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Jueves, 28 mayo 2026 09:51

«Dios mío, es que la Iglesia es gigante»: Claudia y el momento en la JMJ de Lisboa en que lo entendió todo

«Dios mío, es que la Iglesia es gigante»: Claudia y el momento en la JMJ de Lisboa en que lo entendió todo

Claudia odiaba a la Iglesia. No la ignoraba ni le daba igual: la «odiaba a muerte», como ella misma dice. Todo empezó cuando murió su tío y tuvieron problemas con los párrocos del pueblo. Para una chica que siempre ha tenido tendencia a darle muchas vueltas a todo, la pregunta de por qué un Dios de amor permite que mueran personas que no deben morir, que haya niños con cáncer, que haya guerras, se volvió insoportable el día que la respuesta le llegó en forma de pérdida concreta y personal. «Si se muere mi tío, para mí se muere también Dios», pensó. Los años de ESO y bachillerato los pasó con esa convicción bien asentada: la Iglesia era corrupta, los curas eran todos malos, y punto.

Lo que ocurrió hace seis años, al entrar en la universidad, no estaba en ningún plan. Una amiga en la que confiaba al cien por cien la invitó a una adoración eucarística. Claudia fue porque supuestamente iba a estar también el chico que le gustaba. No sabe si estaba o no, porque lo que pasó después hizo que eso dejara de importar. Apagaron las luces, todo el mundo se puso de rodillas, ella siguió el «rollo» sin entender muy bien qué hacía ahí, le preguntó a su amiga cuánto duraba aquello, escuchó que una hora y pensó que era un buen momento para «echarse una siesta». Cerró los ojos. Y entonces sintió un abrazo. Fuerte. Caliente. Abrió los ojos: su amiga estaba de rodillas delante de ella y nadie la estaba tocando. «Ha pasado algo aquí», pensó. «Tengo que seguir investigando».

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Lo que vino después fue el Camino de Santiago con el Regnum Christi, un movimiento que para ella eran «frikis totales». Se fue con ellos. Y en verano, en aquel camino, se convirtió. «Ahora soy una friki más», dice con una sonrisa que no necesita explicación.

El abrazo que sintió en la adoración, dice Claudia, era Jesús. No lo duda. «El Jesús que yo tengo en mente me estaba mimando, diciéndome estoy aquí, estoy contigo». Y ese Jesús que la abrazó cuando nadie la estaba tocando transformó también su mirada hacia la Iglesia y hacia el Papa, que pasó de ser una figura demonizada y corrupta a ser un pastor. El Regnum Christi habla mucho de Juan Pablo II y Claudia empezó a investigar. El Papa Francisco, sacerdote villero que se daba a los más pobres, conectó con algo en ella que siempre había querido hacer: ir a las villas de misión. Este verano, por fin libre de la enfermedad que la acompañó durante años, va a hacerlo.

Hay dos momentos del episodio en que la relación de Claudia con los papas se vuelve concreta y memorable. El primero: en la JMJ de Lisboa llegó directamente de un mes en Nueva York, sin dormir, agobiada, llorando, sintiéndose incómoda durante días. Y la última noche, en primera fila de la vigilia, escuchó al Papa Francisco y algo se abrió. Detrás de ella estaba el Camino Neocatecumenal, a un lado Hakuna, más allá el Opus, obispos de todo el mundo. «Dios mío, es que la Iglesia es gigante», pensó. Se sintió completamente abrazada, de nuevo. El segundo momento: en Roma en Navidades, bajo una lluvia torrencial, su novio quiso ir al Ángelus con el Papa León XIV. Claudia iba malhumorada y empapada. Justo cuando salió el Papa, paró de llover. Salió el sol. El Papa terminó, empezó a llover otra vez. «Evidentemente Dios quería que hubiera sol», dice. Completamente convencida.

La conversión de Claudia arrastró además a su familia. Su madre se acercó mucho más a la Iglesia después de verla a ella. Su padre, que no creía en nada, ahora pregunta en cada viaje dónde hay que ir a misa. «Me da mil lecciones de vida», dice de él. Y tiene muchas ganas de que vengan los tres juntos a ver al Papa León cuando llegue a Madrid.

En el ascensor imaginario, Claudia advierte que todo depende de cómo la pille, porque está «como una cabra». En una situación ideal, más cuerda, le daría un abrazo al Papa, le pediría confesión, y si quedara tiempo le pediría que grabara un vídeo para su abuela, que está todo el día con el Papa León en bucle.

El episodio cierra con una oración en la que Claudia pide al Señor que prepare los corazones, una a todos, creyentes y no creyentes: «Señor, te quiero pedir que prepares nuestros corazones, nuestras almas, que en estos meses, hasta que llegue el Papa, en estas semanas, estos días que nos unas más, que nos unas a todos, a todo el mundo, a los que crean, a los que no y que la llegada del Papa traiga muchas cosas buenas, mucho amor, mucho pegamento y que todo el que no cree en ti se acerque más al amor que eres y el amor que das. Y que el Papa nos recuerde que hay sitio en la iglesia para todo. Todo el mundo. Amén».

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