue cuando Juan Pablo II aterrizó en helicóptero en el barrio madrileño en Usera. La multitud era tal que tuvo que estirarse de puntillas para verle desde unos 200 metros de distancia. «La gente se arrodillaba, cantaba, le vitoreaban», recuerda. «Fue muy emocionante». De los papas que ha conocido a lo largo de su larga vida, tiene dos favoritos: Juan Pablo II y Juan XXIII. «Llevaban la bondad en la cara», dice. «Tenían cara de bueno». Y añade, refiriéndose al nuevo Papa León XIV, con la honestidad directa de quien tiene 96 años y no necesita disimular: «Este todavía está por demostrar. Que venga y que nos lo demuestre».
No es el único vínculo de Dimas con el papado. Su hijo Fernando fue el conductor del papamóvil de Benedicto XVI en Barcelona en 2010. Dimas guarda en casa una fotografía de aquel día, porque Benedicto tuvo la amabilidad de despedirse uno por uno de todas las personas que habían participado en el dispositivo del viaje.
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Más de 30 años sirviendo en la Policía Nacional. En 1986 se jubiló y de repente no sabía qué hacer con su tiempo libre. Su mujer habló con el párroco, don José Luis Díaz de la Gándara, que le hizo un «pequeño examen» y le dijo: «Desde mañana vente aquí». Dimas fue. Y no ha dejado de ir. Todas las mañanas, a las 8:30h, es el tercero en llegar a la parroquia, después del cura y de Francisca. Lleva los libros de bautizos y bodas, atiende el despacho, pasa recados a los sacerdotes y ha digitalizado, junto a un compañero llamado Feliciano, más de 20 mil bautizos y 10 mil bodas en el ordenador, empezando con un ordenador que una feligresa encontró en un contenedor de basura. «Entre Feliciano y yo metimos hasta cuarenta y tantas inscripciones en el ordenador», recuerda. La mitad de los libros de la parroquia están escritos de su puño y letra.
En las bodas de oro de la parroquia, Dimas y su mujer regalaron un cáliz. Un cáliz que, según cuenta con orgullo contenido, se saca cuando viene el obispo. «El cáliz de Dimas», le llaman.
Hay algunos detalles del episodio que dicen mucho de quién es Dimas sin necesidad de explicaciones largas. Que pide las citas médicas por las tardes para no faltar a la parroquia por las mañanas. Que ha ido muchas veces con fiebre porque si podía ir, iba. Que cuando alguien llegaba especialmente alterado a pedir ayuda, a veces ponían de su bolsillo una limosna para que se marchara en paz. Y que el secreto de llegar a los 96 años no es ninguno: ha comido lo que le ha apetecido, ha bebido lo que ha podido y toma un chupito todas las mañanas.
Cuando se le pide que, como Francisco pedía a los jóvenes que escucharan a los mayores, les diga algo a los que le escuchan en este programa, Dimas responde con la sencillez de quien lleva toda la vida en una parroquia y sabe lo que ve: que muchos jóvenes colaboran, pero muchos otros hacen su vida sin querer saber nada de la Iglesia. Y que, si esos vieran los libros, los donativos, la vida que hay dentro, quizás se acercarían. No es un discurso elaborado. Es la observación de alguien que lleva 40 años abriendo una puerta todas las mañanas y viendo quién entra y quién no.
En el ascensor imaginario con el Papa León XIV, Dimas no dudaría. Se arrodillaría. Le pediría la bendición. «Seguramente no tendría palabras para decir nada», admite. «De rodillas, seguro que me pondría». Una respuesta que, viniendo de un hombre de 96 años que ha visto bajar papas en helicóptero y ha llevado los libros de una parroquia durante cuatro décadas, tiene un peso difícil de medir.
El episodio cierra con el Padrenuestro, rezado entero, sin adornos, porque Dimas dice que es la oración más sencilla y la más conocida de todos. La misma oración que ha rezado cada mañana durante más de cuarenta años, antes de abrir el despacho, antes del chupito, antes de que llegara nadie más.
